- El Gobierno de Ciudad de México desmiente rotundamente que la FIFA haya exigido retirar la escultura del ajolote gigante.
- Existen tres mascotas oficiales registradas para el torneo: Zayu, Maple y Clutch, dejando al ajolote como un símbolo meramente local.
- El IMPI aclara que no hay una prohibición directa contra el anfibio, sino una protección de las marcas comerciales del evento.
- La estrategia de "ajolotización" urbana choca con el estricto control de imagen y branding de la federación internacional.

Desde hace tiempo, las calles de la capital mexicana se han llenado de una figura muy particular que ha robado el corazón a propios y extraños, especialmente por su color rosado y su aspecto simpático. Se trata del ya famoso «Ajologol», una representación futbolera del ajolote que se ha convertido en un auténtico fenómeno de masas en las avenidas principales y puentes de la ciudad, generando una conexión inmediata con la identidad local de cara a la próxima gran cita futbolística.
Sin embargo, la tranquilidad de este pequeño anfibio se ha visto alterada por una serie de rumores que sugerían que el máximo organismo del fútbol mundial quería verlo fuera de juego. Se comentaba que, debido a las estrictas normas de publicidad y patrocinio, la figura monumental situada cerca del estadio principal podría ser retirada de forma inminente para no interferir con las marcas oficiales, lo que encendió rápidamente las alarmas entre los aficionados y usuarios de las redes sociales.
La verdad sobre la supuesta expulsión del ajolote

Ante el revuelo montado, las autoridades capitalinas han tenido que salir al paso para poner un poco de cordura y han desmentido categóricamente que exista una orden internacional para quitar la escultura. De hecho, han dejado claro que este elemento es una pieza fundamental de la identidad visual de la metrópoli y que no hay planes para modificar su ubicación ni restringir su presencia, por lo que el ajolote se queda donde está para disfrute de los vecinos.
El lío parece haber surgido de una interpretación un tanto libre de los acuerdos comerciales que protegen el torneo, donde se cuida hasta el más mínimo detalle para que nada haga sombra a los patrocinadores. Aunque es cierto que existen perímetros de exclusividad, la realidad es que el ajolote no está infringiendo ninguna norma siempre que se mantenga como un emblema cultural y turístico de la ciudad anfitriona, funcionando de forma paralela a la estructura oficial del evento deportivo.
Para los que andéis un poco despistados con el tema de las licencias, hay que recordar que la organización ya tiene a sus propios protagonistas elegidos. En este caso, el trío formado por Zayu, el jaguar mexicano; Maple, el alce canadiense; y Clutch, el águila estadounidense, son los únicos que ostentan el título de mascotas oficiales del certamen, contando con todos los registros legales necesarios para aparecer en productos de merchandising y actos promocionales oficiales.
Un choque entre el branding global y el orgullo local
El Instituto Mexicano de la Propiedad Industrial también ha metido baza en el asunto para aclarar que, aunque el ajolote no sea una marca registrada bajo el paraguas del torneo, no se ha emitido ninguna resolución que obligue a su sustitución. Es importante entender que la federación internacional opera bajo un esquema de acreditación, lo que significa que solo sus personajes autorizados tienen acceso a las zonas VIP y estadios, pero no pueden borrar de un plumazo la iconografía popular que surge de forma espontánea en las ciudades sede.
Esta situación ha puesto de manifiesto una tensión bastante común en los grandes eventos: la lucha por ver quién define la estética de las calles. Por un lado, tenemos el control férreo de las multinacionales y, por otro, la intención del gobierno local de inundar el espacio público con símbolos que representen la biodiversidad y la memoria cultural, como es el caso de este pequeño animal de Xochimilco que se ha convertido en el rey de los murales y las plazas.
Al final, parece que todo se reduce a una cuestión de etiquetas y permisos comerciales que no deberían empañar la fiesta del fútbol. El «Ajologol» seguirá asomando su cabeza rosada en los festivales alternativos y zonas de aficionados, demostrando que el sentimiento de una ciudad no siempre necesita un sello de aprobación oficial para calar hondo en la gente, siempre y cuando se respeten los espacios designados para la parafernalia publicitaria propia de la competición.
Queda claro que la convivencia entre las mascotas oficiales y los iconos regionales es posible siempre que se respeten los límites de la propiedad intelectual. Mientras el jaguar y sus compañeros se encargan de la parte protocolaria y comercial, el ajolote continuará siendo ese referente visual y emocional para los ciudadanos que buscan algo más cercano a sus raíces, asegurando que el ambiente festivo que se respira en las avenidas no pierda ese toque tan característico que lo hace único frente a otras sedes internacionales.
