Monos de Gibraltar y su alimentación: qué comen y por qué ingieren tierra

Última actualización: 24 mayo 2026
  • Los macacos de Gibraltar, únicos primates salvajes de Europa, han visto su dieta natural basada en vegetales e insectos alterada por la comida basura que reciben de los turistas.
  • El consumo frecuente de helados, chocolatinas y snacks provoca problemas digestivos en estos monos, que han desarrollado la geofagia (ingesta de tierra) como mecanismo de protección intestinal.
  • Los estudios muestran que los grupos con mayor contacto humano comen más tierra, eligen tipos de suelo concretos y transmiten estas preferencias por aprendizaje social, configurando auténticas tradiciones culturales.
  • El caso de Gibraltar evidencia el impacto directo del turismo en la salud, el comportamiento y la cultura de la fauna salvaje, convirtiendo a los macacos en un modelo clave para entender estas dinámicas.

monos de gibraltar y su alimentacion

Los monos de Gibraltar se han convertido en todo un símbolo del Peñón, pero también en un ejemplo llamativo de cómo el turismo modifica la conducta y la alimentación de la fauna salvaje. Lo que a primera vista parece una estampa simpática -macacos robando helados, patatas fritas o chocolatinas a los visitantes- es, en realidad, el origen de un problema digestivo que estos animales están intentando compensar con una estrategia tan sorprendente como efectiva: comer tierra.

Esta costumbre, que a simple vista puede parecer un capricho raro, tiene nombre científico: geofagia, la ingestión voluntaria de suelo. En Gibraltar, investigadores de la Universidad de Cambridge han documentado por primera vez de forma sistemática que los macacos del Peñón recurren a la tierra como una especie de “antiácido natural” frente a los excesos de comida basura procedente de los turistas. Y lo más interesante es que no sólo es un comportamiento funcional, sino también cultural, que se transmite socialmente dentro de cada grupo.

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Quiénes son los monos de Gibraltar y de dónde vienen

Los célebres monos del Peñón pertenecen a la especie Macaca sylvanus, conocida como macaco de Berbería, el único macaco africano y, además, la única especie de primate no humano que vive en libertad en Europa. Su cuerpo está recubierto por un pelaje espeso de tonos marrones u ocres, con la cara menos poblada de pelo, lo que acentúa sus rasgos expresivos.

Se trata de animales de tamaño medio, con una longitud aproximada de 60 a 70 centímetros y un peso que suele oscilar entre los 10 y los 15 kilos. Se desplazan de manera cuadrúpeda, siempre a cuatro patas, y una de sus características más llamativas para el visitante es que no tienen cola, algo poco habitual en muchos otros monos. Presentan además las típicas callosidades isquiáticas, esos “cojines” en la zona del trasero que también vemos en babuinos.

Fuera de Gibraltar, las poblaciones de macaco de Berbería se encuentran en zonas montañosas del norte de África, principalmente en la cordillera del Atlas, en Marruecos y Argelia. Ocupan bosques de cedros, pinos y robles a bastante altitud, aunque su situación de conservación es delicada: se estima que quedan menos de 2.000 ejemplares en estado silvestre, amenazados por la pérdida de hábitat y la captura ilegal para el mercado de mascotas.

El origen de los monos en el Peñón ha dado pie a numerosas teorías. Durante años se especuló con que fueran restos de antiguas poblaciones europeas de hace millones de años, pero los estudios genéticos han dejado claro que su ADN es prácticamente igual al de las poblaciones del norte de África. Esto apunta a que llegaron de la mano del ser humano, probablemente como animales traídos por pueblos prearábigos o por soldados bereberes durante el dominio islámico de la península.

Hoy en día, la diversidad genética de los macacos gibraltareños es sorprendentemente alta para una población aislada. Esto no es casual: en 1942 estuvieron a punto de desaparecer del Peñón, y fue entonces cuando entró en juego una famosa leyenda según la cual, mientras haya monos en Gibraltar, el territorio seguirá bajo dominio británico.

Durante la Segunda Guerra Mundial, en plena crisis de la población de macacos, Winston Churchill ordenó la importación de ejemplares desde Marruecos y Argelia para reforzar el grupo y asegurarse de que no desaparecieran. Ese “refresco genético” explica que hoy haya tanta variabilidad pese al reducido tamaño de la colonia.

Actualmente, se calcula que viven en el Peñón entre 230 y 300 monos, distribuidos en varios grupos estables (aproximadamente entre cinco y ocho, según la fuente y el momento del censo), cada uno ocupando un territorio bien definido a lo largo de la roca.

macacos de gibraltar comiendo

Hábitat en Gibraltar y relación histórica con los humanos

En el contexto del Peñón, los macacos forman parte inseparable del paisaje, del imaginario colectivo y del atractivo turístico del enclave británico en la costa sur de España. Se los ve campando a sus anchas por las rocas, merodeando cerca de miradores, fortificaciones y aparcamientos, siempre al acecho de cualquier despiste humano que pueda traducirse en comida fácil.

La convivencia entre monos y personas en este macizo rocoso se remonta, al menos, a la Edad Media, cuando soldados bereberes habrían llegado acompañados de estos animales. Tras la toma británica de Gibraltar en el siglo XVIII, la presencia de los macacos se fue incorporando a la identidad del lugar, hasta convertirse en símbolo de la soberanía británica. Cualquier visitante que suba al Peñón se encuentra con señales, folletos y advertencias que recuerdan que forman parte del patrimonio local.

El Gobierno de Gibraltar se encarga actualmente de su protección legal, su alimentación básica y el control del censo. La normativa es clara: está prohibido darles de comer y se recomienda no acercarse demasiado ni intentar tocarlos. Sin embargo, la realidad del turismo masivo complica mucho el cumplimiento de estas reglas, y los incidentes son frecuentes: mochilas abiertas, bolsas arrebatadas, niños asustados por monos que les persiguen para arrebatarles un snack…

La interacción constante con los visitantes ha convertido al Peñón en un auténtico laboratorio natural para estudiar cómo los paisajes humanizados influyen en el comportamiento y la cultura de los primates. Sylvain Lemoine, antropólogo biológico de la Universidad de Cambridge y fundador del Gibraltar Macaques Project, lo resume señalando que la diversidad de experiencias humanas que vive cada grupo de macacos genera un escenario ideal para analizar estas transformaciones.

Lo que empezó siendo una simple fuente extra de comida se ha transformado poco a poco en algo mucho más profundo: cambios en la dieta, en la fisiología, en las tradiciones de grupo e incluso en la manera en que los macacos gestionan los efectos secundarios de esa convivencia forzada con el turismo de masas.

Alimentación natural de los macacos de Berbería

Para entender el alcance del problema actual, hay que partir de cuál sería la dieta normal de estos primates en su hábitat de origen. Los macacos de Berbería son omnívoros, pero su menú está claramente dominado por los vegetales y por alimentos ricos en fibra.

Su alimentación natural se basa en raíces, tubérculos, tallos, hojas y frutos, complementados con invertebrados -sobre todo artrópodos- y pequeños vertebrados cuando se presenta la oportunidad. Entre esos “bocados extra” pueden incluirse reptiles, micromamíferos o pollos de aves que encuentren desprotegidos; no son grandes cazadores, pero tampoco desperdician una fuente fácil de proteína.

En este contexto, su sistema digestivo está adaptado a procesar dietas ricas en fibra, relativamente pobres en grasas y azúcares simples. Además, como ocurre en el resto de primates no humanos, pierden la capacidad de digerir la lactosa tras el destete, es decir, al hacerse juveniles y adultos dejan de tolerar bien los lácteos.

Esto implica que alimentos como helados, batidos o productos con alto contenido lácteo, tan habituales entre los turistas, les resultan especialmente problemáticos. Su microbiota intestinal -el conjunto de bacterias que habitan el intestino- está optimizada para una dieta de hojas, hierbas y semillas, no para bombardeos constantes de azúcar, sal, grasas saturadas y derivados lácteos.

En un entorno natural, sin humanos, los macacos de Berbería ajustarían su dieta a la disponibilidad estacional de plantas, frutos silvestres e insectos, con variaciones propias del clima de montaña y los cambios en la vegetación. En Gibraltar, sin embargo, la presencia humana ha añadido un componente totalmente artificial a esa ecuación.

El impacto del turismo: helados, patatas fritas y chocolatinas

Las zonas más visitadas del Peñón concentran buena parte de los problemas. Se ha observado que los grupos de monos que viven cerca de miradores, aparcamientos y puntos de gran afluencia reciben -o roban- una cantidad notable de comida humana, principalmente ultraprocesados. Hablamos de helados, barras de chocolate, galletas, patatas fritas, Pringles, M&M’s, pan, bollería y todo tipo de snacks típicos de excursión.

En los periodos de observación analizados por la Universidad de Cambridge, alrededor de un 19 % de toda la alimentación registrada en algunos grupos procedía de comida basura proporcionada directa o indirectamente por los turistas. Es decir, casi una quinta parte de lo que comían a diario algunos macacos no se parecía en nada a su dieta natural.

Este cambio alimentario tiene consecuencia claras. Los helados, por ejemplo, combinan altas cantidades de azúcar, grasa y lactosa, un cóctel perfecto para desencadenar problemas gastrointestinales en animales intolerantes a los lácteos. Los efectos van desde náuseas y diarrea hasta malestar general y alteraciones en la flora intestinal.

Algo parecido ocurre con las patatas fritas de bolsa, chocolatinas y otros aperitivos de alta densidad energética. Son productos extremadamente ricos en calorías, sal, azúcares refinados y grasas, pero prácticamente carentes de fibra y de los nutrientes que estos animales encontrarían en hojas o raíces. Para un macaco acostumbrado a buscar y procesar comida natural, esta explosión de energía rápida puede ser tan adictiva como dañina.

Desde una perspectiva evolutiva, tanto humanos como otros primates estamos “programados” para sentir una fuerte atracción por alimentos muy calóricos, ya que en la naturaleza escasean y resultan valiosos para sobrevivir a épocas de carestía. La disponibilidad constante de snacks humanos en el Peñón dispara ese mecanismo: los monos se abalanzan sobre ellos porque, biológicamente, su cerebro interpreta que está ante un recurso excepcional.

El resultado es que los macacos más habituados a estas fuentes de comida humana terminan con empachos frecuentes, desarreglos digestivos y un microbioma intestinal alterado. Y es justo ahí donde entra en escena su peculiar remedio: la tierra.

Geofagia: por qué los monos comen tierra en Gibraltar

La geofagia -el consumo intencional de suelo, arcilla o tierra– se conoce desde hace tiempo en distintas especies, incluidos algunos primates y también en seres humanos. En muchas comunidades humanas, por ejemplo, se ha vinculado al embarazo, a carencias de minerales o a costumbres culturales muy arraigadas.

En el caso concreto de los monos de Gibraltar, un estudio publicado en la revista Scientific Reports por el equipo de Sylvain Lemoine ha mostrado que no se trata de un comportamiento aleatorio ni esporádico. Es una respuesta sistemática a los problemas digestivos derivados de la dieta basura. Los macacos que más helados, chocolatinas o snacks consumen son, precisamente, los que más tierra ingieren.

Los investigadores registraron una media de doce episodios de geofagia a la semana en toda la población, con diferencias notables entre grupos. Aquellos que tienen más contacto con turistas presentaban una frecuencia de consumo de tierra aproximadamente el doble de alta que los grupos situados más lejos de las zonas de visita y, por tanto, menos expuestos a comida humana.

Además, se observaron casos muy ilustrativos: en al menos tres ocasiones documentadas, un mismo animal comió tierra pocos minutos después de ingerir helado, galletas o pan. Este patrón temporal refuerza la idea de que utilizan la tierra como una forma de “contramedida” inmediata frente al malestar que perciben tras comer esos alimentos.

Los datos muestran también una clara correlación estacional: en verano, cuando se dispara el turismo y la oferta de snacks de toda clase, aumenta notablemente la frecuencia de geofagia. Más turistas significan más comida basura, y eso lleva, casi en paralelo, a más episodios de ingestión de tierra.

Como control, el estudio identificó un grupo concreto de macacos que no tiene prácticamente contacto con visitantes ni acceso a alimentos humanos. En ese grupo aislado no se registró ni un solo episodio de geofagia, lo que refuerza todavía más la conexión entre presencia humana, comida basura y aparición de este comportamiento.

Cómo ayuda la tierra al sistema digestivo de los monos

El equipo de Cambridge analizó las posibles funciones biológicas de la geofagia en estos primates. Una de las principales hipótesis es que la tierra ingerida actúa como barrera física en el tracto digestivo, recubriendo las paredes intestinales y limitando la absorción de compuestos potencialmente dañinos presentes en la comida basura.

De esta forma, la arcilla o el suelo formarían una especie de capa protectora que reduciría la irritación causada por el exceso de azúcar, grasa y sal. Algo parecido, salvando las distancias, a lo que hacen ciertos antiácidos o preparados a base de arcillas medicinales en humanos con problemas gastrointestinales.

Otra función clave estaría relacionada con la composición microbiana y mineral de la tierra. Los científicos consideran probable que parte de los suelos consumidos aporten bacterias beneficiosas, así como minerales que no abundan en los snacks ultraprocesados. Estos microorganismos podrían ayudar a restablecer un cierto equilibrio en el microbioma intestinal alterado por la dieta basada en helados y patatas fritas.

En humanos, como se ha mencionado, la geofagia se ha asociado en ocasiones a necesidades de suplementación de hierro u otros minerales, sobre todo en el embarazo. Sin embargo, en los macacos de Gibraltar los datos no encajan con esa explicación: no se detectó un aumento de la ingesta de tierra durante la gestación o la lactancia, lo que descarta que el motivo principal sea una carencia nutricional ligada al ciclo reproductivo.

Todo esto apunta a que el motor fundamental de la geofagia en estos monos es digestivo y protector frente al tipo de comida que aportan los turistas. En otras palabras, la tierra se habría convertido en un “antídoto casero” frente a los excesos azucarados, grasos y lácteos de los aperitivos humanos.

Preferencias por tipos de tierra y tradiciones culturales

El fenómeno no se limita a que los macacos coman cualquier suelo que encuentren. Los investigadores han descubierto que cada grupo muestra gustos bastante marcados por determinados tipos de tierra, hasta el punto de que estas preferencias se comportan como verdaderas tradiciones locales.

En la mayor parte de los casos, los monos buscan lo que se conoce como terra rossa, una arcilla rojiza muy característica de Gibraltar. Este tipo de suelo concentró alrededor del 83 % de todos los episodios de geofagia documentados, lo que indica una clara inclinación por su textura o composición química.

Sin embargo, uno de los grupos más estudiados, el que habita la zona de Ape’s Den, en las laderas occidentales bajas del Peñón, ha desarrollado una preferencia todavía más peculiar. En lugar de limitarse a la terra rossa, muchos individuos de este grupo se inclinan por la tierra impregnada de alquitrán procedente de los baches del asfalto, es decir, del propio firme de las carreteras.

A pesar de que en su entorno también abunda la arcilla rojiza, alrededor del 70 % de los episodios de geofagia de este grupo se centran en esos suelos mezclados con alquitrán. Para comprobar que no era casualidad, los investigadores presentaron a varios animales bandejas con diferentes tipos de terreno y observaron que las elecciones coincidían con los patrones propios de cada grupo en libertad.

Este tipo de comportamiento, con preferencias compartidas y repetidas por los mismos individuos, sugiere que estamos ante conductas transmitidas por aprendizaje social. No es sólo que un macaco descubra que cierta tierra le alivia el estómago, sino que otros lo observan, lo imitan y la práctica termina consolidándose como parte de la “cultura” del grupo.

De hecho, alrededor de un 30 % de los episodios de ingestión de tierra se produjeron en grupo, con varios monos comiendo en el mismo afloramiento al mismo tiempo. Y en casi el 90 % de los casos había otros individuos presentes observando la escena. Esto refuerza la idea de que se trata de una tradición que se refuerza y difunde socialmente, de forma parecida a cómo los chimpancés aprenden a usar herramientas para cascar nueces.

La gran diferencia en el caso de Gibraltar es que el detonante de todo este proceso cultural es enteramente humano: sin turistas, sin comida basura y sin carreteras asfaltadas, es muy poco probable que hubiera surgido esta combinación concreta de geofagia y preferencias por ciertos tipos de suelo.

Vida social, reproducción y organización de los grupos

Más allá de la geofagia, los macacos de Gibraltar mantienen una estructura social compleja, con grupos formados por varias decenas de individuos. En un mismo grupo pueden convivir varios machos adultos dominantes, lo que da lugar a jerarquías y alianzas cambiantes, típicas de muchas especies de primates.

Los jóvenes machos, al ir madurando, tienden a alejarse del grupo natal para intentar fundar o integrarse en nuevas unidades sociales, un comportamiento que ayuda a evitar la endogamia y facilita el intercambio genético entre distintos grupos. Las hembras, en cambio, suelen permanecer en el grupo en el que nacen, reforzando la estabilidad de los vínculos familiares.

Se trata de animales diurnos, muy activos durante el día, que dedican buena parte de su tiempo a buscar comida, desplazarse por el territorio, acicalarse mutuamente y vigilar posibles amenazas. El acicalamiento social (grooming) cumple una función esencial para sellar alianzas, reducir tensiones y mantener la cohesión del grupo.

En cuanto a la reproducción, la gestación dura aproximadamente seis meses y suele nacer una sola cría por parto. Las crías alcanzan la madurez sexual entre los tres y los cuatro años de edad, momento a partir del cual pasan a ocupar un lugar más definido en la jerarquía social.

Un rasgo curioso de esta especie es que los machos también participan en el cuidado de las crías, incluso cuando no son su descendencia directa. Este comportamiento, relativamente poco frecuente en muchos otros primates, añade una capa de complejidad a las relaciones sociales y a la cooperación dentro del grupo.

La presencia de turistas, la facilidad de acceso a comida humana y la gestión por parte del Gobierno de Gibraltar han modificado en parte la dinámica natural de búsqueda de alimento y uso del territorio, pero no han eliminado estos rasgos básicos de la biología y vida social de los macacos de Berbería.

Convivencia con el turismo y consecuencias a largo plazo

Los cerca de 230-300 monos que habitan el Peñón se han convertido en uno de los mayores reclamos turísticos del enclave. Cada día, miles de visitantes suben en teleférico, autobús o a pie hasta las zonas altas, donde no tardan en encontrarse con los famosos primates.

A pesar de que existe una prohibición explícita de alimentar a los animales, muchos turistas siguen ofreciendo comida o permitiendo que los monos se la arrebaten. A veces por desconocimiento, otras por buscar la foto llamativa o simplemente porque subestiman las consecuencias de darles “solo un poco” de helado o papas fritas.

Esta interacción constante tiene varios efectos encadenados. Por un lado, los macacos pierden el miedo natural a las personas y adoptan conductas más atrevidas y agresivas, como lanzarse sobre mochilas, empujar a visitantes despistados o perseguir a niños con comida en la mano. Por otro, se alteran sus rutinas de alimentación, ya que descubren que es mucho más rentable esperar a que llegue un autobús lleno de turistas que invertir tiempo y energía en buscar raíces o insectos.

A largo plazo, este cambio de dieta puede traducirse en problemas de salud crónicos: obesidad, desórdenes metabólicos, alteraciones digestivas recurrentes y modificaciones profundas en la microbiota. El hecho de que recurran a la geofagia como mecanismo de defensa sugiere que ya están sometidos a un estrés fisiológico considerable por culpa de la comida basura.

Al mismo tiempo, desde el punto de vista científico, el caso de Gibraltar ofrece una oportunidad única para estudiar cómo la actividad humana puede desencadenar nuevas tradiciones culturales en primates. Un comportamiento que quizá empezó como una respuesta individual al malestar digestivo -comer tierra de manera puntual- se ha convertido, con el tiempo, en un rasgo compartido, aprendido y transmitido dentro de cada grupo.

La historia de estos macacos muestra hasta qué punto la frontera entre naturaleza “salvaje” y entorno humano es cada vez más difusa. Los monos de Gibraltar ya no viven en un bosque remoto, sino en un paisaje construido por y para personas, donde los helados y las patatas fritas pueden ser tan determinantes para su biología como las hojas de los árboles.

En conjunto, la situación de los monos del Peñón ilustra cómo una población de primates adaptada durante miles de años a dieta vegetal y vida en bosques montañosos ha terminado definiendo nuevas estrategias -como la geofagia sistemática y las preferencias por determinados suelos- para poder seguir “viviendo a caballo” entre su naturaleza salvaje y un mundo moldeado por el turismo, las carreteras y los ultraprocesados.