La telaraña más grande del mundo: la megaciudad de arañas de la Cueva del Azufre

Última actualización: 10 noviembre 2025
  • Una telaraña de unos 106 m² en una cueva sulfúrica entre Grecia y Albania alberga más de 111.000 arañas.
  • Conviven dos especies normalmente solitarias: Tegenaria domestica y Prinerigone vagans, con comportamiento colonial inédito.
  • El ecosistema se sustenta por quimiosíntesis: microbios del azufre alimentan a mosquitos que sirven de presa a las arañas.
  • Análisis genéticos e isotópicos confirman adaptación al ambiente extremo y una red trófica generada dentro de la cueva.

Telaraña gigante en cueva sulfúrica

En el límite montañoso que separa Grecia de Albania, un pasadizo subterrráneo ha revelado una estructura que parece irreal: una «alfombra» de seda que tapiza la roca en plena oscuridad. En ese enclave, conocido como Cueva del Azufre, los científicos han descrito lo que consideran la telaraña más grande registrada, una formación continua donde se cuentan por decenas de miles sus habitantes.

El hallazgo no solo sorprende por su escala, sino por lo que implica para entender la vida en ambientes extremos de Europa. Allí, más de 111.000 arañas prosperan en un microcosmos sin luz, alimentado por procesos químicos que convierten el azufre en energía biológica, una rareza que está reescribiendo lo que sabíamos sobre el comportamiento de especies comunes.

El hallazgo en la Cueva del Azufre

Entrada a cueva con telaraña gigante

La llamada Cueva del Azufre se abre en territorio griego y sus galerías se adentran bajo Albania, un escenario binacional de geología agresiva moldeado por ácido sulfúrico procedente de la oxidación del sulfuro de hidrógeno. En una de sus paredes, a lo largo de un pasadizo de techo bajo y permanentemente oscuro, se extiende una telaraña de unos 106 m² que ha dejado sin palabras a los investigadores.

La superestructura no es un paño de seda homogéneo, sino un entramado de miles de embudos enlazados, que juntos forman un manto continuo y blanquecino. La ausencia de viento, la humedad estable y un flujo constante de gases sulfurosos mantienen la red «anclada» al relieve de la roca, con una estabilidad poco común en ambientes exteriores.

El enorme tejido se conoció por primera vez en 2022 gracias a espeleólogos checos en el cañón de Vromoner. A partir de ese aviso, un equipo internacional regresó en 2024 para tomar muestras y, posteriormente, publicó la descripción científica en la revista Subterranean Biology, fechada el 17 de octubre. Varios autores, como István Urák (Universidad Sapientia de Transilvania) y Traian Brad (Instituto de Espeleología Emil Racoviță), firman el estudio que ha puesto este enclave europeo en el mapa de la biología subterránea.

Dos especies, un mismo entramado

Arañas conviviendo en telaraña gigante

Dentro de la megared conviven dos especies habituales en zonas humanizadas pero consideradas solitarias: Tegenaria domestica y Prinerigone vagans. Los recuentos en cueva sitúan la colonia en unos 69.000 individuos de T. domestica y más de 42.000 de P. vagans, cifras sin precedentes reunidas en una sola estructura comunal.

Lo asombroso no es solo el número, sino el comportamiento. En superficie, T. domestica puede depredar a otras arañas, incluida P. vagans. Sin embargo, en la oscuridad total de la cueva esa agresividad parece atenuarse: la falta de estímulos visuales y la abundancia de presas podrían estar favoreciendo una coexistencia pacífica que hasta ahora no se había documentado.

Los investigadores apuntan a una división de funciones: las más grandes T. domestica actuarían como arquitectas del entramado, mientras que P. vagans ocuparía huecos y capas intermedias como inquilina oportunista, siempre dentro de una red única y entrelazada.

Un ecosistema que se alimenta del azufre

Ecosistema quimiosintético en cueva

El sustento de esta comunidad no depende de la fotosíntesis, sino de la quimiosíntesis: bacterias que oxidan el sulfuro de hidrógeno forman biopelículas blancas sobre paredes y sedimentos. Esas capas microbianas alimentan a larvas e insectos como los quironómidos, que a su vez son la presa constante de las arañas.

Los autores estimaron en las inmediaciones de la colonia un enjambre de más de 2,4 millones de mosquitos (identificados como Tanytarsus albisutus), un «bufé» inagotable que explica la densidad de depredadores. En estas condiciones, la red se comporta como una trampa continua que intercepta insectos en todas las capas del manto de seda.

El microclima es estable: el arroyo subterrráneo mantiene el agua a unos 26 °C y el aire puede contener hasta 14 ppm de H₂S, mientras el líquido alcanza concentraciones de hasta 65 mg/L. Esta química hostil para muchas especies resulta ideal para el motor microbiano que sostiene, desde abajo, toda la cadena trófica.

Pruebas científicas y adaptaciones

Detalle de araña y seda

Para confirmar lo que observaban, el equipo aplicó análisis genéticos. El ADN de las arañas de la cueva muestra haplotipos particulares respecto a sus parientes de superficie, una señal de aislamiento poblacional y posible adaptación a la oscuridad perpetua y a la atmósfera cargada de azufre.

El estudio de isótopos estables de carbono y nitrógeno actuó como «registro dietético»: las firmas isotópicas de presas y depredadores en la cueva difieren de las de la superficie, lo que confirma que la energía fluye desde las biopelículas quimiosintéticas del propio sistema subterráneo, y no desde materia orgánica arrastrada desde fuera.

La biología interna también cambia. En T. domestica, los microbiomas analizados presentan una diversidad bacteriana notablemente menor que en ejemplares exteriores, con abundancia de Wolbachia y otros simbiontes intracelulares, lo que sugiere una estrecha relación con el ambiente extremo.

Se observaron además rasgos reproductivos peculiares: el número medio de huevos por ooteca rondó los 16 huevos, muy por debajo de lo documentado para poblaciones de superficie (que pueden superar los 100 en la primera puesta), un posible ajuste a la estabilidad y limitaciones del hábitat.

La cueva no es un monocultivo: junto a la megacolonia aparecen Metellina merianae (con telas individuales), y en zonas más húmedas y profundas se han localizado Lepthyphantes magnesiae y Kryptonesticus eremita, reflejando una partición del hábitat según preferencias y nichos.

Conservación y próximos pasos

Conservación de ecosistemas subterráneos

La ubicación en la frontera entre dos países complica el diseño de medidas de protección y la gestión de futuras investigaciones. Aun así, el equipo ya prepara trabajos de seguimiento para desentrañar más detalles sobre dinámica, alimentación y ciclos de vida de esta comunidad excepcional en Europa.

Desde su primera descripción pública, el fenómeno ha despertado atención mediática y científica, pero el consenso es claro: minimizar el impacto humano es clave para mantener intacto el sistema quimiosintético que da soporte a las poblaciones de insectos y, por extensión, a las arañas.

En un lugar donde el veneno se transforma en alimento y la oscuridad rige el ritmo, esta megaciudad arácnida ofrece una ventana privilegiada a la adaptación y a la cooperación inesperada de especies comunes, subrayando la relevancia de los ambientes subterráneos europeos para comprender los límites de la vida.

Lo visto en la Cueva del Azufre combina escala, rareza y evidencia sólida: una telaraña de 106 m², dos especies que se comportan como coloniales, una cadena trófica nacida de la química del azufre y señales genéticas e isotópicas de adaptación, un conjunto que coloca este hallazgo entre los más llamativos de la biología subterránea reciente.

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