- Las ballenas beluga de Alaska forman poblaciones pequeñas y aisladas, pero mantienen una alta diversidad genética gracias a complejas estrategias sociales y reproductivas.
- En la bahía de Bristol se ha descrito un sistema poliginándrico donde machos y hembras cambian de pareja a lo largo de los años, generando muchos medio hermanos y reduciendo la endogamia.
- La especie afronta múltiples amenazas humanas —caza de subsistencia, contaminación química y acústica, y degradación del hábitat— que afectan especialmente a ciertas subpoblaciones.
- La colaboración con comunidades indígenas y la protección legal específica son claves para asegurar la viabilidad futura de las belugas en Alaska y el resto del Ártico.

Las ballenas beluga de Alaska esconden una historia fascinante de adaptación, ciencia y cultura que va mucho más allá de su llamativo color blanco. En las frías aguas de la bahía de Bristol y de otros rincones del Ártico, estos cetáceos han desarrollado estrategias sociales, reproductivas y de supervivencia que están sorprendiendo incluso a los investigadores más veteranos.
Gracias a décadas de estudios genéticos, observaciones de campo y colaboración con comunidades indígenas, hoy sabemos que las belugas no solo son esenciales para el equilibrio de los ecosistemas árticos, sino que además cuentan con un sistema de apareamiento muy peculiar que les permite mantener una notable diversidad genética a pesar de vivir en poblaciones relativamente pequeñas y aisladas.
Ballena beluga: quién es la protagonista de Alaska
La llamada beluga o ballena blanca, cuyo nombre científico es Delphinapterus leucas, es un cetáceo odontoceto que habita las aguas árticas y subárticas del hemisferio norte. Pertenece a la familia Monodontidae, que comparte únicamente con el narval (Monodon monoceros), y se caracteriza por ser la única especie del género Delphinapterus, literalmente “delfín sin aleta”, en alusión a la ausencia de aleta dorsal.
Los adultos presentan un color blanco o blanco grisáceo muy llamativo, una cabeza redondeada con un gran “melón” frontal (el órgano de ecolocalización) y un cuerpo robusto con un altísimo porcentaje de grasa corporal, que puede llegar al 40‑50 % del peso total. Esta capa de grasa funciona como aislamiento térmico en aguas muy frías y como reserva energética durante periodos de ayuno o escasez de alimento.
El nombre común “beluga” procede del ruso “beluga/belukha”, derivado de “belyy”, que significa “blanco”. A menudo se habla de “ballena beluga” o “ballena blanca” para evitar confusiones con el esturión beluga, aunque, en sentido estricto, el término “ballena” se reserva para los integrantes de la familia Balaenidae.
Desde el punto de vista evolutivo, las belugas se separaron relativamente pronto del resto de odontocetos. El primer ancestro conocido perteneciente a su familia es Denebola brachycephala, que vivió en el Mioceno tardío. Restos fósiles hallados incluso en zonas templadas como la península de Baja California y el estado de Vermont indican que, en épocas pasadas, su distribución alcanzó aguas más cálidas de las actuales.
En cuanto a su longevidad, durante años se pensó que vivían poco más de treinta años, pero estudios con radiocarbono en capas dentales han demostrado que muchas belugas superan los sesenta años y pueden alcanzar incluso los ochenta. Todo ello contribuye a explicar por qué sus estrategias de vida, y en particular las reproductivas, funcionan “a largo plazo”.

Morfología, sentidos y comportamiento social de las belugas
Las belugas presentan un dimorfismo sexual moderado: los machos adultos suelen medir entre 3,5 y 5,5 metros y alcanzar hasta 1.600 kilos, mientras que las hembras se sitúan en torno a 3-4,1 metros y 700-1.200 kilos. Ambos sexos alcanzan su tamaño máximo hacia los diez años. El cuerpo es corto, ancho y fusiforme, con pliegues de grasa bien visibles en la zona ventral.
Las crías nacen con un tono gris oscuro o gris azulado que va aclarando progresivamente a medida que crecen. Las hembras suelen volverse completamente blancas hacia los siete años y los machos alrededor de los nueve. Este color claro es una adaptación al entorno helado del Ártico, ya que les permite camuflarse entre los bloques de hielo y reducir el riesgo de ser detectadas por depredadores como osos polares y orcas.
Su piel presenta una muda estacional muy marcada: en invierno la epidermis se engrosa y puede adquirir un tono amarillento, sobre todo en la espalda y las aletas. Cuando llega el verano y las belugas se desplazan a los estuarios, se frotan contra la grava del fondo para desprender esa capa cutánea vieja.
En la cabeza destaca el melón, el órgano de ecolocalización, de gran volumen y extremadamente deformable. Gracias a la acción de los músculos adyacentes, las belugas pueden modificar la forma del melón para enfocar mejor el haz de sonido, modulando así los ecos que reciben. La grasa de este órgano presenta una composición específica de ácidos grasos, distinta de la del resto del cuerpo, lo que apunta a un papel clave en la propagación del sonido.
Otra peculiaridad es que sus vértebras cervicales no están fusionadas, a diferencia de lo que ocurre en muchos otros cetáceos. Esto les permite girar la cabeza lateralmente con mucha libertad, mejorando el campo visual y la maniobrabilidad en aguas someras o bajo el hielo.
La dentición de las belugas consiste en unos 30 a 40 dientes cortos, romos y curvados, distribuidos en las mandíbulas superior e inferior. No los utilizan para masticar, sino para sujetar a las presas y tragarlas enteras, a menudo ayudándose de potentes succiones de agua para arrastrar el alimento hacia la boca.
Las aletas pectorales mantienen la estructura ósea heredada de sus ancestros terrestres, son pequeñas, redondeadas y con una ligera curvatura hacia las puntas. Funcionan como timón y freno, y además tienen un sistema de intercambio de calor que ayuda a regular la temperatura corporal. La aleta caudal, compuesta por tejido conectivo muy denso y sin hueso, presenta una curvatura característica en el borde posterior y es la principal fuente de propulsión vertical.
En lugar de una aleta dorsal, las belugas poseen una cresta dorsal baja y dura, una adaptación útil para desplazarse bajo el hielo y, si hace falta, abrir respiraderos en capas de hasta ocho centímetros de espesor combinando la fuerza de la cabeza y del lomo.
Su audición está muy desarrollada: pueden detectar sonidos entre 1,2 y 120 kHz, con máxima sensibilidad entre 10 y 75 kHz, muy por encima del rango humano. Parte del sonido se transmite a través de la mandíbula inferior, que alberga depósitos de grasa conectados al oído medio, un diseño típico de las ballenas dentadas. La visión es funcional tanto dentro como fuera del agua, aunque menos aguda que la de algunos delfines, y se complementa con retina adaptada a la penumbra.
En cuanto al comportamiento social, las belugas suelen formar grupos de unos diez individuos de media, aunque en verano pueden concentrarse cientos o incluso miles en estuarios y aguas costeras poco profundas. Son animales muy sociables y cooperativos: cazan en grupo, se rozan entre sí con frecuencia, juegan, persiguen objetos y muestran una gran curiosidad hacia las personas y las embarcaciones, tanto en libertad como en cautividad.
Cómo se comunican y se adaptan al buceo bajo el hielo
Las belugas son conocidas como los “canarios del mar” por su enorme repertorio vocal. Emiten chasquidos, silbidos, trinos y graznidos que utilizan tanto para comunicarse como para orientarse mediante ecolocalización. No tienen cuerdas vocales; los sonidos se producen moviendo el aire entre los sacos nasales situados cerca del espiráculo.
El sistema de ecolocalización funciona emitiendo ráfagas de chasquidos que atraviesan el melón y se enfocan en un haz sonoro dirigido al entorno. Las ondas rebotan en objetos, presas o en el propio hielo y regresan como ecos que el animal interpreta para estimar distancia, tamaño, velocidad e incluso cierta estructura interna de lo que le rodea. Este sentido es vital para localizar respiraderos naturales (polinias) o burbujas de aire bajo el hielo, esenciales para poder salir a respirar.
En estudios realizados con individuos en distintos lugares se ha comprobado que ajustan la frecuencia de sus emisiones en función del ruido de fondo: por ejemplo, una misma beluga emitía a 40-60 kHz en una bahía más ruidosa y a 100-120 kHz en otra más silenciosa, lo que muestra una gran sensibilidad a la contaminación acústica.
Para poder bucear, las belugas presentan varias adaptaciones fisiológicas. Durante las inmersiones, la frecuencia cardiaca puede caer de unos cien latidos por minuto a apenas 12-20 latidos, y el flujo sanguíneo se desvía hacia órganos vitales como el cerebro, el corazón y los pulmones. La concentración de oxígeno en sangre es superior a la de la mayoría de mamíferos terrestres, y la musculatura contiene grandes cantidades de mioglobina, lo que permite almacenar más oxígeno y aguantar inmersiones de hasta quince o dieciocho minutos.
Aunque suelen nadar a velocidades moderadas (3-9 km/h) y se sumergen a unos 20 metros de profundidad de forma habitual, se han registrado descensos de más de 700 metros y velocidades sostenidas de hasta 22 km/h durante periodos cortos. Curiosamente, son de los pocos cetáceos capaces de nadar hacia atrás, algo muy útil en espacios estrechos o cerca del hielo.
Distribución global y poblaciones de beluga en Alaska
La beluga se distribuye por buena parte del océano Ártico y mares adyacentes, ocupando aguas de Alaska, Canadá, Groenlandia y Rusia, con algunas poblaciones más meridionales en ríos como el San Lorenzo o el Amur. Prefiere las aguas costeras poco profundas, fiordos, deltas y estuarios, aunque en algunas regiones pasa mucho tiempo en aguas profundas de la plataforma continental.
Es una especie claramente migratoria, con patrones estacionales bien definidos. En invierno, muchas poblaciones se mantienen al borde del hielo o bajo extensas capas heladas, utilizando polinias para respirar. Cuando el hielo se retira en primavera y verano, se desplazan hacia estuarios y zonas más templadas, donde se alimentan intensamente, mudan la piel y paren a sus crías.
En Alaska se reconocen varias subpoblaciones, entre ellas la de la bahía de Bristol, el mar de Bering oriental, el mar de Chukotka y la ensenada de Cook. La bahía de Bristol alberga en torno a 2.000 individuos, mientras que otras subpoblaciones, como la de Cook Inlet, se han visto gravemente reducidas y hoy se consideran en peligro crítico.
A escala global, la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) estimó hacia 2008 unas 150.000 belugas, repartidas en casi treinta subpoblaciones diferenciadas. Muchas de estas poblaciones se solapan espacial o temporalmente, lo que complica los censos, que suelen realizarse mediante conteo aéreo y modelos de corrección.
En el Ártico canadiense y en Groenlandia se han descrito grupos muy numerosos, con decenas de miles de animales, mientras que otras unidades, como las de la bahía de Ungava o la propia ensenada de Cook, cuentan apenas con unos pocos cientos o menos y están sometidas a un riesgo mucho mayor.
La sorprendente estrategia reproductiva de las belugas de la bahía de Bristol
En la bahía de Bristol, en Alaska, una población de unas 2.000 belugas aisladas del resto del Ártico protagoniza un auténtico rompecabezas genético que ha llamado la atención de la comunidad científica. Durante trece años, investigadores del Instituto Oceanográfico Harbor Branch de la Universidad Atlántica de Florida, en colaboración con el Departamento de Pesca y Caza de Alaska y el Departamento de Gestión de Vida Silvestre del municipio de North Slope, llevaron a cabo un seguimiento exhaustivo de estos animales.
El equipo recolectó muestras genéticas de 623 individuos y registró con detalle los grupos sociales, las edades y las relaciones de parentesco. El objetivo era conocer cómo se aparean las belugas en libertad, quién engendra a quién y qué impacto tienen esas decisiones en la diversidad genética y el riesgo de endogamia dentro de una población tan pequeña y relativamente cerrada.
Dado que las belugas pueden vivir más de un siglo, los investigadores se centraron en las estrategias de apareamiento a corto y medio plazo, en lugar de tratar de reconstruir toda la vida reproductiva de cada animal. Querían saber si se trataba de un sistema poligínico (un macho con varias hembras), poliándrico (una hembra con varios machos) o poliginándrico (varios machos y varias hembras compartiendo múltiples parejas).
Los resultados, publicados en la revista Frontiers in Marine Science, muestran que esta población practica un sistema poliginándrico altamente estratégico. Tanto machos como hembras se aparean con distintas parejas en diferentes temporadas, generando una estructura de parentesco marcada por numerosos medio hermanos y muy pocos hermanos de “sangre completa”.
Este patrón tiene una consecuencia clave: al diversificar las parejas a lo largo del tiempo, se mantiene una distribución relativamente equitativa del éxito reproductivo, en lugar de concentrarse en unos pocos machos dominantes. De esta forma, se reduce el riesgo de endogamia y se preserva la variabilidad genética, algo fundamental para la supervivencia de una población pequeña y aislada.
“Sexo estratégico”: machos pacientes y hembras que eligen
Hasta hace poco se pensaba que, dado que los machos de beluga son bastante más grandes que las hembras y rara vez se les veía acompañando a madres con crías, la especie seguiría un modelo altamente poligínico: unos pocos machos dominantes se disputarían y acapararían a la mayoría de las hembras cada temporada.
Sin embargo, los análisis genéticos de la bahía de Bristol cuentan una historia muy distinta. Los machos resultan ser solo moderadamente poligínicos en el corto plazo, es decir, se reproducen con varias hembras pero sin un dominio abrumador frente a otros machos. Una explicación que proponen los científicos es su enorme longevidad: en lugar de jugar todas sus cartas en una sola temporada, parecen “invertir a largo plazo”, repartiendo sus esfuerzos reproductivos a lo largo de muchos años.
Por su parte, las hembras demuestran una capacidad de elección muy marcada. No se quedan con un único compañero, sino que cambian de pareja entre distintas temporadas de cría. Esta estrategia puede interpretarse como una gestión de riesgos: al variar de macho, reducen la probabilidad de emparejarse repetidamente con individuos de baja calidad genética o con parientes demasiado cercanos.
El resultado es una red de parentescos compleja, donde abundan los medio hermanos y escasean los hermanos completos. Este entramado reduce la probabilidad de cruces entre parientes cercanos y aumenta el abanico de combinaciones genéticas, lo que refuerza la salud genética de la población y su capacidad de adaptarse a cambios ambientales o a la aparición de enfermedades.
Los datos muestran además que no hay grandes diferencias entre adultos jóvenes y mayores en cuanto al número total de crías concebidas, ni en machos ni en hembras. Sin embargo, las hembras de mayor edad logran que sobreviva un porcentaje más alto de sus retoños, probablemente gracias a su experiencia, mejor condición física y una elección de pareja más afinada con los años.
Reproducción, crías y ritmo de vida de las belugas
Las belugas alcanzan la madurez sexual en torno a los 4-7 años los machos y 4-9 años las hembras. La mayoría de las hembras tiene su primera cría hacia los 8,5 años y la fertilidad empieza a reducirse a partir de los veinticinco, sin haberse documentado gestaciones en hembras de más de 41 años.
Por lo general, las hembras paren una cría cada dos o tres años. La temporada de apareamiento se concentra entre febrero y mayo, aunque pueden producirse cópulas fuera de ese periodo. Se han descrito gestaciones de entre 12 y unos 16 meses, siendo más largas las registradas en cautividad (con valores medios cercanos a los 475 días).
Los partos suelen producirse en bahías y estuarios donde el agua es relativamente templada (en torno a 10-15 °C). Las crías recién nacidas miden alrededor de 1,5 metros y pesan unos 80 kilos. Son capaces de nadar junto a la madre desde prácticamente el primer momento y comienzan a mamar pocas horas después del nacimiento, con tomas frecuentes, aproximadamente cada hora.
La leche de beluga es muy rica, con cerca de un 28 % de grasa y un 11 % de proteína, lo que permite un crecimiento rápido en un entorno frío. Las crías dependen casi por completo de la lactancia durante el primer año; a partir de ese momento, comienzan a ingerir pequeños peces y crustáceos mientras siguen mamando hasta los 20 meses o incluso más en algunos casos documentados.
En grupos en cautividad se ha observado cuidado aloparental, es decir, otras hembras que ayudan a cuidar e incluso a amamantar a las crías de otra madre, lo que sugiere que la cooperación en la crianza podría darse también en libertad, reforzando los lazos sociales dentro del grupo.
Alimentación, rol ecológico y principales depredadores
La beluga es un depredador oportunista cuya dieta varía según la región y la estación del año. En unas zonas consume sobre todo bacalao ártico, fletán o gallineta nórdica, mientras que en Alaska se ha visto una fuerte dependencia del salmón del Pacífico. En líneas generales, los peces constituyen la base de su alimentación, pero también ingieren gran cantidad de invertebrados como camarones, calamares, cangrejos, almejas, pulpos y gusanos marinos.
Las inmersiones de búsqueda de alimento suelen situarse entre los 20 y 40 metros de profundidad, aunque no es raro que las belugas se sumerjan a más de 700 metros si es necesario. Muchas veces exploran el fondo marino succionando y expulsando chorros de agua para remover el sedimento y localizar presas enterradas, que luego aspiran y tragan enteras.
En ocasiones cazan en grupos coordinados, especialmente cuando se trata de bancos de peces. Pueden arrear los cardúmenes hacia aguas someras para concentrarlos y atacarlos de forma alterna, turnándose para alimentarse. Este comportamiento se ha documentado, por ejemplo, en el estuario del Amur, donde rodean a los salmones y evitan su escape.
En el ecosistema del océano Ártico, las belugas son uno de los odontocetos más abundantes, desempeñando un papel clave en la estructura trófica y en el funcionamiento general de los recursos marinos. A su vez, cuentan con dos grandes depredadores naturales: el oso polar y la orca.
Durante los inviernos severos, cuando las belugas quedan atrapadas en “pozos” de hielo alejados del mar abierto, los osos polares pueden aprovechar estos puntos de respiración para cazar ejemplares incluso de gran tamaño, arrastrándolos sobre el hielo. Las orcas, por su parte, atacan tanto a crías como a adultos en zonas de Groenlandia, Rusia, Canadá o Alaska. Las belugas que se mantienen bajo hielo denso tienen cierta ventaja, ya que la gran aleta dorsal de las orcas limita su capacidad de maniobra en esos entornos.
Amenazas humanas, contaminación y caza de subsistencia
Más allá de los depredadores naturales, las belugas se enfrentan a numerosas presiones humanas. Durante siglos fueron cazadas por pueblos indígenas del Ártico como fuente esencial de carne, grasa y cuero. En los siglos XVIII y XIX, la caza comercial europea y americana intensificó esta presión, empleando su grasa para iluminación y lubricantes, y su piel —la única entre los cetáceos lo bastante gruesa— como materia prima para correas, arneses y otros productos.
En algunas regiones, como el estuario del río San Lorenzo, las belugas fueron catalogadas incluso como “plaga” durante décadas, acusadas de competir con las pesquerías comerciales. Esto dio lugar a campañas de exterminio incentivadas por recompensas económicas hasta que estudios posteriores demostraron que su impacto sobre las poblaciones de peces se había exagerado.
Hoy en día, la caza comercial está prohibida en la mayoría de países, pero se mantiene la caza de subsistencia por parte de comunidades inuit y otras poblaciones indígenas en Canadá, Alaska y Rusia. Aunque forma parte de su cultura y modo de vida, existe preocupación por el impacto acumulado en subpoblaciones ya muy reducidas, como la de Cook Inlet o la de ciertas bahías canadienses.
Otro problema grave es la contaminación, especialmente en zonas industrializadas como el estuario del San Lorenzo. En estas belugas se han detectado niveles muy altos de DDT, metales pesados (plomo, mercurio, cadmio) y bifenilos policlorados (PCB) en cerebro, hígado y músculo, superando ampliamente los niveles de poblaciones árticas remotas.
Estas sustancias están relacionadas con alteraciones del sistema inmunitario y reproductivo, así como con una incidencia anormalmente elevada de cáncer. En muestras tomadas entre 1983 y 1999, cerca del 27 % de las belugas adultas del San Lorenzo presentaban tumores, un porcentaje comparable al de humanos expuestos a ambientes muy contaminados y muy superior al del resto de cetáceos.
Ruido, enfermedades y cautividad: impactos adicionales
La contaminación acústica derivada del tráfico marítimo, la actividad industrial y el turismo de embarcaciones supone otra amenaza nada desdeñable. Se ha observado que en zonas muy transitadas las belugas reducen drásticamente sus vocalizaciones e incluso evitan ciertas áreas cuando se acercan grandes buques como rompehielos o ferris, cambiando sus patrones de buceo y dispersando los grupos.
En algunos lugares, la afluencia masiva de barcos de observación se ha correlacionado con una disminución del tránsito de belugas por determinados estuarios, lo que sugiere que el “ecoturismo” mal regulado puede interferir con actividades cruciales como la alimentación, el cuidado de las crías o la reproducción.
En el plano sanitario, las belugas sufren todo tipo de infecciones bacterianas, víricas y parasitarias. Se han detectado papilomavirus en el estómago, herpesvirus, protozoos como Sarcocystis causando encefalitis y varios nematodos y trematodos en estómago, intestino, recto u oídos. En cautividad, bacterias como Erysipelothrix rhusiopathiae pueden causar septicemias letales si no se tratan a tiempo con antibióticos adecuados.
En cuanto a su presencia en acuarios, la beluga fue uno de los primeros cetáceos exhibidos en cautiverio, con registros que se remontan a 1861 en Nueva York. Durante décadas, Canadá fue el principal país exportador de belugas para parques marinos, seguido de Rusia tras la prohibición de capturas en el río Churchill. A pesar de los esfuerzos, los programas de reproducción en cautiverio han tenido un éxito limitado, con alta mortalidad de crías.
Algunos ejemplares han participado en programas militares tanto en Estados Unidos como en Rusia, entrenados para tareas de búsqueda, localización de objetos y apoyo a buceadores, aprovechando su extraordinaria capacidad de ecolocalización y su docilidad relativa.
Paralelamente, el avistamiento de belugas en libertad se ha convertido en una actividad turística importante en lugares como el río San Lorenzo o la bahía de Hudson. Cuando se realiza con criterios estrictos —distancia adecuada, sin persecución ni contacto directo—, puede ser una herramienta de concienciación y de generación de ingresos alternativos para las comunidades locales, siempre que se controlen los niveles de ruido y la intensidad de las visitas.
Estado de conservación y papel de las comunidades indígenas
A nivel global, la UICN clasifica actualmente a la beluga como “casi amenazada”. Esto significa que, aunque la especie en su conjunto no cumple los criterios de amenaza grave, existen subpoblaciones muy vulnerables que requieren atención específica. Es el caso, por ejemplo, de la población residente de la ensenada de Cook, catalogada como “en peligro crítico” debido a su drástica reducción en las últimas décadas y a la falta de una recuperación clara pese a la reducción de la caza.
Diversas normativas internacionales, como la Ley de Protección de Mamíferos Marinos en Estados Unidos o la CITES, ofrecen un marco legal para limitar la caza, regular el comercio internacional y controlar las capturas con fines científicos o educativos. En Canadá, por ejemplo, la población del San Lorenzo está protegida desde 1983 y se han puesto en marcha planes de acción para reducir la contaminación industrial y mejorar la calidad del hábitat.
La investigación en la bahía de Bristol ilustra bien cómo la colaboración con las comunidades indígenas puede marcar la diferencia. Pueblos locales de la zona han ayudado a los científicos a recoger muestras genéticas, identificar individuos y combinar el conocimiento científico con el saber tradicional para diseñar estrategias de cogestión en un Ártico que cambia rápidamente.
Comprender el sistema de apareamiento poliginándrico y la moderada asimetría reproductiva de estas belugas no es solo una curiosidad académica: proporciona herramientas concretas para estimar el tamaño efectivo de las poblaciones, evaluar riesgos de endogamia y orientar las cuotas de caza de subsistencia o las medidas de protección de hábitats clave.
Todo apunta a que comportamientos como el cambio frecuente de pareja, la posible evitación de parientes cercanos y la cooperación social son piezas esenciales del rompecabezas que explica cómo una pequeña población de ballenas beluga puede seguir siendo viable a largo plazo en las frías aguas de Alaska, siempre y cuando se mantenga un equilibrio razonable entre las necesidades humanas y la conservación de la especie.
En conjunto, las ballenas beluga de Alaska representan un ejemplo impresionante de cómo una especie puede combinar adaptaciones físicas al hielo, complejas estrategias sociales y “sexo estratégico” para mantener poblaciones sanas en un entorno extremo y cambiante; su futuro dependerá de que seamos capaces de respetar sus rutas migratorias, reducir la contaminación y escuchar, con la misma atención que ellas al ecosistema, las señales de alerta que ya nos están enviando.