- Las ballenas jorobadas muestran conductas complejas: anillos de burbujas dirigidos a humanos, cantos culturalmente aprendidos y uso de redes de burbujas como auténticas herramientas de caza.
- Proyectos como WhaleSETI usan la comunicación de ballenas para diseñar filtros de búsqueda de inteligencia extraterrestre, mientras otros equipos exploran sus migraciones casi rectilíneas y su sofisticado sistema de orientación.
- La ballena de Groenlandia aporta claves sobre longevidad y resistencia al cáncer gracias a la proteína CIRBP, y la tecnología satelital de la NASA permite localizar desde el espacio el plancton clave en la dieta de muchas ballenas.

Las ballenas se han convertido en un laboratorio viviente para entender cómo funciona la inteligencia, la comunicación y hasta la longevidad en la naturaleza. Lejos de ser solo gigantes tranquilos que cruzan los mares, estos cetáceos están en el punto de mira de biólogos, físicos, expertos en inteligencia artificial y hasta investigadores que buscan vida inteligente fuera de la Tierra.
En los últimos años, distintos equipos científicos han revelado que las ballenas jorobadas pueden intentar comunicarse con seres humanos, fabricar “herramientas” con burbujas, viajar miles de kilómetros siguiendo rutas casi rectilíneas con una precisión asombrosa y mantener conversaciones acústicas complejas. Al mismo tiempo, la ballena de Groenlandia ha puesto patas arriba lo que creíamos saber sobre el envejecimiento gracias a una proteína que repara el ADN con una eficacia brutal. Todo esto, combinado con nuevas tecnologías espaciales y de teledetección, está cambiando por completo la forma en que unimos ciencia, océanos y tecnología punta.
Ballenas jorobadas: comunicación, curiosidad y anillos de burbujas dirigidos a humanos
Uno de los hallazgos más llamativos es que las ballenas jorobadas parecen mostrar un comportamiento deliberado de interacción con personas mediante anillos de burbujas muy peculiares. A diferencia de las típicas “redes de burbujas” caóticas que usan para alimentarse, algunos individuos han sido observados generando anillos perfectos, simétricos y aislados en presencia de embarcaciones y nadadores.
En un estudio reciente, investigadores del Instituto SETI y de la Universidad de California en Davis analizaron 39 anillos de burbujas producidos por 11 ballenas jorobadas en 12 episodios distintos. En diez de esos encuentros, las ballenas se aproximaron primero a humanos para después exhalar los anillos a muy corta distancia, como si quisieran provocar una reacción o un “diálogo” visual.
El legendario especialista en cetáceos Roger Payne describió estas estructuras como “nubes en forma de rosquilla que giran como locas”, similares a gigantescos anillos de humo de más de un metro de diámetro que ascienden rápidamente hacia la superficie. No se observaron peces ni señales de alimentación durante estos eventos, lo que refuerza la idea de que no son una táctica de caza, sino otra cosa completamente diferente.
Un detalle clave es que, en la mayor parte de los casos, la ballena que soplaba los anillos estaba sola, sin compañeras alrededor, lo que apunta a que el “destinatario” de la conducta eran los humanos cercanos y no otros cetáceos. Para rematar, cuando los científicos revisaron casi 5.000 vuelos de dron sobre hábitats de ballenas en Hawái, Alaska o la Antártida, no encontraron ni un solo anillo de ese tipo en ausencia de personas.
Durante estos encuentros, las ballenas se mostraban relajadas, permaneciendo casi inmóviles o nadando muy despacio, con el espiráculo fuera del agua y el cuerpo en posición casi horizontal. Los observadores relataron saltos de espía, giros suaves en círculo y movimientos calmados, coherentes con la curiosidad y el juego, no con un intento de defensa o alimentación.
WhaleSETI: usar ballenas para diseñar filtros de búsqueda de vida extraterrestre
Todo este trabajo se enmarca en un proyecto con un nombre muy significativo: WhaleSETI, una referencia directa a la búsqueda de inteligencia extraterrestre. El objetivo del equipo es estudiar sistemas de comunicación sofisticados de especies no humanas terrestres, como las ballenas jorobadas, para extraer patrones que ayuden a reconocer señales inteligentes en el cosmos.
La idea es que estas ballenas representan una forma de inteligencia compleja pero radicalmente distinta a la humana: no usan lenguaje hablado como nosotros, se comunican en un medio acústico submarino, combinan señales sonoras y visuales (como las burbujas) y dependen de contextos ecológicos totalmente diferentes. Entender su “lógica” comunicativa puede inspirar nuevas formas de analizar posibles señales de origen alienígena.
En palabras del investigador Fred Sharpe, las ballenas parecen “soplar anillos de burbujas en nuestra dirección en un intento juguetón de interactuar”, como si quisieran ver qué hacemos y si respondemos. Lo realmente llamativo es que controlan con precisión el tamaño, la profundidad y el movimiento de esos anillos, e incluso se detienen a observar la reacción de las personas que tienen delante.
El proyecto WhaleSETI utiliza herramientas matemáticas de teoría de la información para cuantificar la complejidad de estas señales: analizan si hay reglas, redundancias, patrones de repetición o estructuras anidadas, del mismo modo que harían con una posible señal extraterrestre captada por radio. Si son capaces de detectar “gramáticas” o sintaxis en la comunicación de las ballenas, podrían aplicar criterios parecidos a cualquier transmisión cósmica sospechosa.
Según Laurance Doyle, del Instituto SETI, la propia existencia de un comportamiento tan curioso y aparentemente orientado al contacto con otra especie refuerza la hipótesis de que una inteligencia avanzada, en cualquier parte del universo, podría sentir interés en comunicarse con otros seres, no solo con sus congéneres.
¿Podemos hablar con ellas? Canto, codas y límites de la comunicación interespecies
Las ballenas, en especial las jorobadas y los cachalotes, poseen algunos de los sistemas sonoros más complejos del reino animal. Utilizan chasquidos, pulsos y secuencias rítmicas llamadas codas, organizadas en “dialectos” que varían entre clanes y grupos familiares. En el caso de las jorobadas, los famosos cantos son largas secuencias melódicas que pueden repetirse durante horas siguiendo patrones muy precisos.
Un equipo del Instituto SETI, la Universidad de California en Davis y la Alaska Whale Foundation logró mantener una interacción acústica prolongada con una ballena jorobada apodada Twain. Mediante un altavoz submarino, reprodujeron fragmentos de llamadas de contacto de otras jorobadas y obtuvieron respuestas sistemáticas durante unos 20 minutos.
En esa sesión, Twain respondió a cada llamada reproducida, ajustando los intervalos de tiempo entre sus señales de forma que parecía seguir un cierto “turno de palabra”. Para los autores, se trató del primer intercambio comunicativo estructurado entre humanos y una ballena jorobada usando su propio repertorio sonoro.
Ahora bien, otros expertos en cognición animal piden cautela. El biólogo Antonio Osuna Mascaró señala que buena parte de la difusión mediática ha sido sensacionalista, dando a entender que se ha mantenido una conversación como si la ballena y los científicos se entendieran mutuamente, algo que hoy por hoy está muy lejos de la realidad.
Osuna remarca que, aunque la comunicación de los cetáceos es probablemente más compleja de lo que se pensaba hace décadas, no dispone de todas las propiedades del lenguaje humano tal y como lo definimos en lingüística. Por ejemplo, las canciones de las jorobadas muestran una sintaxis (hay reglas de orden y estructura) y se aprenden culturalmente, cambian con las “modas” y difieren entre regiones, pero se desconoce su semántica precisa: no sabemos si cada motivo tiene un significado concreto o si pueden referirse a elementos ausentes.
Además, solo los machos parecen producir las canciones complejas que han hecho famosa a la especie, lo que apunta a que su función principal podría estar relacionada con la selección sexual o la reproducción. Quizá sirven para atraer hembras, competir con otros machos o coordinarse en algún tipo de exhibición social, más que para intercambiar “información” detallada al estilo humano.
Las nuevas tecnologías, desde la inteligencia artificial hasta las redes neuronales profundas, están permitiendo analizar patrones en grabaciones masivas de cantos y llamadas, identificando estructuras mucho más sutiles de lo que un oído humano puede percibir. Aun así, los especialistas advierten que hoy nadie puede garantizar que lleguemos a mantener una conversación rica con ballenas jorobadas en el futuro, al menos no en los términos en los que hablamos entre nosotros.
Redes de burbujas: ballenas como usuarias de “herramientas” marinas
Si algo ha dejado boquiabiertos a muchos investigadores es la capacidad de las jorobadas para construir auténticas herramientas hechas de burbujas con el fin de cazar de forma mucho más eficiente. Este comportamiento, conocido desde hace años, ha sido analizado recientemente con un nivel de detalle impresionante.
En lugar de depender solo de embestidas individuales contra bancos de krill o peces, algunas jorobadas elaboran “redes” tridimensionales de burbujas que actúan como una barrera virtual. Al exhalar aire en espiral desde su espiráculo mientras nadan en círculo bajo la presa, crean cilindros de burbujas que encierran al krill en una especie de jaula invisible.
Estudios de campo en Alaska, utilizando drones y etiquetas de ventosa no invasivas, han mostrado que las ballenas calculan con una precisión asombrosa el tamaño del banco de presas y ajustan la red a su medida. Cada red consta de anillos concéntricos de burbujas, donde los interiores son más pequeños que los exteriores, lo que va estrechando el cerco sobre el krill.
Los datos revelan que las jorobadas controlan la velocidad a la que producen burbujas y la separación entre ellas sin cambiar apenas la velocidad de nado. De esta forma, modifican la geometría de la red sin gastar energía extra en el desplazamiento. El resultado es tan eficaz que se estima que una ballena que usa redes de burbujas puede capturar hasta siete veces más presas por inmersión que otra que se limite a embestir.
Desde la perspectiva del comportamiento animal, esto encaja bastante bien con la definición de uso de herramientas basada en objetos ambientales no unidos al cuerpo que se emplean para manipular otros organismos. Aquí, el “objeto” son las burbujas, que la propia ballena fabrica y organiza para alterar el comportamiento del krill, acorralándolo en un volumen reducido donde puede tragarlo de una sola bocanada.
Este ingenio coloca a las ballenas jorobadas dentro del reducido grupo de animales considerados usuarios y fabricantes de herramientas, junto a primates, elefantes, algunas aves o pulpos. Vistos así, estos gigantes marinos no solo son consumidores pasivos de recursos, sino auténticos ingenieros del océano capaces de desarrollar soluciones creativas ante retos ecológicos.
Migraciones imposibles: navegación de precisión en océanos abiertos
Las ballenas jorobadas son también famosas por protagonizar las migraciones más largas registradas en un mamífero. Durante los meses de verano, se desplazan hacia aguas polares frías ricas en alimento; cuando llega el invierno, recorren miles de kilómetros hacia zonas tropicales o ecuatoriales, donde se reproducen y crían a sus ballenatos.
Un estudio de largo recorrido, a lo largo de ocho años, marcó a distintos individuos con dispositivos de seguimiento vía satélite en los océanos Atlántico y Pacífico sur. El objetivo inicial era identificar rutas, áreas de alimentación y tiempos de viaje, pero los resultados superaron con creces lo esperado.
Cuando se analizaron las trayectorias con proyección de Mercator, se comprobó que muchos recorridos eran casi líneas rectas perfectas o combinaciones de tramos rectilíneos. Las desviaciones en la dirección apenas superaban un grado, incluso a lo largo de miles de kilómetros de mar abierto, y algunas ballenas mantuvieron un rumbo prácticamente constante durante 28 días seguidos, de día y de noche.
Lo más sorprendente es que ni las corrientes marinas ni las tormentas tropicales parecían desviar de forma apreciable a las ballenas. Para conservar esa precisión, los animales tienen que detectar y compensar los desplazamientos producidos por el entorno, algo que implica una capacidad de orientación muy fina basada en señales externas y quizá en mapas internos sofisticados.
Los investigadores exploraron varias hipótesis. Por un lado, la posibilidad de que se orienten con la posición del Sol. Como la luz solar penetra varios cientos de metros en el océano, una ballena que se mueve cerca de la superficie podría usarla como referencia. Sin embargo, grupos que partieron de la misma región en meses distintos siguieron la misma ruta pese a experimentar posiciones solares diferentes; y grupos que migraron en el mismo periodo del año pero hacia destinos distintos compartían condiciones solares similares. Eso sugiere que el Sol, por sí solo, no explica el patrón.
También se planteó la orientación por estrellas u otros cuerpos celestes, algo que sabemos que pueden hacer focas comunes, varias especies de aves e incluso el escarabajo pelotero africano, que utiliza la Vía Láctea como referencia. No obstante, de nuevo, las diferencias de trayectoria entre grupos de ballenas que compartían condiciones astronómicas hicieron que esta hipótesis tampoco bastara por sí sola.
En cuanto al campo magnético terrestre, se observó que algunas ballenas mantenían cursos rectilíneos mientras atravesaban zonas con cambios importantes en la declinación magnética, sin ajustar su rumbo, mientras que otras modificaban la dirección en áreas donde el campo magnético permanecía casi uniforme. Esto indica que, aunque probablemente perciben y utilizan la información magnética, no se guían únicamente por ella.
La explicación más razonable es que combinan múltiples fuentes de información: Sol, estrellas, campo magnético, gradientes de temperatura y salinidad, quizá rasgos del relieve submarino como montañas, valles o cañones. Es posible que construyan un mapa interno altamente integrado, perfeccionado con la experiencia y transmitido culturalmente, que les permite navegar el océano con la precisión de un sistema de posicionamiento avanzado, pero biológico.
Ballena de Groenlandia: la campeona de la longevidad y la reparación del ADN
Si las jorobadas nos hablan de comunicación y navegación, la ballena de Groenlandia, o ballena boreal, se ha convertido en un modelo estrella para estudiar el envejecimiento saludable. Este coloso ártico puede vivir más de dos siglos, alcanzar las 80 toneladas y, sin embargo, apenas desarrolla cáncer ni muchas de las enfermedades asociadas a la edad en humanos.
La paradoja es clara: con tantísimas células y tantísimos años de vida, una ballena boreal debería acumular una cantidad enorme de mutaciones y, en teoría, mostrar tasas altas de tumores. Sin embargo, ocurre justo lo contrario. Este rompecabezas forma parte de lo que se conoce como paradoja de Peto, compartida con otros grandes animales como los elefantes.
Un estudio reciente, publicado en Nature y liderado por la Universidad de Rochester, ha puesto el foco en una proteína llamada CIRBP (cold inducible RNA binding protein). Las células de ballena de Groenlandia producen esta proteína en niveles unas cien veces superiores a los de otros mamíferos estudiados, y parece jugar un papel clave en la reparación del ADN.
CIRBP se activa especialmente ante el frío y mejora la corrección de uno de los daños más peligrosos para el genoma: las roturas de doble cadena en la molécula de ADN. En experimentos de laboratorio, la versión de CIRBP de ballena boreal incrementó la eficiencia de varias vías de reparación y redujo los errores cromosómicos, manteniendo el genoma sorprendentemente estable a lo largo del tiempo.
Cuando los investigadores introdujeron esta proteína en células humanas cultivadas, observaron que la capacidad de reparación del ADN prácticamente se duplicaba en algunos ensayos. Además, moscas de la fruta modificadas para producir más CIRBP vivieron más tiempo y mostraron mayor resistencia a la radiación, lo cual sugiere que, al menos en modelos simples, reforzar esta vía puede alargar la vida útil de los organismos.
Otro detalle interesante es que, al bajar unos grados la temperatura de cultivo, las células aumentaban la producción de CIRBP, lo que encaja perfectamente con la ecología de la ballena de Groenlandia en aguas frías. Es posible que el propio ambiente helado del Ártico esté potenciando a diario su escudo genético natural.
Eso sí, aunque este descubrimiento ha dado pie a titulares sobre humanos que podrían vivir 200 años, los autores insisten en mantener los pies en el suelo. De momento solo se ha demostrado que es posible mejorar la reparación del ADN en células humanas y prolongar la vida en moscas, algo muy distinto a prometer terapias inmediatas para duplicar nuestra esperanza de vida.
Los siguientes pasos pasan por ensayar estrategias similares en mamíferos más próximos a nosotros, como ratones, y por entender qué consecuencias tendría manipular CIRBP u otras proteínas de reparación en todo el organismo, no solo en cultivos celulares. Incluso se baraja estudiar si una exposición controlada al frío podría modular esta vía en humanos, pero sin recetas milagrosas ni gurús de las duchas heladas: faltan datos sólidos y ensayos clínicos serios.
Mientras tanto, la crisis climática amenaza el hábitat de la ballena boreal. El deshielo y la pérdida de hielo marino estival en el Ártico podrían hacer desaparecer gran parte de las zonas donde se alimenta y se refugia. Proteger a este gigante no es solo una cuestión de ética ambiental: también es una inversión en conocimiento biomédico que podría traducirse en futuras terapias para humanos.
Satélites, plancton y tecnología espacial al servicio de las ballenas
La conexión entre ballenas, ciencia y tecnología no se limita a la biología y la genética. También llega al espacio. Gracias a datos de satélites de la NASA, un equipo de investigadores ha logrado detectar desde cientos de kilómetros de altura a un diminuto crustáceo, Calanus finmarchicus, pieza esencial de la dieta de muchas ballenas.
Este zooplancton microscópico, con un tamaño similar a un grano de arroz, forma densas capas cerca de la superficie en regiones como el golfo de Maine. Es extremadamente rico en grasas, lo que permite a las ballenas acumular reservas energéticas fundamentales para soportar sus largas migraciones y periodos de ayuno.
Hasta hace poco, seguir sus poblaciones exigía costosas campañas oceanográficas con redes de malla fina remolcadas por barcos, un método lento y limitado a zonas muy concretas. El salto llega con la teledetección mediante el satélite Aqua de la NASA, que lleva a bordo el sensor MODIS, capaz de medir cómo se refleja la luz solar en el océano a distintas longitudes de onda.
Calanus finmarchicus contiene astaxantina, un pigmento rojizo que absorbe con fuerza la luz azul verdosa. Cuando se acumula cerca de la superficie en grandes cantidades, modifica sutilmente el color aparente del mar. MODIS es lo bastante sensible como para detectar esas pequeñas variaciones cromáticas, que los científicos convierten en mapas de color mejorados donde destacan manchas asociadas a estos enjambres.
En algunos casos, se han identificado parches con hasta 150.000 individuos por metro cúbico y superficies de más de 1.000 kilómetros cuadrados, directamente visibles por satélite. Esto permite cartografiar a gran escala las zonas de máxima concentración de alimento, lo que a su vez ayuda a predecir dónde es más probable encontrar ballenas alimentándose.
Disponer de esta información en tiempo casi real tiene aplicaciones directas para la conservación de cetáceos: desde planificar áreas marinas protegidas hasta ajustar rutas marítimas y velocidades de barcos en zonas críticas para minimizar colisiones. Una vez más, la alta tecnología espacial acaba poniéndose al servicio de los gigantes del océano.
Vistas en conjunto, todas estas líneas de investigación —los anillos de burbujas dirigidos a humanos, las conversaciones experimentales en “lenguaje jorobado”, las migraciones con precisión de cirujano, la proteína CIRBP de la ballena boreal y el uso de satélites para rastrear su alimento— muestran que las ballenas son aliadas inesperadas para explorar los límites de la inteligencia, la biología y la tecnología. A medida que entendemos mejor su mundo, no solo aprendemos a protegerlas mejor; también ganamos pistas valiosas sobre cómo podría ser una mente no humana, cómo se puede navegar sin GPS, cómo se envejece sin enfermar tanto y cómo aprovechar herramientas espaciales para cuidar los ecosistemas marinos de los que dependemos.