Ballenas fósiles marinos: viajes por mares desaparecidos

Última actualización: 11 febrero 2026
  • Los fósiles del sur de Iberia revelan antiguos corredores marinos entre Atlántico y Mediterráneo con gran diversidad de ballenas y pinnípedos.
  • Wadi al Hitan, en el desierto egipcio, conserva cientos de arqueocetos del Eoceno que documentan la transición de ballenas terrestres a marinas.
  • El hallazgo de Coronodon havensteini muestra cómo los dientes pudieron funcionar como filtro previo a la aparición de las barbas modernas.
  • En conjunto, estos yacimientos permiten reconstruir la evolución ecológica y anatómica de los cetáceos a lo largo de decenas de millones de años.

Ballenas fosiles marinos

Las ballenas fósiles y otros mamíferos marinos extinguidos esconden en sus esqueletos una parte clave de la historia de nuestro planeta. Desde el sur de la península ibérica hasta el corazón del desierto del Sáhara, pasando por ríos de Estados Unidos, los restos de estos animales permiten reconstruir cómo los antiguos mamíferos terrestres acabaron dominando los océanos.

Hoy sabemos que hubo mares desaparecidos, estrechos que se abrieron y cerraron y regiones que pasaron de ser fondos marinos llenos de vida a desiertos de arena. En todos esos escenarios quedaron atrapadas ballenas, delfines, focas y sus parientes, creando yacimientos espectaculares como el Estrecho de Gibraltar paleontológico, el famoso Valle de las Ballenas en Egipto o los depósitos fluviales donde se encontró la enigmática Coronodon havensteini, una pieza clave para entender la alimentación por filtración.

Un mar de fósiles en el antiguo corredor entre Atlántico y Mediterráneo

Fosiles de ballenas marinas

El actual Estrecho de Gibraltar, que conecta Atlántico y Mediterráneo, es hoy uno de los puntos con más biodiversidad marina del planeta, pero su importancia como corredor oceánico se remonta, al menos, a los últimos 12 millones de años. Mucho antes de que existiera el estrecho tal y como lo conocemos, la comunicación entre ambos mares se producía por otras vías.

Durante el Mioceno, el paso del agua se realizaba a través de dos grandes corredores: el corredor nordbético, que ocupaba la actual cuenca del Guadalquivir en el sur de la península ibérica, y el corredor rifeño, situado en el norte de África. El corredor nordbético se extendía aproximadamente desde el golfo de Cádiz hasta la zona de Alicante, lo que explica que aparezcan fósiles de ballenas en provincias del interior como Córdoba o Jaén.

Los movimientos tectónicos acabaron alterando por completo este paisaje. Hace unos 6 millones de años, el levantamiento de las cordilleras y la dinámica de placas cerraron tanto el corredor nordbético como el rifeño. Este bloqueo del paso atlántico desencadenó la famosa crisis salina del Messiniense, durante la cual gran parte del Mediterráneo llegó a secarse o a reducirse drásticamente, quedando como una cuenca hipersalada.

Solo cuando se abrió el actual Estrecho de Gibraltar a inicios del Plioceno, hace unos 5,3 millones de años, las aguas atlánticas volvieron a inundar con fuerza el Mediterráneo. Desde entonces, la mezcla de masas de agua frías del Atlántico con aguas más cálidas y densas del Mediterráneo favorece una gran disponibilidad de nutrientes, condición ideal para albergar abundantes mamíferos marinos tanto residentes como migradores.

Ballenas barbadas fósiles en el sur de la península ibérica

En los sedimentos miocenos y pliocenos de Andalucía y otras zonas del sur peninsular abundan los restos de misticetos fósiles, es decir, ballenas barbadas. Lo más habitual es encontrar vértebras sueltas, costillas y fragmentos de mandíbulas, aunque en algunos yacimientos se han recuperado esqueletos relativamente completos, lo que permite reconstruir mejor su anatomía y su modo de vida.

Entre todos los lugares destaca especialmente la provincia de Huelva, donde se han documentado al menos 14 ejemplares de ballenas barbadas con un grado de conservación notable. El estudio de huesos diagnósticos, como las bullas timpánicas (estructuras relacionadas con el oído interno, muy útiles para determinar afinidades), ha permitido atribuir varias de estas piezas a rorcuales modernos.

Gracias a estas comparaciones anatómicas se han reconocido fósiles que se corresponden con el rorcual común (Balaenoptera cf. physalus) y la ballena jorobada (Megaptera cf. novaeangliae). Además de estos géneros actuales, el registro incluye representantes de familias como Balaenidae (las ballenas francas) y la extinta Cetotheriidae, un grupo muy diverso durante el Mioceno que desapareció posteriormente.

Hoy día, esas mismas aguas cercanas al Estrecho de Gibraltar siguen siendo frecuentadas por grandes misticetos. Entre las especies presentes encontramos al rorcual común, el rorcual aliblanco o de Minke, el rorcual tropical y la ya mencionada ballena jorobada. Esa continuidad, desde los fósiles miocenos hasta las poblaciones actuales, convierte a la zona en un laboratorio natural excepcional para estudiar la evolución y la ecología de las ballenas barbadas.

Odontocetos fósiles: cachalotes, delfines y zifios extingidos

El panorama es algo distinto cuando se analizan los odontocetos fósiles (ballenas dentadas) del sur ibérico. En este caso, el registro es más fragmentario: predominan los dientes aislados, cráneos incompletos y restos postcraneales dispersos. Aun así, se han podido identificar alrededor de diez taxones pertenecientes a seis familias diferentes, lo que muestra una diversidad nada desdeñable.

Algunos de estos odontocetos están emparentados con los cachalotes modernos (familia Physeteridae). Entre ellos figura cf. Zygophyseter, un cachalote de tamaño comparable al de una orca, con dentición robusta y probablemente hábitos depredadores muy activos; cf. Orycterocetus crocodilinus, Aulophyseter sp. y diversos restos asignados de forma más general a Physeteridae indeterminados.

Otros fósiles andaluces se relacionan con los zifios (familia Ziphiidae) y con varias familias de delfines extinguidos, como Platanistidae (donde se ha identificado Pomatodelphis sp.), Acrodelphinidae (con el género Champsodelphis) y Kentriodontidae, representada por Macrokentriodon, un delfín de unos 4-5 metros de longitud. Además, se han hallado restos vinculados a la familia Delphinidae, como cf. Etruridelphis sp., y a los calderones (subfamilia Globicephalinae), incluyendo el taxón Astadelphis gastaldii.

Un hallazgo ilustrativo es el de un diente parcial de cf. Zygophyseter varolai, procedente de sedimentos del Mioceno superior (unos 6 millones de años) en Gibraleón (Huelva). Ese tipo de pieza dental, con rasgos característicos, ayuda a encajar estos fósiles peninsulares en el contexto global de la evolución de los cachalotes depredadores.

Si miramos al presente, las aguas del sur ibérico albergan una comunidad muy variada de odontocetos: delfín común, delfín listado y delfín mular, orcas, marsopa común, calderón común y calderón gris, además del cachalote, el cachalote pigmeo y el enano, junto a los zifios de Gervais, Blainville y Cuvier. Algunas especies son residentes habituales, mientras que otras aparecen de forma estacional o esporádica, reflejando la riqueza trófica de la zona.

Focas y otros pinnípedos fósiles del sur de Iberia

En comparación con las ballenas, el registro fósil de pinnípedos (focas, leones marinos y parientes) en el sur peninsular es escaso, pero muy interesante. Hasta ahora se han identificado tres taxones pertenecientes a dos familias que siguen existiendo en la actualidad: Phocidae (focas verdaderas) y Otariidae (otáridos, el grupo de los leones marinos y lobos marinos).

Dentro de Phocidae aparece el género Homiphoca, incluido en la subfamilia Monachinae y relacionado con la actual foca monje. También se ha descrito al menos un resto asignado a la subfamilia Phocinae, próxima a la foca común. Por parte de los otáridos, se ha identificado un gran pinnípedo similar a un león marino, que indica la presencia de estos animales en los antiguos mares que bañaban el sur de la península.

En la actualidad, la foca monje del Mediterráneo ha desaparecido prácticamente de las costas ibéricas; se la considera extirpada desde el siglo XX, con avistamientos muy puntuales. Otras especies de focas, como la foca gris, la foca común o la foca de casco, solo se registran de forma excepcional, generalmente asociadas a individuos errantes o desplazados por condiciones oceanográficas inusuales.

Wadi al Hitan: el Valle de las Ballenas en pleno Sáhara

Si viajamos mentalmente desde el Estrecho de Gibraltar hasta el desierto occidental de Egipto, nos topamos con uno de los lugares más espectaculares del mundo para estudiar ballenas fósiles marinas: Wadi al Hitan, el Valle de las Ballenas. Este sitio está situado en la región de El Fayún, a unos 150-190 kilómetros al suroeste de El Cairo, y ocupa cerca de 20 hectáreas en medio del Sáhara.

Hoy es un paisaje de dunas y calor extremo, pero hace unos 40 millones de años formaba parte del océano Tetis, un mar cálido y poco profundo que bañaba el norte de África y otras regiones. En ese ambiente vivían los arqueocetos, cetáceos primitivos en plena transición desde una vida terrestre hacia una adaptación casi completa al medio acuático.

Los primeros fósiles de ballenas en Wadi al Hitan se descubrieron en 1902 y correspondían a una especie hasta entonces desconocida: Basilosaurus isis. Este cetáceo primitivo podía superar los 15 metros de longitud, e incluso alcanzar los 18-21 metros en los ejemplares mayores, y poseía un hocico alargado repleto de dientes cortantes, similares a los de mamíferos terrestres carnívoros. Todo apunta a que era un depredador voraz, capaz de capturar presas grandes, incluyendo otras ballenas más pequeñas.

Durante décadas, sin embargo, el yacimiento quedó relativamente olvidado por la comunidad científica, en parte porque llegar hasta esa zona remota del desierto no era precisamente sencillo. No fue hasta los años 80 del siglo pasado cuando arrancaron campañas sistemáticas de investigación y conservación. En 1989, un equipo de la Universidad de Michigan y del Museo Geológico Egipcio desenterró esqueletos de Basilosaurus isis con extremidades traseras visibles, con patas y dedos, una evidencia directa de su origen terrestre.

Un registro único de la transición evolutiva de las ballenas

Los fósiles de Wadi al Hitan están datados en su mayoría en el final del Eoceno, hace unos 40 millones de años, y constituyen uno de los mejores registros del mundo para seguir paso a paso la transformación de los cetáceos. Se han descrito más de 400 esqueletos de ballenas, y la cifra continúa aumentando a medida que avanzan las excavaciones.

Estos restos pertenecen principalmente a arqueocetos como Basilosaurus y Dorudon. El primero era un gigante marino de cuerpo alargado, con mandíbulas provistas de 44 dientes afilados y pequeñas patas traseras de unos 60 cm con tres dedos, que ya no servían para caminar pero probablemente tenían funciones reproductivas o de estabilización. Dorudon, por su parte, alcanzaba unos 5 metros de largo, con aspecto más parecido al de un delfín moderno y también con patas traseras vestigiales, mientras que sus extremidades delanteras ya habían evolucionado hacia aletas con articulación en el codo.

Una parte significativa de los fósiles de Dorudon corresponde a crías, lo que sugiere que esta zona de aguas someras y ricas en nutrientes funcionaba como área de cría y parto para estas ballenas primitivas. El propio Basilosaurus isis, según estudios recientes, pudo alimentarse de pequeños Dorudon, e incluso se ha propuesto que ejercía un papel de superdepredador que atacaba a otras ballenas y les fracturaba el cráneo antes de devorarlas.

Wadi al Hitan no solo conserva ballenas. En las mismas capas se han encontrado fósiles de tortugas marinas eocenas, peces óseos, tiburones, rayas, cocodrilos, vacas marinas primitivas (sirenios) y moluscos. Entre los sirenios aparecen dientes que indican una dieta basada en pastos marinos y otras plantas acuáticas. También se han hallado restos de Moeritherium, un antepasado de los elefantes actuales, de tamaño similar al de un cerdo grande de unos 3 metros de longitud.

Las rocas que forman el valle, compuestas principalmente por areniscas marinas amarillentas del Eoceno, conservan incluso madrigueras de animales que al principio se confundieron con raíces de manglares. Todo el conjunto ofrece una instantánea increíblemente detallada de un ecosistema marino costero desaparecido.

Patrimonio Mundial y museo al aire libre en el Sáhara

La excepcionalidad científica de Wadi al Hitan llevó a la UNESCO, en 2005, a declararlo Sitio Patrimonio de la Humanidad. Ese mismo año, se descubrió un esqueleto de Basilosaurus isis prácticamente completo y en un estado de conservación extraordinario, lo que impulsó aún más la protección del área y su reconocimiento internacional.

Hoy, el Valle de las Ballenas funciona como un auténtico museo al aire libre. Se han habilitado senderos señalizados que permiten al visitante recorrer el yacimiento y contemplar in situ muchos de los esqueletos fósiles. Existe un centro de visitantes con material interpretativo, y la zona cuenta con refugios e incluso una zona de acampada básica. A pesar de ello, el acceso sigue siendo limitado y controlado, y las visitas se realizan por itinerarios preestablecidos para evitar el deterioro de los restos.

Durante años, el yacimiento sufrió expolio y vandalismo por parte de coleccionistas sin escrúpulos, lo que hace todavía más importante la actual gestión y protección. Hoy en día, Wadi al Hitan recibe alrededor de un millar de visitantes anuales, un número relativamente bajo que contribuye a preservar el lugar y mantener su carácter remoto y singular.

Para quienes no puedan desplazarse hasta el Sáhara, parte de los fósiles hallados en el valle se exponen en museos como el Museo Geológico de El Cairo, donde se conservan al menos 56 ejemplares procedentes de Wadi al Hitan. También hay restos en instituciones de Londres, Berlín, Stuttgart y en la Universidad de Michigan (incluyendo un esqueleto completo de Dorudon).

Coronodon havensteini y el origen de la alimentación por filtración

Lejos de Egipto y de la península ibérica, otro hallazgo crucial para entender la historia de las ballenas tuvo lugar en un contexto muy distinto: el río Wando, en Carolina del Sur (Estados Unidos). Allí, el geólogo y coleccionista Mark Havenstein, mientras buceaba en busca de dientes de tiburón, se topó con un fósil que acabaría siendo una pieza clave en el rompecabezas evolutivo de las ballenas barbadas.

El esqueleto resultó pertenecer a una nueva especie de cetáceo fósil de unos 30 millones de años de antigüedad, descrita en la revista Current Biology y bautizada como Coronodon havensteini en honor a su descubridor. Se trata de un misticeto muy temprano, con una combinación de rasgos dentales y craneales que lo sitúan en un punto intermedio entre las ballenas dentadas depredadoras y las ballenas barbadas filtradoras actuales, como la ballena azul.

Las ballenas modernas de alimentación por filtración (rorcuales, ballena azul, ballena franca, etc.) utilizan un sistema de barbas, compuesto por placas queratínicas colgantes que funcionan como un enorme colador. Estos animales pueden ingerir cantidades colosales de diminutos organismos, como el krill: algunas ballenas barbadas son capaces de capturar alrededor de 1.000 kg de pequeñas presas al día, algo impensable si dependieran de presas más grandes y escasas.

Durante mucho tiempo se debatió cómo evolucionó este sistema. Había dos grandes hipótesis: una defendía que las primeras ballenas filtradoras eran alimentadoras por succión sin dientes, y la otra proponía que los dientes actuaban inicialmente como un tamiz, reteniendo la presa mientras el agua escapaba entre los huecos.

El estudio de Coronodon havensteini refuerza claramente la segunda opción. Uno de sus rasgos más llamativos es la presencia de grandes dientes posteriores con amplios espacios entre ellos. Según el paleontólogo Jonathan Geisler y sus colegas, este animal se lanzaría contra bancos densos de peces (las típicas bolas de cebo), abriendo mucho la boca mientras nadaba hacia delante; al cerrar las mandíbulas, el agua saldría a presión por las ranuras entre los dientes, mientras los peces quedaban atrapados dentro.

De dientes a barbas: un puente evolutivo inesperado

Los investigadores interpretan que el peculiar espaciado de los dientes de Coronodon respondía a una especie de “principio de Goldilocks” (ni demasiado grande ni demasiado pequeño): si las aberturas eran muy amplias, la presa se escapaba; si eran muy estrechas, agua y peces podían ser forzados en bloque a través de otra abertura más grande al cerrar la boca. De este modo, la selección natural habría favorecido una separación intermedia óptima para retener presas pequeñas mientras el agua se evacuaba.

Además, los grandes dientes posteriores bloquearían parcialmente los laterales de la boca, ayudando a mantener a los peces dentro hasta completar el cierre de la mandíbula. Es probable que la lengua tuviera un papel activo, colocándose de forma que impidiera que las presas escaparan hacia la parte frontal durante el cierre, un mecanismo que recuerda en parte al funcionamiento de algunos sistemas de filtrado modernos.

Con el tiempo, según el modelo propuesto, los espacios entre los dientes fueron rellenándose progresivamente con estructuras tipo barbas. A medida que la alimentación por filtración se hacía más eficiente, el tamaño relativo de los dientes disminuía, el número de barbas aumentaba y las aberturas anteriores se reducían, hasta llegar a las ballenas barbadas actuales, en las que los dientes han desaparecido y las barbas monopolizan la función de captura de alimento.

Este escenario encaja con un patrón evolutivo más amplio en el que estructuras inicialmente adaptadas a una función son “recicladas” para otra distinta. Un ejemplo clásico son las plumas de las aves: probablemente evolucionaron primero como aislamiento térmico o para la exhibición, y solo más tarde se especializaron para el vuelo. En las ballenas, los dientes que antes servían como armas para atrapar presas se transformaron, paso a paso, en un sistema que actuaba funcionalmente como un filtro.

Geisler y otros autores subrayan que, si solo observamos a las ballenas vivas, cuesta imaginar cómo se da el salto de un depredador dentado a un coloso filtrador. Coronodon havensteini aporta justo ese eslabón intermedio, demostrando que los dientes pueden desempeñar un papel análogo al de las barbas durante una fase transitoria.

Todo este conjunto de fósiles —desde las ballenas barbadas y dentadas del sur ibérico hasta los colosales Basilosaurus y los elegantes Dorudon del desierto egipcio, pasando por la peculiar Coronodon de Carolina del Sur— compone una historia continua en la que antiguos mamíferos terrestres se transforman en gigantes marinos, cambian su forma de alimentarse e incluso convierten desiertos actuales en archivos vivientes del pasado; al recorrer estos yacimientos, queda claro que los mares de otros tiempos siguen muy presentes en la roca, listos para contarnos cómo surgieron las ballenas modernas y por qué los océanos de hoy son como son.

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