Récord de ballenas grises muertas en la costa oeste de EE.UU.: qué está pasando y por qué preocupa a la comunidad científica

Última actualización: 4 mayo 2026
  • Un número sin precedentes de ballenas grises ha aparecido muerto en la costa oeste de Estados Unidos, especialmente en Washington, Oregón y la bahía de San Francisco.
  • Las investigaciones apuntan a la desnutrición ligada a la pérdida de alimento en el Ártico, junto con colisiones con embarcaciones y otros factores humanos.
  • La población del Pacífico Oriental ha caído de unas 27.000 a cerca de 13.000 ballenas en pocos años, lo que la NOAA considera un Evento de Mortalidad Inusual.
  • Las autoridades han reforzado el monitoreo, los rescates y las recomendaciones a navegantes mientras se analizan medidas de conservación más estrictas a escala internacional.

Ballena gris muerta en la costa oeste de Estados Unidos

Un repunte sin precedentes de ballenas grises varadas y muertas en la costa oeste de Estados Unidos ha encendido todas las alarmas en la comunidad científica internacional. Las cifras registradas esta temporada migratoria, especialmente en los estados de Washington, Oregón y en la bahía de San Francisco (California), superan los datos de las últimas cinco décadas y apuntan a un problema de fondo que va más allá de un episodio aislado.

Este incremento de mortalidad en plena migración hacia las zonas de alimentación árticas no solo afecta al estado de conservación de la especie, sino que también impacta en la salud de los ecosistemas marinos del Pacífico Norte y en comunidades costeras que dependen del turismo de avistamiento. Para Europa y España, donde el interés por la conservación de cetáceos es creciente, lo que ocurre al otro lado del Atlántico se observa como un posible anticipo de los efectos del cambio climático sobre la fauna marina global.

Un récord de ballenas grises muertas en la costa oeste

Según datos de Cascadia Research Collective y de la NOAA (Administración Nacional Oceánica y Atmosférica de EE.UU.), solo en el estado de Washington se habían contabilizado hasta el 28 de abril dieciséis ballenas grises muertas en distintos puntos del litoral. Es la cifra más alta registrada en la región en unos 50 años, un dato que, de por sí, ya permite hablar de un episodio extraordinario.

En Oregón, los registros oficiales y reportes de la radio pública regional OPB confirman al menos tres varamientos adicionales, lo que eleva el balance de la temporada y duplica el promedio histórico anual previo a 2019, que rondaba solo cinco ejemplares al año en todo el noroeste del Pacífico. Los especialistas temen que el número aumente, ya que la migración hacia el norte suele prolongarse hasta finales de junio.

Las zonas con mayor concentración de restos incluyen Ocean Shores, Deception Pass y Moclips en Washington, así como las localidades de Seaview y Seaside en Oregón. En todas ellas se han desplegado equipos de emergencia para documentar cada caso, tomar muestras y, cuando es posible, realizar necropsias completas.

Este aumento de mortalidad no es un episodio aislado, sino que se integra en un contexto de declive sostenido de la población de ballenas grises del Pacífico Oriental desde 2019. Ese año, la NOAA declaró oficialmente un Evento de Mortalidad Inusual (UME, por sus siglas en inglés), una categoría que se reserva para sucesos anómalos con potencial impacto significativo en una población.

Una población que se reduce a gran velocidad

En menos de una década, las estimaciones científicas señalan que la población de ballenas grises del Pacífico Oriental ha pasado de unas 27.000 a alrededor de 13.000 individuos. Algunas fuentes sitúan el mínimo reciente incluso por debajo de esa cifra, en torno a 12.500 ejemplares, lo que supone casi reducir a la mitad el total de animales en muy poco tiempo.

Este retroceso preocupa especialmente a la NOAA y a investigadores norteamericanos y europeos, porque se trata de una especie que ya había protagonizado una recuperación notable tras el fin de la caza comercial y la entrada en vigor de la Ley de Protección de Mamíferos Marinos en Estados Unidos en la década de 1970. Que el número de individuos vuelva a caer tan deprisa indica que el equilibrio logrado en las últimas décadas puede ser más frágil de lo que se pensaba.

Entre 2019 y 2023, los censos científicos confirmaron una tendencia clara a la baja, con un fuerte descenso en el número de crías observadas y un aumento de adultos visiblemente delgados. Aunque en 2024 se apuntaron algunos indicios de estabilización, la intensa mortalidad documentada en 2025 y 2026 ha reavivado el temor de que la población no esté logrando recuperarse de manera natural.

Para organismos europeos dedicados al estudio de cetáceos, estos datos son relevantes porque las ballenas grises se consideran un especie centinela del estado del océano. Lo que está ocurriendo frente a las costas de América del Norte puede ofrecer pistas sobre cómo responderán otros grandes mamíferos marinos, incluidos los que se encuentran en el Atlántico nororiental y el Mediterráneo, ante un océano más cálido y menos predecible.

La desnutrición como causa principal de las muertes

Las necropsias realizadas por especialistas de la NOAA y del Cascadia Research Collective muestran un patrón que se repite: muchas ballenas llegan a la costa con signos evidentes de desnutrición. Esto se traduce en animales muy delgados, con reservas de grasa reducidas y en peor condición corporal de la esperada para la época del año.

Las ballenas grises dependen casi totalmente de la energía acumulada durante el verano en el Ártico, donde se alimentan de pequeños crustáceos bentónicos, especialmente anfípodos que viven en el fondo marino. El problema es que el rápido retroceso del hielo marino, impulsado por el cambio climático, está modificando la producción de algas y, con ello, la disponibilidad de estas presas fundamentales.

Menos hielo significa cambios en la estructura del ecosistema ártico: se altera la cadena trófica, disminuyen los recursos alimenticios básicos y las ballenas llegan a la temporada de migración con menos reservas de las necesarias. Si durante el trayecto no encuentran zonas de alimentación alternativas suficientes, el resultado es un aumento del estrés fisiológico y un mayor riesgo de enfermedad y muerte.

Los expertos también han detectado otros factores físicos en las necropsias, como traumatismos internos compatibles con colisiones con embarcaciones y, en algunos casos, enredos en artes de pesca u otros objetos marinos. Estos impactos no siempre son la causa primaria de la muerte, pero sí agravan el estado de animales ya debilitados.

En paralelo a lo que ocurre más al norte, la bahía de San Francisco se ha convertido en los últimos años en un escenario clave para comprender la crisis de la ballena gris. Según un estudio dirigido por la investigadora Josephine Slaathaug, de la Universidad Estatal de Sonoma, la presencia estacional de estos cetáceos en el estuario más grande de la costa oeste de Estados Unidos es un fenómeno relativamente reciente.

Antes de 2018, las ballenas grises apenas se detenían de forma habitual en la bahía durante sus largas migraciones de hasta 20.000 kilómetros entre las zonas de cría en México y las áreas de alimentación en el Ártico. Sin embargo, en los últimos años se ha observado un cambio de comportamiento: muchos individuos, sobre todo machos adultos y juveniles, se desvían hacia estas aguas para intentar alimentarse.

Los investigadores sospechan que esta nueva estrategia está directamente relacionada con la reducción de presas en el Ártico. La hipótesis es que algunas ballenas, al no contar con reservas energéticas suficientes, buscan en la bahía un “parche” alimenticio que les permita completar el resto de la migración. El problema es que este entorno, muy transitado por buques de carga, ferris y embarcaciones recreativas, resulta especialmente peligroso.

En 2025 se registró en la bahía de San Francisco un récord de 21 ballenas grises muertas, y en lo que va de 2026 ya se han contabilizado al menos siete ejemplares más. El estudio de Slaathaug, publicado en la revista Frontiers in Marine Science, describe una tasa de mortalidad “muy preocupante” en esta zona, con un porcentaje elevado de animales fallecidos tras colisiones con embarcaciones.

Colisiones, tráfico marítimo y presión humana

El intenso tráfico marítimo en la bahía de San Francisco convierte este estuario en un punto caliente de riesgo para ballenas vivas y cadáveres a la deriva. Grandes portacontenedores, transbordadores de pasajeros y barcos recreativos comparten un espacio relativamente cerrado en el que detectar a tiempo a un cetáceo no siempre es sencillo.

De acuerdo con el estudio de Slaathaug, casi una quinta parte de las ballenas que entran en la bahía acaban muriendo allí, a menudo tras ser embestidas por embarcaciones. Muchos de los ejemplares analizados aparecían con lesiones compatibles con choques a alta velocidad, lo que confirma la vulnerabilidad de la especie en un entorno tan congestionado.

Expertos como Kathi George, que participa en necropsias y tareas de rescate, insisten en que cada ballena varada ofrece información valiosa sobre lo que está ocurriendo bajo la superficie del océano. Las lesiones, el estado de la grasa, la presencia de contaminantes o el contenido del estómago ayudan a reconstruir cómo se combinan el hambre, el cambio climático y la actividad humana.

Además, los avistamientos y varamientos se están produciendo antes de lo habitual en la temporada. Este año, por ejemplo, se notificaron dos ballenas ya en enero, cuando los picos de presencia suelen darse en primavera. Para los científicos, que también están observando muy pocas crías, es una señal de que la población podría estar bajo una presión mayor de la que se había calculado.

Respuesta de las autoridades y redes de rescate

Ante la magnitud del problema, las autoridades federales y estatales han intensificado la respuesta coordinada a lo largo de la costa oeste. La NOAA lidera la Red de Varamientos de Mamíferos Marinos de la Costa Oeste, que agrupa a equipos especializados encargados de responder a los avisos de ballenas muertas o en peligro.

En el noroeste del Pacífico, agencias como el Washington Department of Fish & Wildlife han pedido a los navegantes extremar precauciones, especialmente en zonas como Puget Sound, donde la presencia de animales debilitados aumenta el riesgo de choques. Estos ejemplares pueden nadar muy cerca de la superficie, con movimientos lentos y erráticos, lo que dificulta su detección desde las embarcaciones.

Organizaciones conservacionistas como Orca Network recopilan reportes de ballenas vivas en estado crítico y colaboran con las autoridades para organizar respuestas rápidas cuando un animal aparece en apuros. En muchos casos, los equipos en tierra deben decidir con rapidez dónde remolcar un cuerpo, cómo realizar la necropsia y de qué forma minimizar riesgos para la navegación.

La población local también juega un papel clave. La NOAA solicita que cualquier avistamiento de una ballena varada o herida se comunique a líneas de emergencia específicas y pide que no se intente intervenir por cuenta propia. La prioridad es garantizar la seguridad tanto de los animales como de las personas, y asegurar que se puede recopilar la máxima información científica posible.

Lecciones para Europa y para la conservación global

Aunque la ballena gris del Pacífico Oriental no está presente en las aguas europeas, la situación que vive la especie en la costa oeste de Estados Unidos se analiza con atención desde centros de investigación y organizaciones de conservación en España y la Unión Europea. El motivo es sencillo: los procesos que la están afectando —calentamiento del océano, alteración del hielo marino, cambios en la disponibilidad de alimento y presión del tráfico marítimo— son los mismos que ya se observan en el Atlántico Norte y el Mediterráneo.

Los científicos europeos consideran que la ballena gris funciona como una “especie centinela” del estado del océano. Si un gran mamífero marino, históricamente capaz de recuperarse tras episodios de caza intensa, empieza a mostrar una caída poblacional rápida asociada a la falta de alimento, es probable que otros cetáceos con menor capacidad de adaptación sufran consecuencias similares o incluso peores.

En el caso de España, donde hay un interés creciente en el avistamiento responsable de cetáceos en áreas como Canarias, el Estrecho de Gibraltar o el Cantábrico, la experiencia de la costa oeste estadounidense sirve de aviso. Un incremento del tráfico marítimo sin medidas específicas de mitigación podría elevar el riesgo de colisiones y ruido submarino, del mismo modo que está ocurriendo en la bahía de San Francisco.

Por ello, expertos en conservación marina insisten en la necesidad de reforzar estrategias de protección a escala internacional, incluyendo la creación de corredores de migración más seguros, la limitación de velocidades en zonas de alta presencia de cetáceos y la mejora de los sistemas de monitorización y alerta temprana para buques comerciales.

Lo que está pasando con las ballenas grises en la costa oeste de Estados Unidos se ha convertido ya en un caso de estudio global para entender la interacción entre cambio climático y actividad humana en los océanos. A medida que avance la investigación, es probable que las conclusiones alimenten nuevas normativas y recomendaciones tanto en América como en Europa.

El aumento récord de ballenas grises muertas en el litoral del Pacífico norteamericano, las evidencias de desnutrición ligada a la pérdida de alimento en el Ártico, la presión del tráfico marítimo y la rápida caída de la población dibujan un escenario inquietante que obliga a redoblar esfuerzos científicos y de conservación; lo que ocurre hoy frente a Washington, Oregón y California puede marcar el rumbo de las políticas marinas en otros puntos del planeta, incluida Europa, donde la salud de los océanos y de sus grandes mamíferos se interpreta cada vez más como un termómetro directo del impacto humano sobre el clima y la biodiversidad.

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