- Dos ejemplares de ballena jorobada han cruzado entre Australia y Brasil, superando los 15.000 kilómetros.
- El hallazgo se logró mediante la fotoidentificación de la aleta caudal, que actúa como una huella digital.
- El cambio climático y la falta de krill antártico podrían ser los detonantes de estas rutas inusuales.
- Este fenómeno podría favorecer la diversidad genética y el intercambio cultural de cantos entre poblaciones.

La comunidad científica se ha quedado boquiabierta tras el descubrimiento de un desplazamiento sin precedentes de cetáceos. Resulta que la ballena jorobada, conocida por sus enormes aletas y sus largos viajes anuales, ha superado todas las expectativas al recorrer distancias astronómicas entre dos hemisferios distintos.
Un análisis detallado, publicado en la revista Royal Society Open Science, ha puesto en relieve que dos de estos mamíferos lograron conectar las áreas de reproducción de Brasil con las del este de Australia. Este hito, que implica cruzar más de 14.000 kilómetros de aguas abiertas, supone el registro más largo jamás documentado para un mismo individuo de esta especie.
El método de la «huella digital» marina
Para llegar a estas conclusiones, un equipo multidisciplinar liderado por la doctora Cristina Castro Ayala utilizó la técnica de fotoidentificación. Este proceso consiste en analizar los patrones únicos de la parte inferior de la aleta caudal, el llamado fluke, ya que no existen dos iguales en el mundo, funcionando exactamente como si fueran huellas dactilares.
En total, se revisaron casi 20.000 fotografías capturadas entre 1984 y 2025. Gracias a la colaboración de ciudadanos y al uso de algoritmos de la plataforma Happywhale, los expertos pudieron verificar coincidencias exactas entre imágenes tomadas en el Atlántico sur y el Pacífico sur, confirmando que se trataba de los mismos ejemplares mediante avances en el seguimiento y conservación de cetáceos.
Dos historias de resistencia y viaje
El primer caso detectado involucra a una ballena vista en Queensland en 2007 y 2013, que sorprendió a todos al aparecer en São Paulo en el año 2019, habiendo cubierto una distancia de unos 14.200 kilómetros. Sin embargo, el segundo registro es el que realmente ha roto los esquemas.
Se trata de un ejemplar fotografiado en el Banco de Abrolhos, Brasil, en agosto de 2003. Tras pasar 22 años sin rastro, el animal fue localizado en Hervey Bay, Australia, en septiembre de 2025. En este caso, la distancia registrada alcanzó los 15.100 kilómetros, un desplazamiento extraordinario que ocurre en apenas el 0,01% de la población analizada.
¿Qué impulsa estos viajes tan largos?
Los expertos creen que estos eventos no son cambios en las rutas migratorias habituales, sino casos aislados y raros. Se sospecha que la escasez de krill antártico y las variaciones en el hielo marino, provocadas por el calentamiento global, obligan a algunos ejemplares a desviarse en busca de alimento y afectan la relación entre las ballenas y el medio ambiente.
Este fenómeno, denominado «Intercambio en el Océano Austral», sugiere que las ballenas de distintas regiones coinciden en las aguas antárticas y, al regresar, algunas toman el camino equivocado o buscan nuevas rutas. Esto tiene un impacto positivo, ya que podría aumentar la diversidad genética si estos individuos logran reproducirse en sus nuevas zonas.
Además del aspecto biológico, existe un componente social fascinante. Las jorobadas son conocidas por sus complejos cantos de ballenas, y estos cruces permiten que se propaguen tendencias musicales entre poblaciones que normalmente no tendrían contacto, funcionando como una suerte de intercambio cultural marino.
Aunque la fotoidentificación es una herramienta valiosa, solo muestra el punto de partida y la llegada. Para comprender la ruta exacta y los kilómetros reales nadados, los científicos sugieren que en el futuro se combine este método con rastreos satelitales y análisis de ADN, lo que permitiría cuantificar con exactitud estos intercambios transoceánicos.
El descubrimiento de que dos ballenas jorobadas han logrado unir el Atlántico y el Pacífico sur, cubriendo hasta 15.100 kilómetros, pone de manifiesto la increíble capacidad de adaptación de estos cetáceos y cómo factores ambientales como el cambio climático están alterando sus comportamientos migratorios, favoreciendo la conectividad genética y cultural entre poblaciones remotas.