Influencia del clima y las comunidades multi hospedador en la tuberculosis animal y otras infecciones

Última actualización: 3 febrero 2026
  • Las comunidades multi hospedador y el clima determinan la persistencia de la tuberculosis animal en la interfaz fauna silvestre–ganado.
  • Especies como el ciervo y el jabalí juegan papeles clave en la transmisión, junto con la disponibilidad de agua y la riqueza de mamíferos competentes.
  • Los climas áridos y el calentamiento del agua fría favorecen la aparición de infecciones tanto en animales como en humanos, especialmente las transmitidas por el agua.
  • Las estrategias de control deben ser integradas, combinando sanidad animal, gestión de fauna, manejo del territorio y vigilancia microbiológica de los sistemas de agua.

Relación entre clima, hospedadores y tuberculosis animal

La forma en la que el clima moldea las comunidades de mamíferos tiene mucho más impacto del que solemos imaginar cuando hablamos de enfermedades compartidas entre fauna silvestre, ganado y personas. En zonas rurales donde conviven ciervos, jabalíes, vacas y otros animales, pequeños cambios en la temperatura, la humedad o la disponibilidad de agua pueden marcar la diferencia entre tener una enfermedad controlada o que se convierta en un quebradero de cabeza constante.

En los últimos años se ha puesto el foco en cómo el cambio climático y la estructura de las comunidades multi hospedador favorecen la persistencia de infecciones tan complejas como la tuberculosis animal o las enfermedades transmitidas por el agua. Atrás queda la idea de que basta con vigilar a una sola especie para tener la situación bajo control: ahora sabemos que lo que ocurre es el resultado de una red de interacciones entre especies y del entorno físico en el que viven.

La tuberculosis animal como zoonosis compleja en sistemas multi hospedador

La tuberculosis animal (TB), causada por bacterias del complejo Mycobacterium tuberculosis, sigue siendo un problema sanitario y económico relevante en muchas explotaciones ganaderas de la Península Ibérica y otras regiones con condiciones parecidas. No se trata de una infección sencilla que dependa de un único reservorio, sino de una zoonosis que persiste gracias a la interacción de múltiples especies de mamíferos y de diversos factores ambientales.

Durante mucho tiempo, los programas de control han estado centrados casi exclusivamente en uno o dos hospedadores “estrella”, sobre todo el ganado bovino y algunas especies silvestres concretas. Sin embargo, en entornos mediterráneos donde coexisten ciervos, jabalíes, ganado extensivo y otros mamíferos, esta mirada simplificada se queda muy corta y no explica por sí sola por qué la enfermedad se aferra a determinados territorios.

En estos paisajes, los animales comparten pastos, puntos de agua, comederos y cercados, lo que multiplica las oportunidades de contacto directo e indirecto entre especies y, con ello, las posibilidades de contagio. Este escenario encaja de lleno con el enfoque Una Salud, que insiste en que la salud animal, la salud de los ecosistemas y la salud humana están íntimamente entrelazadas.

Un trabajo reciente del Grupo de Investigación en Sanidad y Biotecnología (SaBio) del IREC (CSIC, UCLM, JCCM), junto con otras instituciones de España y Portugal, ha dado un paso más allá en esta línea. En lugar de limitarse a evaluar el papel de un par de especies, se han planteado analizar cómo el conjunto de la comunidad de mamíferos y el clima local condicionan la persistencia de la tuberculosis animal en la interfaz fauna silvestre-ganado.

El cambio de chip principal de este estudio es pasar de hablar de “hospedadores clave” a hablar de “comunidades de mantenimiento”. Es decir, dejar de pensar que basta con identificar al gran culpable para erradicar la TB y empezar a asumir que son varios los protagonistas que, en conjunto, sostienen la circulación del patógeno en un territorio.

Del modelo de uno o dos hospedadores al concepto de “comunidades de mantenimiento”

El enfoque clásico de vigilancia y control de la tuberculosis animal se ha basado habitualmente en vigilar al ganado bovino y, en algunos casos, a una especie silvestre considerada principal, como ciervo o jabalí, según la zona. Este planteamiento parte de la idea de que controlando a esos pocos hospedadores se rompe el ciclo de transmisión de la enfermedad.

Sin embargo, la realidad en los ecosistemas mediterráneos ibéricos es mucho más enrevesada: la TB se mantiene gracias a conjuntos de especies que interactúan entre sí, con roles variados en la epidemiología de la infección. Algunas especies actúan como verdaderos reservorios, otras como “puentes” de transmisión entre fauna silvestre y ganado, y otras funcionan como indicadores de la circulación del patógeno en la zona.

Para abordar esta complejidad, el equipo investigador analizó 18 comunidades multi hospedador distribuidas por España y Portugal. Estas comunidades incluían distintas combinaciones de ungulados silvestres, ganado bovino y otros mamíferos que comparten territorio y recursos, lo que permite observar cómo cambia la dinámica de la TB cuando cambia la composición y estructura de la comunidad.

La recolección de la información sobre fauna silvestre se realizó mediante fototrampeo, una técnica que consiste en instalar cámaras automáticas activadas por movimiento o calor, capaces de registrar la presencia y actividad de los animales sin necesidad de molestarlos. De esta manera se obtuvo una imagen bastante precisa de la abundancia relativa de cada especie y de cómo se distribuyen en el espacio.

Además de los datos de fauna, se incorporaron registros sanitarios del ganado bovino (resultados de campañas de saneamiento, presencia de focos de TB, etc.) y un conjunto amplio de variables ambientales, especialmente relacionadas con el clima (temperaturas, precipitaciones, aridez, humedad) y la disponibilidad de agua en el paisaje.

Para manejar esta maraña de factores interrelacionados, los autores utilizaron modelos de ecuaciones estructurales, una herramienta estadística avanzada que permite analizar, al mismo tiempo, cómo se influyen entre sí múltiples variables y distinguir efectos directos e indirectos sobre un resultado, en este caso, el mantenimiento de la tuberculosis animal.

El papel del ciervo, el jabalí y la diversidad de mamíferos en la tuberculosis animal

Los resultados del estudio apuntan a que no todas las especies participan de la misma manera en el mantenimiento de la TB. Algunas tienen un peso mucho mayor en la persistencia de la enfermedad, mientras que otras juegan papeles secundarios, aunque no por ello irrelevantes para entender la dinámica global del sistema.

Entre todas, el ciervo (Cervus elaphus) destaca como pieza central en la epidemiología de la tuberculosis animal en los sistemas analizados. Su abundancia y, sobre todo, su conectividad (la facilidad con la que se mueve y se relaciona con otros individuos y otras especies) aparecen muy asociadas a la permanencia del patógeno tanto en la fauna silvestre como en el ganado bovino.

El ciervo, al ser un ungulado gregario, que utiliza de forma intensa los mismos recursos que el ganado extensivo (agua, pastos, comederos suplementarios), se convierte en un nodo fundamental dentro de la red de transmisión. Allí donde hay muchas poblaciones de ciervo bien conectadas, la tuberculosis tiende a mantenerse con más facilidad y a saltar al ganado.

Por otra parte, el jabalí (Sus scrofa) actúa como un excelente “termómetro” de la circulación de la TB. No siempre sostiene por sí solo el mantenimiento de la enfermedad en todos los contextos, pero sus infecciones reflejan de manera muy fiable la presencia del patógeno en la comunidad de mamíferos. Cuando el jabalí ocupa puntos estratégicos en la red de contactos -por ejemplo, en zonas donde se concentran recursos- su contribución a la transmisión aumenta notablemente.

El estudio también pone sobre la mesa que la diversidad de mamíferos y la riqueza de especies capaces de mantener la infección son factores cruciales. Cuantas más especies competentes coinciden en una misma comunidad, mayor es la probabilidad de que, aunque una de ellas disminuya o se controle de forma parcial, otras sigan asegurando la continuidad del ciclo de transmisión de la tuberculosis.

De forma más concreta, los modelos muestran que a mayor número de especies capaces de actuar como hospedadores de mantenimiento, más difícil resulta romper la cadena de infección y más probable es que el ganado bovino siga viéndose afectado, incluso con medidas intensivas de control sobre una sola especie.

Un elemento adicional muy relevante es la disponibilidad de agua en el territorio y la forma en que estructura el uso del espacio por parte de los mamíferos. Los puntos de agua naturales o artificiales funcionan como “puntos calientes” de contacto entre especies distintas, facilitando tanto la transmisión directa (por cercanía física) como la indirecta (a través del agua, el barro o el sustrato compartido).

Cómo el clima condiciona la persistencia de la tuberculosis animal

Más allá de quiénes son los hospedadores, el clima introduce una capa extra de complejidad en la dinámica de la TB. No es lo mismo intentar erradicar la enfermedad en una región húmeda con abundantes recursos hídricos que hacerlo en un paisaje seco y caluroso donde el agua es escasa y muy disputada.

Los resultados del trabajo evidencian que los climas más áridos, combinados con una alta riqueza de hospedadores silvestres competentes, suponen un verdadero quebradero de cabeza para la erradicación de la tuberculosis en el ganado bovino. En estas condiciones, la falta de agua hace que tanto fauna silvestre como ganado se vean obligados a concentrarse en unos pocos abrevaderos, charcas o puntos de agua artificial.

Esta concentración genera escenarios de alta densidad de animales en espacios pequeños, perfectos para que el patógeno circule con facilidad: aumenta el contacto directo nariz con nariz, la contaminación de superficies y el intercambio de secreciones y heces en un mismo lugar. Todo ello dispara las oportunidades de transmisión del agente causante de la TB.

La aridez también puede favorecer la supervivencia ambiental de determinados patógenos en zonas encharcadas o fangosas alrededor de las escasas fuentes de agua, manteniendo un reservorio ambiental que complementa el papel de los animales infectados.

En contraste, el estudio señala que la humedad ambiental aparece como un factor con cierto efecto protector frente a la tuberculosis en el ganado bovino. En entornos con mayor humedad relativa y con recursos hídricos más repartidos por el territorio, la concentración de animales en un mismo punto de agua es menor, lo que reduce el número de contactos de riesgo.

Esto no significa que en los climas más húmedos no exista TB, sino que las condiciones para la persistencia y la transmisión intensa hacia el ganado son menos favorables que en las zonas áridas con comunidades muy ricas en hospedadores silvestres. En definitiva, el clima modula la frecuencia y la intensidad de los encuentros entre animales, y con ello, el riesgo epidemiológico.

Implicaciones para la ganadería, la sanidad animal y el riesgo zoonósico

Comprender cómo el clima y la composición de las comunidades de mamíferos determinan la tuberculosis animal no es un ejercicio puramente académico: tiene consecuencias muy prácticas para la gestión de la ganadería y la salud pública, especialmente en regiones rurales dependientes de la producción extensiva.

En muchas áreas del medio rural ibérico, donde predominan climas secos y abundantes poblaciones de hospedadores silvestres, la erradicación de la tuberculosis bovina se ha demostrado especialmente complicada. Las campañas de saneamiento centradas casi únicamente en el ganado chocan una y otra vez con la realidad de una fauna silvestre infectada y con unas condiciones ambientales que favorecen la persistencia del patógeno.

Esta situación no solo genera un problema de salud animal, sino también un impacto económico considerable sobre las explotaciones ganaderas, que sufren restricciones de movimiento, sacrificios obligatorios y costes añadidos asociados a pruebas diagnósticas, reforzamiento de bioseguridad y pérdida de productividad.

Desde el punto de vista de la salud pública, la tuberculosis animal es una zoonosis, es decir, una enfermedad que puede transmitirse, en determinadas circunstancias, a las personas. Aunque los sistemas de inspección y control reducen mucho este riesgo, cuanto más persistente sea la infección en los animales, mayor será la probabilidad de exposición humana, ya sea por consumo de productos de origen animal no controlados adecuadamente o por contacto estrecho en ciertos contextos laborales.

La principal lección que se extrae del estudio es que actuar solo sobre el ganado, sin integrar la gestión de la fauna silvestre ni las particularidades del entorno climático, es una estrategia incompleta y, a menudo, poco eficiente. El esfuerzo y los recursos invertidos en el saneamiento del bovino pueden verse en gran parte neutralizados si la comunidad silvestre y las condiciones ambientales siguen jugando a favor del patógeno.

Por ello, se propone avanzar hacia estrategias integradas que combinen sanidad animal, manejo de fauna y ordenación del territorio. Esto implica, entre otras cosas, revisar la gestión de los puntos de agua, replantear prácticas cinegéticas o de alimentación suplementaria que potencian altas densidades de determinados hospedadores y coordinar de forma más estrecha las actuaciones de los servicios de sanidad animal con los responsables de medio ambiente y gestión de fauna.

Clima, agua e infecciones transmitidas en los sistemas de abastecimiento doméstico

La influencia del clima sobre las enfermedades infecciosas no se limita a la TB en la interfaz fauna silvestre-ganado. El calentamiento global también está alterando la dinámica de las infecciones transmitidas por el agua en los sistemas de abastecimiento doméstico, con implicaciones directas para la salud humana.

En la Fundación Lucha contra las Infecciones, un grupo especializado en infecciones bacterianas graves ha puesto el foco en el aumento de la temperatura del agua fría de uso doméstico. Según explican, las mediciones recientes muestran que, durante cerca de medio año (aproximadamente de junio a noviembre), la temperatura de esta agua supera con frecuencia los 20 ºC, cuando lo deseable sería que se mantuviera por debajo de ese umbral.

Este incremento de temperatura crea un entorno mucho más favorable para el crecimiento de patógenos como bacterias, virus y protozoos. Entre ellos destaca la legionela, una bacteria que prolifera especialmente bien en aguas templadas y que puede encontrar en las instalaciones domésticas y urbanas un hábitat perfecto si no se toman las medidas preventivas adecuadas.

El cambio climático, además, está provocando alteraciones extremas en los patrones de precipitación, alternando periodos de lluvias torrenciales con episodios de sequía prolongada. Las lluvias intensas pueden generar inundaciones que arrastran aguas residuales y otros contaminantes hacia las fuentes de agua potable, mientras que las sequías reducen el volumen de agua disponible y concentran los contaminantes presentes.

En conjunto, todo ello se traduce en una mayor presión sobre los sistemas de abastecimiento de agua, que ya de por sí se encuentran sometidos a una demanda creciente por el aumento de la población y los cambios en los usos del agua. Esta presión extra pone en riesgo la calidad del agua que llega finalmente a los hogares si no se refuerzan los sistemas de vigilancia y tratamiento.

Temperatura del agua fría, micobacterias ambientales y nuevos dispositivos de riesgo

La relación entre temperatura y proliferación de patógenos en el agua es especialmente evidente en el caso de bacterias como las que causan legionelosis o determinadas micobacterias ambientales. Estas últimas, que pueden ocasionar infecciones graves en personas vulnerables, aprovechan la presencia de otros organismos acuáticos para multiplicarse.

Algunas bacterias patógenas necesitan amplificadores biológicos como algas y protozoos para replicarse con mayor eficacia. Estos microorganismos actúan como una especie de refugio y fábrica a la vez: las bacterias se instalan en su interior, se benefician de su maquinaria celular y logran así sobrevivir y multiplicarse en condiciones que, de otro modo, serían menos favorables.

Cuando la temperatura del agua fría aumenta, también lo hace la proliferación de estos organismos amplificadores, de modo que se dispara la cantidad de bacterias potencialmente peligrosas en los sistemas de distribución. De esta manera, las personas quedan más expuestas a infecciones, especialmente si el agua entra en contacto con el sistema respiratorio en forma de aerosoles.

El riesgo se agrava cuando el agua pasa de sus reservorios naturales a las instalaciones cerradas de distribución, como redes de tuberías, depósitos o circuitos de refrigeración. En estos sistemas, las condiciones físico-químicas (temperatura, nutrientes, estancamiento, presencia de biopelículas) pueden ser perfectas para que los patógenos prosperen si no se lleva a cabo un mantenimiento adecuado.

Además, el calentamiento del agua ha dado lugar a que aparezcan nuevos dispositivos considerados de riesgo que antes apenas se tenían en cuenta. Históricamente se vigilaban, sobre todo, las torres de refrigeración y los complejos sistemas de agua caliente en grandes edificios. Ahora hay que añadir instalaciones como túneles de lavado de vehículos, camiones de limpieza y humidificación de calles o sistemas de riego público que generan aerosoles.

Muchos de estos dispositivos, que antes no se contemplaban como puntos críticos, se han convertido en posibles focos de dispersión de agua contaminada con patógenos debido a la suma del aumento de temperatura y la ausencia de un control microbiológico específico. Esto obliga a ampliar el mapa de riesgos asociado a las redes de agua en ciudades y pueblos.

El incremento general de la temperatura ambiental también repercute en las fuentes de agua fría al aire libre y otros puntos de suministro público. A medida que el agua se calienta, se vuelve un entorno más propicio para bacterias, virus y protozoos, lo que obliga a replantear los protocolos habituales de desinfección, mantenimiento y análisis de calidad.

En periodos de calor extremo, la descomposición de materia orgánica en el agua se acelera, favoreciendo la proliferación de microorganismos patógenos y reduciendo el volumen disponible por evaporación, lo cual incrementa la concentración de contaminantes. Todo esto se traduce, en conjunto, en un mayor riesgo de infecciones transmitidas por el agua si no se refuerzan las medidas de prevención.

Nuevos retos de vigilancia y prevención en un clima cambiante

El panorama que dibujan estos estudios, tanto en el ámbito de la tuberculosis animal como en el de las infecciones de origen hídrico en humanos, apunta a una misma conclusión de fondo: el cambio climático y las comunidades multi hospedador exigen un replanteamiento profundo de cómo se vigilan y gestionan las enfermedades infecciosas.

Por un lado, en los sistemas agroganaderos donde la TB es endémica, no basta con seguir apretando las tuercas al ganado bovino. Es imprescindible diseñar programas que se fijen en toda la comunidad de mamíferos y en la estructura del paisaje, identificando qué especies actúan como nodos críticos de transmisión, cómo influyen la aridez, la humedad y la disponibilidad de agua, y qué puntos del territorio concentran un mayor riesgo.

Eso implica, por ejemplo, revisar el diseño y la gestión de los puntos de agua compartidos entre fauna silvestre y ganado, valorar la posible limitación de densidades de ciertas especies silvestres en áreas con alta prevalencia de TB y reforzar la coordinación entre gestores cinegéticos, ganaderos y autoridades sanitarias para que las medidas sean coherentes y complementarias, no contradictorias.

Por otro lado, en el ámbito urbano y doméstico, la subida de la temperatura del agua fría y los cambios en los patrones de lluvia obligan a desarrollar nuevos protocolos de vigilancia microbiológica de los sistemas de distribución. No solo en las redes clásicas de agua caliente y refrigeración, sino también en todos aquellos dispositivos que ahora se reconocen como potenciales fuentes de aerosoles contaminados.

Los expertos recomiendan adaptar y ampliar las estrategias preventivas para infecciones transmitidas por el agua, prestando especial atención a patógenos como legionela, micobacterias ambientales o bacterias no fermentadoras (por ejemplo, Pseudomonas aeruginosa y Acinetobacter). Esto puede traducirse en más controles periódicos, mejoras en el diseño de instalaciones, cambios en la desinfección y una formación específica de los responsables de mantenimiento.

En el ámbito científico, equipos de investigación centrados en infecciones bacterianas graves han propuesto la creación de espacios de debate y actualización, como la presentación de ponencias específicas en congresos especializados, entre ellos el Congreso ESCMID de Microbiología Clínica, con el objetivo de compartir conocimientos, experiencias y herramientas para afrontar estos nuevos escenarios de riesgo ligados al clima.

Todo este conjunto de evidencias y propuestas encaja a la perfección con el enfoque Una Salud, que recuerda que la salud humana, la salud animal y la salud de los ecosistemas son tres caras de la misma moneda. El clima, las comunidades multi hospedador y las infraestructuras que construimos median entre unas y otras, y de cómo aprendamos a gestionarlas dependerá en gran parte nuestra capacidad para mantener bajo control las enfermedades infecciosas en las próximas décadas.

En un contexto de calentamiento global, aridez creciente en muchas regiones y cambios profundos en las comunidades de fauna silvestre y en los sistemas de agua urbanos, entender estas conexiones entre clima, hospedadores y patógenos deja de ser un lujo académico para convertirse en una necesidad práctica: solo integrando la información ecológica, climática y sanitaria será posible diseñar estrategias de control más eficaces, que protejan al mismo tiempo la viabilidad de la ganadería extensiva, la salud de los ecosistemas rurales y la seguridad sanitaria de las poblaciones humanas.