- Identifican en Santa Cruz un peirosáurido hipercarnívoro del Cretácico tardío.
- El fósil, con cráneo de ~50 cm y más de 50 dientes aserrados, mide más de 3 m.
- El hallazgo, publicado en PLOS One, redefine la cumbre depredadora junto a Maip.
- Trabajo internacional (Argentina, Brasil y Japón) y nuevas preguntas sobre su ecología.

En el extremo sur de Argentina, un equipo internacional ha presentado los restos de un pariente extinto de los cocodrilos que actuó como gran depredador en la Patagonia al final del Cretácico. Se trata de Kostensuchus atrox, un crocodilomorfo de porte notable que convivió con dinosaurios y otros vertebrados en ambientes fluviales y llanuras boscosas.
El estudio, dado a conocer en la revista PLOS One, describe un ejemplar excepcionalmente conservado recuperado en Santa Cruz, cerca de El Calafate y el Parque Nacional Los Glaciares. La nueva especie, adscrita a la familia Peirosauridae, aporta evidencias de una red trófica más compleja de lo que se pensaba para esa región del hemisferio sur.
Qué se ha descubierto y por qué importa

Los investigadores describen a Kostensuchus atrox como un hipercarnívoro que ocupaba la parte alta de la cadena trófica hacia finales del Cretácico. Es uno de los peirosáuridos mejor representados de la zona y, por la calidad del material, constituye el primer ejemplar casi completo reportado en la región patagónica.
El nombre combina ‘Kosten’ (viento en lengua aonikenk) con ‘suchus’ (alusión al dios egipcio con cabeza de cocodrilo) y el epíteto atrox (‘feroz’ en latín), en referencia a su rol como depredador dominante en el ecosistema.
El hallazgo ayuda a revisar la composición de fauna del Cretácico tardío en el sur de Sudamérica y muestra que, además de los grandes terópodos, existieron crocodilomorfos capaces de competir por presas. Tras la extinción masiva de hace 66 millones de años, aquella diversidad ecológica se redujo de forma drástica, dejando a los cocodrilos modernos con nichos más restringidos.
Dónde y cómo se halló

El fósil apareció en la Estancia Anita, a unos 30 km al sudoeste de El Calafate (Santa Cruz), en sedimentos de la Formación Chorrillo, un entorno templado y húmedo de ríos y lagunas y vegetación densa que, hace ~70 millones de años, albergó tortugas, ranas, pequeños mamíferos y diversas especies de dinosaurios.
Durante una prospección en marzo de 2020, el técnico del CONICET Marcelo Isasi detectó una concreción con fragmentos oscuros: resultó ser el cráneo. La extracción y preparación, complejas por la dureza de la roca, se extendieron durante años, incluso en pleno confinamiento por la pandemia, hasta revelar un esqueleto articulado de notable integridad.
La zona ya había destacado por hallazgos como Maip macrothorax, Nullotitan glaciares e Isasicursor santacrucensis. Con Kostensuchus atrox, se refuerza la idea de un paisaje con depredadores de orígenes distintos, capaz de sostener interacciones y competencias más variadas de lo supuesto.
En la investigación participaron Fernando Novas (CONICET – Fundación de Historia Natural Félix de Azara) y Diego Pol (CONICET – Museo Argentino de Ciencias Naturales), junto a Makoto Manabe y Takanobu Tsuihiji (Universidad de Tokio) y colaboradores como Federico Agnolín, Ismar de Souza Carvalho, Sebastián Rozadilla, Gabriel Lio y el citado Isasi, entre otros.
El proyecto contó con apoyos de la National Geographic Society, la FAPERJ y el CNPq de Brasil, fondos que facilitaron el trabajo de campo y laboratorio, además de estudios comparativos con materiales de África y Brasil.
Cómo era el animal y qué comía
El ejemplar preserva un cráneo de unos 50 cm, mandíbula robusta y un cuerpo que superaba los 3–3,5 metros de longitud, con masa estimada por encima de los 250 kg. Presenta más de 50 dientes cónicos con bordes aserrados, de hasta 5 cm, pensados para sujetar y cortar tejido animal con gran eficacia.
La anatomía sugiere una mordida muy potente y un modo de vida terrestre o semiacuático. Sus extremidades y tronco denotan fuerza y versatilidad, rasgos adecuados para desplazarse tanto por cauces y orillas como por planicies cercanas.
Por su talla y dentición, pudo alimentarse de dinosaurios juveniles, tortugas y otros reptiles. A diferencia de los cocodrilos actuales, más ligados a medios acuáticos, este linaje extinto estaba adaptado a explotar recursos en distintos ambientes y a perseguir activamente a sus presas.
Un entramado de depredadores en la Patagonia cretácica

Hasta hace poco, la narrativa de grandes cazadores en la región se centraba en dinosaurios carnívoros como los megaraptores (por ejemplo, Maip macrothorax). La irrupción de Kostensuchus atrox muestra que los crocodilomorfos también disputaban la cima predatoria en aquellos paisajes dinámicos.
El nuevo material facilita comparar a los peirosáuridos patagónicos con sus parientes africanos y brasileños, indicando una distribución amplia en Gondwana y una notable diversidad ecológica dentro del grupo. La especie descrita figura entre los mayores cazadores de su formación geológica.
Aunque el esqueleto está bien conservado, persisten interrogantes: se desconoce si cazaba en solitario o en grupo, cómo era su reproducción y si existían cuidados parentales. Faltan individuos juveniles asociados, y la ausencia de algunas piezas menores limita ciertas comparaciones; futuras excavaciones serán claves para afinar su historia evolutiva.
Los científicos también exploran cómo le afectaron los cambios ambientales y la competencia por recursos antes de desaparecer junto a otros grandes reptiles del Cretácico. La hipótesis del impacto meteorítico explica el evento global, pero queda por precisar qué ocurrió localmente en la Patagonia austral.
Este hallazgo integra anatomía, contexto geológico y trabajo colaborativo para reconstruir un capítulo decisivo del sur del mundo: cuando, hace unos 70 millones de años, un cocodrilo hipercarnívoro de hocico ancho y dentadura aserrada compartía y disputaba el dominio de ríos y llanuras con los últimos dinosaurios.
