- Los corales presentan un ritmo de descanso nocturno similar en duración al sueño humano, pese a no tener sistema nervioso.
- La simbiosis con algas fotosintéticas genera estrés oxidativo diurno que el coral repara durante su “sueño”.
- El descanso nocturno del coral mantiene estable la relación huésped-microbioma y pudo surgir muy temprano en la evolución animal.
- Conocer estos ritmos internos es clave para mejorar la conservación y restauración de los arrecifes de coral.
Cuando pensamos en sueño, casi siempre nos vienen a la cabeza mamíferos, aves o incluso reptiles. Imaginamos cerebros complejos apagando luces para ahorrar energía y reparar daños. Pero, ¿qué pasa con esos organismos que ni siquiera tienen neuronas, como los corales? ¿Tienen algo que se parezca remotamente al descanso nocturno o están activos sin pausa, día y noche, como si fueran máquinas biológicas?
Un trabajo científico reciente ha sacudido esta idea al mostrar que los corales también “duermen”, aunque no tengan sistema nervioso ni cerebro. Su descanso no se parece al nuestro en cuanto a comportamiento visible (no cierran ojos ni se tumban, claro), pero a nivel biológico siguen un ritmo de sueño y vigilia muy claro que implica cambios profundos en sus genes, en su metabolismo y en la relación con los microbios que viven dentro de ellos.
Los corales también duermen: qué se ha descubierto exactamente

Un equipo del Instituto de Biología Evolutiva (IBE, centro mixto CSIC-UPF) ha demostrado que los corales presentan un estado de reposo nocturno muy parecido, en términos de duración, al que experimentan los humanos. En concreto, el coral cerebro Pseudodiploria strigosa, habitante de los arrecifes del Caribe, pasa cerca de un tercio del día en “modo descanso”, unas ocho horas aproximadamente durante la noche.
Lo realmente llamativo es que este fenómeno ocurre a pesar de que el coral carece de sistema nervioso. Es decir, no tiene neuronas ni estructuras cerebrales que coordinen el sueño como ocurre en mamíferos u otros vertebrados. Aun así, sus células siguen un ritmo circadiano bien definido, regulado por la alternancia de luz y oscuridad, que marca cuándo toca estar activo y cuándo toca repararse.
El estudio se publicó en la revista Cell Host & Microbe y fue liderado por el grupo de investigación de Javier del Campo, con Bradley Allen Weiler como primer autor. Ambos subrayan que se trata de la primera vez que se documenta de forma tan clara un patrón de sueño-vigilia en animales sin sistema nervioso, y además en condiciones naturales, directamente en el arrecife.
Este hallazgo pone sobre la mesa una idea potente: el sueño podría ser un mecanismo evolutivo muy antiguo, anterior incluso a la aparición de los cerebros. En vez de ser algo ligado solo a la mente o a la consciencia, el descanso biológico estaría profundamente conectado con la reparación celular y el mantenimiento de las relaciones simbióticas entre organismos.
Dónde y cómo se hizo el estudio: un arrecife caribeño como laboratorio

Para desentrañar si los corales duermen, los investigadores se desplazaron al arrecife vivo de la isla de Curazao, en el mar Caribe. Allí seleccionaron colonias del llamado “coral cerebro”, Pseudodiploria strigosa, muy característico por sus surcos y formas onduladas, y estudiaron también a sus simbiontes, unas microalgas del género Breviolum que viven dentro de sus células.
El diseño del trabajo fue tan sencillo de explicar como complejo de ejecutar: el equipo realizó inmersiones cada seis horas durante tres días seguidos, a unos cinco metros de profundidad, para tomar muestras tanto del coral como de su microbioma. De este modo pudieron cubrir todo el ciclo de 24 horas, captando lo que pasaba al amanecer, al mediodía, al atardecer y a medianoche.
En cada muestreo analizaron la expresión génica, es decir, qué genes estaban activos en el coral y en sus microbios en cada momento del día. Esta aproximación, conocida como análisis transcriptómico, permitía ver con gran detalle cómo cambiaban los procesos biológicos internos en función de la luz o la oscuridad.
Los datos revelaron un patrón día-noche muy marcado en el huésped coralino: por la noche se activaban genes relacionados con la reparación del ADN, el mantenimiento celular y la respuesta a daños, mientras que durante el día predominaban procesos asociados al metabolismo y a la interacción con las algas fotosintéticas.
Weiler resumió los resultados de forma muy clara: P. strigosa “duerme” una tercera parte del día, del mismo modo que muchas personas duermen alrededor de ocho horas. Su reloj biológico, o ritmo circadiano, está firmemente determinado por el ciclo de luz y oscuridad, aunque no exista un cerebro central que mande.
Corales y microalgas: una simbiosis tan útil como peligrosa
En el interior de las células del coral vive una comunidad de microalgas fotosintéticas, principalmente del género Breviolum. Esta relación es una simbiosis mutualista: ambos organismos se benefician. Las algas obtienen refugio y nutrientes, mientras que el coral recibe productos de la fotosíntesis, sobre todo compuestos orgánicos que le proporcionan energía.
Durante las horas de luz, las algas realizan la fotosíntesis intensamente, llegando a aportar hasta la mayor parte de la energía necesaria para que el coral crezca, forme su esqueleto calcáreo y mantenga sus tejidos en buen estado. Esta colaboración es tan estrecha que, sin sus simbiontes, muchos corales no podrían construir los grandes arrecifes que conocemos.
Sin embargo, ese “trato” viene con contrapartidas. La fotosíntesis, además de generar azúcares y otros nutrientes, produce especies reactivas de oxígeno, unas moléculas muy inestables que pueden dañar proteínas, lípidos y, sobre todo, el ADN de las células del coral. Es lo que se conoce como estrés oxidativo, una condición que, si no se controla, acaba deteriorando los tejidos.
Los investigadores explican esta situación con metáforas muy gráficas: las algas simbiontes son como un chef excelente que te llena la mesa de comida, pero que a la vez va chocando con los muebles y rompiendo platos. El coral recibe un enorme beneficio energético, pero también sufre daños colaterales que debe reparar de manera constante para que la relación no se vuelva tóxica.
Ahí entra en juego el descanso nocturno. Cuando se pone el sol y la fotosíntesis se detiene, el coral tiene la oportunidad de activar mecanismos de reparación sin el “ruido” metabólico del día. Es en ese tramo oscuro cuando su maquinaria interna se centra en arreglar el ADN, recomponer tejidos y ajustar el equilibrio con los microbios.
Qué hacen el coral y sus microbios de día y de noche
Los datos del estudio mostraron que el coral sigue un ciclo interno muy ordenado, en el que cada momento del día tiene sus tareas biológicas predominantes. Al amanecer, por ejemplo, se detectó un fuerte impulso en procesos relacionados con el metabolismo del ARN y el reinicio de la actividad celular tras la “noche de reparaciones”. Es como si el sistema arrancara de nuevo, preparado para otro día de fotosíntesis y simbiosis intensa.
A medida que avanza la jornada y se acerca el atardecer, cambian las prioridades. En esa franja horaria se observan variaciones en el metabolismo de lípidos y aminoácidos, reflejo de la gestión de la energía producida por las algas y de los ajustes finos necesarios para mantener la homeostasis del tejido coralino.
Ya de noche, especialmente hacia la medianoche, el protagonismo pasa a los genes vinculados a respuestas al estrés, organización mitocondrial y reparación del ADN. Es el periodo en el que el coral entra en un estado de baja actividad metabólica general, pero con un fuerte énfasis en “arreglar desperfectos” celulares causados por el día.
Mientras todo esto ocurre en el huésped, el microbioma del coral sigue su propio guion. Las microalgas y otros microbios asociados dejan de realizar fotosíntesis cuando no hay luz, pero mantienen otras funciones celulares activas y estables. No parecen necesitar un descanso tan marcado como el del coral, ya que su actividad nocturna no genera el mismo nivel de estrés oxidativo.
Esta separación de funciones es clave: el coral descansa y repara, mientras que sus simbiontes siguen trabajando en segundo plano, sosteniendo la comunidad microbiana. El resultado es un sistema que no se detiene del todo, pero que cambia la prioridad de procesos según la hora del día para proteger la relación mutualista.
Por qué se puede hablar de “sueño” en un organismo sin neuronas
Puede resultar chocante usar la palabra “sueño” para un animal que ni siquiera tiene sistema nervioso central. Sin embargo, en biología del sueño no solo se tienen en cuenta las conductas visibles, sino también los patrones internos: alternancia rítmica día-noche, periodos de baja actividad, fases dedicadas a la reparación, cambios genéticos cíclicos, etc.
En el caso del coral, se observa un periodo nocturno en el que baja la actividad general, se reorienta el metabolismo hacia la reparación de daños y se activan rutas moleculares específicas para recuperar el ADN afectado por el estrés oxidativo diurno. Todo eso encaja con una definición amplia de sueño como estado recurrente de descanso y restauración a nivel celular y fisiológico.
Los propios autores del estudio subrayan que muchas veces damos por hecho que solo los animales con cerebro necesitan dormir porque asociamos el sueño con la consciencia, la memoria o los sueños. Sin embargo, en esencia, el sueño es un momento en el que el organismo se reorganiza, repara daños y resetea procesos internos para poder afrontar el siguiente periodo de actividad.
Desde esta perspectiva, el caso de los corales encaja muy bien: aunque no haya neuronas, sí hay un ritmo interno coordinado que regula qué funciones se desempeñan de día y cuáles se concentran por la noche. Y, sobre todo, existe una clara función reparadora nocturna sin la cual la simbiosis con las algas acabaría siendo dañina.
Por eso, este trabajo invita a ampliar la mirada sobre qué entendemos por dormir y a considerar que el descanso biológico puede adoptar muchas formas, algunas de ellas muy alejadas de lo que estamos acostumbrados a ver en vertebrados.
Un mecanismo evolutivo muy antiguo para manejar la vida en simbiosis
Uno de los mensajes más potentes que deja esta investigación es que el sueño podría ser un rasgo extremadamente antiguo en la historia de la vida animal. En lugar de ser una innovación propia de organismos con cerebro, habría surgido como una estrategia para gestionar el desgaste provocado por la actividad diaria y, en particular, por las relaciones simbióticas.
Los autores proponen que, hace cientos o incluso miles de millones de años, ciertos microorganismos quedaron atrapados en el interior de las células de animales muy primitivos, dando lugar a asociaciones estrechas como la que hoy vemos entre el coral y sus algas. Estas relaciones no son intencionadas ni “diseñadas”, sino que se mantienen porque existen compromisos y equilibrios que compensan sus efectos negativos.
En este contexto, un ciclo de actividad diurna intensa y descanso reparador nocturno habría sido una solución muy eficaz: durante el día, los simbiontes producen energía, aunque generen estrés oxidativo; durante la noche, el huésped se centra en reparar los daños y en restaurar su integridad celular.
Esta idea encaja con lo que se sabe de otros organismos: prácticamente todos los seres vivos, desde bacterias hasta humanos, muestran algún tipo de ritmo interno que organiza sus procesos biológicos en función de ciclos ambientales previsibles como el día y la noche. En ese sentido, el descanso coralino vendría a ser una manifestación más de esa estrategia universal.
Del Campo lo resume con una frase contundente: todos los seres vivos necesitan repararse, independientemente de que tengan o no neuronas. Establecer un ritmo que facilite esa reparación es una táctica evolutiva muy antigua y tremendamente exitosa, que ha permitido que relaciones complejas, como la de coral y microalgas, persistan durante eras geológicas.
Implicaciones para la conservación de los arrecifes y el cambio climático
Más allá de la curiosidad científica, conocer que los corales tienen ciclos de sueño y reparación nocturna tiene consecuencias prácticas en un momento crítico para los océanos. Los arrecifes de coral están amenazados por el calentamiento global, la acidificación del mar, la contaminación y la sobrepesca, lo que provoca eventos masivos de blanqueamiento y mortalidad.
Comprender a fondo la fisiología de los corales, incluidos sus ritmos circadianos y la dinámica de su microbioma, es clave para diseñar programas de restauración más eficaces. Muchos proyectos actuales cultivan corales en viveros o laboratorios (ex situ) para luego reintroducirlos en el mar, y reproducir sus condiciones naturales pasa también por respetar sus ciclos de luz, oscuridad y descanso.
Si sabemos que el coral necesita un periodo nocturno prolongado para reparar el daño oxidativo que le causan sus simbiontes durante el día, tiene sentido ajustar la iluminación, la temperatura y otros factores en los criaderos para no interferir con ese “turno de mantenimiento”. De lo contrario, podríamos estar generando estrés crónico que afecte a su salud a largo plazo.
Además, este tipo de estudios ayuda a entender mejor cómo los microorganismos influyen en la respuesta de los animales al cambio climático. El equilibrio entre coral y algas simbióticas es extremadamente delicado: cuando la temperatura del agua sube demasiado, el estrés aumenta y la simbiosis puede romperse, dando lugar al blanqueamiento coralino.
Conocer los mecanismos internos de adaptación, como este descanso reparador nocturno, puede ser fundamental para identificar qué especies o poblaciones serán más resilientes, así como para seleccionar y cultivar variedades de coral y simbiontes mejor adaptadas a las condiciones futuras de los océanos.
Repensar el sueño y las relaciones simbióticas en la naturaleza
El hallazgo de que los corales duermen a su manera obliga a replantearse ideas que dábamos casi por obvias sobre el sueño y la complejidad animal. Nos recuerda que conceptos que creíamos ligados a los cerebros avanzados pueden tener raíces mucho más profundas, vinculadas a la simple necesidad de mantener las células en buen estado; también se han descrito ritmos de sueño en otras especies marinas, como los caballitos de mar.
También pone el foco en la importancia de las relaciones simbióticas, esas alianzas estrechas entre especies que, con frecuencia, sostienen ecosistemas enteros. En el caso de los corales, la simbiosis con las algas Breviolum es la base de los arrecifes tropicales, auténticas ciudades submarinas que albergan una biodiversidad descomunal.
Ver que el sueño del coral sirve, entre otras cosas, para mantener a raya los efectos secundarios de esa simbiosis abre una forma nueva de interpretar otros vínculos huésped-microbio, desde los que afectan a invertebrados marinos hasta las comunidades de bacterias que viven en nuestro intestino.
Este trabajo, en definitiva, nos invita a considerar el sueño como un pacto silencioso entre el organismo y sus aliados microscópicos. Un tiempo de descanso en el que se renegocian, una y otra vez, los límites de una convivencia que aporta enormes beneficios, pero que requiere una gestión cuidadosa de sus costes.
Resulta fascinante que sean precisamente los corales, grandes arquitectos de los ecosistemas marinos, los que nos den esta lección. Bajo su apariencia inmóvil y silenciosa, laten relojes biológicos finamente ajustados, capaces de coordinar genes, microbios y ciclos ambientales para que, cada amanecer, la maquinaria de la simbiosis vuelva a ponerse en marcha en el corazón azul del planeta.