- Los corales, pese a carecer de sistema nervioso, presentan un ritmo de sueño nocturno regulado por un reloj circadiano similar al humano.
- Este descanso permite reparar el ADN y los tejidos dañados por el estrés oxidativo generado durante la fotosíntesis de las microalgas simbiontes.
- Los hallazgos apuntan a un origen muy antiguo del sueño como estrategia evolutiva para equilibrar relaciones huésped-microbio.
- Conocer estos ciclos internos resulta clave para mejorar la restauración de arrecifes y su resiliencia frente al cambio climático.
Cuando pensamos en dormir, casi siempre nos imaginamos a animales con cerebro y sistema nervioso: personas, mamíferos, aves, quizá algún pulpo curioso. Sin embargo, en los arrecifes del Caribe ocurre algo que rompe todos estos esquemas: los corales también duermen, a pesar de ser organismos sin neuronas ni cerebro tal y como los entendemos. Y no solo duermen, sino que siguen un patrón de descanso que recuerda bastante al nuestro.
En los últimos años, un conjunto de estudios liderados por el Instituto de Biología Evolutiva (IBE, CSIC-UPF) ha puesto patas arriba la visión clásica del sueño. Gracias a un trabajo agotador de buceo, toma de muestras y análisis genético en la isla caribeña de Curazao, se ha demostrado que el sueño en corales es un mecanismo evolutivo muy antiguo, estrechamente ligado a su relación simbiótica con microalgas y otros microorganismos que viven dentro de sus células. Lo que ocurre durante la noche en estos “arquitectos del océano” es clave para entender no solo los arrecifes, sino también el origen ancestral del sueño en el reino animal.
Los corales duermen sin cerebro: un giro en la idea de sueño

Durante mucho tiempo se pensó que el sueño era un privilegio de los organismos con sistema nervioso central complejo, algo ligado a la actividad de las neuronas y a la necesidad de “reiniciar” el cerebro. Los corales, por el contrario, son animales muy primitivos, sin cerebro ni estructuras nerviosas centralizadas. Aun así, los datos recientes muestran que estos animales pasan aproximadamente un tercio del día en un estado de reposo, similar en duración a nuestras ocho horas de sueño.
Los experimentos se centraron en una especie concreta, el llamado coral cerebro Pseudodiploria strigosa, muy común en los arrecifes caribeños. Estos corales forman estructuras masivas con aspecto de cerebro humano y albergan en su interior millones de microalgas del género Breviolum. Lo sorprendente es que, pese a la ausencia de neuronas, se detectó un patrón muy claro de actividad alternante día-noche en los genes del coral que encaja con lo que entendemos por sueño.
El equipo de investigadores, con Bradley Allen Weiler como primer autor y Javier del Campo como responsable principal, demostró que el coral entra en un estado de baja actividad metabólica durante la noche, mientras se activan genes relacionados con la reparación de ADN y mantenimiento celular. Este comportamiento se interpretó como una forma de sueño, aunque el organismo carezca de cerebro al uso.
Mientras tanto, el microbioma del coral —formado sobre todo por las algas simbiontes y otros microbios asociados— no se “duerme” en el mismo sentido. Las algas detienen la fotosíntesis porque no hay luz, pero continúan con otras funciones celulares, manteniendo una actividad estable durante la noche. Es decir, el coral duerme, pero sus inquilinos microscópicos siguen despiertos.
Los resultados de esta investigación, publicados en la revista Cell Host & Microbe, no solo ponen de manifiesto que los corales descansan, sino que este descanso está estrechamente regulado por un ritmo circadiano, muy parecido al que gobierna el sueño y la vigilia en humanos y otros animales más complejos.
Cómo se descubrió el sueño en corales: día y noche en Curazao

Para llegar a estas conclusiones no bastaba con observar a simple vista los corales en un acuario de laboratorio. El equipo del IBE decidió estudiar el fenómeno directamente en su entorno natural, en el arrecife de la isla de Curazao, en el mar Caribe, donde abundan los corales cerebro Pseudodiploria strigosa y sus algas simbiontes Breviolum.
A lo largo de tres días consecutivos, los científicos realizaron inmersiones cada seis horas a unos cinco metros de profundidad. Durante cada inmersión recogieron muestras tanto del tejido del coral como de su microbioma, con el fin de analizar qué genes estaban activos en distintos momentos del ciclo de luz y oscuridad. Este esfuerzo de muestreo continuado permitió obtener una fotografía muy detallada de la actividad biológica a lo largo de las 24 horas.
En cada punto de muestreo, el equipo comparó la expresión génica del coral entre el periodo diurno y el nocturno. Lo que encontraron fue una clara alternancia: durante el día, el coral mostraba una mayor expresión de genes vinculados al metabolismo activo y a la interacción con las microalgas; durante la noche, cambiaba el patrón y se disparaba la actividad de genes relacionados con la reparación de daños celulares y el mantenimiento de los tejidos.
Este cambio rítmico en la expresión de miles de genes, sincronizado con el ciclo día-noche, encaja con la definición funcional de sueño: un periodo recurrente en el que el organismo reduce su actividad, se vuelve menos sensible al entorno y prioriza procesos internos de recuperación. En palabras de Weiler, P. strigosa “duerme” alrededor de un tercio del día, de forma muy parecida a la proporción de sueño que necesitamos los humanos.
Un detalle clave del estudio es que se trata de una investigación realizada in situ, en condiciones naturales, y no en un entorno artificial de laboratorio. Esto da un peso añadido a las conclusiones, ya que muestra que este ritmo de sueño y vigilia forma parte de la biología real del arrecife, con todos sus matices y complejidades ambientales.
Microalgas simbiontes: aliados que nutren y dañan a la vez
Entender por qué los corales duermen pasa por comprender antes su relación simbiótica con las microalgas Breviolum que viven dentro de sus células. Esta alianza es el corazón del funcionamiento de los arrecifes de coral: gracias a estas algas, el coral obtiene gran parte de la energía que necesita para crecer, construir sus esqueletos calcáreos y mantener el ecosistema que alberga a miles de especies marinas.
Durante el día, las microalgas realizan fotosíntesis aprovechando la luz solar. En ese proceso producen compuestos orgánicos ricos en energía que transfieren al coral huésped, aportándole hasta el 90 % de su nutrición. Este intercambio hace posible que los corales funcionen casi como plantas solares con forma de animal, extremadamente eficientes energéticamente en aguas pobres en nutrientes.
Sin embargo, esta cooperación tiene un lado oscuro. La fotosíntesis genera de rebote especies reactivas de oxígeno, moléculas muy inestables que pueden causar daño oxidativo en las células. En el caso de los corales, estos compuestos pueden deteriorar tanto los tejidos como el material genético (ADN) del huésped, creando una situación de estrés celular constante durante las horas de luz.
Según explica Javier del Campo, se trata de una relación muy beneficiosa, pero con “costes colaterales” inevitables. Las algas simbiontes son como un proveedor de energía que, mientras alimenta al coral, también va dejando un rastro de daños oxidativos en sus estructuras celulares. Para que esta simbiosis no acabe volviéndose tóxica, el coral necesita un mecanismo que compense, cada día, ese desgaste.
Ahí es donde entra en juego el sueño nocturno del coral. Al apagarse la luz al atardecer y detenerse la fotosíntesis, el organismo pasa a un estado de reposo en el que prioriza las herramientas moleculares dedicadas a corregir mutaciones, reparar ADN roto y restaurar tejidos dañados. Es una especie de turno de mantenimiento nocturno que permite que, al volver a amanecer, la relación coral-microalgas siga siendo viable y mutuamente beneficiosa.
El sueño como mecanismo para proteger el equilibrio simbiótico
Durante la noche, cuando ya no hay luz disponible para la fotosíntesis, el coral activa una batería de procesos de reparación y defensa celular. Los análisis de expresión génica mostraron una fuerte subida de genes implicados en la corrección de errores en el ADN, la respuesta al estrés oxidativo y la regeneración de tejidos.
Este estado de reposo implica que el coral reduce su actividad metabólica general y se centra en arreglar el daño acumulado durante el día por culpa de las especies reactivas de oxígeno generadas por las algas. Mientras tanto, el microbioma asociado al coral —incluidas las Breviolum— mantiene un nivel de actividad relativamente constante, pero sin realizar fotosíntesis, lo que evita la producción extra de compuestos oxidantes en esa franja horaria.
De este modo, el sueño del coral no es solo un descanso “para sí mismo”, sino una estrategia para mantener en equilibrio una relación mutualista que podría ser peligrosa si el daño no se compensase a diario. El periodo nocturno se convierte en una ventana crítica en la que el coral puede recuperar su integridad genética y estructural antes de volver a exponerse a un nuevo día de intensa fotosíntesis simbiótica.
Los investigadores subrayan que esta dinámica ilustra muy bien cómo las relaciones mutualistas en la naturaleza no son perfectas ni libres de coste. Muchas de ellas, como la de los corales y sus microalgas, implican un delicado tira y afloja en el que los beneficios van de la mano de ciertos daños. El sueño, en este contexto, actúa como un “acuerdo de compensación” que permite que la alianza se mantenga estable a lo largo del tiempo.
Sin este turno de reparación nocturna, la acumulación de daños podría romper el equilibrio y transformar una relación cooperativa en un vínculo perjudicial. El sueño coralino aparece así como una pieza esencial que sostiene la resiliencia de los arrecifes y su capacidad para persistir a lo largo de millones de años.
Un reloj interno sin neuronas: ritmo circadiano en corales
Uno de los aspectos más fascinantes del trabajo del IBE es la demostración de que los corales poseen un ritmo circadiano bien definido, a pesar de carecer de sistema nervioso como tal. El ciclo sueño-vigilia en Pseudodiploria strigosa está claramente vinculado a la alternancia entre luz y oscuridad, y regula de forma coordinada tanto los procesos metabólicos como las funciones de reparación interna.
El término ritmo circadiano hace referencia a ese reloj biológico de aproximadamente 24 horas que encontramos en casi todos los seres vivos, desde bacterias hasta mamíferos. En humanos, por ejemplo, regula el sueño, la temperatura corporal, las hormonas y muchas otras funciones fisiológicas. En los corales, este reloj interno organiza cuándo toca estar activo y nutrirse gracias a la fotosíntesis de las algas, y cuándo es el momento de “bajar persianas” y dedicarse a la recuperación.
Weiler señala que el coral cerebro “duerme” alrededor de un tercio del día, de un modo que recuerda mucho al patrón humano de dormir unas ocho horas por noche. Este paralelismo es llamativo, teniendo en cuenta las enormes diferencias entre ambos tipos de organismo, y sugiere que la necesidad de alternar actividad y descanso profundo es algo muy arraigado en la historia evolutiva de los animales.
El hecho de que un animal tan primitivo muestre un ciclo sueño-descanso tan marcado indica que el reloj circadiano no depende necesariamente de un cerebro sofisticado. En cambio, puede estar gestionado por redes de regulación genética y bioquímica distribuidas por las células del organismo, capaces de sincronizarse con los cambios de luz ambiental.
Este hallazgo empuja a replantearse qué entendemos exactamente por sueño. Más allá de las fases con movimientos oculares rápidos o patrones eléctricos cerebrales, el sueño podría definirse mejor como un estado biológico ancestral de inactividad relativa, con menor respuesta a estímulos externos y una fuerte prioridad por la reparación interna, presente en una gran diversidad de formas de vida.
Origen ancestral del sueño: de los corales a todo el reino animal
Las conclusiones del estudio apuntan a que el sueño, en lugar de ser una invención tardía ligada a la aparición del cerebro, podría ser un mecanismo muy antiguo surgido en los primeros animales. La idea que proponen los investigadores es que este estado de reposo cíclico evolucionó como una respuesta para equilibrar relaciones simbióticas tempranas entre huéspedes y microorganismos internos.
Según esta hipótesis, hace miles de millones de años algunos microorganismos quedaron atrapados dentro de las células de animales primitivos, dando origen a asociaciones estrechas que aportaban ventajas energéticas, pero también nuevos tipos de estrés celular. Para que estas relaciones no resultasen letales, los hospedadores habrían desarrollado periodos de inactividad en los que centrarse en arreglar el daño producido por sus simbiontes durante los periodos de actividad.
En el caso de los corales modernos, esa lógica sigue plenamente vigente. De día, las algas Breviolum alimentan al coral, pero generan especies reactivas de oxígeno que le dañan. De noche, el coral reduce su actividad, prioriza la reparación del ADN y de los tejidos afectados, y se prepara para otro ciclo de intensa interacción simbiótica. El sueño, en este escenario, es un compromiso evolutivo que hace viable una relación que, sin ese respiro nocturno, sería destructiva.
La investigación liderada por el IBE confirma así que el sueño no se limita a los animales con cerebro, sino que aparece como una estrategia universal de reparación que podrían compartir buena parte de los seres vivos. “Todos los organismos necesitan algún tipo de mantenimiento interno”, recuerda Del Campo, y establecer un ritmo que ordene ese mantenimiento en ciclos regulares parece haber sido una jugada evolutiva tremendamente exitosa.
Este cambio de perspectiva invita también a revisar cómo interpretamos el papel de las relaciones simbióticas a lo largo de la historia de la vida. Lejos de ser simples asociaciones utilitarias, estas relaciones han podido moldear procesos fundamentales como el sueño, empujando a los organismos a desarrollar mecanismos finos de regulación para convivir con sus socios microscópicos.
Relevancia para la conservación de arrecifes y el cambio climático
Más allá de la fascinación teórica por descubrir que los corales duermen, estos hallazgos tienen implicaciones muy prácticas para la conservación marina y la restauración de arrecifes. Los corales son considerados los grandes arquitectos de los ecosistemas marinos, ya que construyen estructuras tridimensionales que sirven de refugio y zona de cría para miles de especies de peces e invertebrados.
Comprender con detalle la fisiología del coral, incluidos sus ciclos de sueño y de reparación nocturna, es clave para diseñar mejores estrategias de cultivo en viveros y de reintroducción en el medio natural. Si queremos “reforestar” el océano con corales criados en condiciones controladas, resulta fundamental replicar lo más fielmente posible sus ciclos de luz, oscuridad y descanso, para que los organismos desarrollen una fisiología robusta y adaptable antes de volver al mar.
El trabajo de Weiler, Del Campo y su equipo también abre la puerta a investigar cómo los microorganismos simbiontes influyen en la respuesta de los corales frente al cambio climático. Fenómenos como el calentamiento del agua o la acidificación oceánica alteran el equilibrio entre el coral y sus algas, provocando episodios de blanqueamiento y mortalidad masiva. Saber de qué manera el sueño y la reparación nocturna intervienen en la capacidad de los corales para soportar estrés ambiental puede ser determinante para priorizar acciones de conservación.
El descubrimiento de que el sueño es un mecanismo ancestral compartido por animales con y sin sistema nervioso pone de relieve hasta qué punto procesos aparentemente cotidianos pueden estar en el centro de la resiliencia de los ecosistemas. En el caso de los arrecifes, entender cómo, cuándo y por qué descansan sus arquitectos principales puede marcar la diferencia entre planes de restauración exitosos y proyectos que se quedan a medio camino.
Este nuevo enfoque sobre el sueño coralino nos lleva, en definitiva, a mirar los arrecifes con otros ojos: ya no solo como paisajes espectaculares, sino como comunidades reguladas por ritmos íntimos en los que el descanso nocturno desempeña un papel fundamental para que la vida pueda seguir floreciendo día tras día.
Todo este cuerpo de evidencia nos deja una imagen muy sugerente: en las profundidades iluminadas del Caribe, los corales cerebro que parecen inmóviles están viviendo una coreografía silenciosa de sueño y vigilia, negociando a diario su alianza con las microalgas que los alimentan. Ese ir y venir de luz y oscuridad, de fotosíntesis y reparación, de actividad y descanso, revela que el sueño es uno de los hilos más antiguos que sostienen la vida, incluso en criaturas sin cerebro que, desde hace millones de años, dan forma a algunos de los ecosistemas más ricos y frágiles del planeta.
