- La minería de oro ilegal impulsa la contaminación por mercurio en la cuenca amazónica.
- Los delfines rosados muestran niveles muy elevados de mercurio, con registros de hasta 42 mg/kg en el Orinoco.
- El equipo de Fernando Trujillo usa a los delfines como centinelas del estado del río, con operativos médicos periódicos.
- Gobiernos de la región anuncian medidas, pero la minería ilegal persiste y las poblaciones de delfines caen.
Un brillo rosado corta el agua turbia del gran río mientras un equipo de campo rodea con redes a varias toninas; no es una escena cualquiera, sino parte de un operativo para evaluar cómo la contaminación por mercurio está poniendo contra las cuerdas al delfín rosado del Amazonas.
En cada captura hay un margen muy estrecho: el animal puede permanecer como máximo 15 minutos fuera del agua. Científicos, veterinarios y pescadores locales coordinan pruebas rápidas en la orilla de Puerto Nariño, con un objetivo claro: medir la exposición a metales pesados y el estado general de salud de estos cetáceos de río.
El mercurio en la cadena trófica amazónica
La iniciativa está liderada por Fernando Trujillo y la Fundación Omacha, que llevan años realizando chequeos integrales a los delfines de río. Se extrae sangre y tejido para cuantificar mercurio, con campañas que se repiten un par de veces al año tras meses de planificación y logística en plena Amazonia.
La fuente del problema es conocida: la minería ilegal de oro utiliza mercurio para amalgamar el metal y luego vierte lodos contaminados a los cauces. A ello se suma la deforestación, que moviliza el mercurio natural del suelo hacia las aguas. El auge del precio internacional del oro ha disparado los focos extractivos en zonas remotas, empujando el contaminante a peces, delfines y, en última instancia, a las comunidades humanas.

Las consecuencias del mercurio están bien documentadas por la OMS y la EPA: daño neurológico, afectación renal y pulmonar, alteraciones del sistema inmunitario, cambios de humor y problemas de memoria. Embarazadas y niños son especialmente vulnerables por la exposición prenatal y durante el desarrollo.
Los análisis en delfines han detectado niveles por encima de lo deseable: si el umbral seguro se sitúa en torno a 1 mg/kg, en diversas campañas se han registrado 16–18 mg/kg, e incluso valores de hasta 42 mg/kg en el Orinoco, es decir, varias decenas de veces por encima de lo recomendado para un ser vivo.
Demostrar la causalidad directa entre el mercurio y la mortalidad de los delfines no es sencillo, pero la evidencia toxicológica es contundente: cargas altas son letales en mamíferos. El propio equipo midió en el pasado 36,4 mg/kg en sangre en uno de sus integrantes, atribuido a años de trabajo en zonas contaminadas y una dieta rica en pescado; con seguimiento médico, ese valor bajó hasta unos 7 mg/kg.
Los estudios en la región confirman también un alto nivel de exposición en pueblos indígenas de Brasil, Perú, Colombia, Surinam y Bolivia. En muestras de cabello se observan promedios por encima de 1 parte por millón, llegando en una comunidad colombiana a más de 22 mg/kg, lo que apunta a un problema extendido en la cuenca.
Poblaciones en declive y presiones añadidas
El seguimiento de campo muestra que las poblaciones no remontan: los delfines rosados han caído alrededor de un 52% en las últimas décadas en el área estudiada, mientras que los bufeos grises retroceden un 34%. La UICN catalogó al delfín rosado del Amazonas como En Peligro en 2018, y se estima que quedan entre 30.000 y 45.000 ejemplares en toda la cuenca.
Al impacto del mercurio se suman otras amenazas que no dan tregua: sobrepesca, tráfico fluvial intenso, pérdida de hábitat, enmalles en redes y episodios de sequía prolongada que reducen el hábitat disponible y la oferta de alimento.
Cómo se realizan las capturas y los exámenes
Las operaciones en el agua son complejas y requieren experiencia. Bajo el liderazgo del expescador venezolano José “Mariano” Rangel, el equipo encierra con redes a los animales, que pueden llegar a 160 kg. Subirlos a embarcaciones pequeñas implica riesgo para todos; la parte más difícil, reconocen, es cerrar la red sin causar estrés o lesiones.
Una vez en la orilla, cada segundo cuenta. Se les cubre un ojo para reducir estímulos, se mantiene la piel húmeda y se minimiza el contacto. Los técnicos hablan en voz baja y manipulan con suavidad para que el procedimiento, inevitablemente invasivo, sea lo más corto y seguro posible.
Las pruebas incluyen ecografía portátil de pulmones y corazón, revisión de la función respiratoria y examen de posibles lesiones internas. Se documenta la piel y sus cicatrices, se toman hisopos de espiráculos y aberturas genitales para cultivos bacterianos, y se recolectan tejidos para el análisis de mercurio. Se implantan microchips para identificar individuos y evitar duplicidades. Omacha ha detectado resistencia antimicrobiana, problemas respiratorios y posibles enfermedades emergentes como papilomavirus.
Tras el trabajo en río, el equipo procesa muestras en el laboratorio de Puerto Nariño, prepara envíos a instalaciones mayores y repara redes y kits para volver al amanecer. Para sus integrantes, cada captura y cada análisis forman parte de una carrera a contrarreloj: el delfín rosado está a un paso del peligro crítico si no se frenan las presiones actuales.
Respuestas de los gobiernos de la Amazonía
Colombia ha prohibido el uso de mercurio en minería desde 2018, ratificó el Convenio de Minamata y presentó en 2024 un plan de acción. Se reportan operativos policiales y acciones conjuntas con Brasil, aunque las veedurías advierten que la aplicación es irregular y la minería ilegal persiste en amplias zonas.
En la región, Brasil ha realizado redadas e intentado restringir el internet satelital que sostiene la logística de campamentos mineros. Perú incautó recientemente 4 toneladas de mercurio de contrabando. Ecuador, Surinam y Guyana han impulsado planes para reducir el mercurio en la minería aurífera a pequeña escala.
La nueva fiebre del oro está dejando una huella tóxica: mientras los delfines rosados alertan sobre el estado del río como verdaderos biosensores, las comunidades humanas también sufren el impacto. Atajar la minería ilegal, reforzar la gestión del hábitat y sostener la investigación en el tiempo es clave para evitar que esta especie emblemática siga acercándose al abismo.