- Identificada en Chubut una nueva especie de saurópodo herbívoro del Jurásico, Bicharracosaurus dionidei.
- El fósil, de entre 15 y 20 metros de largo, aporta claves sobre la evolución temprana de los Macronaria.
- El hallazgo, en la Formación Cañadón Calcáreo, revela el primer posible braquiosáurido jurásico de Sudamérica.
- La colaboración entre científicos y pobladores rurales fue decisiva para localizar y estudiar los restos.

El paisaje árido del noroeste de Chubut, en la Patagonia argentina, ha vuelto a ponerse en el punto de mira de la ciencia gracias a un hallazgo que reescribe parte de la historia de los dinosaurios. En una zona remota de la Formación Cañadón Calcáreo, un vecino del lugar se topó con un hueso descomunal que, sin saberlo, abría la puerta a la descripción de una nueva especie.
Aquel fósil resultó pertenecer a Bicharracosaurus dionidei, un saurópodo herbívoro de cuello largo que vivió hace entre 155 y 160 millones de años, en pleno Jurásico Superior. El descubrimiento, liderado por equipos del CONICET y del Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF), en colaboración con instituciones europeas como la Ludwig-Maximilians-Universität München y la Fundación Alemana de Investigación (DFG), se considera ya uno de los avances más relevantes de la paleontología reciente en el hemisferio sur.
Un gigante jurásico de 15 a 20 metros de longitud

Los estudios preliminares señalan que Bicharracosaurus dionidei era un coloso de entre 15 y 20 metros de largo, con una masa estimada que oscila, según las distintas aproximaciones, entre unas 12 y 25 toneladas. Es decir, un animal comparable en tamaño a un edificio de varios pisos, que se desplazaba sobre cuatro patas robustas y se alimentaba de la vegetación que dominaba los paisajes patagónicos jurásicos.
El material recuperado incluye una porción significativa de la columna vertebral: vértebras cervicales (del cuello), dorsales, parte del sacro y varios segmentos de la cola, además de costillas y fragmentos de la cadera. Con este conjunto de huesos, los paleontólogos han podido reconstruir de forma razonable la anatomía básica del animal y situarlo dentro del árbol evolutivo de los grandes saurópodos.
Las estimaciones de peso varían ligeramente según los equipos y métodos de cálculo, pero coinciden en que se trata de un gran saurópodo adulto bien desarrollado. Este margen de diferencia es habitual en paleontología, donde las extrapolaciones se basan en restos parciales y en comparaciones con especies emparentadas mejor conocidas.
Más allá de las cifras, el nuevo dinosaurio se suma al listado de titanes que han convertido a la Patagonia en un referente mundial, junto a otros gigantes como Patagotitan o Tehuelchesaurus, también descritos a partir de yacimientos de la región.
Espinas neurales únicas y una mezcla de rasgos inesperada

Uno de los aspectos que más ha llamado la atención del equipo internacional es la forma singular de las espinas neurales, las prolongaciones óseas que se elevan sobre las vértebras. En la mayoría de los saurópodos estas estructuras suelen ser relativamente anchas, pero en Bicharracosaurus están marcadamente comprimidas y alargadas en sentido anteroposterior.
Esta configuración, poco habitual, convierte a las vértebras de Bicharracosaurus en un rasgo diagnóstico clave que ayuda a diferenciarlo de otros dinosaurios de cuello largo. Para los especialistas, esta morfología aporta pistas sobre la musculatura y la posición del cuello, así como sobre posibles adaptaciones biomecánicas específicas.
El esqueleto muestra, además, una combinación de características que enlazan con distintos linajes de saurópodos. Algunas partes del animal recuerdan a los braquiosáuridos africanos, como Giraffatitan (conocido por sus largos miembros anteriores y su silueta elevada), mientras que otros detalles evocan a los diplodócidos norteamericanos, como Diplodocus, famosos por sus colas muy prolongadas.
Esa mezcla de rasgos ha resultado especialmente útil en los análisis filogenéticos, que permiten reconstruir las relaciones de parentesco entre dinosaurios de diferentes continentes. Bicharracosaurus se sitúa en un punto estratégico de ese esquema, aportando información sobre cómo se diversificaron los distintos grupos de saurópodos durante el Jurásico.
Macronaria y el primer braquiosáurido jurásico de Sudamérica

Los análisis realizados por el equipo germano-argentino ubican a Bicharracosaurus dentro de Macronaria, un amplio grupo de saurópodos que incluye a gigantes tan conocidos como Brachiosaurus y Patagotitan. Este linaje se originó en el Jurásico y dominó muchos de los ecosistemas terrestres hasta el final del Cretácico.
Según la paleontóloga alemana Alexandra Reutter, autora principal del trabajo publicado en la revista científica PeerJ, los resultados apuntan a que Bicharracosaurus sería el primer braquiosáurido jurásico identificado en Sudamérica. De confirmarse esta interpretación, el fósil se convertiría en una pieza de referencia para entender la temprana expansión de este grupo en el hemisferio sur.
La importancia del hallazgo va más allá del registro local: los restos dan soporte a la presencia temprana de linajes vinculados a Brachiosauridae en el sur del planeta, algo hasta ahora muy poco documentado. En un contexto global donde el registro jurásico de macronarios en el hemisferio sur es escaso, el nuevo dinosaurio ayuda a llenar un vacío geográfico y temporal clave.
Oliver Rauhut, investigador involucrado en el proyecto, destacó que el material de Cañadón Calcáreo proporciona un conjunto de comparación esencial para revisar la evolución de los saurópodos a escala mundial, especialmente cuando se contrasta con fósiles de África, América del Norte y Europa custodiados en museos europeos.
Un hallazgo forjado entre baqueanos y paleontólogos
La historia de Bicharracosaurus dionidei comienza lejos de los laboratorios y las vitrinas de museo, en los recorridos a caballo de Dionide Mesa, un baqueano y productor rural de la zona. Acostumbrado a moverse por el Cañadón Calcáreo, Mesa llevaba años señalando la presencia de «huesos grandes» a los científicos que visitaban la región.
Cada vez que se topaba con restos fósiles, Mesa avisaba a los equipos del MEF con una frase que se volvió casi un sello personal: «¡Encontré un bicharraco!». Para él, todo hueso descomunal era un «bicharraco», ya fuera de dinosaurio u otra criatura prehistórica. Ese tono coloquial, repetido durante numerosas campañas de campo, terminó inspirando el nombre científico del nuevo dinosaurio.
En reconocimiento a su papel, los investigadores decidieron bautizar la especie como Bicharracosaurus dionidei. El género hace referencia al término popular «bicharraco» y el epíteto específico honra directamente a Mesa, subrayando la importancia de los habitantes rurales en el descubrimiento de nuevos fósiles.
Los científicos del CONICET y del MEF han insistido en que casos como este ponen de manifiesto la relevancia de la colaboración entre la comunidad local y la investigación académica. Sin la mirada atenta de quienes viven y trabajan a diario en el terreno, muchos yacimientos pasarían desapercibidos durante décadas.
Cañadón Calcáreo: un tesoro jurásico del hemisferio sur
El esqueleto de Bicharracosaurus apareció en la Formación Cañadón Calcáreo, en la meseta central y el noroeste de Chubut, una unidad geológica de edad jurásica reconocida a nivel internacional por su riqueza en fósiles. Esta zona, árida y escarpada, se ha transformado en un auténtico laboratorio al aire libre para comprender los ecosistemas de hace más de 150 millones de años.
Desde hace más de dos décadas, equipos del MEF y del CONICET, en cooperación con investigadores alemanes y el apoyo de la DFG, llevan a cabo campañas sistemáticas en esta región. Gracias a ese trabajo sostenido se han descrito otros dinosaurios emblemáticos, como Tehuelchesaurus benitezii y Brachytrachelopan mesai, además de evidencias de estegosaurios.
La incorporación de Bicharracosaurus a este conjunto de hallazgos consolida a Cañadón Calcáreo como uno de los puntos de referencia mundial para el estudio de dinosaurios jurásicos. En este contexto, el museo de Trelew se ha convertido en un centro neurálgico para el análisis y conservación de los restos, que pasan por exhaustivos estudios de laboratorio antes de poder ser exhibidos o utilizados en nuevas investigaciones.
Un avance clave para la paleontología en Sudamérica y Europa
El descubrimiento de Bicharracosaurus dionidei supone un salto cualitativo para la paleontología sudamericana y, por extensión, para los equipos europeos que colaboran estrechamente en el estudio de la fauna jurásica del hemisferio sur. La comparación entre este nuevo ejemplar y saurópodos conservados en museos de Alemania y otros países europeos permite afinar los modelos evolutivos que explican la distribución global de estos animales.
Para los investigadores, cada nuevo fósil de esta época funciona como una pieza más de un rompecabezas todavía incompleto. Al integrar Bicharracosaurus en los análisis filogenéticos, se pueden reevaluar hipótesis sobre las rutas de dispersión, las conexiones entre masas continentales y la diversidad real de saurópodos en regiones que hasta hace poco se consideraban mal muestreadas.
El trabajo, firmado por especialistas como Alexandra Reutter, José Luis Carballido, Diego Pol, Guillermo Windholz y Oliver W. M. Rauhut, combina técnicas tradicionales de excavación con herramientas modernas de análisis de datos. El resultado es un estudio de referencia que ya está siendo tenido en cuenta en la comunidad científica internacional a la hora de revisar la evolución de los braquiosáuridos.
Mientras las investigaciones continúan en los laboratorios del MEF en Trelew y en centros asociados europeos, Bicharracosaurus dionidei se consolida como un icono de la paleontología patagónica: un gigantesco herbívoro de cuello largo que, gracias al trabajo conjunto de baqueanos y científicos, ha permitido iluminar un capítulo poco conocido del Jurásico en el hemisferio sur. Su historia muestra cómo un simple «bicharraco» hallado en el campo puede cambiar la forma en que entendemos la vida en la Tierra hace 160 millones de años.