Dinosaurios de SINC: nuevos fósiles, cine y ciencia de los huesos

Última actualización: 17 marzo 2026
  • Los hallazgos recientes revelan desde pequeños dinosaurios emplumados hasta gigantescos tiranosaurios, ampliando el mapa evolutivo del Cretácico.
  • Descubrimientos excepcionales de piel y espinas dérmicas, como en Haolong dongi, muestran la importancia de los tejidos blandos en la interpretación fósil.
  • El cine, con Jurassic Park y Jurassic World, ha transformado la imagen pública de los dinosaurios e inspirado a una nueva generación de paleontólogos.
  • La tafonomía y la anatomía comparada permiten reconstruir no solo a los dinosaurios, sino también sus ecosistemas y procesos de fosilización.

dinosaurios agencia sinc

Los dinosaurios siguen siendo hoy una obsesión científica y cultural: desde los nuevos fósiles con plumas de la Patagonia hasta los gigantes tiranosaurios del suroeste de Norteamérica, pasando por espectaculares hallazgos de piel fosilizada en China. A la vez, el cine y las series documentales han cambiado la forma en que el gran público los imagina, mezclando ciencia puntera con mucha licencia creativa.

La información que manejan los paleontólogos actuales es tan amplia y cambiante que a veces cuesta hacerse una idea clara de cómo eran en realidad estos animales, cómo se fosilizaron sus restos y de qué manera reconstruimos sus cuerpos, sus ecosistemas y hasta sus colores. A lo largo de este artículo vamos a recorrer algunos de los descubrimientos más recientes divulgados por la agencia SINC, y veremos también cómo la tafonomía y las nuevas tecnologías ayudan a descifrar un pasado que, en muchos aspectos, sigue estando lleno de incógnitas.

Dinosaurios diminutos y gigantes: nuevas especies que reescriben el Cretácico

En el norte de la Patagonia argentina se ha encontrado uno de los dinosaurios más pequeños conocidos, perteneciente a un linaje con plumas que durante años quedó eclipsado por los grandes depredadores como los tiranosaurios y los espinosaurios. Este hallazgo refuerza la idea de que, en el Cretácico, coexistían formas gigantescas con otras muy pequeñas y ligeras, muchas de ellas emparentadas con las aves actuales.

Mientras tanto, en España, el Grupo de Biología de la UNED dirigido por el profesor Francisco Ortega Coloma ha descrito una nueva especie de saurópodo: Qunkasaura pintiquiniestra. Este dinosaurio herbívoro de cuello largo vivió hace unos 75 millones de años en el Cretácico Superior y sus restos se han recuperado en el yacimiento de Lo Hueco, en la provincia de Cuenca, un lugar clave para entender la fauna de esa época en la Península Ibérica.

El equipo de Ortega ha podido reconstruir parte de la anatomía y de la historia ecológica de este nuevo saurópodo a partir de los huesos encontrados, encajándolo dentro del variado mosaico de dinosaurios que ocupaban Europa en los últimos millones de años antes de la gran extinción. Lo Hueco se ha convertido así en una auténtica mina de información sobre cómo eran los ecosistemas ibéricos justo antes del final del Cretácico.

Un coloso tiranosaurio revelado por una sola tibia

En el suroeste de Norteamérica, otra investigación ha dado a conocer un fósil muy distinto: una tibia gigantesca de tiranosaurio hallada en la Formación Kirtland, en Nuevo México (Estados Unidos). El hueso procede de un animal que vivió hace alrededor de 74 millones de años, hacia el final del periodo Campaniense, y se ha convertido en una pieza clave para entender el origen de los grandes tiranosaurinos.

Lo más llamativo es el tamaño del único hueso conservado. La tibia mide aproximadamente 960 milímetros de longitud y unos 128 milímetros de diámetro, lo que ha permitido a los investigadores estimar un peso cercano a los 4.700 kilogramos para el animal completo, cifras comparables a las de los mayores tiranosaurios conocidos de ese intervalo geológico.

Según el estudio publicado en la revista Scientific Reports y liderado por la Universidad de Bath, las proporciones del hueso indican que alcanza el 84 % de la longitud y el 78 % del grosor de la tibia del tiranosaurio más grande documentado para esa etapa del Cretácico. Esto sitúa al espécimen muy cerca, en tamaño, de colosos como Tyrannosaurus rex, cuyo ejemplar más famoso, “Sue”, procede de un periodo algo más tardío (unos 67 millones de años) y se conserva con aproximadamente 250 huesos en el Museo Field de Chicago.

El gran problema es que, al contar solo con una tibia, la identificación taxonómica se complica muchísimo. El equipo considera que podría tratarse de un Bistahieversor extremadamente robusto, de un tiranosaurio gigante perteneciente a un linaje desconocido hasta ahora o quizá de uno de los primeros representantes de la tribu Tyrannosaurini, el grupo que incluye a Tyrannosaurus, Tarbosaurus y Zhuchengtyrannus.

Al comparar las características de esta tibia con las de otros tiranosaurios, los autores sugieren que el animal pudo compartir ancestro cercano con T. rex y Tyrannosaurus mcraeensis. El origen exacto de los tiranosaurios gigantes sigue siendo un rompecabezas, pero los fósiles apuntan a un posible escenario de aparición en el sur de Laramidia (la parte occidental de Norteamérica durante el Cretácico Superior), entre las etapas Campaniense y Maastrichtiense.

En aquel tiempo, el continente norteamericano estaba dividido en dos masas de tierra por un mar interior poco profundo que se extendía desde el Golfo de México hasta el océano Ártico. Estas dos regiones, Appalachia y Laramidia, desarrollaron faunas propias muy diferenciadas. El nuevo fósil de tibia, junto a otros hallazgos de tiranosaurios gigantes en Nuevo México y Texas, refuerza la hipótesis de que los grandes Tyrannosaurini se originaron en el sur de esta Laramidia prehistórica.

El estudio subraya además la marcada endemicidad de los dinosaurios laramidianos: mientras que tiranosaurios más pequeños como los Albertosaurinae y los Daspletosaurini ocupaban el norte, en el sur dominaban los grandes tiranosaurinos. En cualquier caso, los científicos insisten en que hacen falta fósiles mucho más completos para poder asegurar con precisión de qué especie se trata, cómo se relaciona con otros tiranosaurios y qué dimensiones alcanzaba realmente este depredador.

Piel fosilizada y espinas huecas: el sorprendente caso de Haolong dongi

Otro estudio llamativo procede de China, donde un equipo del Centro Nacional de Investigación Científica de Francia (CNRS) y colaboradores internacionales ha dado con un fósil excepcional: la piel fosilizada de un iguanodonte juvenil, preservada de manera extraordinaria durante unos 125 millones de años. Casos así son muy escasos en el registro fósil, porque los tejidos blandos se descomponen con rapidez.

Este hallazgo ha permitido ampliar el ya conocido grupo de los Iguanodontia con una especie completamente nueva, la primera que muestra un tipo de espinas cutáneas nunca visto antes en dinosaurios. Se trata de Haolong dongi, nombrado en honor al paleontólogo chino Dong Zhiming, una figura clave en el desarrollo de esta disciplina en el país asiático.

Mediante escaneos de rayos X de alta resolución y análisis histológicos muy finos, los investigadores han identificado células de la piel que prueban la presencia de espinas dérmicas huecas distribuidas por buena parte del cuerpo del animal. Estas estructuras habrían tenido funciones variadas, más allá de lo puramente estético.

Por lo que se sabe, Haolong dongi era un dinosaurio herbívoro que vivía bajo la amenaza de pequeños depredadores carnívoros. Las espinas, similares en su efecto a las púas de un puercoespín, habrían funcionado como mecanismo disuasorio frente a los ataques. Además, el equipo propone que pudieron implicarse en la regulación de la temperatura corporal o incluso en la percepción sensorial del entorno, ampliando la sensibilidad de la piel.

Hasta ahora no existían evidencias directas de espinas de este tipo en dinosaurios, lo que hace del fósil de Haolong dongi una pieza única. Dado que el ejemplar descrito es juvenil, queda por resolver si los adultos conservaban o modificaban esta compleja armadura de apéndices cutáneos. Sea como fuere, el hallazgo muestra hasta qué punto la piel y otros tejidos blandos pueden aportar información insustituible sobre la biología de estos animales.

La procedencia del fósil, en yacimientos cretácicos chinos con preservación excepcional, encaja con otros descubrimientos recientes de organismos con plumas, escamas, membranas y órganos internos conservados. Este tipo de lugares, conocidos como lagerstätten, son fundamentales para completar lo que nos falta cuando solo disponemos de huesos.

Ciencia, cine y dinosaurios: de Jurassic Park a Jurassic World Dominion

La forma en que el público imagina a los dinosaurios está profundamente marcada por el cine. Un ejemplo paradigmático es el paleontólogo estadounidense Steve Brusatte, de la Universidad de Edimburgo, que forma parte de la primera generación de científicos inspirados por la película Jurassic Park. Con nueve años, quedó fascinado por los dinosaurios hiperrealistas que vio en el cine, muy distintos de las ilustraciones estáticas de sus libros escolares.

Curiosamente, el verdadero fanático de los dinosaurios en su infancia era su hermano Chris, que llenó su habitación de juguetes y libros especializados. Con el tiempo, Brusatte terminó contagiándose de esa pasión y, al comenzar la secundaria, decidió que quería dedicarse a la investigación científica. Hoy acumula más de 110 artículos científicos, ha descrito 16 especies de vertebrados fósiles (incluido un pterosaurio de 170 millones de años de la isla de Skye, en Escocia) y ha publicado varios libros, uno de ellos bestseller sobre la era de los dinosaurios.

Su vínculo con el cine dio un salto inesperado cuando el director Colin Trevorrow, impulsor de la nueva saga Jurassic World, leyó su libro El auge y la caída de los dinosaurios y le escribió un correo electrónico proponiéndole colaborar. Tras comprobar que el mensaje era auténtico, Brusatte se reunió con él en Edimburgo y hablaron durante horas sobre qué nuevos dinosaurios incorporar a la saga, con especial interés en mostrar por fin criaturas con plumas de manera destacada.

El papel de Brusatte en Jurassic World: Dominion fue el de asesor científico disponible prácticamente a cualquier hora para resolver dudas del equipo creativo: desde qué comía determinada especie, dónde vivía o qué rasgos la caracterizaban, hasta si era plausible que realizara cierta conducta en pantalla o si podía lucir cierto color o tipo de piel. Su función era asegurarse de que los guionistas y diseñadores conocieran el estado actual del conocimiento paleontológico, aunque luego la película se tomara algunas libertades.

El propio Brusatte subraya que estas producciones no son documentales, sino entretenimiento con presupuestos enormes, y que por tanto nunca serán científicamente exactas al cien por cien, igual que pasa con la ciencia ficción espacial. Además, en muchos casos solo conocemos a un dinosaurio por pocos huesos, lo que dificulta dictar con rotundidad cómo “debería” aparecer en pantalla. Aun así, destaca que en Dominion se hizo un esfuerzo serio por basarse en los descubrimientos más recientes, y que muchos de los artistas ya iban muy bien documentados a las reuniones.

Su experiencia contrasta con la que tuvo como asesor, junto al zoólogo Darren Naish, en la serie documental Prehistoric Planet de Apple TV+, narrada por David Attenborough y producida por la Unidad de Historia Natural de la BBC. En este proyecto, concebido como documental de naturaleza sobre dinosaurios, la prioridad era el rigor máximo dentro de lo posible, ajustándose lo mejor posible a los datos fósiles y a las inferencias científicas, sin buscar la espectacularidad cinematográfica a toda costa.

Dinomanía, cultura popular y un antes y un después

Para Brusatte, la irrupción de Jurassic Park en 1993 supuso un punto de inflexión en la imagen pública de los dinosaurios. La película difundió a gran escala ideas que los paleontólogos venían defendiendo desde los años 70 y 80, la llamada revolución del “renacimiento de los dinosaurios”: lejos de ser lagartos gigantes torpes y de sangre fría, muchos eran animales activos, dinámicos, relativamente inteligentes y, en varios casos, con plumas.

El film popularizó también la idea de la estrecha relación evolutiva entre los dinosaurios y las aves actuales. Esto no solo cambió la percepción social de estos animales, sino que impulsó un aumento en la contratación de paleontólogos en museos y universidades, alentada por el creciente interés del público general. Muchos investigadores de la generación de Brusatte decidieron dedicarse a la paleontología después de ver la película en su infancia o adolescencia.

Cuando se le pregunta por qué los dinosaurios ejercen tanta atracción, incluso más que otros animales prehistóricos como los rauisuquios o las aves del terror, Brusatte destaca que, por un lado, eran criaturas realmente extraordinarias en tamaño y forma, sin equivalente moderno a colosos como T. rex o los grandes saurópodos. Por otro, la megafauna más reciente (mamut, tigre dientes de sable…) nos resulta más familiar porque podemos compararla con sus parientes vivos, como elefantes o grandes félidos.

A diferencia de los monstruos de la mitología o la fantasía, los dinosaurios existieron de verdad, lo que les confiere una especie de aura de leyenda con base científica. En palabras de Brusatte, se han convertido casi en una “marca registrada”, como si fueran un icono cultural equiparable a las grandes firmas comerciales.

Una edad dorada de descubrimientos: especies nuevas cada semana

El ritmo actual de hallazgos es vertiginoso: se calcula que, de media, se describe una nueva especie de dinosaurio cada semana, unas cincuenta al año. Sin embargo, el número total de especies válidas conocidas ronda únicamente entre 1.500 y 2.000, una cifra minúscula si la comparamos con las alrededor de 14.000 especies de aves vivas (que también son dinosaurios en sentido estricto).

Si consideramos que los dinosaurios no avianos dominaron la Tierra durante unos 150 millones de años, es lógico suponer que existieron cientos de miles o incluso millones de especies diferentes, de las que solo conocemos una fracción ínfima. Para Brusatte, esto implica que cada nuevo fósil encontrado tiene el potencial de cambiar de manera importante lo que creíamos saber.

La imperfección del registro fósil obliga a ser humildes: la gran mayoría de los organismos que vivieron jamás llegaron a fosilizarse y muchos yacimientos se han erosionado o permanecen aún enterrados. Lejos de resultar frustrante, esta situación hace que la paleontología sea un campo en continua ebullición, en el que lo inesperado puede aparecer en cualquier campaña de excavación.

En los últimos 170 años, la imagen de los dinosaurios ha cambiado radicalmente. Desde los primeros estudios sistemáticos en la época victoriana, con naturalistas como Richard Owen o William Buckland, hasta nuestros días, la investigación ha ido puliendo y revisando hipótesis de manera constante. Hace apenas una década descubrimos, por ejemplo, que era posible inferir el color de las plumas en algunos fósiles gracias al análisis de microestructuras llamadas melanosomas.

De los dinosaurios también aprendemos lecciones de perspectiva histórica. Los humanos modernos llevamos muy poco tiempo sobre el planeta en comparación, apenas unos cientos de miles de años, mientras que los dinosaurios reinaron durante decenas de millones de años. Su extinción, probablemente en un contexto de cambios ambientales extremos, nos recuerda que incluso los linajes más exitosos pueden desaparecer, y que nuestra especie no está al margen de esas dinámicas.

De las sombras de los dinosaurios al auge de los mamíferos

El interés de Brusatte se ha ampliado también a los mamíferos. En su libro The Rise and Reign of the Mammals, todavía no traducido al castellano, recorre unos 325 millones de años de historia evolutiva, desde los antepasados lejanos de los mamíferos hasta nosotros mismos. La obra sigue la aparición del pelo, el desarrollo del cerebro y otras innovaciones clave en un linaje que, durante mucho tiempo, vivió a la sombra de los dinosaurios.

Solo cuando estos se extinguieron al final del Cretácico, los mamíferos pudieron diversificarse y aumentar de tamaño con rapidez, ocupando nichos ecológicos vacíos. De algún modo, nuestra propia existencia está ligada a aquel evento catastrófico: si los dinosaurios no se hubieran extinguido, es muy probable que los mamíferos nunca hubieran llegado a dominar tantos ecosistemas, y que los humanos sencillamente no hubiéramos aparecido.

Hay también un lado personal en esta historia. Cuando Brusatte contó a su hermano que estaba trabajando como asesor en Jurassic World, este al principio pensó que era una broma. Para ambos, aquellas películas habían sido parte fundamental de su infancia. La posibilidad de contribuir científicamente a la saga es, para Brusatte, una experiencia casi surrealista, que sin duda su hermano contempla con orgullo.

Cómo se desfigura un dinosaurio: descomposición, fosilización y tafonomía

Más allá de los nuevos esqueletos espectaculares, una cuestión clave es hasta qué punto los procesos de descomposición y fosilización alteran la anatomía original de los animales. Algunos paleontólogos comparan los cadáveres de dinosaurios con zombis al estilo Walking Dead o los Caminantes Blancos de Juego de Tronos: cuerpos incompletos, con tejidos ausentes y partes deformadas.

Tras la muerte de un organismo, la materia orgánica empieza a degradarse enseguida: músculos, grasa, piel y órganos se colapsan, cambian de forma o se licúan y son consumidos por bacterias y carroñeros. Lo primero en desaparecer son precisamente los tejidos que más información nos darían sobre la apariencia externa del animal cuando estaba vivo. Lo que suele quedar para fosilizarse son las partes más duras, como huesos, conchas o caparazones.

Para entender hasta qué punto se deforma un cuerpo antes de hacerse fósil, un grupo de investigadores británicos llevó a cabo experimentos con cadáveres de animales actuales, desde peces payaso hasta lampreas, insectos y distintos tipos de gusanos. Sus resultados, publicados en la revista Paleontology, indican que algunas estructuras visibles en los fósiles no se parecen demasiado a lo que había en vida, mientras que muchas otras características originales desaparecen por completo.

Según la profesora Sarah Gabbott, de la Universidad de Leicester, el desafío consiste en aprender a reconocer las partes parcialmente descompuestas y distinguirlas de lo que nunca existió en el cuerpo original. Su colega Mark Purnell señala que estos experimentos bien diseñados proporcionan información única para interpretar los fósiles con más precisión, reduciendo la posibilidad de malentendidos sobre la diversidad y evolución de la vida a lo largo del tiempo geológico.

Aun así, la paleontóloga Gloria Cuenca Bescós, de la Universidad de Zaragoza, recuerda que, incluso sin tejidos blandos, tenemos un registro vasto basado en restos esqueléticos: sin ellos no conoceríamos a los dinosaurios, los trilobites, los ammonites ni buena parte de nuestros propios ancestros. El registro fósil está formado principalmente por huesos, conchas, caparazones y huellas, además de otras trazas como madrigueras o icnitas.

Para abordar todo este proceso nació, a finales del siglo XIX, la tafonomía, la disciplina que estudia las “leyes del enterramiento”. Gracias a ella, los paleontólogos pueden analizar cómo se acumulan, modifican y preservan los restos fósiles en los yacimientos, y así reconstruir no solo a los organismos, sino también los entornos en los que vivieron.

Anatomía comparada, huellas y carnívoros: reconstruyendo ecosistemas enteros

Un buen conocimiento de la anatomía es esencial para evitar reconstrucciones disparatadas. Como advierte Cuenca Bescós, la falta de base anatómica sólida puede dar lugar a verdaderas chapuzas alejadas de la realidad. Por eso se utilizan técnicas de anatomía comparada con especies actuales, además de aplicar la tafonomía directamente durante la excavación, para entender qué partes faltan y qué ha podido alterarse en el yacimiento.

Al estudiar las marcas de inserción de los músculos en los huesos, los científicos pueden inferir cómo eran esos músculos, qué fuerza ejercían y qué movimientos permitían. De esa manera, se reconstruyen posturas, formas de caminar y posibles comportamientos. Además, la biología de animales vivos como pollos y cocodrilos —los parientes más cercanos de los dinosaurios— sirve de modelo para estimar, por ejemplo, las tasas de crecimiento o la dinámica del metabolismo en muchas especies fósiles.

Las icnitas (huellas), los nidos fosilizados, las cáscaras de huevo, las madrigueras, el polen, las semillas y los insectos atrapados en ámbar proporcionan otras muchas pistas sobre cómo era la vida en épocas remotas. A esto se suman técnicas modernas como el análisis de ADN antiguo y otras biomoléculas en sedimentos y huesos, que han permitido deducir, entre otras cosas, el color del pelo de los neandertales o el tono de las plumas de algunos dinosaurios, además de reconstruir comunidades microbianas de la Tierra primitiva.

Otro aspecto clave de la tafonomía es entender por qué se acumulan grandes cantidades de restos en algunos lugares. En yacimientos donde aparecen montones de huesos de mamíferos, suele ser indicio de la acción de homínidos o de grandes carnívoros. En Los Rincones (Zaragoza), por ejemplo, se han recuperado 1.443 fragmentos óseos, en su mayoría de cabras, interpretados como el resultado de la actividad de leopardos y osos pardos que utilizaban la cueva como refugio, especialmente en invierno.

Los restos de estos propios depredadores se han encontrado mezclados con los de sus presas, confirmando su papel en la formación del yacimiento durante el Pleistoceno superior, hace más de 11.000 años. Otro estudio, liderado por el CENIEH, llevó a cabo experimentos con zorros en el Parc Natural de l’Alt Pirineu (Lleida) y demostró que estos pequeños carnívoros son capaces de acumular y modificar un volumen notable de huesos, generando patrones muy similares a los observados en yacimientos antiguos.

Toda esta información, unida al análisis detallado de la descomposición y la fosilización, permite reconstruir no solo el cuerpo del animal, sino también su ecosistema completo: qué especies convivían, cómo interactuaban, qué procesos ecológicos dominaban el paisaje e incluso cómo eran las cadenas tróficas en diferentes periodos geológicos.

Lo que emerge de todos estos trabajos —desde los diminutos dinosaurios emplumados y los colosos tiranosaurios del sur de Laramidia, hasta el juvenil Haolong dongi cubierto de espinas huecas, pasando por la influencia de Jurassic Park en toda una generación de paleontólogos y por los complejos estudios tafonómicos— es una imagen de la paleontología como ciencia dinámica y creativa, que combina fósiles, tecnología, comparación con especies actuales y una buena dosis de imaginación informada para reconstruir un mundo perdido que todavía estamos lejos de conocer por completo.