- Indonesia ha prohibido los paseos en elefante en todos los centros turísticos y de conservación, aplicando la medida a través de las licencias.
- La nueva normativa impulsa un modelo de turismo responsable basado en la observación y la educación, dejando atrás la explotación y el contacto directo.
- Organizaciones animalistas y agencias de viaje presionan para que otros países asiáticos adopten medidas similares y abandonen estas prácticas.
- La prohibición es clave para el elefante de Sumatra, subespecie en peligro crítico de extinción con apenas unos miles de ejemplares.

Los elefantes en Indonesia están viviendo un momento clave: el país ha decidido decir basta a una de las formas de turismo más polémicas de Asia, los paseos sobre elefantes. Este cambio no solo afecta a quienes viajan a destinos como Bali, sino también al futuro de una especie que ya se encuentra al límite por la pérdida de hábitat, la caza furtiva y años de explotación turística.
En los últimos meses, el gobierno indonesio ha puesto en marcha una prohibición histórica de la monta de elefantes en todos los centros turísticos y de conservación registrados, impulsando una transformación hacia un modelo de turismo más responsable y educativo. A la vez, organizaciones animalistas, agencias de viajes y viajeros concienciados están empujando para que este cambio no se quede solo en Indonesia, sino que se extienda a otros países asiáticos donde esta práctica sigue siendo habitual.
Una decisión histórica: Indonesia veta los paseos en elefante
Indonesia se ha convertido en el primer país de Asia que veta por completo los paseos en elefante, una actividad que hasta ahora atraía cada año a miles de turistas internacionales. La decisión se formalizó mediante una circular emitida por la Dirección General de Conservación de Recursos Naturales y Ecosistemas del Ministerio de Medio Ambiente y Bosques, que ordena acabar con la monta de elefantes y con su exhibición como atracción turística.
Esta directriz, conocida como Circular Nº 6 de 2025, no es una nueva ley aprobada por el Parlamento, pero tiene un peso real y muy contundente: se aplica a través de las licencias de conservación que necesitan los centros turísticos y de fauna para operar. Si un establecimiento no respeta la prohibición, las autoridades pueden emitir advertencias formales e incluso revocar su permiso de funcionamiento, dejándolo sin negocio de un día para otro.
Desde el 21 de enero de 2026, la Agencia de Recursos Naturales y Conservación de Indonesia (BKSDA a nivel provincial en lugares como Bali) confirmó que la prohibición se aplica en todos los centros turísticos y de conservación registrados. Esto incluye parques de ocio, zoológicos, centros de rescate y cualquier instalación que mantenga elefantes en cautividad con fines comerciales o turísticos.
En Bali, la provincia más turística del país, la agencia de conservación ha tenido un papel clave supervisando que la norma se cumpla sobre el terreno. Las autoridades han enviado cartas de advertencia, inspecciones y recordatorios formales a los centros que seguían ofreciendo paseos, dejando claro que el tiempo de esta actividad se ha terminado.
La circular también obliga a los centros a redirigir su modelo de negocio hacia actividades más respetuosas, centradas en la observación, la educación y la conservación, en vez de en el contacto directo y en la utilización de los animales como atracción.
Centros de Bali bajo la lupa: del paseo a la observación ética
Uno de los efectos más visibles de esta nueva política se ha dado en Bali, el icono del turismo en Indonesia. La isla concentraba varios de los centros más conocidos donde se ofrecían paseos en elefante, espectáculos y actividades de contacto directo, lo que la convertía en el epicentro de la controversia.
El Bali Zoo, uno de los parques más populares, fue de los primeros en acatar la directriz: dejó de ofrecer paseos en elefante el 1 de enero, adelantándose a la fecha límite oficial. Este movimiento se interpretó como un gesto de adaptación a la nueva realidad y como un intento de reposicionarse dentro de un turismo más responsable.
El caso más sonado fue el del Mason Elephant Park, en el pueblo de Taro (Bali), que durante años fue uno de los principales lugares donde los turistas podían montar elefantes y realizar safaris por la selva. A pesar de la normativa, este centro siguió ofreciendo paseos durante la última semana antes de la entrada en vigor total del veto, desafiando la directriz gubernamental.
Ante este incumplimiento, el Ministerio de Silvicultura y la agencia provincial de conservación emitieron dos advertencias formales al Mason Elephant Park, dejando claro que, si persistían, se enfrentarían a la revocación de su licencia. La amenaza era seria: sin permiso de conservación, el parque no podía seguir operando legalmente, ni con paseos ni con ninguna otra actividad con elefantes.
Tras la presión oficial, un equipo designado por el Gobierno visitó el centro, verificó las condiciones e inspeccionó las atracciones. A raíz de esta visita y de la posibilidad real de quedarse sin licencia, el parque eliminó la monta de elefantes y anunció el inicio de un proceso de transición hacia actividades más éticas, centradas en la observación, la alimentación supervisada y programas educativos.
Por qué los paseos en elefante son tan dañinos
Detrás de la imagen idílica de subir a lomos de un elefante por la selva de Bali se esconde una realidad de sufrimiento que científicos y expertos en bienestar animal llevan años denunciando. Montar un elefante no es una actividad inocente: requiere un entrenamiento muy duro para doblegar la voluntad del animal y obligarlo a aceptar órdenes humanas.
Durante este adiestramiento se utilizan con frecuencia métodos violentos y estresantes, que pueden incluir ganchos metálicos, golpes repetidos, sujeciones forzadas y aislamiento. A muchos elefantes se les somete desde muy pequeños a procesos diseñados para romper sus vínculos sociales y su independencia, de modo que se vuelvan manejables para el turismo.
Además del daño físico, el impacto psicológico es enorme. Los elefantes asiáticos son animales extremadamente sociales e inteligentes, con estructuras familiares complejas y una fuerte necesidad de espacio y movimiento. Al obligarlos a pasar horas cargando turistas, encadenados o confinados en recintos reducidos, se limita casi por completo su comportamiento natural.
Investigaciones realizadas en Bali y en otros puntos del Sudeste Asiático han documentado repetidamente signos de estrés crónico en elefantes usados para entretenimiento: balanceos compulsivos, comportamientos repetitivos, agresividad ocasional, apatía y otros síntomas propios de animales sometidos a una vida de cautiverio y explotación.
Al prohibir los paseos, Indonesia elimina la necesidad de este tipo de entrenamiento extremo y abre la puerta a que los elefantes puedan dedicar más tiempo a actividades naturales como socializar con su manada, buscar alimento, moverse libremente y bañarse sin la presencia constante de turistas encima de sus lomos.
Del turismo de explotación al turismo responsable con la fauna
La decisión de Indonesia no surge en el vacío: encaja con una tendencia global hacia un turismo más responsable y empático con los animales. Cada vez más viajeros rechazan las atracciones basadas en espectáculos, paseos y fotos forzadas, y prefieren experiencias de observación respetuosa y proyectos de conservación reales.
Organizaciones internacionales han publicado informes como “Checking Out of Cruelty” y “Holidays That Harm”, donde se detalla cómo los paseos en elefante, las exhibiciones al estilo circense y otras actividades similares no solo producen sufrimiento animal, sino que además aportan poco o nada a la conservación de la especie. En lugar de proteger a los elefantes, los mantienen atrapados en un ciclo de explotación.
El nuevo enfoque promovido por el Gobierno de Indonesia anima a los centros a transformarse en espacios centrados en la educación ambiental, la observación a distancia prudente y el apoyo a la conservación. Esto significa favorecer recintos amplios, enriquecimiento ambiental, ausencia de espectáculos y programas que expliquen a los visitantes la situación real de los elefantes en el país.
Para los propios viajeros, esta medida facilita tomar decisiones más coherentes con sus valores. Muchos turistas ya se sentían incómodos al participar en paseos o actuaciones, pero no tenían claro qué alternativas eran realmente éticas. Con la prohibición, se marca una línea clara: las vacaciones no deberían implicar sufrimiento para un elefante, ni en Indonesia ni en ningún otro destino.
Las organizaciones de bienestar animal insisten en que la prioridad debe ser apoyar empresas de turismo responsable que cuenten con políticas sólidas de bienestar, no ofrezcan contacto directo con animales salvajes y contribuyan a proyectos de conservación y a medios de vida sostenibles para las comunidades locales.
La otra cara: ofertas turísticas que aún defienden los safaris en elefante
A pesar de la prohibición, aún existen materiales promocionales y productos turísticos que presentan el “safari en elefante” como una experiencia romántica y casi imprescindible en un viaje a Bali. En muchos casos, se trata de contenidos no actualizados o de paquetes que se diseñaron antes de que la normativa entrara plenamente en vigor.
Estos programas describen excursiones al pueblo de Taro, en Bali, donde se localiza el conocido Elephant Safari Park. El itinerario suele incluir un recorrido por la zona más rural de la isla, atravesando aldeas de montaña, arrozales en terrazas, cocoteros y campos con frutales como rambutan, mangostán, durián, papaya, cacao o aguacate, además de plantaciones de café y especias como clavo y chile.
Una vez en el parque, la propuesta tradicional consistía en alimentar, tocar y montar a los elefantes, recorriendo sobre su lomo senderos entre vegetación tropical. Los operadores solían argumentar que estos animales procedían de zonas de Indonesia donde su destino habría sido mucho peor, y defendían el parque como un supuesto refugio financiado a través del turismo.
En este tipo de folletos se remarcaba el “cariño y la devoción” de los trabajadores hacia los elefantes y se afirmaba que los animales respondían con afecto, presentando la actividad como una especie de convivencia idílica. Bajo esta narrativa, se trataba de un lugar cuyo objetivo principal era el bienestar de los animales, y donde los paseos eran simplemente un medio para mantener el proyecto.
Sin embargo, la normativa actual choca frontalmente con esta visión. Los paseos y el contacto directo, por muy románticos que parezcan, forman parte de un modelo de explotación ya superado por la evidencia científica y por las recomendaciones de las organizaciones de bienestar. Hoy, centros que quieran seguir operando en Indonesia deben abandonar la monta de elefantes y adaptar su oferta a un enfoque respetuoso y compatible con la circular gubernamental.
El papel de las organizaciones animalistas y la presión internacional
La prohibición de los paseos en elefante en Indonesia es también el resultado de años de campañas de organizaciones de protección animal que han trabajado para destapar la realidad oculta detrás de muchas atracciones turísticas. Entidades como PETA Asia, FAADA y otras ONG internacionales han documentado casos de maltrato, encadenamientos prolongados y uso de ganchos afilados para forzar la obediencia.
PETA, por ejemplo, emitió un comunicado celebrando la medida como una “decisión histórica” que sitúa a Indonesia a la vanguardia del bienestar de los elefantes en el continente asiático. En sus investigaciones, la organización ha mostrado cómo, en la industria turística, los elefantes son a menudo encadenados durante horas e incluso días, permanecen solos y sufren heridas causadas por las herramientas de control utilizadas por los mahouts.
Desde FAADA, una entidad muy activa en el ámbito del turismo responsable, se ha subrayado que este avance es una victoria colectiva fruto del trabajo de muchas organizaciones, agencias de viaje y personas individuales. Las campañas informativas, la presión a turoperadores y las denuncias públicas han sido claves para que gobiernos y empresas empiecen a mover ficha.
FAADA recuerda, además, que muchas agencias de viajes ya han dejado de ofrecer paseos en elefante en sus catálogos, asumiendo el compromiso de no comercializar actividades que impliquen explotación animal. También destacan el papel de quienes, a título personal, han compartido noticias, vídeos e información sobre el tema, contribuyendo a cambiar la percepción social de este tipo de atracciones.
Las organizaciones animalistas hacen un llamamiento especial a los profesionales del sector turístico para que se informen, revisen sus productos y busquen alternativas éticas. Proponen que, en lugar de paseos o fotos con animales salvajes, se ofrezcan visitas a centros de rescate serios, rutas de observación en libertad y experiencias centradas en la conservación como valor añadido.
Lo que aún no ha cambiado: contacto directo y “baños” con elefantes
Aunque el veto a la monta de elefantes es un paso gigante, las ONG recuerdan que la explotación turística no ha desaparecido del todo en Indonesia. En muchos lugares se siguen ofreciendo actividades de “toca-toca”, baños con elefantes, sesiones de fotos o espectáculos en los que los animales realizan trucos poco naturales.
Estas prácticas comparten la misma raíz que los paseos: suponen forzar interacciones que no son necesarias ni beneficiosas para los elefantes, pero que generan ingresos atrayendo a turistas que buscan experiencias “diferentes” para sus vacaciones o para redes sociales. Aunque puedan parecer más suaves que la monta, muchas veces implican estrés, manipulación constante y una vida lejos de cualquier comportamiento natural.
Por eso, tanto FAADA como otras organizaciones insisten en que, si alguien quiere ver elefantes durante su estancia en Indonesia, lo más responsable es optar solo por auténticos centros de rescate, donde no haya contacto directo, no se monten a los animales, no se ofrezcan baños con turistas y no se realicen espectáculos.
En estos lugares, la prioridad debe ser la rehabilitación y el bienestar de los elefantes, no la diversión del visitante. El público puede observar a cierta distancia, aprender sobre la situación de la especie, entender las amenazas que la acechan y, en muchos casos, contribuir económicamente al mantenimiento del centro y a proyectos de conservación.
Las organizaciones recomiendan también mantenerse informado a través de plataformas especializadas en turismo responsable y, en caso de dudas, contactar con entidades de referencia que puedan asesorar a agencias, guías y viajeros sobre qué actividades son realmente éticas y cuáles conviene evitar.
Un impulso para el cambio global en el turismo de fauna
La medida adoptada por Indonesia no solo tiene impacto dentro de sus fronteras: representa un mensaje muy potente para el resto de países asiáticos donde los paseos en elefante siguen siendo un reclamo turístico masivo, como Tailandia, India, Nepal o algunos destinos del Sudeste Asiático.
Organizaciones como PETA han aprovechado esta decisión para instar a otros gobiernos a seguir el ejemplo indonesio. En sus comunicados, piden a Nepal, Tailandia, India y más países que implementen prohibiciones similares y avancen hacia modelos de turismo centrados en la protección y el respeto a los animales, y no en su uso como entretenimiento.
La presión también se dirige a las agencias de viajes y turoperadores de todo el mundo. Se les reclama que dejen de vender paquetes que incluyan paseos en elefante u otras actividades claramente dañinas, como espectáculos circenses con animales salvajes, fotos con crías o experiencias de contacto forzado.
El objetivo final es lograr un cambio estructural en la industria turística, de manera que este tipo de actividades dejen de ser rentables y pierdan atractivo comercial. Si los viajeros no las demandan y las agencias no las ofrecen, la explotación de elefantes para estos fines irá reduciéndose progresivamente.
En este contexto, la decisión de Indonesia se interpreta como un precedente que puede marcar un antes y un después. Si un país tan relevante en el mapa turístico asiático ha sido capaz de aplicar un veto total, se refuerza el argumento de que otros destinos también pueden hacerlo sin que su economía turística se hunda, siempre y cuando apuesten por alternativas responsables.
El elefante de Sumatra: una subespecie al borde del abismo
Más allá del turismo, la situación de los elefantes de Sumatra en Indonesia es extremadamente delicada. Se trata de una subespecie del elefante asiático cuya población se redujo aproximadamente a la mitad entre 1985 y 2012, un descenso dramático que ha encendido todas las alarmas entre conservacionistas y organismos internacionales.
Según estimaciones recientes, en la actualidad solo quedan entre 2.400 y 2.800 ejemplares de elefante de Sumatra en estado salvaje. Esta cifra tan baja ha llevado al Fondo Mundial para la Naturaleza (WWF) a catalogarlo como especie en “peligro crítico de extinción”, la categoría previa a la desaparición en libertad.
Entre las principales amenazas que enfrentan estos elefantes destaca la caza furtiva para obtener sus colmillos, muy valorados en el comercio ilegal de marfil. Los cazadores no solo matan animales adultos, sino que en muchos casos dejan huérfanas a crías que tienen pocas posibilidades de sobrevivir solas.
La deforestación masiva y la fragmentación del hábitat es otro factor clave. En Sumatra, vastas áreas de selva han sido taladas para dar paso a plantaciones, explotaciones agrícolas y otros usos humanos, reduciendo el territorio disponible para los elefantes y obligándolos a desplazarse por zonas cada vez más pequeñas y aisladas.
Esta pérdida de hábitat incrementa los conflictos entre humanos y elefantes. Al quedarse sin alimento suficiente en el bosque, los animales se acercan a cultivos y asentamientos, donde pueden causar daños y provocar reacciones violentas por parte de los agricultores que ven amenazados sus medios de vida.
La explotación turística se suma a este cóctel de amenazas. Aunque la prohibición de los paseos no resuelve de golpe todos estos problemas, sí supone una medida urgente que contribuye a reducir una presión adicional sobre la especie y envía una señal clara de que el valor de los elefantes no está en cuánto dinero generan montándolos, sino en su papel ecológico y en su derecho a vivir sin maltrato.
La esperanza de muchos conservacionistas es que el cambio de rumbo en Indonesia refuerce los esfuerzos para proteger los últimos hábitats de Sumatra, implementar corredores ecológicos, combatir la caza furtiva con más recursos y fomentar proyectos de convivencia entre comunidades locales y fauna silvestre.
El escenario que se abre en Indonesia muestra cómo un país puede reorientar su turismo sin renunciar a su atractivo, apostando por experiencias éticas basadas en la observación, la educación y la conservación de los elefantes en lugar de su explotación directa. Si gobiernos, empresas turísticas y viajeros empujan en la misma dirección, el futuro de los elefantes de Sumatra y de todos los elefantes utilizados en el turismo podría empezar, por fin, a cambiar de verdad.