Muere Chanchal, el elefante pintado de rosa que reabre el debate sobre arte y maltrato animal

Última actualización: 5 abril 2026
  • Chanchal, un elefante de unos 65 años, murió pocas semanas después de ser pintado de rosa para una sesión fotográfica en Rajastán, India.
  • La producción, dirigida por la fotógrafa rusa Julia Buruleva, usó pigmentos orgánicos tipo gulal, habituales en festivales locales, según la propia artista.
  • PETA India y otras organizaciones animalistas exigen investigar la muerte y poner fin al uso de elefantes en paseos turísticos y proyectos estéticos.
  • El caso ha reavivado en Europa y a nivel global el debate sobre los límites del arte, la tradición y el bienestar animal.

Elefante pintado de rosa

La historia de Chanchal, el elefante pintado de rosa, se ha convertido en uno de los casos recientes más comentados cuando se habla de arte, redes sociales y bienestar animal. El animal, de unos 65 años de edad, fue cubierto casi por completo de pintura rosa para una sesión fotográfica en la India y murió pocas semanas después, desatando una oleada de críticas e interrogantes sobre lo que realmente ocurrió.

Lo que en un principio se presentó como una producción artística de estética surrealista ha terminado por abrir un agrio debate internacional, también muy seguido en Europa y España, sobre si este tipo de intervenciones con animales pueden considerarse inofensivas o si, por el contrario, cruzan claramente la línea del maltrato, aunque estén envueltas en un discurso cultural o creativo.

Quién era Chanchal y cómo se gestó la polémica sesión rosa

Chanchal era un elefante asiático de edad avanzada que vivía en la región de Rajastán, en el norte de la India, una zona donde estos animales se utilizan habitualmente en paseos turísticos y espectáculos. Según varias organizaciones, formaba parte del grupo de entre 2.700 y 3.500 elefantes en cautividad que existen en el país, de los cuales alrededor del 75% se emplean en actividades ligadas al turismo y al entretenimiento.

En noviembre de 2025, la fotógrafa rusa Julia Buruleva viajó hasta la ciudad de Jaipur con la intención de crear una imagen muy concreta: un elefante rosa frente a las típicas puertas de madera rajasthani, en un escenario casi de cuento. Para lograrlo, recorrió varias granjas de elefantes en la aldea de Hathi Gaon, conocida popularmente como el “pueblo de los elefantes”, hasta encontrar a un propietario dispuesto a colaborar.

La artista explicó después que visitó repetidamente la misma granja para convencer al dueño, al que describió como “el más razonable”, y demostrar que su idea iba en serio. El animal elegido fue Chanchal, cuyo cuerpo sería utilizado como el gran lienzo rosa de la producción.

Elefante rosa en sesión fotográfica

La versión de la fotógrafa: pintura orgánica y tradición local

Ante la avalancha de críticas, Buruleva ha defendido en numerosas ocasiones que la pintura usada con Chanchal era orgánica y elaborada por habitantes locales, similar a la que se emplea durante el Festival del Elefante de Jaipur y otras celebraciones hindúes en las que se decoran animales.

Según su relato en redes sociales y en entrevistas, se utilizó polvo orgánico gulal, un pigmento asociado a festividades como Holi, elaborado a partir de almidón de maíz, flores secas, hierbas, cúrcuma o remolacha. Ese tipo de colorantes, asegura, son considerados una alternativa más segura y ecológica frente a las pinturas sintéticas.

La fotógrafa insiste en que el proceso de aplicación del pigmento fue breve y que el color se retiró a los pocos minutos de terminar la sesión. Su objetivo, afirma, no era promover ni justificar estas prácticas, sino “documentar una realidad que ya existe” en Rajastán: la de elefantes pintados para festivales, paseos o espectáculos turísticos.

En declaraciones recogidas por medios indios, Buruleva subrayó además que su obra busca interactuar con el entorno y los seres vivos de manera directa, frente a las imágenes generadas de forma digital o mediante inteligencia artificial, reivindicando lo que ella denomina una “conexión viva” con la naturaleza.

Elefante pintado de rosa en India

La muerte de Chanchal y el inicio de las investigaciones

El punto de inflexión llegó cuando trascendió que Chanchal había muerto semanas después de la sesión. Distintas fuentes sitúan el fallecimiento en febrero, aproximadamente un mes tras la producción fotográfica, lo que disparó las sospechas sobre un posible caso de maltrato animal encubierto bajo el paraguas del arte.

Mientras algunos medios y usuarios de redes hablaron de una posible intoxicación provocada por la pintura, medios locales citaron al propietario del elefante, identificado como Sadik Khan, asegurando que la muerte se produjo por causas naturales relacionadas con su avanzada edad. Otras versiones incluso elevaron la edad del animal hasta los 70 años, siempre insistiendo en que el final llegó de manera “natural”.

Pese a esas explicaciones, las autoridades indias abrieron una investigación para aclarar si, durante la producción de Buruleva, se pudo incurrir en abuso, negligencia o vulneración de las normas de protección de fauna. El hecho de que el elefante falleciera tan poco tiempo después de haber sido completamente pintado, y de haber sido históricamente utilizado en paseos turísticos, elevó el nivel de preocupación.

En paralelo, en plataformas como Instagram o X (antes Twitter), se multiplicaron los mensajes de indignación contra la fotógrafa, a la que se acusó de falta de empatía, apropiación cultural y de convertir a un animal en un mero accesorio estético para obtener imágenes virales.

La reacción de PETA y el movimiento animalista internacional

La muerte de Chanchal no se quedó en una polémica puntual: PETA India y otras organizaciones de defensa de los animales aprovecharon el caso para volver a poner el foco en la explotación de elefantes en la India. La entidad envió una carta al primer ministro Narendra Modi reclamando el fin de los paseos sobre elefantes y de su uso en actividades comerciales, turísticas o puramente estéticas.

En su comunicado, PETA lamentó que el animal hubiera pasado buena parte de su vida “esclavizado para paseos” y exigió una investigación exhaustiva sobre las circunstancias de la muerte, recordando que estos paquidermos siguen siendo animales salvajes, no domesticados, aunque lleven años en contacto con seres humanos.

El caso ha tenido eco también en Europa y España, donde organizaciones animalistas señalan que, aunque muchos turistas ven en los paseos en elefante o en las fotos con ellos una experiencia exótica, detrás suele haber entrenamientos agresivos, privación de libertad y niveles de estrés que pueden derivar en conductas peligrosas y problemas de salud.

Informes como el elaborado por la ONG World Animal Protection recuerdan que en la India se han registrado ataques de elefantes a personas, muchas veces vinculados al estrés crónico y al maltrato asociado a su uso intensivo en la industria del ocio.

Elefante rosa y debate sobre bienestar animal

Arte, tradición y maltrato: una línea cada vez más cuestionada

Más allá del caso concreto de Chanchal, la controversia ha reabierto una discusión de fondo: dónde están los límites del arte cuando entra en juego el sufrimiento animal. Muchos usuarios y colectivos han insistido en que “no es arte si causa daño”, por más que se presente como un homenaje cultural o una puesta en escena visualmente espectacular.

La propia Buruleva ha defendido que su proyecto se inserta en una tradición existente en Rajastán, donde algunos elefantes son decorados con pigmentos naturales, telas y joyas en festivales religiosos. Sin embargo, cada vez más voces, también en la propia India, consideran que esa costumbre debería revisarse o directamente abandonarse si implica someter a los animales a situaciones de estrés, inmovilidad prolongada o manipulación invasiva.

En Europa, organizaciones de protección animal llevan años alertando sobre prácticas que, aunque en su momento se percibían como “inofensivas” o incluso entrañables, hoy se interpretan de manera muy distinta. El ejemplo de los pollitos de colores que se vendían en ferias en España hasta hace unas décadas es recurrente: una imagen casi nostálgica para algunos, que actualmente se considera una forma clara de maltrato.

Impacto en la opinión pública y lecciones para el turismo desde España y Europa

Desde la óptica europea, el caso de Chanchal ha servido para poner en cuestión el tipo de turismo que se fomenta y se consume. Muchos de los paseos en elefante, espectáculos con fauna salvaje o sesiones de fotos exóticas son promocionados precisamente para viajeros procedentes de Europa, incluida España, que buscan experiencias “diferentes” durante sus vacaciones.

Las organizaciones animalistas insisten en que los turistas tienen un papel clave: sin demanda, este tipo de ofertas pierden sentido. De ahí que se recomiende evitar contratar paseos sobre elefantes, espectáculos donde se les obliga a realizar trucos o actividades donde los animales se utilicen como meros decorados para redes sociales.

En paralelo, PETA y otros colectivos proponen alternativas más respetuosas, como la observación de fauna silvestre en reservas bien gestionadas, el apoyo a santuarios que realmente prioricen el bienestar animal o experiencias culturales que no dependan de explotar a seres vivos para lograr una fotografía llamativa.

Este tipo de debates se cuelan cada vez más en el día a día europeo, donde se discute sobre la humanización excesiva de las mascotas, el uso de tintes en perros y gatos para fotos virales, o tendencias que someten a los animales a procesos innecesarios. Colegios veterinarios y especialistas recuerdan que, aunque algunos productos se anuncien como “seguros”, pueden provocar alergias, irritaciones en la piel, estrés durante el baño y manipulación, además de transmitir una visión de los animales como objetos a nuestro servicio.

El caso de Chanchal condensa así muchas de estas tensiones: un proyecto ideado para generar imágenes impactantes en un templo dedicado a Ganesha, la defensa de la artista apelando a la tradición local y a la supuesta inocuidad de los pigmentos, el uso previo del elefante en paseos turísticos y, finalmente, la muerte del animal a los pocos días o semanas. Todo ello ha hecho que, para una parte creciente de la opinión pública, la balanza se incline claramente hacia la idea de que se cruzó una línea que no debería haberse traspasado.

La historia de Chanchal se ha convertido así en un recordatorio incómodo de que los animales no son lienzos, ni atrezo, ni simple contenido para redes, y de que tanto artistas como turistas y espectadores tienen responsabilidad a la hora de decidir qué tipo de prácticas están dispuestos a normalizar cuando hay vidas en juego.

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