Paseos en elefante: crueldad oculta, riesgos y alternativas responsables

Última actualización: 30 enero 2026
  • Los paseos en elefante implican graves problemas de bienestar, desde el entrenamiento violento hasta las lesiones físicas crónicas.
  • Indonesia ha prohibido oficialmente los paseos en elefante, marcando un precedente en Asia y presionando a otros países turísticos.
  • La industria se alimenta del tráfico ilegal de crías y de la explotación de elefantes en cautividad con graves secuelas físicas y psicológicas.
  • El turismo responsable apuesta por la observación respetuosa y el apoyo a auténticos centros de rescate y conservación.

Turismo con elefantes

Los paseos en elefante se han vendido durante años como una experiencia exótica imprescindible en muchos viajes por Asia: una foto espectacular, una anécdota que contar y la sensación de estar viviendo algo único. Pero, cuando rascas un poco la superficie, descubres que detrás de ese rato de diversión se esconde una realidad extremadamente cruel para los animales.

Lejos de ser una atracción inocente, montar en elefante implica un sistema basado en el maltrato, la explotación y la ruptura total de la voluntad de estos animales. Desde el momento en que son arrancados de su entorno natural hasta sus últimos días, muchos elefantes usados en turismo viven encadenados, sobreexplotados y sometidos a técnicas de adiestramiento violentas. Y lo peor es que, muchas veces, todo esto se camufla bajo discursos de «tradición», «cultura» o supuesta «conservación».

El giro histórico de Indonesia: adiós a los paseos en elefante

Paseos en elefante

En los últimos años, uno de los cambios más potentes ha llegado desde Indonesia, un país clave en el turismo asiático. Tras años de presión de organizaciones de protección animal y de informes que destapaban la realidad de la industria, el gobierno indonesio decidió prohibir oficialmente los paseos en elefante y otras atracciones similares en todo su territorio.

La medida se concretó a finales de 2025, cuando la Dirección General de Conservación de Recursos Naturales y Ecosistemas del Ministerio de Silvicultura emitió una circular de obligado cumplimiento (la Circular N.º 6/2025). Este documento ordenaba a todos los centros de conservación y establecimientos turísticos que ofrecían paseos o exhibiciones con elefantes que cesaran completamente estas actividades y reorientaran su oferta hacia propuestas basadas en la observación y el respeto.

Para garantizar que no se quedaba en papel mojado, la Agencia de Conservación de Recursos Naturales de Bali, responsable de supervisar la aplicación práctica en una de las islas más turísticas, advirtió que cualquier centro que no cumpliera la norma se enfrentaría a la pérdida de su licencia. No era una simple recomendación: o cambiaban el modelo o se quedaban sin negocio.

Un ejemplo muy ilustrativo fue el del Mason Elephant Park en Bali, uno de los últimos lugares del país que seguía ofreciendo paseos en elefante cuando ya estaba en marcha la normativa. Tras recibir dos avisos oficiales y ante la amenaza de cierre, el parque detuvo definitivamente la monta de elefantes el 25 de enero de 2026. A partir de ese momento, inició un proceso de transformación para enfocarse en actividades turísticas más éticas, centradas en observar a los animales y conocer su biología y su historia, no en utilizarlos como atracciones vivientes.

Esta decisión fue aplaudida por organizaciones internacionales como PETA, que la definieron como una «decisión histórica» que sitúa a Indonesia a la vanguardia del bienestar de los elefantes en Asia. Desde entonces, la ONG ha instado a otros países con fuerte industria de turismo de elefantes -como India, Nepal o Tailandia- a seguir el mismo camino y a las agencias de viajes de todo el mundo a dejar de vender paquetes que incluyan paseos en elefante.

Por qué los paseos en elefante dañan gravemente su bienestar

Más allá del impacto mediático de prohibiciones como la de Indonesia, lo importante es entender por qué los paseos en elefante son tan lesivos para los animales. No se trata solo de una cuestión moral abstracta: hay razones muy concretas, demostradas por veterinarios, etólogos y expertos en bienestar animal.

Para empezar, los elefantes usados en turismo son obligados a someterse a entrenamientos duros y dolorosos para que permitan que las personas suban sobre su lomo, posen a su lado o los toquen sin que reaccionen de forma imprevisible. Este adiestramiento suele ir acompañado de estrés crónico, miedo y dolor físico, hasta que el animal pierde cualquier atisbo de resistencia y se vuelve completamente sumiso.

Una vez «domesticados», los elefantes pasan su vida inmersos en rutinas que dejan poco espacio a comportamientos naturales como caminar largas distancias, buscar alimento por sí mismos, relacionarse libremente con su grupo o bañarse cuando les apetece. En lugar de eso, caminan por rutas prefijadas, cargan con turistas, esperan encadenados y se mueven en entornos ruidosos y artificiales.

Investigaciones realizadas en zonas turísticas como Bali y el sudeste asiático han documentado de forma reiterada el sufrimiento físico y psicológico que padecen los elefantes utilizados para espectáculos, paseos y contacto directo con personas. Se han observado signos de estrés, apatía, agresividad puntual, comportamientos estereotipados y una alta incidencia de lesiones y enfermedades asociadas a la cautividad.

Cuando se eliminan los paseos, desaparece también la «necesidad» de estas técnicas de control extremo. Esto permite que los elefantes puedan recuperar parte de sus hábitos naturales: socializar con otros individuos, descansar sin ser molestados, alimentarse durante horas y disfrutar de actividades que ellos mismos eligen, como revolcarse en barro o jugar en el agua.

La vida en libertad frente a la vida en cautiverio

Para entender mejor por qué los paseos son tan incompatibles con las necesidades de estos animales, es clave comparar cómo vive un elefante en libertad con cómo lo hace en un campamento turístico. En la naturaleza, los elefantes pueden recorrer hasta 30 kilómetros al día, explorando su entorno, buscando alimento y agua y manteniendo complejas relaciones sociales con otros miembros de su grupo.

Los vínculos entre ellos son muy fuertes: familias estables que pueden durar toda la vida, con hembras que crían juntas a las crías, tías y abuelas que ayudan en la protección de los más pequeños y machos que, al alcanzar la madurez, comienzan a hacer vidas más independientes. En cautividad, estos lazos se rompen de raíz, ya sea separando a las crías de sus madres o mezclando individuos de forma artificial sin respetar sus estructuras sociales.

Además, un elefante salvaje necesita comer entre 14 y 18 horas al día, consumiendo grandes cantidades de hierbas, hojas, bambú y otros vegetales, y puede llegar a beber hasta 100 litros de agua fresca en un solo día. También requiere sombra y lugares donde refugiarse del calor en las horas más intensas del sol. En los campamentos, estas necesidades básicas se cubren muchas veces de forma precaria, con dieta limitada, agua no siempre abundante y espacios pobres en estímulos.

A consecuencia de los suelos artificiales, la falta de movimiento libre y las largas horas de trabajo, es habitual que los elefantes en cautiverio sufran problemas crónicos en los pies, artritis, malformaciones en las extremidades y trastornos psicológicos evidentes. Son frecuentes las escenas de elefantes balanceándose de un lado a otro sin parar, moviéndose hacia delante y hacia atrás de forma repetitiva o mostrando conductas compulsivas: son comportamientos estereotipados que indican estrés extremo y aburrimiento.

En muchos casos, además, las empresas de trekking exigen a sus animales jornadas largas y extenuantes, con apenas descanso y casi sin posibilidad de mostrar comportamientos naturales. Es habitual ver a los elefantes encadenados durante horas, incluso cuando no están trabajando, sin poder desplazarse ni unos pocos metros. Esta falta de movimiento agrava los problemas musculares y articulares y acentúa el deterioro de su salud mental.

El entrenamiento brutal: el Phajaan o «romper el alma»

Uno de los aspectos más duros de la industria de los paseos en elefante es el método que se utiliza para que un animal tan fuerte, inteligente y potencialmente peligroso se convierta en obediente y manejable. Este proceso, conocido en Tailandia como Phajaan o «romper el alma» del elefante, se ha practicado durante siglos y, con otros nombres, se replica en diferentes países donde se entrenan elefantes para el turismo.

La idea de fondo es anular por completo la voluntad del animal. Para ello, a menudo se recurre a crías que son separadas de sus madres a edades muy tempranas, en plena fase de dependencia. Una vez aisladas, se las introduce en jaulas diminutas y rudimentarias, donde apenas pueden moverse. Allí comienza un periodo de varios días -a veces tres o más- en el que no se les permite comer ni dormir con normalidad.

Durante este tiempo, los cuidadores o «mahouts» utilizan ganchos metálicos con puntas afiladas para golpearles de forma repetida en zonas muy sensibles como las orejas, el contorno de los ojos, la cabeza y las patas. El objetivo es asociar cualquier intento de resistencia, cualquier gesto de rebeldía, con un dolor insoportable, hasta que el animal deja de luchar y entra en un estado de sumisión absoluta.

No es raro que durante este proceso algunos elefantes jóvenes mueran por el estrés, las lesiones o el agotamiento. Los que sobreviven quedan marcados física y psicológicamente. Más adelante, incluso cuando ya realizan paseos con turistas, muchos siguen mostrando heridas abiertas, cicatrices en la cabeza, detrás de las orejas o en la base de las patas, recordatorios de los golpes recibidos durante años.

Los mahouts continúan usando estos ganchos en el día a día como herramienta de «control». Aunque, a simple vista, un visitante pueda no ver la punta metálica, suele ir perfectamente escondida en el extremo del palo. Los elefantes, animales con gran memoria y alta inteligencia, recuerdan a la perfección el dolor asociado a ese instrumento, de modo que muchas veces basta con mostrarlo o acercarlo para que obedezcan por puro pánico.

Riesgos, accidentes y problemas de salud pública

Todo ese sufrimiento acumulado no solo pasa factura al animal; también genera situaciones de riesgo real para las personas. Un elefante que ha sido capturado de pequeño, separado de su familia y sometido a una domesticación violenta acumula un nivel de estrés y traumas que lo vuelven potencialmente imprevisible, aunque parezca manso.

Los elefantes pueden reaccionar de forma violenta ante un ruido inesperado, un movimiento brusco, un recuerdo asociado al maltrato o una situación que les provoque pánico. Dada su enorme envergadura, un solo movimiento descontrolado, un empujón o una embestida puede tener consecuencias trágicas para turistas, mahouts u otras personas cercanas. Existen numerosos casos documentados de accidentes graves y mortales en paseos y espectáculos con elefantes a lo largo de los años.

Además, en muchos campamentos se utilizan elefantes machos en época de musth, un estado natural asociado al incremento de la actividad hormonal y del apetito sexual, durante el cual los machos están especialmente nerviosos y agresivos. Emplear a estos animales para paseos en plena fase de musth multiplica el riesgo de incidentes, ya que su comportamiento se vuelve mucho más difícil de predecir y controlar.

El contacto estrecho y constante entre humanos y elefantes en estas instalaciones conlleva también riesgos sanitarios. Los elefantes pueden ser portadores de enfermedades transmisibles a las personas, como la tuberculosis, lo que añade una dimensión de salud pública que suele pasar desapercibida cuando se promocionan estas actividades como algo «seguro» y «apto para toda la familia».

En definitiva, el modelo de explotación que sostiene los paseos en elefante supone un peligro tanto para los propios animales como para los turistas y trabajadores que interactúan con ellos, y muchos gobiernos y organizaciones empiezan a verlo como insostenible desde el punto de vista ético y también práctico.

Una práctica físicamente incompatible con la anatomía del elefante

Incluso si nos olvidáramos, por un momento, de los métodos de entrenamiento y del trato diario -que ya es mucho olvidar-, los paseos en elefante seguirían siendo una mala idea por una razón básica: su cuerpo no está diseñado para cargar peso sobre la espalda de la forma en que se hace en el turismo.

El esqueleto del elefante, a pesar de su gran tamaño y robustez, está preparado para soportar su propio peso, no el de varias personas y una montura pesada. Se considera que, a partir de unos 150 kilos adicionales, la presión sobre la columna vertebral se dispara. En los paseos turísticos habituales, sin embargo, el animal puede llegar a cargar hasta 450 kilos (el mahout más tres o cuatro turistas adultos, más la estructura de la silla).

En el caso del elefante asiático, la forma ligeramente arqueada de su espalda hace que el peso de la «howdah» -la silla típica de montar, que puede alcanzar por sí sola los 100 kilos- se concentre justo en la zona media de la columna. Esta presión continuada puede provocar daños severos en la espina dorsal, inflamaciones crónicas y, en muchos casos, problemas neurológicos que afectan al movimiento y al bienestar general del animal.

La estructura de la columna de un elefante es muy particular: en lugar de tener discos intervertebrales lisos, presentan protuberancias óseas puntiagudas que se proyectan hacia arriba. El tejido que recubre estas protuberancias es muy vulnerable al peso que se ejerce desde arriba. Cuando añadimos el peso de varias personas durante horas diarias, durante años, el daño acumulado resulta enorme.

A ello se suman los problemas en la piel y las articulaciones. Muchas sillas de montar, por su diseño y por el tiempo que permanecen colocadas -incluso cuando el elefante no está trabajando-, generan rozaduras, llagas y heridas abiertas, especialmente en la zona de la base de la cola y los laterales del lomo. El encadenamiento prolongado, con las patas traseras estiradas hacia atrás en lugar de bajo el cuerpo, provoca una distribución anormal del peso, que acaba dañando articulaciones y favoreciendo la aparición de cojeras y artritis.

Los pies: el gran punto débil de los elefantes cautivos

Otro de los puntos más delicados de la anatomía del elefante son sus pies. En libertad, estos animales caminan sobre suelos blandos, con vegetación, barro o arena, que actúan como amortiguador natural para las enormes toneladas de peso que soportan. El problema llega cuando pasan la mayor parte del tiempo sobre superficies duras como cemento, piedra o tierra compactada sin vegetación, algo muy típico en muchos campamentos turísticos.

Este tipo de superficies acaba provocando abrasiones en las almohadillas protectoras de las plantas de los pies. Si estas almohadillas se erosionan demasiado, los huesos internos quedan prácticamente sin protección frente al impacto del suelo, de modo que cada paso se vuelve doloroso. Muchos elefantes utilizados para paseos muestran problemas de cojera, infecciones en las uñas y heridas permanentes.

Si a esto le sumamos las largas horas de trabajo de pie, el sobrepeso que cargan y la falta de movimiento natural, la consecuencia lógica es un aumento brutal de casos de artritis y otras enfermedades degenerativas en las articulaciones. Para un animal tan grande, la artritis no es un simple «dolor de huesos»: puede convertirse en una patología incapacitante y, en muchos casos, mortal.

Cuando vemos a un elefante caminando despacio con turistas sobre su lomo, pocas veces pensamos que quizá cada paso le esté causando dolor. Pero la realidad documentada por veterinarios y ONG es que muchos de estos animales arrastran problemas en los pies tan avanzados que su calidad de vida es pésima, aunque sigan siendo explotados mientras puedan «rendir».

En cambio, en santuarios o centros de rescate serios, uno de los principales ejes del trabajo con los elefantes rescatados es precisamente la recuperación de la salud de sus pies: tratamiento de heridas, mejora del tipo de sustrato, recorte y cuidado de uñas, control del peso y, sobre todo, permitirles caminar de forma más natural y a su ritmo.

De dónde vienen los elefantes usados en paseos turísticos

Otro aspecto oscuro de la industria es el origen de los elefantes que vemos en campamentos y circuitos turísticos. A partir del año 2000, países como Tailandia vivieron un auténtico boom turístico, lo que disparó la demanda de actividades con elefantes: paseos, espectáculos, «orfanatos» y supuestos santuarios.

El problema es que los elefantes en cautividad apenas se reproducen, por lo que no es posible abastecer a la industria solo con crías nacidas en centros controlados. Aquí entra en juego el tráfico ilegal de crías de elefante, especialmente desde países como Birmania (Myanmar), donde todavía existen poblaciones salvajes que se han visto dramáticamente reducidas.

Según datos de organizaciones como Elephant Family, cada año se capturan entre 50 y 100 crías de elefante en Birmania para surtir la industria turística de Tailandia y otros países. La caza no se limita a llevarse a la cría: por cada pequeño capturado, se calcula que hasta cinco adultos o adolescentes de su familia son abatidos al intentar defenderlo. El impacto sobre las poblaciones salvajes es devastador.

Hoy se estima que la población de elefantes asiáticos salvajes se sitúa entre 25.000 y 35.000 individuos en todo el mundo, y en algunos lugares concretos -como ciertas áreas de Birmania- podría llegar a desaparecer por completo en menos de una década si la presión continúa. De hecho, se calcula que en los últimos 100 años se ha perdido el 90 % de la población de elefantes asiáticos, lo que ha llevado a que la especie esté incluida como «amenazada» en la Lista Roja de la UICN.

En Indonesia, por ejemplo, el elefante de Sumatra -una subespecie del elefante asiático- ha visto cómo su población se reducía a la mitad entre 1985 y 2012, principalmente por la caza furtiva para obtener marfil, la destrucción de su hábitat y los conflictos con humanos. Se calcula que hoy quedan tan solo entre 2.400 y 2.800 ejemplares, por lo que está catalogado como especie en «peligro crítico de extinción» por el WWF.

El caso de Jaipur: la otra cara del paseo «exótico» en la India

Uno de los ejemplos más conocidos de turismo con elefantes es el paseo en elefante al Fuerte Amber (Amer Fort) en Jaipur, India. Durante años ha sido presentado como una experiencia imprescindible en cualquier viaje por Rajastán: subir al fuerte montado en un elefante decorado, hacer fotos desde las alturas y disfrutar del ambiente colorido del lugar.

En este enclave se calcula que hay alrededor de 80 elefantes dedicados casi en exclusiva a llevar turistas desde el punto de salida hasta el patio principal del fuerte. En temporada alta, pueden llegar a transportar hasta 900 visitantes al día. Aunque las autoridades han intentado mejorar sus condiciones de trabajo -limitando, por ejemplo, el número de viajes diarios por animal y el número de personas que pueden cargar-, la realidad es que siguen siendo elefantes sometidos a rutinas intensivas.

En el pasado, estos animales trabajaban prácticamente todo el día y podían llevar hasta cuatro pasajeros, además del conductor. Hoy, oficialmente, el número máximo de viajes diarios se ha reducido a cinco por elefante, con solo dos turistas más el mahout. La administración de Jaipur afirma realizar inspecciones periódicas para garantizar el bienestar de los elefantes, pero incluso así, muchos visitantes relatan escenas en las que los cuidadores son claramente duros e incluso violentos con ellos.

Además, para disfrutar de la experiencia sin largas colas, se recomienda madrugar y estar allí antes de las 9 de la mañana. Durante la temporada alta, la mayoría de los elefantes termina sus viajes hacia las 11:00, y la alta demanda hace que no sea posible regatear el precio del paseo, fijado por el gobierno local (en torno a 1.000 rupias para dos personas en el momento descrito).

Desde el punto de vista del turista, puede ser tentador pensar que se trata de una oportunidad única en la vida, que «ya que estás allí, hay que hacerlo». Sin embargo, cada vez más viajeros se plantean si una foto y media hora de subida al fuerte compensan una vida entera de sufrimiento para el animal. Muchas agencias de viajes responsables han empezado a eliminar este tipo de actividades de sus programas, explicando a sus clientes las razones y proponiendo alternativas más respetuosas.

Turismo responsable: qué puedes hacer como viajero

La prohibición en Indonesia y la creciente crítica social a los paseos en elefante se enmarcan en una tendencia global hacia un turismo más humano, responsable y consciente. Cada vez más viajeros se cuestionan el impacto de sus decisiones y buscan experiencias que no supongan daño para los animales ni para el entorno.

En el ámbito de la fauna salvaje, esto se traduce en un cambio de modelo: en lugar de actividades basadas en el contacto directo, la monta o los espectáculos, se apuesta por encuentros de observación a distancia, visitas guiadas con contenido educativo y apoyo a proyectos reales de conservación. Informes como «Checking Out of Cruelty» o «Holidays That Harm» han documentado con detalle cómo los paseos en elefante y actividades similares no aportan beneficios reales a la conservación, sino que, al contrario, alimentan redes de tráfico ilegal y explotación.

Como viajero, tienes un poder enorme: tu dinero es tu voto. Evitar contratar paseos en elefante, espectáculos circenses con animales salvajes, selfies con crías o interacciones forzadas envía un mensaje claro a la industria. Si la demanda baja, los operadores se ven obligados a replantear su oferta y, poco a poco, a reconvertirse hacia propuestas más respetuosas.

Una buena alternativa es buscar centros de rescate y santuarios verificados, donde los elefantes no se montan ni se obligan a realizar trucos, y donde las visitas se centran en observar cómo viven, conocer sus historias de rescate y apoyar económicamente su cuidado. Eso sí, es fundamental informarse bien, porque hay muchos «falsos santuarios» que ocultan maltrato bajo una imagen de protección. Conviene desconfiar de cualquier lugar donde se permita montar en los elefantes, jugar con crías, bañarse con ellos de forma masiva o hacer que dibujen o jueguen al fútbol.

Cada pequeño gesto cuenta: elegir no subirte a un elefante, preguntar a tu agencia de viajes por alternativas responsables, compartir información con otros viajeros o apoyar campañas de organizaciones que trabajan por el fin de la crueldad en el turismo de vida silvestre. Aunque pueda parecer que «si yo no lo hago, otro lo hará», lo cierto es que granito a granito se está construyendo un movimiento de viajeros responsables que ya está provocando cambios visibles en muchos destinos.

Al final, se trata de algo bastante sencillo: valorar más la libertad y el bienestar de un animal que una foto llamativa para redes sociales. Contemplar a un elefante a su aire, sin cadenas ni sillas, relacionándose con otros de su especie y comportándose como lo que es -un ser salvaje, inteligente y sensible- puede ser una experiencia muchísimo más emocionante y auténtica que cualquier paseo de media hora sobre su espalda.

La realidad que hay detrás de los paseos en elefante -la captura de crías en la naturaleza, el entrenamiento violento del Phajaan, las largas jornadas de trabajo con monturas pesadas, los problemas crónicos de pies y columna, los accidentes y el riesgo sanitario- dibuja un panorama que poco tiene que ver con la imagen idílica que se vende al turista; a la vista de todo lo anterior, la opción más coherente, empática y acorde con un turismo del siglo XXI es decir no a los paseos en elefante y sí a las experiencias que los respetan tal y como son, dejando de una vez de tratarlos como simples atracciones y reconociéndolos como los animales extraordinarios que merecen ser protegidos.

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