- Investigadores identifican a Vibrio pectenicida (cepa FHCF-3) como causa probable del síndrome de desgaste de estrellas de mar.
- Desde 2013 han muerto miles de millones de ejemplares y más de 20 especies se han visto afectadas; la estrella girasol perdió más del 90%.
- El colapso de estas poblaciones dispara los erizos de mar y arrasa bosques de algas, alterando ecosistemas y economías costeras.
- El calentamiento del mar acelera brotes; se exploran detección temprana, cría en cautividad y reintroducciones controladas.

La muerte de millones de estrellas de mar a lo largo de la costa del Pacífico y en otros puntos del planeta ha dejado un paisaje desolador en fondos marinos donde antes dominaban estos equinodermos. Tras años de incertidumbre, una investigación internacional aporta una explicación sólida sobre el origen del fenómeno y abre un camino para afrontarlo.
Desde 2013, la llamada enfermedad del desgaste de las estrellas de mar (SSWD) ha provocado que más de una veintena de especies dejen de alimentarse, desarrollen lesiones y acaben desintegrándose. Expertos de Canadá y Estados Unidos han identificado a una bacteria como agente clave de esta epidemia marina sin precedentes.
La causa señalada: una bacteria del género Vibrio

Un equipo del Hakai Institute, la University of British Columbia y la University of Washington ha vinculado el síndrome al patógeno Vibrio pectenicida, en un trabajo publicado en la revista Nature Ecology & Evolution. La hipótesis viral que dominó la discusión durante años pierde fuerza ante las nuevas pruebas bacterianas.
Los científicos compararon el líquido celómico (la “sangre” de las estrellas de mar) de individuos sanos y enfermos y detectaron una diferencia clara: la presencia sistemática de bacterias del género Vibrio en los ejemplares afectados, ausentes en los controles.
Para verificar la causalidad, aislaron la bacteria, cultivaron una cepa pura (FHCF-3) y la inocularon en estrellas sanas en laboratorio: los animales desarrollaron los síntomas y murieron en pocos días. En experimentos en los que el fluido infectado se calentaba previamente, no se desencadenaba la enfermedad, apuntando a un agente microbiano sensible a temperatura.
Además, el equipo observó que la infección puede transmitirse por contacto directo y a través del agua, y que el patógeno es capaz de permanecer viable fuera del huésped durante cierto tiempo, algo que complica cualquier intento de contención en el medio marino.
Síntomas y evolución de la enfermedad

El cuadro comienza con pérdida de apetito y pequeñas lesiones blanquecinas en la superficie del cuerpo. Con rapidez, el tejido blando se degrada y los animales quedan inertes al verse afectado su sistema vascular acuático.
En la fase avanzada, los brazos pueden desprenderse como si el cuerpo se deshiciera; en muchos casos, el proceso de descomposición se consuma en menos de dos semanas, dejando apenas una masa viscosa donde antes hubo un organismo completo.
La progresión tan rápida ha dificultado investigar el origen del síndrome en campo. Al principio se propuso una causa viral, pero los ensayos posteriores no la sostuvieron; la pista bacteriana ha ido ganando solidez con evidencias convergentes en laboratorio y en el medio natural.
Alcance y especies más afectadas

La SSWD se hizo patente en la costa del Pacífico de Alaska a México a partir de 2013, con miles de millones de ejemplares muertos y más de 20 especies afectadas. La velocidad del colapso impidió cuantificar con precisión las poblaciones, pero el impacto es inequívoco.
La más golpeada ha sido la estrella de mar girasol (Pycnopodia helianthoides), que ha perdido más del 90% de sus individuos en una década y figura como especie en peligro crítico en la Lista Roja de la UICN.
Se han documentado episodios similares en otras regiones, incluyendo España, Francia o Inglaterra. Vibrio pectenicida es conocido en criaderos de vieiras en Europa, y aunque el género incluye especies relevantes para la salud humana, no hay evidencia de que esta cepa infecte a personas.
Consecuencias ecológicas y respuesta

La caída de las estrellas de mar, depredadoras clave de los erizos, ha disparado sus poblaciones y provocado el colapso de bosques de algas (kelp) en múltiples áreas. Este efecto dominó altera hábitats, reduce pesquerías y merma servicios ecosistémicos valiosos.
Los bosques de kelp capturan CO2, protegen la costa y sostienen actividades económicas y culturales; su pérdida se traduce en menos biodiversidad y en un litoral más vulnerable a temporales y erosión.
Los brotes se agravan en aguas más cálidas, un escenario compatible con el calentamiento oceánico. Entender cómo la temperatura favorece la bacteria es clave para anticipar picos de mortalidad y orientar la gestión.
Expertos como Hugh Carter (Museo de Historia Natural de Londres) celebran el avance, pero advierten que la solución aún está lejos: en el mar es difícil aislar o tratar brotes. Otros investigadores, como Antonio Figueras (IIM-CSIC), piden considerar también factores ambientales y la propia biología de las especies a la hora de explicar la susceptibilidad.
En paralelo, equipos de conservación exploran detección temprana, cría en cautividad y reintroducciones de estrellas sanas, además de estudiar la posible resistencia genética. Iniciativas con entidades como The Nature Conservancy buscan recuperar la estrella girasol y estabilizar ecosistemas costeros.
Con un origen bacteriano cada vez mejor respaldado, un impacto ecológico profundo y líneas de trabajo en marcha, el fenómeno representa un reto científico y de conservación que requiere vigilancia, investigación aplicada y cooperación internacional sostenida.