- Los gatos domésticos actuales descienden del gato montés africano del norte de África, no de poblaciones del Cercano Oriente.
- La llegada de gatos verdaderamente domésticos a Europa se produjo hace unos 2.000 años, impulsada por el Imperio romano y el comercio marítimo.
- Muchos gatos asociados a asentamientos neolíticos eran en realidad gatos monteses locales, domados pero no domesticados.
- El proyecto Felix y otros estudios genómicos siguen afinando cuándo y dónde se completó la domesticación felina.
Durante décadas hemos repetido casi sin pensar la misma historia: los gatos llegaron a Europa acompañando a los primeros agricultores hace unos 10.000 años. Ahora, un amplio análisis genómico de restos arqueológicos felinos demuestra que esa idea no se sostiene. Las nuevas evidencias sitúan el origen del gato doméstico moderno en el norte de África y su expansión por Europa apenas hace dos milenios.
Este cambio de guion no es menor. Los datos procedentes de restos hallados en Europa, el Mediterráneo y el norte de África apuntan a que nuestros gatos caseros son «inmigrantes recientes» en el continente europeo. Su llegada masiva se habría producido en época del Imperio romano, principalmente a bordo de barcos de carga y en contextos ligados al comercio y al ejército, y no en los albores de la agricultura como se pensaba.
Un estudio genómico que cambia la historia del gato
El nuevo trabajo, publicado en la revista Science, se basa en el análisis del ADN nuclear de decenas de gatos antiguos y salvajes. Un consorcio internacional de investigadores de 13 países, entre ellos España, ha secuenciado el genoma de 70 gatos procedentes de 97 yacimientos arqueológicos que abarcan hasta 11.000 años de historia, además de 17 gatos salvajes actuales de Italia, Bulgaria y el norte de África.
Frente a estudios previos basados solo en ADN mitocondrial, esta vez se ha analizado el material genético del núcleo celular, que ofrece una visión mucho más completa del individuo. Gracias a ello, los científicos han podido distinguir con claridad entre gatos domésticos y gatos salvajes, algo que a partir de los huesos resulta casi imposible porque sus esqueletos son prácticamente idénticos.
Los resultados muestran que los gatos domésticos de la especie Felis catus forman un grupo genéticamente diferenciado y más emparentado entre sí que con cualquier gato salvaje. Dentro de las especies salvajes, su parentesco más estrecho no es con el gato montés euroasiático (Felis silvestris), muy extendido en Europa, sino con el gato montés africano (Felis lybica), sobre todo con poblaciones del norte de África.
Este hallazgo refuerza la idea de que la domesticación verdadera no tuvo lugar de forma generalizada en el Creciente Fértil hace 9.500 o 10.000 años, como se asumía hasta ahora, sino que se consolidó a partir de poblaciones norteafricanas de gato montés y en un momento mucho más reciente de lo que sugerían los manuales.

Del norte de África a Europa: la ruta felina del Imperio romano
Una de las conclusiones más llamativas del estudio es que los gatos domésticos aparecen en Europa mucho más tarde de lo esperado. Los restos más antiguos de un gato claramente doméstico en el continente corresponden a un individuo hallado en Mautern (Austria) que vivió entre 50 y 80 años antes de Cristo, es decir, ya en un contexto plenamente romano.
A partir de esa referencia y de otros hallazgos posteriores, los autores reconstruyen la trayectoria de la especie: desde una población de gatos del norte de África, asociada en buena medida al ámbito egipcio y magrebí, el gato doméstico se extendió por Europa «a partir de la era del Imperio romano». El ejército, los comerciantes y los barcos de transporte de grano habrían actuado como los principales vectores de dispersión.
En la práctica, esto significa que nuestros gatos actuales no acompañaron a los primeros agricultores del Neolítico en su expansión por el continente, sino que llegaron miles de años después, viajando en barcos que cruzaban el Mediterráneo. Los navíos que transportaban cereales y otros alimentos eran especialmente vulnerables a las ratas, de modo que embarcar gatos norteafricanos se convirtió en una suerte de «herramienta biológica de control de plagas» muy eficaz.
Los registros analizados indican que, en el primer siglo de nuestra era, el gato doméstico ya estaba presente en el norte de Europa y en las islas británicas. Su expansión habría sido relativamente rápida si se compara con la larga cronología del poblamiento humano del continente, favorecida por las rutas comerciales y militares creadas por Roma.
Esta reinterpretación desmantela la vieja imagen de un gato que avanza lentamente junto con la agricultura y la ganadería desde el Cercano Oriente. En su lugar, aparece la figura de un animal que aprovecha las redes imperiales de Roma para dar el salto definitivo y convertirse en una presencia habitual en puertos, ciudades y asentamientos europeos.
Neolítico, Chipre y otros enigmas: gatos vecinos, no mascotas
Si los gatos domésticos llegaron a Europa hace solo 2.000 años, ¿cómo encajan en esta nueva historia los hallazgos neolíticos de huesos de gato en lugares como Chipre, Israel o Turquía, con dataciones de hasta 9.500 años? La clave, según los investigadores, está en diferenciar entre animales domados y animales realmente domesticados.
Durante años, cada vez que en un yacimiento neolítico aparecían restos de gato asociados a ocupaciones humanas, se asumía que se trataba de gatos domésticos. Un ejemplo icónico es el enterramiento de hace 9.500 años en Chipre, donde un individuo humano fue inhumado junto a un felino. Ese hallazgo fue interpretado durante mucho tiempo como prueba casi definitiva de una domesticación temprana.
Sin embargo, el análisis genómico de los supuestos «gatos domésticos» neolíticos muestra un panorama muy distinto. Muchos de esos animales no corresponden a Felis catus, sino a gatos monteses euroasiáticos (Felis silvestris) que vivían en los alrededores de los asentamientos. Probablemente se acercaban atraídos por la abundancia de roedores y basura, y en algunos casos podían establecer algún tipo de relación de tolerancia con las personas, pero genéticamente seguían siendo salvajes.
Esta situación se ilustra bien con el llamado «caso de los gatos de Cerdeña». El estudio revela que las poblaciones de gatos de esa isla están más emparentadas con gatos monteses del norte de África que con los gatos domésticos modernos. Todo apunta a que grupos humanos antiguos trasladaron gatos salvajes en barcos y los liberaron en zonas donde no existían de forma natural, generando poblaciones insulares de felinos que convivían con las personas pero sin haber pasado por un proceso completo de domesticación.
Los autores del trabajo insisten en que «un gato arqueológico hallado en un entorno doméstico no es necesariamente un gato doméstico». De hecho, la confusión entre gatos amansados de manera individual y poblaciones realmente domesticadas se ha visto alimentada por la gran similitud morfológica entre formas salvajes y domésticas, lo que hace muy difícil distinguirlas solo por los huesos hallados en excavaciones.

ADN mitocondrial, hibridaciones y el papel de Egipto
Antes de la llegada de estos nuevos datos, varios estudios basados en ADN mitocondrial habían apuntado al Creciente Fértil y al Levante mediterráneo como el principal foco de origen del gato doméstico. Ese tipo de análisis, sin embargo, solo refleja el linaje materno y no ofrece una imagen completa del genoma, lo que puede llevar a interpretaciones engañosas en especies con alta hibridación, como es el caso de los gatos.
El trabajo actual muestra un auténtico «caos genético» en épocas anteriores a la expansión romana. Durante milenios, gatos monteses europeos, gatos procedentes del este y felinos norteafricanos se cruzaron entre sí. Es posible encontrar animales con línea materna oriental pero con un genoma que, en conjunto, se aproxima casi por completo al gato montés europeo. Vistos solo desde el ADN mitocondrial, pudieron parecer ancestros de nuestros gatos, cuando en realidad eran callejones sin salida evolutivos o poblaciones salvajes mezcladas esporádicamente con linajes ajenos.
En este contexto, Egipto continúa desempeñando un papel importante. El arte, las momias y la iconografía religiosa documentan que hacia 1500 a. C. el gato ya formaba parte del hogar egipcio, vinculado a deidades como Bastet y representado como un miembro más de la familia. Los nuevos datos genómicos sugieren que el valle del Nilo y el norte de África en general pudieron funcionar tanto como centro de origen como zona de «perfeccionamiento» del comportamiento doméstico.
Curiosamente, a diferencia de lo ocurrido con los perros respecto al lobo, el gato doméstico presenta cambios físicos muy sutiles en comparación con su antepasado salvaje: tamaño de cerebro similar, intestinos de longitud comparable y una anatomía casi calcada. Las principales diferencias parecen residir en factores de comportamiento: menor agresividad, más tolerancia a convivir en densidad elevada y mayor capacidad de establecer vínculos sociales y afectivos con humanos y otros gatos.
Todo este escenario forma parte de un esfuerzo de investigación más amplio, el proyecto Felix, liderado por Claudio Ottoni y financiado por el Consejo Europeo de Investigación. Iniciado en 2021 y con horizonte hasta finales de 2026, el proyecto tiene como objetivo reconstruir con precisión los orígenes y la evolución del gato doméstico, así como su relación con las sociedades humanas desde sus primeras interacciones hasta su estatus actual de mascota global.
El norte de África como punto de partida y los interrogantes abiertos
Con la información disponible hasta ahora, los investigadores señalan el noroeste de África, entre Túnez y Marruecos, como la zona más probable donde surgió la población fundadora de gatos domésticos modernos. Desde allí, ayudados por los movimientos humanos y las redes de comercio, una población relativamente pequeña habría colonizado Europa, Anatolia y otras regiones en apenas un par de milenios.
No obstante, la historia aún está lejos de estar cerrada. Falta incorporar más datos genéticos procedentes de Egipto y otras áreas clave, así como ampliar el número de genomas antiguos y actuales analizados. Los propios autores subrayan que la rareza de los restos de felinos en muchos yacimientos, las dificultades para asignar especies por la morfología ósea y el número todavía limitado de genomas disponibles siguen siendo obstáculos importantes.
En cualquier caso, la nueva cronología ya permite afirmar que los agricultores neolíticos no llevaron a Europa a los antecesores directos de nuestros gatos. Los animales que rondaban sus graneros eran, en su mayoría, gatos salvajes locales o importados que mantenían su condición silvestre, aunque algunos pudieran haber sido parcialmente amansados o utilizados de forma oportunista para controlar roedores.
Esta visión más matizada encaja con la idea de que la domesticación felina no fue un evento único y puntual, sino un proceso complejo y regionalmente diverso. Hubo centros tempranos de interacción estrecha entre humanos y gatos, como el Levante neolítico o el Egipto faraónico, pero la especie doméstica que vive hoy en nuestras casas parece derivar, sobre todo, de una rama concreta del gato montés del norte de África que logró imponerse y expandirse en época histórica.
Mirado desde la Europa actual, donde el gato es uno de los animales de compañía más comunes, este giro en la historia obliga a replantearse su papel: no fue un colaborador silencioso de los primeros agricultores europeos desde el principio, sino un compañero relativamente tardío que se sumó a nuestra vida cotidiana cuando las civilizaciones ya comerciaban, navegaban y construían imperios a gran escala. Quizá ahí resida parte de su famosa independencia: durante buena parte de nuestra historia común, el gato no vivía a nuestra sombra, sino que elegía acercarse y marcharse casi a su antojo, hasta que, hace apenas unos 2.000 años, decidió instalarse definitivamente en nuestros hogares europeos.