Isla de los gatos de Japón: Tashirojima y Aoshima al detalle

Última actualización: 19 abril 2026
  • Las islas de Tashirojima y Aoshima concentran más gatos que humanos, fruto de su pasado pesquero y sericultor.
  • En Tashirojima destacan el santuario de gatos, la “isla del Manga” y una comunidad que venera a los felinos como portadores de suerte.
  • Aoshima vive un fuerte declive demográfico: pocos residentes, gatos ancianos y un futuro marcado por la esterilización masiva.
  • Visitar estas islas exige planificar bien ferris y alojamientos, y practicar un turismo responsable y respetuoso con animales y locales.

Isla de los gatos en Japón

Imagina desembarcar en un pequeño puerto y que, antes incluso de ver a un solo vecino, un grupo de gatos curiosos te reciba como si fueras un viejo amigo. Eso es exactamente lo que ocurre en las famosas islas de los gatos de Japón, lugares donde los felinos superan con creces a los humanos y marcan el ritmo de la vida diaria. No son parques temáticos ni decorados para Instagram, sino comunidades reales en plena transformación demográfica.

En este artículo vamos a sumergirnos a fondo en dos de estos enclaves únicos: Tashirojima, en la prefectura de Miyagi, y Aoshima, en Ehime. Veremos cómo surgieron estas colonias felinas, qué papel jugaron la pesca y la cría del gusano de seda, cómo viven hoy los gatos y los pocos habitantes humanos, y qué debes tener en cuenta si quieres visitarlas con respeto. También conocerás la llamada “Isla del Manga”, el santuario dedicado a los gatos en Tashirojima y la delicada situación actual de Aoshima, donde se teme que en unos años no queden ni personas ni felinos.

Qué es la famosa “isla de los gatos” de Japón

Cuando se habla de la “isla de los gatos de Japón” mucha gente piensa solo en un lugar, pero en realidad son varias islas repartidas por el país donde los felinos se han convertido en protagonistas. Entre ellas destacan especialmente Tashirojima, en la costa este, y Aoshima, en el mar Interior de Seto, que se han ganado apodos como “Cat Heaven Island” o “paraíso felino”.

En estos enclaves, los gatos no son simples mascotas: forman parte del paisaje, de la economía local y de la cultura popular. Se pasean libres por los puertos, duermen al sol sobre boyas y redes de pesca, posan sin miedo para las cámaras y, en algunos casos, cuentan incluso con su propio santuario. A cambio, los vecinos y visitantes los alimentan, los cuidan y, cada vez más, participan en programas para controlar de forma ética su población.

Uno de los rasgos más llamativos es la enorme desproporción entre el número de gatos y de personas. En Tashirojima se calcula que viven unos 60 humanos frente a más de un centenar de felinos, mientras que en Aoshima se ha llegado a hablar de ratios de 40 gatos por cada residente. Con el progresivo envejecimiento y salida de población humana, esta diferencia no ha hecho más que aumentar.

Estas islas también son un símbolo de la Japón rural en declive, que lucha por sobrevivir en un contexto de despoblación, envejecimiento y cambios en los modelos económicos tradicionales. El turismo de amantes de los gatos aporta visibilidad y algo de ingresos, pero también plantea preguntas sobre el futuro de unos lugares que podrían quedar completamente deshabitados en pocos años.

Tashirojima: la isla de los gatos en Miyagi

Tashirojima es una pequeña isla situada en la prefectura de Miyagi, a unos 20 kilómetros de la costa, frente a la ciudad de Ishinomaki. Administrativamente forma parte de esa ciudad, aunque en la práctica es un mundo aparte, rodeado por el océano Pacífico y con dos únicos núcleos habitados: Odomari, al norte, y Nitoda, al sur.

La isla es conocida sobre todo por sus gatos, que superan de largo a la escasa población humana residente. Se estima que viven allí alrededor de 60 personas y más de un centenar de felinos, con algunas fuentes apuntando a una proporción de tres gatos por cada habitante. A pesar de ser en su mayoría semi-salvajes, están muy acostumbrados al contacto con la gente y se acercan sin miedo a los visitantes.

En Nitoda, el pueblo del sur, se concentran muchas de las “pandillas gatunas” más numerosas, especialmente en torno al puerto y a la única tienda local, Kamabutsu Shoten. Es habitual ver montones de gatos descansando sobre cajas de plástico, siguiendo a los pescadores que regresan del mar o merodeando por los alrededores en busca de alguna golosina caída.

Tashirojima es también famosa por su apodo alternativo, “Manga Island” o “isla del Manga”, gracias a un original complejo de cabañas con forma de gato decoradas con ilustraciones de grandes artistas japoneses. Este proyecto está directamente vinculado a la figura del mangaka Shotaro Ishinomori, que soñaba con retirarse allí.

Cómo llegar a Tashirojima paso a paso

Acceder a Tashirojima es relativamente sencillo si planificas bien los horarios, ya que solo hay unos pocos ferris al día. La combinación más habitual se hace desde Tokio utilizando el sistema ferroviario de alta velocidad y trenes locales hasta Ishinomaki.

Para empezar, debes tomar la línea Tohoku Shinkansen desde Tokio hasta Sendai. El trayecto, dependiendo del servicio, ronda las 4 horas y 20 minutos si procedes de la capital, aunque este mismo Shinkansen conecta también Sendai con ciudades importantes como Akita, Morioka o Shin-Aomori, por lo que es práctico vengas de donde vengas del norte de Honshu.

Una vez en Sendai, toca cambiar a un tren local operado por Japan Railways con destino a Ishinomaki. Estos trenes suelen pasar aproximadamente cada hora, y el viaje dura alrededor de 1 hora y 25 minutos. Conviene revisar los horarios con antelación, sobre todo si pretendes enlazar el mismo día con el ferry hacia la isla.

Desde la estación de Ishinomaki, tienes dos opciones para llegar al puerto: caminar unos 10-15 minutos o tomar un corto trayecto en taxi. Debes dirigirte al muelle de la línea Ajishima (Ajishima Line Chuo), situado justo al sur del mercado Ishinomaki Genki y frente al río Kyukitakami, en la orilla opuesta al Museo Ishinomori Manga.

El ferry de la compañía Ajishima Line tarda entre 45 y 60 minutos en llegar a Tashirojima, haciendo escala en los dos puertos de la isla, correspondientes a los pueblos del norte y del sur. El billete de ida ronda los 1.250 yenes. Es fundamental prestar atención a los horarios, ya que suelen operar solo 3 o 4 servicios diarios. Si pierdes el último barco de vuelta, tendrás que pasar la noche en la isla, así que es buena idea llevar reservada con antelación una casa de huéspedes o una cabaña en la isla del Manga.

Origen de los gatos de Tashirojima y su historia

La historia de Tashirojima como auténtico paraíso felino se remonta al período Edo, cuando la economía local giraba en parte en torno a la producción de seda. Los habitantes criaban gusanos de seda para fabricar textiles, y su mayor enemigo eran los ratones, que se comían las larvas y dañaban seriamente la producción.

Para combatir esta plaga, los isleños comenzaron a mantener gatos para que cazaran los roedores. El problema de las ratas era tan grave en todo Japón que el propio shogunato llegó a ordenar que los gatos fueran liberados para que se encargaran de los ratones de forma más efectiva. En Tashirojima, esos felinos liberados encontraron un entorno ideal y su población se disparó con el tiempo.

Con los años, los gatos se convirtieron en animales semi-salvajes, pero mantuvieron un estrecho vínculo con la comunidad humana. En la cultura japonesa se considera que los gatos traen fortuna y prosperidad, algo que se refleja en figuras tan populares como el Maneki-neko, el clásico gato que mueve la pata en muchos comercios. En Tashirojima, esa creencia se traduce en un cuidado especial: los vecinos se esfuerzan por que los gatos estén bien alimentados y respetan su presencia.

La fama nacional e internacional de los gatos de Tashirojima creció especialmente tras el estreno de la película “Nyanko the Movie”, producida por Fuji TV, protagonizada por un gato de orejas caídas llamado Jack que vive en la isla. El éxito fue tal que la cinta derivó en toda una franquicia y se organizaron tours específicos para que los fans pudieran viajar a la isla en busca de “Jack” y sus compañeros felinos.

Además, el vínculo espiritual entre la isla y los gatos se ve reforzado por el templo Gotokuji, en Tokio, asociado al origen del Maneki-neko. Aunque no está en Tashirojima, suele mencionarse como referencia cultural cuando se habla de la relación de Japón con los felinos y ayuda a entender por qué en lugares como esta isla se les da un trato casi sagrado.

Qué hacer en Tashirojima: mucho más que ver gatos

Aunque el mayor reclamo sean sus bigotes y colas, Tashirojima es una isla pequeña pero muy pintoresca, ideal para una escapada tranquila. Sus pueblos tradicionales, las vistas al mar y los senderos que atraviesan colinas y bosques invitan a pasear sin prisas, mientras decenas de gatos cruzan tu camino.

Una de las experiencias más curiosas es visitar la llamada “Isla del Manga” (Manga Island), un área de acampada situada en la parte sur de la isla. Allí puedes alojarte en cabañas con forma de gato, decoradas con obras de arte felinas creadas por reconocidos artistas de manga, incluido el propio Shotaro Ishinomori. También existe la opción de acampar al aire libre si prefieres algo más sencillo.

Estas cabañas están disponibles para alojarse entre julio y octubre, con cierre semanal los martes (o los lunes, si el martes es festivo). Cada unidad cuenta con cocina, aseo y bañera, de manera que no renuncias a ciertas comodidades pese a estar en una isla muy tradicional. Dado que el complejo es pequeño pero muy popular entre fans del manga y amantes de los gatos, se recomienda hacer la reserva con al menos dos semanas de antelación.

En el corazón de Tashirojima se encuentra otro lugar clave: el pequeño santuario de los gatos, conocido como Nekokamisama. Este diminuto templo, de tamaño casi perfecto para felinos, fue erigido en honor a un gato que murió accidentalmente aplastado por una roca durante unos trabajos de obra. Los pescadores, apenados y conscientes de la importancia simbólica de los gatos para su suerte en el mar, decidieron levantar este santuario con ayuda de otros habitantes.

Alrededor del santuario se acumulan ofrendas y objetos relacionados con gatos, desde figuritas hasta amuletos, que los locales dejan para pedir protección y buena fortuna. El lugar se sitúa más o menos a medio camino entre los dos pueblos principales, y llegar hasta él supone un agradable paseo por el interior de la isla, entre vegetación y caminos rurales.

Otra actividad muy recomendable es recorrer a pie los senderos que unen Odomari y Nitoda. La isla es manejable en tamaño y los caminos, aunque estrechos, permiten disfrutar de vistas al mar, tramos de bosque y zonas de costa. Es un plan perfecto para pasar el día desde Ishinomaki o para una estancia más larga en una casa de huéspedes o en las cabañas de la isla del Manga.

Hay que tener en cuenta que Tashirojima mantiene un carácter muy tradicional y cuenta con pocas infraestructuras turísticas. En Nitoda encontrarás algunas cafeterías, pero no hay restaurantes como tal repartidos por la isla, así que conviene llevar algo de comida o informarse bien de lo que ofrece tu alojamiento. Además, se pide expresamente a los visitantes que se lleven de vuelta toda su basura, ya que tirar desperdicios está estrictamente prohibido.

Por último, es fundamental respetar las normas de etiqueta japonesas y las costumbres locales. No se trata de un parque temático de gatos, sino de una comunidad real, por lo que conviene comportarse con discreción, no invadir propiedades privadas y tratar a los felinos con cariño, sin forzarlos ni agobiarlos con fotos o caricias.

Aoshima: “Cat Heaven Island” en Ehime

Aoshima es una diminuta isla situada en la prefectura de Ehime, en el mar Interior de Seto, al sur de Japón. Mide apenas unos 1,6 kilómetros de largo y pertenece administrativamente a la ciudad de Ōzu. Durante siglos fue un activo pueblo pesquero de sardinas, pero hoy es mundialmente conocida por otro motivo: la extraordinaria cantidad de gatos que campan a sus anchas.

Este pequeño trozo de tierra se ha ganado sobrenombres como “Cat Heaven Island” (la isla del cielo de los gatos) y “paraíso felino”, porque en sus calles, muelles y casas abandonadas se pueden encontrar gatos prácticamente en cada esquina. Los felinos son visibles desde el mismo momento en que el ferry se acerca al puerto, formando pequeñas multitudes de manchas blancas, naranjas y atigradas que parecen una auténtica alfombra viviente.

En 1945, Aoshima tenía una población humana de alrededor de 900 personas. Con el paso de las décadas, el declive del sector pesquero (especialmente la pesca de la sardina) hizo que muchos habitantes se marcharan a ciudades cercanas en busca de mejores oportunidades. Para 2013 se calculaba que solo quedaban unos 50 residentes, en 2018 la cifra bajó a 13 y, según datos recientes, en la actualidad se habla de apenas cuatro personas, la mayoría de edad muy avanzada.

La población felina, en cambio, siguió otro camino: los gatos, introducidos inicialmente para controlar las plagas de roedores que dañaban las redes y las capturas, se reprodujeron sin apenas control durante décadas. En diversas fuentes se ha estimado que llegaron a vivir entre 120 y 210 gatos en la isla entre 2015 y 2018, con proporciones de 6:1, 10:1 e incluso 40:1 frente a los humanos a medida que estos últimos iban falleciendo o abandonando Aoshima.

Con el tiempo, los felinos pasaron a depender en parte de las donaciones de comida procedentes de todo Japón, además de alimentarse de pequeños animales de la isla y de las aportaciones de los turistas. La fama de Aoshima creció gracias a reportajes en medios nacionales e internacionales, y pronto llegaron visitantes fascinados por la idea de pisar una isla donde prácticamente todo gira en torno a los gatos.

Historia y declive de Aoshima y sus gatos

Originalmente, Aoshima era una isla deshabitada. El asentamiento humano se remonta a 1639, cuando 16 familias fueron reubicadas allí desde la aldea de Sakoshi, en la región de Banshu (la actual Akō). La comunidad que se formó se dedicó sobre todo a la pesca de sardinas, con una pequeña actividad agrícola complementaria, y así se mantuvo durante generaciones.

En ese contexto pesquero, los gatos llegaron como aliados contra los ratones que infestaban los barcos y almacenes. Los pescadores los llevaban consigo para evitar que los roedores royeran las redes y se comieran las capturas del día. Con el tiempo, muchos de esos gatos fueron quedándose en la isla cuando los barcos regresaban a puerto, dando lugar a una población felina cada vez más numerosa.

Durante décadas, los vecinos apoyaron la presencia de gatos y los alimentaban y toleraban como parte del día a día. Sin embargo, el declive económico del sector de la sardina y la migración de los más jóvenes hacia el continente provocaron un vaciamiento progresivo del pueblo. Las cifras hablan por sí solas: de 900 habitantes en 1945 se bajó a 80 hace alrededor de una década, luego a 13 en 2017 y a tan solo media docena en 2019, hasta las cuatro personas que se mencionan hoy.

Mientras la población humana menguaba, la felina se disparaba. Algunas estimaciones mencionan hasta 120 gatos, e incluso más de 200 antes de la puesta en marcha de medidas de control. En 2019, además, un episodio de envenenamiento masivo atribuido a un vecino preocupado por sus campos redujo el número de felinos hasta unos 80 ejemplares. Este suceso sacó a la luz la delicada convivencia entre el cariño hacia los gatos y las dificultades prácticas para gestionar una colonia tan extensa con tan pocos habitantes humanos.

En paralelo, las autoridades locales y organizaciones protectoras encendieron las alarmas ante la posibilidad de que la isla se volviera insostenible. Se temía un escenario de “colapso” en el que demasiados gatos, sin suficientes personas que se hicieran cargo y con recursos limitados, acabaran en una situación de abandono y enfermedad generalizada.

Para evitarlo, en 2018 se puso en marcha un programa masivo de esterilización y castración de los gatos de Aoshima, coordinado con la Asociación Médica Veterinaria de la prefectura de Ehime y la Sociedad Protectora de Gatos de Aoshima. En pocos meses se llegaron a esterilizar alrededor de 210 gatos, y se calculaba que quedaban unos 10 sin capturar, ocultados por un antiguo residente que se oponía a la intervención. Desde entonces, según los informes, no ha nacido ningún nuevo gatito en la isla.

Veterinarios como la profesora Fumiko Ono, de la Universidad de Ciencias de Okayama, han defendido que esta estrategia era la única viable dadas las circunstancias: sin control, la población felina seguiría aumentando mientras la humana disminuía, generando un entorno insostenible para los animales. La idea es que Aoshima funcione ahora casi como una “residencia” para gatos ancianos, a los que se cuida hasta el final de sus días, con la opción de reubicar algunos en nuevos hogares o refugios si fuera necesario.

La vida cotidiana en Aoshima: humanos al servicio de los gatos

La llegada del ferry a Aoshima ofrece una estampa muy particular. A medida que el barco se acerca al muelle, decenas de gatos se van agrupando en el puerto, atraídos por el sonido del motor y por la posibilidad de recibir algo de comida. Cuando se abre la compuerta, los pasajeros se encuentran con una auténtica “alfombra” de felinos que se acercan, olfatean mochilas y se frotan contra las piernas de los recién llegados.

Una de las figuras humanas más conocidas de la isla es Naoko Kamimoto, a menudo apodada “mamá gato” por su dedicación a los animales. Vestida con motivos felinos, se encarga de amarrar la embarcación, supervisar la llegada de turistas y cuidar diariamente de los gatos: los alimenta dos veces al día, les administra medicación cuando hace falta y vigila sus interacciones con los visitantes.

Según cuenta Naoko, todos los gatos de Aoshima tienen ya más de siete años, y alrededor de un tercio arrastra problemas de salud como ceguera o afecciones respiratorias, fruto de décadas de endogamia y de una vida a la intemperie. Ella afirma que se da cuenta enseguida cuando falta un gato; si no aparece durante una semana, asumen que ha muerto y tratan de localizar el cuerpo para llevarlo a un cementerio de animales cuyo emplazamiento se mantiene en estricto secreto.

Junto a Naoko vive su marido, Hidenori, también septuagenario, que todavía se dedica a la pesca. Cuando regresa del mar con su captura, los gatos se agolpan alrededor, espabilándose de su siesta al sol con la esperanza de conseguir una ración de pescado fresco. Aun así, la pareja marca cierta distancia: consideran a los gatos casi como mascotas comunitarias, pero mantienen su casa como territorio humano, sin permitirles entrar para evitar que todo se llene de pelo.

La propia isla muestra signos visibles de decadencia: casas abandonadas con ventanas rotas cubiertas por periódicos amarillentos, barandillas de madera carcomidas, carreteras cortadas por derrumbes debido a tifones, fuertes lluvias o vientos. La antigua escuela primaria, clausurada en 1979 y reconvertida en centro comunitario, se utiliza hoy como alojamiento temporal en ocasiones, pero en general reina el silencio donde antes había bullicio infantil.

En los últimos años se han multiplicado las zonas restringidas para los visitantes, sobre todo en áreas habitadas por los pocos isleños que quedan, y el camino hacia el rompeolas ha sido cortado. Esta limitación busca proteger la privacidad de los residentes y evitar accidentes en estructuras deterioradas. Se estima que, si nada cambia, la isla podría quedar completamente deshabitada en unos cinco años, ya que ninguno de los cuatro residentes actuales tiene familiares viviendo allí.

Turismo responsable en Aoshima y situación actual

Pese a la falta de tiendas, restaurantes o alojamientos convencionales, Aoshima sigue recibiendo oleadas diarias de turistas que llegan en el segundo y último ferry del día. Suelen disponer de alrededor de una hora para pasear por la zona habilitada, fotografiar a los gatos y ofrecerles algún snack adquirido previamente en el continente.

Los voluntarios y residentes insisten en que, aunque las imágenes virales puedan dar otra impresión, los gatos no están abandonados. Se organizan puntos de alimentación controlados y se supervisa su estado de salud, en la medida de lo posible, con ayuda de organizaciones protectoras. Sin embargo, también recuerdan que los felinos son animales semi-salvajes, y que su aspecto —a veces delgado o con señales de enfermedad— forma parte de la realidad de estos entornos rurales en declive.

Los responsables del programa de esterilización, como Kiichi Takino de la Sociedad Protectora de Gatos de Aoshima, defienden que se trata de la mejor manera de evitar un colapso ecológico y sanitario. A largo plazo, muchos expertos consideran que cuando los últimos residentes abandonen o fallezcan, será necesario reubicar a los gatos que queden en refugios o en hogares de adopción, para que no mueran lentamente por falta de atención o alimentos.

A nivel de infraestructuras, para llegar hoy a la isla debes tomar un ferry frente a la estación Iyo-Nagahama de Japan Railways, en el puerto de Nagahama. El trayecto dura unos 30 minutos. Debido a la discusión sobre la viabilidad de mantener el servicio en una isla con cada vez menos habitantes humanos y felinos, se ha llegado a plantear la posibilidad de reducir o incluso suprimir los ferris regulares si la afluencia de turistas desciende demasiado.

En redes sociales, la cuenta @aoshima_cat ha advertido en varias ocasiones sobre el futuro incierto de la isla. Se explica que, desde la campaña de esterilización llevada a cabo en octubre de 2018, los gatos han envejecido y no ha nacido ninguna nueva generación. Algunos mensajes hablan de que, en unos años, los felinos irán cruzando poco a poco el “puente del arcoíris”, expresión habitual para referirse a la muerte de las mascotas, hasta que no quede ninguno.

La figura de “Cat Mama”, una residente septuagenaria que dedica buena parte de su día a alimentar y cuidar a los gatos, se ha convertido en símbolo de ese final anunciado. Muchos temen que, cuando ella abandone la isla por edad o salud, será la última vez que visite el lugar y que, con su marcha, se acerque también el cierre definitivo de este peculiar capítulo de la historia de Japón.

Entre Tashirojima y Aoshima se dibujan dos caras de una misma moneda: islas donde los gatos han pasado de ser controladores de plagas a protagonistas turísticos, enclaves donde la tradición pesquera, la veneración popular hacia los felinos y la crisis demográfica se entrelazan. Visitar estos lugares implica no solo disfrutar de una experiencia única rodeado de gatos, sino también tomar conciencia de la fragilidad de estas comunidades y de la responsabilidad que conlleva el turismo en espacios tan delicados.

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Isla de los gatos
  • Tashirojima destaca por su santuario de gatos, sus cabañas con forma de felino en la “isla del Manga” y una comunidad que cuida a los animales como portadores de buena suerte.
  • Aoshima representa el extremo de la despoblación: de pueblo pesquero pujante a isla casi vacía, donde gatos ancianos y pocos humanos comparten un futuro incierto.
  • En ambas islas, los gatos surgieron como arma contra los roedores de la pesca y la sericultura, pero hoy son emblemas turísticos y símbolos de la Japón rural en declive.
  • Viajar a estas islas exige planificación, respeto a las normas locales y un comportamiento responsable con los felinos y sus escasos cuidadores humanos.