- La urbanización modifica el comportamiento de muchas lagartijas, volviéndolas más tolerantes y sociables al fragmentar el hábitat y concentrar recursos.
- Varias especies, como la lagartija andaluza o la roquera, se adaptan bien a muros y estructuras urbanas, mientras que otras se mantienen en bordes de bosques y campiñas.
- Las lagartijas son bioindicadoras sensibles a la temperatura, a la calidad del aire y a la abundancia de insectos, por lo que ayudan a evaluar el impacto del cambio climático y de la actividad humana.
- Estudios en Europa y el Caribe muestran que la ciudad también incrementa riesgos como la depredación, la transmisión de patógenos y la mortalidad juvenil, pese a ofrecer nuevas oportunidades de supervivencia.

Las ciudades están llenas de vida mucho más allá de los perros, gatos y palomas que vemos a diario: también conviven con nosotros pequeñas lagartijas urbanas que se han adaptado a un entorno de hormigón, ruido y calor. Lejos de ser simples figurantes en paredes y jardines, estas reptiles se han convertido en protagonistas silenciosos de la fauna urbana.
A medida que avanza la urbanización, la ciencia ha descubierto que estas especies no solo sobreviven, sino que en muchos casos modifican su comportamiento, su forma de relacionarse e incluso su propio cuerpo para encajar en la ciudad. Desde lagartijas roqueras europeas hasta pequeños anolis caribeños o la típica lagartija andaluza de los muros soleados, todas cuentan una historia distinta sobre cómo la vida salvaje se reacomoda a nuestro lado.
La lagartija en la fauna urbana: de solitaria a vecina sociable
Durante mucho tiempo se pensó que las lagartijas eran animales estrictamente solitarios y territoriales, pero investigaciones recientes han dado la vuelta a esta idea, sobre todo en poblaciones que viven en ciudades. Un trabajo publicado en la revista Biology Letters, liderado por la investigadora Avery L. Maune de la Universidad de Bielefeld, se centró en la lagartija roquera (Podarcis muralis) para comprobar hasta qué punto la urbanización puede cambiar su vida social.
En este estudio se compararon poblaciones urbanas y rurales de Croacia, marcando y observando a 94 individuos para reconstruir sus redes de contacto en el espacio. Los científicos no se limitaron a mirar dónde estaban, sino quién se cruzaba con quién, con qué frecuencia y durante cuánto tiempo, generando auténticos “mapas sociales” de estas pequeñas reptiles.
Los resultados fueron sorprendentes: las lagartijas de la ciudad tenían muchas más conexiones sociales y, además, lazos más intensos y frecuentes que sus parientes del campo. Mientras que alrededor del 81% de los individuos urbanos aparecían integrados en una red social detectable, apenas un 23% de los ejemplares rurales mostraba algún tipo de conexión reconocible entre sí.
Estas cifras indican que en entornos urbanos la especie deja a un lado, en gran medida, esa imagen de animal huraño y territorial para adoptar un estilo de vida donde la tolerancia y la coexistencia cercana con otros individuos se vuelven casi obligatorias. Así, la ciudad no solo cambia el paisaje, también moldea la forma en que estos reptiles se relacionan.
El papel del hábitat urbano en el comportamiento de las lagartijas
Podría pensarse que esta mayor vida social se debe simplemente a que en las ciudades hay más lagartijas por metro cuadrado, pero el propio estudio descartó que la densidad poblacional fuera el factor clave. Aunque en las zonas urbanas se detectó una ligera tendencia a una mayor densidad, no era suficiente para explicar el fuerte aumento de las interacciones sociales.
La clave parece estar en la estructura misma de la ciudad. El mosaico de edificios, muros, aceras y pavimentos crea un entorno muy fragmentado donde las lagartijas quedan confinadas en pequeñas “islas” de hábitat: jardincillos, muros de piedra, taludes, rincones soleados. Esta fragmentación limita mucho la posibilidad de evitar a otros individuos, de modo que se ven forzadas a coincidir con más frecuencia.
Además, los recursos básicos —refugios, alimento y puntos para tomar el sol— no están repartidos de forma homogénea, sino concentrados en estructuras concretas como muros de piedra con numerosas grietas. Esa concentración provoca que varios ejemplares compartan las mismas zonas de descanso, refugio y caza, haciendo muy difícil que uno solo defienda ese lugar como “su” territorio exclusivo.
En este contexto, la territorialidad estricta deja de ser rentable: invertir energía en pelearse continuamente por un trozo de muro no compensa. Por eso, en las ciudades parece imponerse una estrategia basada en una mayor tolerancia social, con individuos que aceptan la presencia de otros para poder explotar los recursos compartidos minimizando los conflictos directos. Esto no implica que no haya tensiones, pero el umbral de tolerancia es mucho más alto.
Este cambio de estrategia podría provocar la aparición de nuevas formas de organización social, como jerarquías de dominancia en lugar de territorios rígidos. Todo ello muestra hasta qué punto la urbanización no solo afecta a dónde viven los animales, sino a cómo se comportan entre ellos y qué reglas sociales siguen para convivir.
Tolerancia social, ventajas y riesgos para las lagartijas urbanas
La adopción de una vida más social en entornos urbanos trae beneficios, pero también implica una serie de riesgos biológicos que la ciencia empieza a desentrañar. Entre las ventajas, una de las más importantes es la reducción del gasto energético asociado a la defensa constante de un territorio, ya que compartir recursos disminuye el número de enfrentamientos físicos.
Otra ventaja clara es el uso de la información social. En ciudades complejas e impredecibles, donde los recursos pueden cambiar rápido y el paisaje se modifica por obras, tráfico o jardinería, copiar el comportamiento de otros individuos puede ayudar a encontrar refugios seguros o puntos con buena disponibilidad de insectos. Ver dónde se solea o se alimenta otra lagartija puede marcar la diferencia entre aprovechar un buen recurso o pasar desapercibido ante él.
Sin embargo, esa red de contactos más densa también trae peligros. El aumento de la frecuencia de encuentro entre individuos hace que la transmisión de parásitos, hongos o enfermedades se vuelva mucho más fácil, casi como ocurre en grandes ciudades humanas donde las infecciones respiratorias o intestinales se expanden con más rapidez.
Al estar confinadas en pequeñas manchas de hábitat y moverse menos entre parches, también se incrementa el riesgo de endogamia, es decir, que los cruces se produzcan entre individuos emparentados. A largo plazo, esto puede disminuir la variabilidad genética y hacer que las poblaciones sean más vulnerables a cambios ambientales rápidos o nuevas enfermedades.
Pese a todo, la capacidad de flexibilizar su comportamiento y volverse más tolerantes está permitiendo que muchas especies de lagartijas puedan persistir e incluso prosperar en entornos intensamente modificados por el ser humano. Esa plasticidad conductual es una de las claves de su éxito en la fauna urbana.
Tipos de lagartijas: diversidad más allá de los muros de la ciudad
Cuando hablamos de “lagartijas” solemos meter en el mismo saco a un montón de especies, pero en realidad existe una enorme diversidad de formas, colores y estilos de vida dentro de este grupo de reptiles. Desde lagartijas verdes de gran tamaño hasta pequeños geckos que trepan como si nada por las paredes lisas, la variedad es mucho mayor de lo que aparenta a simple vista.
Entre los tipos más conocidos, tanto en medios naturales como cerca de zonas urbanizadas, se encuentran la lagartija verde (Teius teyou), el gecko casero tropical (Hemidactylus mabouia), la lagartija oscura (Liolaemus fuscus) o la propia lagartija roquera (Podarcis muralis). A estas se suman muchas otras: lagartijas rayadas, especies de zonas áridas, formas rupícolas de montaña o incluso lagartijas espinosas de praderas.
Algunas de estas especies están ligadas a ecosistemas muy concretos, mientras que otras se comportan como verdaderas generalistas y pueden aprovechar desde bosques hasta jardines, bordes de caminos o parques urbanos. En países mediterráneos, por ejemplo, es habitual encontrar varias especies conviviendo, cada una ocupando un microhábitat ligeramente distinto.
Si elaboramos un pequeño listado de la diversidad que se menciona en distintas fuentes, aparecen nombres como lagartija rayada nortina, lagartija de los árboles de Atacama, lagartija parda, lagartija rugosa, salamanquesa común, lagartija lemniscata, lagartija andaluza, lagartija de Isabel, lagartija espinosa de la pradera, lagartija de Valverde o la lagartija colilarga occidental. Todas ellas aportan matices distintos a la historia evolutiva de este grupo.
Más allá de la simple curiosidad, conocer estos tipos ayuda a entender cómo cada especie ocupa su nicho ecológico específico y cómo algunas de ellas han sabido dar el salto a la ciudad con más soltura que otras. No todas tienen las mismas capacidades para tolerar ruido, contaminación o fragmentación del hábitat.
Biología térmica y cambio climático: por qué la temperatura lo es todo
Una característica fundamental de las lagartijas es que, a diferencia de los mamíferos, no generan su propio calor interno de forma constante. Son animales ectotermos: su temperatura corporal depende directamente del ambiente. Esto condiciona por completo su ritmo diario y su distribución a lo largo del año.
Por eso no las vemos cuando hace mucho frío, cuando sopla un viento intenso o cuando las temperaturas del aire son demasiado extremas, ya sea por arriba o por abajo. Tienden a estar activas durante las horas soleadas del día, aprovechando los rayos del sol para calentar su cuerpo, pero si el calor aprieta demasiado también se esconden para no sobrecalentarse, sobre todo en zonas donde el verano es muy riguroso.
En el sur de la península Ibérica, por ejemplo, algunas especies muestran una clara preferencia por ambientes cálidos y rocosos, donde pueden regular su temperatura entrando y saliendo de grietas, muros o muretes de piedra. La ciudad, con sus fachadas, tejados y paredes, ofrece microclimas muy parecidos a los roquedos naturales, lo que favorece su presencia en zonas urbanas.
Todo este delicado equilibrio térmico hace que las lagartijas sean excelentes bioindicadoras del cambio climático. Un estudio publicado en la revista Science alertó de que hasta un 20% de las especies de lagartos y lagartijas podrían estar en riesgo de extinción por culpa del calentamiento global, ya que un aumento sostenido de las temperaturas puede reducir severamente las franjas horarias en las que pueden estar activas sin sobrecalentarse.
Su sensibilidad a la temperatura, sumada a su dependencia de microhábitats concretos, las convierte en herramientas muy útiles para medir la calidad ambiental de un territorio, incluida la calidad del aire en áreas urbanas. En muchos programas de seguimiento se consideran “especies indicadoras”: su presencia, ausencia o abundancia refleja condiciones ambientales específicas, como niveles de contaminación o cambios en la estructura de la vegetación.
Lagartijas como especies indicadoras y su relación con los insectos
Las lagartijas se alimentan principalmente de pequeños invertebrados, por lo que cualquier impacto humano que reduzca las poblaciones de insectos se traduce en una amenaza directa para su supervivencia. El uso intensivo de pesticidas, la iluminación nocturna excesiva o la eliminación de vegetación espontánea en jardines y solares puede mermar su dieta.
Si en una zona urbana la abundancia de insectos cae en picado, es muy probable que las poblaciones de lagartijas comiencen también a disminuir, convirtiéndose así en un termómetro de la salud del ecosistema. Donde hay variedad de insectos y refugios vegetales, las lagartijas suelen aparecer con relativa facilidad; donde no, su presencia es mucho más escasa.
Desde el punto de vista humano, muchas personas siguen teniendo cierto rechazo hacia los reptiles, incluidas las lagartijas en casa, ya sea por desconocimiento o por miedos infundados. Sin embargo, ninguna de las especies de lagartijas que encontramos habitualmente en entornos urbanos es peligrosa para el ser humano, y no pueden hacer daño más allá, como mucho, de un pequeño mordisco defensivo casi anecdótico.
Expertos en herpetología insisten en que este miedo irracional se debe sobre todo a la falta de información y a la asociación cultural con otros reptiles potencialmente peligrosos, como algunas serpientes venenosas. Conocer mejor su papel ecológico y su inocuidad puede ayudar a cambiar la percepción pública y fomentar actitudes más respetuosas hacia ellas.
Al mismo tiempo, respetar su presencia en jardines, patios o muros urbanos supone mantener un aliado natural en el control de insectos, ya que consumen arañas, hormigas, larvas y otros pequeños artrópodos. Su papel en la cadena trófica urbana es mucho más beneficioso de lo que suele reconocerse.
Lagartijas en el campo y en la ciudad: nichos ecológicos distintos
Las lagartijas no se limitan a las zonas rurales: también han colonizado con éxito el entorno urbano, aprovechando especialmente las estructuras de piedra y hormigón. Cada especie tiene su nicho ecológico preferido: unas se inclinan por los bosques, otras por zonas húmedas, varias por ambientes rocosos y algunas se desenvuelven muy bien en el mosaico urbano.
Quienes trabajan con reptiles señalan que muchas lagartijas gustan de ambientes con abundantes rocas, muretes y paredes soleadas, justo lo que las ciudades ofrecen en forma de edificios, muros de contención y vallas de piedra. Si a eso se suma una buena disponibilidad de insectos, no extraña que se instalen en patios, parques y fachadas.
La diferencia clave entre campo y ciudad suele estar en la intensidad de las amenazas y la fragmentación del hábitat. En los entornos rurales, las lagartijas disponen de áreas más continuas de vegetación y roquedos, lo que permite un mayor movimiento y una estructura social más dispersa. En la ciudad, en cambio, el hábitat se presenta troceado en islas y con riesgos extra como tráfico, gatos domésticos o contaminación.
Aun así, hay especies particularmente urbanitas, capaces de aprovechar rincones mínimos de hábitat. La lagartija andaluza o muchas salamanquesas comunes son ejemplos clásicos de reptiles que han hecho de fachadas y muros su territorio habitual, adaptándose a la iluminación artificial y a la presencia humana constante.
Este contraste entre campo y ciudad sirve para ilustrar cómo una misma especie puede mostrar comportamientos y estructuras sociales distintas según el tipo de paisaje en el que vive. La plasticidad ecológica se convierte, una vez más, en la clave de su éxito o fracaso en un mundo en rápida transformación.
La lagartija andaluza: la más urbana de todas
Dentro de las especies típicas de ambientes humanizados, la lagartija andaluza destaca por ser probablemente la más urbana de todas las lagartijas de su entorno. Se trata de un reptil de aspecto esbelto y delicado, de tamaño pequeño, con una longitud total cabeza-cola que ronda los 16 centímetros en los ejemplares más grandes.
Su cabeza es aplanada y no sobresale en exceso respecto al cuerpo, que en conjunto presenta un aspecto ligeramente aplastado. La piel, de escamas muy finas y delicadas, da una apariencia lisa con tonalidades que van del gris verdoso al oliva, sobre las que se dibujan manchas negras formando un patrón reticulado. A cada lado del cuerpo suele mostrar una banda longitudinal oscura flanqueada en la parte superior por una línea blanca o una serie de puntos blancos, mientras que el vientre es blanco o anaranjado pálido, a veces con pequeñas manchas negras.
Los juveniles se parecen bastante a los adultos, pero con una característica muy llamativa: la cola adquiere un intenso color verde, lo que facilita su identificación en el campo. Esa combinación de pequeño tamaño, piel lisa y aspecto algo aplanado la diferencia con facilidad de otras lagartijas colilarga o cenicienta que puedan habitar en la misma región.
En cuanto al hábitat, la especie es claramente rupícola; sin embargo, no se limita a los roquedos naturales, sino que explota muy bien todo tipo de sustratos rocosos o duros, incluyendo troncos de árboles y, especialmente, muros de piedra en zonas urbanizadas. Está presente en una gran variedad de ambientes, pero muestra especial afinidad por urbanizaciones y ciudades costeras con jardines, taludes y estructuras de piedra.
Su actividad es diurna y se mantiene activa durante todo el año gracias a una excelente capacidad termorreguladora, incluso en zonas de altitud elevada donde puede haber nieve. Aprovecha al máximo rocas y muros, a los que trepa y sobre los que se desplaza con rapidez, y se refugia en grietas a la mínima señal de peligro. Su dieta incluye principalmente pequeños insectos como arañas, hormigas y larvas de artrópodos, que captura mediante movimientos rápidos y precisos.
Reproducción, distribución y conservación de la lagartija andaluza
El ciclo reproductor de la lagartija andaluza se inicia generalmente entre marzo y abril, cuando los machos adoptan una coloración de celo más intensa y llamativa, lo que les ayuda a atraer a las hembras. Durante esta fase, los colores del cuerpo y, en ocasiones, de la cabeza se vuelven más vivos, sirviendo como señal visual de su estado reproductivo.
Las hembras pueden realizar de dos a tres puestas por temporada, y las crías suelen eclosionar entre julio y agosto, coincidiendo con los meses más cálidos y con abundancia de presas pequeñas. Esta estrategia de varias puestas aumenta las posibilidades de que al menos parte de la descendencia salga adelante en entornos cambiantes.
En la provincia de Málaga, la lagartija andaluza es una especie frecuente y bien distribuida, especialmente asociada a zonas serranas y áreas urbanas de la franja costera. Falta en algunas áreas concretas, como la campiña antequerana, los Montes de Málaga o los terrenos agrícolas más intensivos de la Axarquía, lo que sugiere que ciertos tipos de uso del suelo le resultan poco favorables.
A lo largo de la Gran Senda de Málaga, se la puede observar en numerosas etapas, repartidas entre los tramos 1 a 11, 13 y 20 a 35, lo que refleja su amplia ocupación de ambientes rocosos y semiurbanos de la provincia. En cuanto a protección, está incluida en el Listado Andaluz de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial, aunque se carece de datos muy precisos sobre sus factores concretos de amenaza.
Aun así, se considera que la alteración de su hábitat y la intensificación agrícola pueden afectarle negativamente. Como otros lacértidos, posee un mecanismo defensivo muy eficaz: la autotomía caudal o capacidad de desprenderse de la cola cuando es atacada. La cola amputada sigue moviéndose de forma espasmódica y distrae al depredador, mientras la lagartija aprovecha para huir. Más adelante regenera la cola, pero el nuevo apéndice suele tener una forma y textura diferente al original.
La lagartija verde y otras especies en paisajes periurbanos
Otra especie llamativa es la llamada lagartija verde, cuyos machos presentan un color verde muy intenso cubierto por numerosas escamas negras repartidas homogéneamente. Durante el celo, la cabeza y la garganta pueden adquirir un tono azul celeste muy vivo, creando un contraste espectacular que resulta inconfundible en el campo.
Las hembras, por el contrario, suelen mostrar una tonalidad verde más uniforme, con hileras de escamas blancas flanqueadas por grandes manchas negras, mientras que los juveniles son de color marrón, con entre dos y cuatro líneas longitudinales pálidas a lo largo de los costados. Esta diferencia de coloración por edad y sexo ayuda a reconocer en qué fase vital se encuentran los individuos observados.
La especie se asocia sobre todo a bordes de bosques, matorrales y herbazales, donde encuentra grandes insectos de los que se alimenta, y evita en general los cascos urbanos densos. Es más habitual hallarla en paisajes de campiña, zonas periurbanas o linderos con muretes de piedra donde puede tomar el sol y refugiarse.
En municipios como Santander, esta lagartija verde evita el centro urbano y aparece más bien en la periferia, donde los asentamientos humanos se mezclan con la campiña costera. Se la asocia a menudo con pequeños muros de piedra de los linderos, que ofrecen tanto refugio como puntos de asoleo muy adecuados para regular su temperatura.
En estas áreas, la conservación del hábitat pasa por respetar zarzales y otras formaciones arbustivas, así como reducir el número de siegas, de manera que se mantenga una estructura de vegetación diversa con refugios y abundancia de insectos. La plantación de rodales arbustivos adicionales contribuye a reforzar esa red de microhábitats tan valiosa para reptiles e invertebrados.
Lagartijas caribeñas y urbanización: el caso de Anolis homolechis
Más allá de Europa, otros estudios han analizado cómo la vida urbana afecta a lagartijas de regiones tropicales. En Cuba, por ejemplo, la lagartija Anolis homolechis, endémica del archipiélago, vive tanto en hábitats forestales como en áreas suburbanas cercanas, lo que ofrece una oportunidad ideal para comparar su adaptación a ambientes muy distintos.
Durante su doctorado, la investigadora Annabelle Vidal estudió de cerca esta especie, comparando el comportamiento y la morfología de individuos adultos de zonas forestales y suburbanas. Sus trabajos mostraron diferencias claras que parecen estar relacionadas con factores como la presión de depredación, la disponibilidad de recursos o las variaciones de temperatura entre ambos tipos de hábitat.
En un estudio posterior, recién publicado, Vidal se centró en analizar la estructura de clases de edad de las poblaciones, es decir, la proporción de juveniles y adultos en cada ambiente. Para ello, durante 20 meses se capturaron, midieron y marcaron con pequeñas etiquetas de colores más de mil individuos en dos sitios forestales y dos suburbanos, identificando así a cada ejemplar en futuras recapturas.
Además, se examinaron las hembras para comprobar si estaban gestantes, con el objetivo de evaluar si había diferencias en la fecundidad entre bosques y zonas suburbanas. De este modo se podía relacionar la estructura de edades con posibles cambios en la reproducción, la supervivencia de los juveniles o la mortalidad de los huevos.
Los resultados revelaron que la proporción de juveniles en hábitats suburbanos era cuatro veces menor que en los hábitats naturales forestales. Sin embargo, y de forma llamativa, no se detectaron diferencias en la fecundidad de las hembras según el tipo de sitio, descartando que el motivo fuera una menor capacidad reproductiva en entornos urbanos.
Autotomía, depredación y otros efectos de la ciudad en las lagartijas
Para explicar la menor presencia de juveniles en zonas suburbanas, el estudio de Anolis homolechis se fijó en un aspecto clave: la autotomía de la cola como respuesta ante depredadores. Esta estrategia defensiva, común en muchas lagartijas, consiste en desprenderse de parte de la cola cuando son atacadas para distraer al depredador con el apéndice en movimiento y poder escapar.
En los juveniles analizados, se observó que la tasa de autotomía era mucho mayor en entornos suburbanos que en los forestales, un patrón similar al ya descrito para los adultos de la misma especie. Lo interesante es que, contra lo que cabría esperar, esa tasa resultó estar negativamente correlacionada con el tamaño: cuanto más grandes eran los juveniles, menos frecuente era la pérdida de la cola.
Los autores interpretan estos datos como indicio de una mayor presión de depredación en los entornos suburbanos, posiblemente por parte de depredadores pequeños, incluyendo el canibalismo entre lagartos. Es decir, algunos juveniles podrían estar siendo atacados con más frecuencia por individuos adultos de su propia especie u otras especies de anolis, lo que aumentaría tanto la autotomía como la mortalidad juvenil.
Más allá de la depredación directa, los investigadores señalan otras posibles causas de la baja proporción de juveniles en zonas urbanas. Por ejemplo, las temperaturas más elevadas en ciudades, efecto conocido como isla de calor urbana, podrían incrementar la mortalidad de los huevos durante su desarrollo, reduciendo el número de crías que llegan a eclosionar.
Asimismo, la mayor densidad de contacto en parches reducidos de hábitat puede favorecer la transmisión de patógenos entre individuos, afectando especialmente a los ejemplares más jóvenes y vulnerables. Este conjunto de factores muestra que adaptarse a la ciudad implica pagar ciertos peajes, incluso para especies nativas que han logrado persistir en entornos urbanizados.
En conjunto, las lagartijas que forman parte de la fauna urbana ilustran cómo los reptiles pueden ajustar su comportamiento, su ecología y hasta sus estructuras sociales para sobrevivir en paisajes dominados por el ser humano. Desde la sociabilidad inesperada de la lagartija roquera hasta la hiperurbanita lagartija andaluza o los anolis caribeños sometidos a mayor depredación juvenil en suburbios, todas estas historias reflejan la cara más dinámica de la biodiversidad urbana. Proteger sus hábitats, respetar su presencia en muros y jardines y entender su papel ecológico y buenas prácticas es una forma sencilla y eficaz de cuidar también de la salud de nuestras propias ciudades.
