- Los chimpancés y bonobos comparten un ancestro cercano con los humanos, viven en bosques africanos cada vez más fragmentados y muestran una compleja vida social y uso de herramientas.
- Todas las especies y subespecies de chimpancé están catalogadas como En Peligro por la UICN debido a la pérdida de hábitat, la caza, el comercio ilegal, los conflictos con la agricultura y las enfermedades.
- La conservación combina áreas protegidas, proyectos de campo, programas de cría ex situ y colaboración con comunidades locales, respaldados por investigaciones científicas y campañas de sensibilización.
- La sociedad puede ayudar optando por productos forestales certificados, apoyando programas de conservación, rechazando el uso de primates en entretenimiento y fomentando un ecoturismo responsable.
Los chimpancés son nuestros parientes vivos más cercanos y, al mismo tiempo, uno de los grupos de animales que más rápido se está acercando al abismo de la extinción. En pleno siglo XXI, mientras hablamos de avances tecnológicos y cambios de vida, millones de años de evolución compartida entre humanos y grandes simios pueden quedar reducidos a unos pocos miles de individuos dispersos por selvas cada vez más fragmentadas.
Este artículo recorre de forma detallada la biología, ecología, amenazas y esfuerzos de conservación del chimpancé y del bonobo, integrando lo que se sabe desde organismos internacionales como la UICN, proyectos de campo en África, estudios científicos y programas de conservación en zoológicos y fundaciones especializadas. La idea es que, al terminar de leer, tengas una imagen muy clara de qué está pasando con los chimpancés, por qué están en peligro y, sobre todo, qué se puede hacer desde distintas escalas para evitar su desaparición.
Quiénes son los chimpancés: especies, evolución y rasgos básicos
Los chimpancés pertenecen al género Pan, que incluye dos especies claramente diferenciadas: el chimpancé común (Pan troglodytes) y el chimpancé pigmeo o bonobo (Pan paniscus). Dentro del chimpancé común se reconocen cuatro subespecies: el chimpancé occidental (P. t. verus), el chimpancé central (P. t. troglodytes), el chimpancé oriental (P. t. schweinfurthii) y el chimpancé de Nigeria-Camerún (P. t. ellioti).
Desde el punto de vista evolutivo, la línea que dio lugar a los humanos y la que dio lugar a los chimpancés se separó hace unos 7 millones de años. Esa cercanía se nota no solo en la genética, sino también en la conducta, la estructura social y la capacidad de aprendizaje, hasta el punto de que numerosos estudios en primatología han demostrado paralelismos sorprendentes en emociones, estrategias cooperativas y formas de resolver conflictos.
A nivel físico y de comportamiento, chimpancés y bonobos se parecen mucho, pero presentan diferencias sutiles. Los bonobos suelen tener las piernas algo más largas, los brazos más cortos y un tronco más estilizado que el chimpancé común. Suelen ser algo más pequeños, con el cráneo más redondeado y la cara más plana, y se caracterizan por un comportamiento social más pacífico y conciliador. Mientras tanto, los chimpancés comunes suelen mostrar sociedades con altas dosis de competencia y jerarquías marcadas, aunque también con fuertes lazos de afiliación.
Los chimpancés comunes miden habitualmente entre 1,20 y 1,70 metros cuando se ponen erguidos, y su peso oscila aproximadamente entre 30 y 70 kilos, dependiendo del sexo, la edad y la disponibilidad de alimento. Caminan la mayor parte del tiempo a cuatro patas, apoyándose sobre los nudillos, pero pueden desplazarse en posición bípeda distancias cortas cuando necesitan libertad de manos o para exhibir una postura determinada frente a otros individuos.
En cuanto a la comunicación, son capaces de transmitir una gran variedad de emociones mediante expresiones faciales, posturas corporales y vocalizaciones complejas. Este sofisticado repertorio social sustenta la vida en comunidades amplias, en las que se teje continuamente una red de alianzas y rivalidades.
Hábitat y distribución de chimpancés y bonobos

El chimpancé común se distribuye por una amplia franja del África tropical y subtropical, en la orilla derecha del río Congo, mientras que el bonobo se restringe casi exclusivamente a la orilla izquierda de ese mismo río, dentro de la actual República Democrática del Congo. Esta separación natural actúa como una barrera geográfica que ha permitido la diferenciación de ambas especies.
Los hábitats que ocupan incluyen bosques tropicales y subtropicales húmedos, bosques más secos, bosques galería que siguen el curso de los ríos y zonas de sabana arbolada. En el caso del chimpancé común, su presencia se ha documentado en al menos veintiún países de África central y occidental; los bonobos, en cambio, están restringidos a los bosques de la cuenca central congoleña.
Es relativamente frecuente que las áreas de distribución del chimpancé común y los gorilas se superpongan, ya que ambos comparten determinados tipos de bosque. Esto añade complejidad a la gestión de las áreas protegidas, pues las medidas de conservación tienen que contemplar las necesidades y la ecología de diferentes grandes simios que coexisten en los mismos paisajes.
En las últimas décadas, la superficie continua de bosque se ha fragmentado en parches aislados separados por campos agrícolas, pastizales o zonas urbanizadas. Esta fragmentación genera barreras para el movimiento de los chimpancés, dificulta la dispersión de individuos entre grupos diferentes y facilita el contacto directo con humanos, aumentando los conflictos y el riesgo de transmisión de enfermedades.
Estudios globales sobre primates, que integran datos de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), de iniciativas como Global Forest Watch y datos de la FAO sobre cambios de uso del suelo, apuntan a que países como la República Democrática del Congo se encuentran entre los puntos críticos de pérdida de hábitat. Modelos de proyección a lo largo del siglo sugieren que, si no se modifica la tendencia actual, grandes porciones del hábitat de primates podrían perderse o degradarse gravemente antes de 2100.
Alimentación, comportamiento social y reproducción
Los chimpancés son omnívoros con una marcada preferencia por los alimentos vegetales. Su dieta se basa sobre todo en frutas, hojas tiernas, brotes y otras partes de plantas, pero también incorporan miel, insectos —sobre todo termitas—, huevos y, ocasionalmente, carne de otros vertebrados. Esta dieta flexible les permite adaptarse a variaciones estacionales y a entornos no homogéneos.
Uno de los aspectos más fascinantes de su comportamiento alimentario es el uso de herramientas para conseguir recursos. Se sabe, gracias a décadas de observación en la naturaleza y en centros de investigación, que pueden preparar ramitas para pescar termitas, utilizar piedras para romper frutos duros o nueces, y manipular objetos de manera compleja para acceder a alimentos que no podrían conseguir solo con las manos desnudas.
Viven en comunidades muy estructuradas que pueden llegar a incluir hasta 150 individuos, organizados en subgrupos que se fusionan y se separan según las circunstancias, en lo que se conoce como sociedades de fisión-fusión. Las relaciones sociales se cimentan mediante el acicalamiento, el juego, las alianzas políticas y el apoyo mutuo frente a amenazas externas o en conflictos internos.
El sistema reproductor de los chimpancés es lento si se compara con otros mamíferos. Las hembras suelen parir una sola cría cada cinco o seis años, y solo de forma esporádica nacen gemelos. Las crías dependen intensamente de la madre durante años, lo que reduce mucho la tasa potencial de crecimiento de las poblaciones. Cualquier mortalidad adicional provocada por la caza, las enfermedades o la destrucción del hábitat tiene un efecto desproporcionado, porque las poblaciones tardan mucho en reponerse.
En libertad, la esperanza de vida media se sitúa alrededor de los 45 años, aunque pueden alcanzar aproximadamente los 60 cuando las condiciones son favorables y el acceso a alimento y refugio es estable. En entornos bajo cuidado humano, con medicina preventiva y alimentación controlada, algunos individuos pueden superar estas cifras.
Cuántos chimpancés quedan y su estado de conservación
Las estimaciones actuales apuntan a que quedan entre 150.000 y 250.000 chimpancés comunes en todo el mundo, distribuidos en las diferentes subespecies. El bonobo, por su parte, se encuentra en una situación aún más delicada, con cifras aproximadas de entre 29.500 y 50.000 individuos en estado silvestre.
Dentro de las subespecies de chimpancé común, el chimpancé central (Pan troglodytes troglodytes) es el más numeroso, con alrededor de 130.000 individuos, distribuido principalmente en Gabón, Camerún y el Congo. En contraste, otras subespecies como el chimpancé occidental (P. t. verus) soportan una presión mucho mayor, con poblaciones muy reducidas y aisladas, motivo por el cual se ha puesto un énfasis especial en su manejo dentro de programas de conservación ex situ.
Según la Lista Roja de la UICN, todas las especies y subespecies de chimpancé, incluidos los bonobos, están catalogadas en la categoría de “En Peligro”. Esto significa que presentan un riesgo muy alto de extinción en estado silvestre a medio plazo si continúan las tendencias actuales de declive poblacional. Esta clasificación se mantiene a pesar de que el comercio internacional está prohibido y de que, sobre el papel, están protegidos por diversas leyes nacionales e internacionales.
En el ámbito legislativo internacional, los chimpancés también han experimentado cambios significativos. En 1976 fueron incluidos como especie “amenazada” bajo la Ley de Especies en Peligro de Estados Unidos (ESA), pero las poblaciones en cautividad en ese país se consideraban todavía como “amenazadas”, no “en peligro”, lo que facilitaba su explotación para el entretenimiento o la propiedad privada. Tras décadas de presión por parte de zoológicos acreditados, centros de investigación y organizaciones de bienestar animal, en 2015 se unificó el estatus y todos los chimpancés, tanto en libertad como en cautividad, pasaron a ser oficialmente considerados “en peligro” bajo la ESA.
A pesar de estos avances legales, la realidad en el terreno es tozuda: los chimpancés han desaparecido de países donde antes eran relativamente comunes, y en muchos de los estados donde todavía sobreviven se encuentran solo en unos pocos núcleos aislados. De ahí que hayan surgido programas de conservación coordinados, como AZA SAFE (Saving Animals From Extinction) para chimpancés, establecido en 2019 con el objetivo de mejorar el estado de conservación de las cuatro subespecies mediante acciones conjuntas, colaboración con comunidades locales y aumento de la sensibilización pública.
Principales amenazas para los chimpancés
Las causas que explican por qué el chimpancé está en peligro de extinción son múltiples y profundamente interconectadas. En realidad, es difícil separar unas de otras, porque suelen aparecer juntas y reforzarse mutuamente. Entre las amenazas más importantes se encuentran la pérdida y degradación del hábitat, la caza y el comercio de carne de animales silvestres, la captura de crías, los conflictos con agricultores y la propagación de enfermedades infecciosas.
Pérdida y degradación del hábitat
La deforestación en África tropical y subtropical avanza impulsada por la expansión de la agricultura, la ganadería, la minería y la tala, tanto legal como ilegal. Grandes extensiones de bosques donde vivían chimpancés han sido taladas para dar paso a cultivos comerciales, pastos, explotaciones madereras o asentamientos humanos, creando un paisaje cada vez más fragmentado.
En África occidental la situación es especialmente crítica, ya que solo quedan pequeños parches de bosque primario. El resto son fragmentos aislados o bosques muy degradados en los que la capacidad de carga para los chimpancés y otros primates se reduce drásticamente. Este mismo patrón se repite, con matices, en otros países clave para los primates, como Brasil, Indonesia o Madagascar, donde estudios científicos estiman pérdidas gigantescas de bosque en solo dos décadas.
Entre 1990 y 2010, se calcula que aproximadamente 1,5 millones de kilómetros cuadrados de área con presencia de primates (incluidos chimpancés) se transformaron en tierras agrícolas en los principales países productores. Algunas estimaciones hablan de pérdidas de más de 46 millones de hectáreas de cobertura forestal en Brasil y 23 millones en Indonesia en ese periodo; en la República Democrática del Congo se habrían perdido unos 10 millones de hectáreas y en Madagascar unos 2,7 millones, lo que ilustra la magnitud del problema en regiones donde viven gran parte de las especies de primates del planeta.
Esta deforestación conlleva un fenómeno especialmente grave conocido como fragmentación del hábitat. Grandes bloques continuos de bosques se dividen en pequeños islotes, separados por carreteras, cultivos o zonas urbanizadas, lo que interrumpe las rutas de desplazamiento que los primates utilizan para buscar alimento, pareja y nuevos territorios. Esto se ha documentado en diversas especies, como algunos titíes del género Callicebus en el sur de la Amazonia brasileña, y afecta también a chimpancés y bonobos.
Caza, carne de animales silvestres y comercio ilegal
La caza de chimpancés tiene varias facetas. Históricamente, la carne de animales salvajes ha sido una fuente esencial de proteínas para comunidades rurales en África central y occidental. Sin embargo, en las últimas décadas la caza de subsistencia ha dado paso en muchos casos a una caza de carácter comercial, dirigida tanto a mercados urbanos como a redes ilegales más amplias.
La denominada carne de monte o “bushmeat” se vende a precios elevados en ciudades donde ciertos consumidores pueden permitirse pagar por productos considerados exóticos o tradicionales. En ese contexto, los chimpancés se convierten en víctimas directas de disparos y trampas, aunque a veces caen accidentalmente en dispositivos colocados para otras especies, lo que no reduce el impacto en sus poblaciones.
Un efecto colateral dramático es la orfandad de muchas crías. Cuando cazadores matan a hembras adultas, sus pequeños, que aún dependen totalmente de la madre, quedan vivos y son capturados para venderlos como mascotas ilegales o para otros usos, a menudo en condiciones deplorables. Este fenómeno se ve también en otros primates como gorilas o bonobos, y disminuye drásticamente el potencial de recuperación poblacional.
A escala más amplia, estudios globales sobre primates señalan que la caza, tanto de subsistencia como comercial, afecta a un porcentaje altísimo de especies: alrededor del 85% de los primates en Indonesia, el 64% en Madagascar, el 51% en la República Democrática del Congo y el 35% en Brasil son objeto de presión cinegética. En el caso concreto del Congo, la caza está diezmando poblaciones de gorilas y bonobos, añadiéndose al impacto de la pérdida de hábitat.
Conflictos con la agricultura y envenenamiento
Conforme se contrae el bosque y se amplían las zonas cultivadas, los chimpancés se ven empujados a salir de los parches de bosque para alimentarse en campos agrícolas, un fenómeno conocido como “saqueo de cultivos” o “crop raiding”. Buscan frutas, maíz u otros productos de fácil acceso, lo que desencadena conflictos directos con agricultores que dependen de estas cosechas para subsistir.
En muchas comunidades rurales, estos daños provocan represalias violentas contra los chimpancés, que pueden ser abatidos o incluso envenenados para intentar frenar las incursiones. Esta situación no es exclusiva de África; en otros lugares del mundo se han documentado conflictos similares con diversas especies de primates y fauna silvestre, pero en el caso de los grandes simios el impacto es especialmente preocupante debido a sus parámetros reproductivos tan lentos.
Hay ejemplos alentadores, como el proyecto de chimpancés de Tonkolili, en Sierra Leona, donde se ha trabajado directamente con las comunidades para implementar una moratoria de caza de chimpancés y, al mismo tiempo, ofrecer alternativas económicas como la cría de ganado u otros medios de generación de ingresos. Estos programas demuestran que, si se implican de verdad a las poblaciones locales y se comparten beneficios, es posible pasar de considerar al chimpancé un enemigo del campo a convertirlo en un símbolo de orgullo comunitario.
Enfermedades infecciosas compartidas con los humanos
Debido a la estrecha relación evolutiva con nosotros, los chimpancés son altamente susceptibles a muchas de las mismas enfermedades que afectan a los humanos. Virus respiratorios que para una persona suponen un simple resfriado pueden tener efectos devastadores en grupos de chimpancés, especialmente cuando estos viven cerca de aldeas, carreteras o zonas turísticas con presencia humana frecuente.
Casos dramáticos se han documentado con el virus del Ébola en África central. Entre 2002 y 2004, en el Santuario de Fauna de Lossi (República Democrática del Congo), más del 90% de los gorilas y casi el 80% de los chimpancés murieron a causa de brotes de esta enfermedad. En otros momentos, enfermedades como la fiebre amarilla o el sarampión han diezmado poblaciones de primates en diferentes regiones tropicales.
En Brasil, por ejemplo, los brotes de fiebre amarilla entre 2016 y 2017 afectaron a miles de monos, incluidas especies amenazadas, después de que el virus reapareciera en fragmentos de Bosque Atlántico donde no se había detectado durante décadas. En Indonesia, macacos cangrejeros (Macaca fascicularis) están sufriendo brotes de sarampión y rubéola, lo que ilustra lo fácil que es que agentes infecciosos humanos salten a poblaciones silvestres de primates.
Expertos en primatología y sanidad animal resaltan que las enfermedades infecciosas son un reto enorme para la conservación. Aunque se pudieran desarrollar vacunas específicas para grandes simios, inmunizar a poblaciones enteras en la selva sería logísticamente muy complejo. Por ello, los esfuerzos se centran en reducir el contacto estrecho entre humanos y chimpancés, mejorar la vigilancia epidemiológica y aplicar protocolos estrictos en proyectos de ecoturismo y de investigación.
Conservación in situ y ex situ: esfuerzos reales sobre el terreno
Frente a este panorama, se están articulando estrategias de conservación en dos frentes que se complementan entre sí: la conservación in situ (en los hábitats naturales) y la conservación ex situ (en centros de fauna, zoológicos modernos y santuarios). Ambas son necesarias si se quiere evitar llegar al punto de no retorno para los chimpancés y otros primates.
En el ámbito in situ, la herramienta fundamental es la creación y gestión efectiva de áreas protegidas. Los expertos insisten en que, a día de hoy, solo una parte relativamente pequeña del área de distribución de los primates se encuentra dentro de parques nacionales o reservas con protección formal. En países clave como Indonesia o la República Democrática del Congo se estima que apenas un 17% y un 14% respectivamente de las áreas con presencia de primates están dentro de zonas protegidas; en Brasil y Madagascar la cifra ronda el 38%.
Proyectos como el Ngogo Chimpanzee Project, en el Parque Nacional de Kibale (Uganda), han conseguido resultados muy concretos, como la desactivación de miles de lazos y trampas ilegales, lo que ha reducido de forma notable las lesiones que sufrían los chimpancés atrapados accidentalmente. En la región del Triángulo de Goualougo, otro programa ha contribuido decisivamente a la investigación en técnicas de aprovechamiento forestal más sostenibles, intentando compatibilizar la extracción de madera con la conservación de grandes simios.
Los parques zoológicos modernos y las instituciones acreditadas cumplen también un papel clave. Organizaciones como la AZA (Asociación de Zoológicos y Acuarios) han lanzado el programa AZA SAFE para chimpancés, coordinando esfuerzos entre distintos centros para apoyar proyectos de campo, financiar investigaciones y mejorar la sensibilización social. Además, su trabajo fue esencial en la campaña que llevó a la reclasificación legal de todos los chimpancés bajo la Ley de Especies en Peligro de Estados Unidos.
En el contexto europeo y español, parques como los BIOPARC de Valencia y Fuengirola, junto con el Acuario de Gijón, se han posicionado como referentes en programas europeos de conservación de especies amenazadas (EEP). En el caso del chimpancé occidental (P. t. verus), participan en un programa de cría coordinado que busca mantener una población ex situ genéticamente viable y saludable, evitando la endogamia y asegurando altos estándares de bienestar.
Estos centros trabajan además con el concepto de zooinmersión, diseñando recintos que recrean selvas africanas y otros ecosistemas con gran realismo, mezclando especies compatibles y ofreciendo enriquecimiento ambiental constante. Esto no solo repercute en la calidad de vida de los animales bajo su cuidado, sino que convierte los recintos en potentes herramientas educativas para el público, que puede comprender mejor la complejidad de los ecosistemas que se quieren proteger.
Al margen de los chimpancés, muchas de estas instituciones participan también en proyectos de conservación de otros primates amenazados, como lémures en Madagascar, gibones en Asia oriental u orangutanes en Borneo. Esa visión de conjunto es importante, porque se calcula que alrededor del 60% de todas las especies de primates del planeta se encuentran en algún grado de amenaza y podrían extinguirse hacia finales de siglo si no se actúa con contundencia.
La importancia de la ciencia, la educación y las fechas conmemorativas
La investigación científica en primatología es clave para tomar decisiones de conservación con base sólida. Estudios de largo plazo sobre comportamiento, genética, ecología del paisaje y epidemiología permiten diseñar correcciones de rumbo, detectar poblaciones en riesgo crítico y evaluar el efecto real de las medidas de protección.
Trabajos como el publicado en la revista PeerJ, que analiza el papel de Brasil, Madagascar, Indonesia y la República Democrática del Congo en la conservación global de primates, sirven de aviso sobre la rapidez con la que se está reduciendo el hábitat y sobre la necesidad de una coordinación internacional mucho más fuerte. De ese tipo de estudios derivan llamadas a la acción dirigidas a gobiernos, organismos multilaterales y organizaciones no gubernamentales.
La dimensión educativa es igualmente esencial. Parques de fauna, centros de interpretación, documentales y campañas públicas se esfuerzan por trasladar al público general la realidad de los primates y el vínculo que existe entre decisiones cotidianas —como el consumo de determinados productos o la elección de madera con certificación ambiental— y lo que sucede en las selvas tropicales.
Fechas como el 14 de julio, Día Mundial del Chimpancé, o el 1 de septiembre, Día Internacional de los Primates, se aprovechan para lanzar mensajes de concienciación, organizar actividades especiales y difundir el trabajo de proyectos en África, Asia o América Latina. El Instituto Jane Goodall, por ejemplo, subraya tres objetivos fundamentales de estas efemérides: celebrar la existencia de nuestro pariente vivo más cercano, visibilizar las amenazas que enfrentan en libertad y promover acciones concretas para su protección.
Fundaciones como la Fundación BIOPARC colaboran en proyectos de reforestación y sostenibilidad agroforestal en regiones donde todavía viven chimpancés, como la zona de Kédougou en Senegal, apoyando iniciativas que combinan restauración del hábitat con alternativas socioeconómicas para las comunidades locales. Al mismo tiempo, en sus instalaciones recrean hábitats complejos, trabajan con enriquecimiento ambiental y promueven la primatología aplicada al bienestar animal.
Qué puede hacer la sociedad para ayudar a los chimpancés
Aunque los desafíos son enormes, existen acciones concretas al alcance de muchas personas que, sumadas, pueden marcar diferencias importantes en la conservación de los chimpancés y otros primates. No hace falta vivir en África ni formar parte de un proyecto de campo para contribuir de algún modo.
Una de las vías más directas es optar por productos certificados como el papel y la madera con sello FSC (Forest Stewardship Council), que garantizan un origen de gestión forestal responsable. Al favorecer cadenas de suministro que respetan los bosques tropicales, se contribuye a reducir la presión sobre el hábitat de grandes simios.
Otra forma de apoyo es colaborar económicamente con programas específicos de conservación, como el propio programa AZA SAFE para chimpancés, el Instituto Jane Goodall u organizaciones que trabajan sobre el terreno retirando trampas, restaurando bosques o desarrollando proyectos comunitarios como el de Tonkolili. A menudo, pequeñas donaciones sumadas a miles de personas financian años de trabajo de equipos locales.
También es importante rechazar el uso de primates en entretenimiento, espectáculos o publicidad, así como evitar compartir contenidos en redes sociales que exhiban chimpancés como mascotas o en contextos inadecuados. La investigación del Lincoln Park Zoo demostró que estas imágenes distorsionan la percepción pública, haciendo creer que son animales abundantes y domesticables, lo que puede incrementar la demanda ilegal.
Por último, quienes visiten áreas donde viven chimpancés deben informarse bien y apostar por proyectos de ecoturismo responsable, que cumplan normas estrictas de distanciamiento sanitario, tamaños de grupo reducidos y beneficios claros para las comunidades locales. De esta forma, el turismo se convierte en un incentivo para conservar en lugar de en una fuente adicional de impacto.
La situación de los chimpancés y otros primates evidencia hasta qué punto los destinos de humanos y fauna salvaje están entrelazados: la agricultura que se expande sin control, la minería, la caza, las enfermedades y el cambio de uso del suelo son caras de la misma moneda, ligada a nuestro modelo de desarrollo. Las experiencias de éxito —desde reservas africanas donde vuelven a oírse los gritos de los chimpancés hasta programas de cría bien gestionados en zoológicos modernos— demuestran que hay margen para cambiar de rumbo si existe voluntad política, apoyo social y compromiso científico continuado.