- Los abejorros (Bombus) son himenópteros eusociales, robustos y muy peludos, con castas diferenciadas y colonias anuales.
- Su ciclo vital se basa en una única reina fecundada que hiberna, funda el nido en primavera y produce obreras, machos y nuevas reinas.
- Son polinizadores clave, capaces de forrajear en condiciones frías y realizar polinización por zumbido en numerosos cultivos.
- Enfrentan declives por pesticidas, pérdida de hábitat y especies introducidas, lo que hace prioritaria su conservación.

Los abejorros son esos insectos gorditos, peludos y ruidosos que revolotean de flor en flor y que casi todo el mundo reconoce al verlos, pero de los que en realidad sabemos muy poco. Mucha gente se pregunta si son abejas, si hacen miel, si pican o si viven solos o en grupo, y la realidad es que detrás de su aspecto simpático hay una biología tremendamente interesante.
A lo largo de este artículo vamos a desgranar con calma toda la información general sobre los abejorros: qué son desde el punto de vista científico, cómo es su cuerpo, de qué se alimentan, cómo se organiza una colonia, cuál es su ciclo de vida, dónde se encuentran, qué papel juegan en la polinización y qué amenazas sufren hoy en día. Verás que son mucho más importantes para los ecosistemas y la agricultura de lo que suele creerse.
Qué es un abejorro: taxonomía y concepto general
Desde el punto de vista científico, los abejorros pertenecen al género Bombus, dentro de la familia Apidae, el mismo gran grupo que incluye a las abejas de la miel. Son insectos del orden Hymenoptera, es decir, parientes de abejas, avispas y hormigas. Dentro de las llamadas “abejas corbiculadas” (abejas con canastas de polen en las patas), los abejorros forman la tribu Bombini, que incluye únicamente al género Bombus.
En la literatura se han descrito más de 250 especies de abejorros, organizadas en numerosos subgéneros como Megabombus, Thoracobombus, Pyrobombus, Psithyrus y otros muchos. Tradicionalmente, el grupo de los llamados “abejorros cuco” se consideraba un género aparte (Psithyrus), pero los estudios modernos han llevado a integrarlo dentro del propio Bombus por su cercanía evolutiva.
Popularmente a los abejorros se les conoce con distintos nombres: abejorro, moscardón, mangangá o cigarrón, según la región. Sin embargo, algunos de estos términos también se usan para otros insectos que no tienen nada que ver, como determinados dípteros o incluso saltamontes, así que conviene no fiarse demasiado de los nombres comunes.
Desde un punto de vista evolutivo, los abejorros comparten grupo con las abejas melíferas (Apini), las abejas de las orquídeas (Euglossini) y las abejas sin aguijón (Meliponini). La llamada “eusocialidad” -la vida en colonias con castas diferenciadas- parece haber aparecido al menos dos veces dentro de estas abejas corbiculadas, lo que ha obligado a revisar muchas relaciones de parentesco que antes se daban por sentadas.
Morfología y características físicas de los abejorros
El rasgo más llamativo de los abejorros es que son absolutamente peludos y de aspecto compacto. Su cuerpo es robusto y redondeado, recubierto por un vello sedoso muy denso que actúa como aislante térmico y como excelente trampa para el polen. El color de ese pelaje varía según la especie: algunos son casi totalmente negros, mientras que otros muestran bandas amarillas, blancas, naranjas o incluso anaranjadas rojizas.
El tamaño de los abejorros suele ser relativamente grande comparado con otras abejas: en muchas especies superan los 20 mm de longitud, y las reinas suelen alcanzar dimensiones aún mayores. Las obreras son algo más pequeñas y los machos, que muchas veces son más esbeltos, también pueden diferir ligeramente en el patrón de bandas de color.
La cabeza de los abejorros es relativamente pequeña y alargada, con antenas móviles de gran sensibilidad táctil y olfativa. Su aparato bucal forma una especie de tubo complejo, la probóscide o lengua, que está construido por varias piezas modificadas. Les permite succionar néctar por capilaridad, y en reposo doblan estas piezas por debajo de la cabeza para protegerlas.
En el tórax se insertan dos pares de alas membranosas y tres pares de patas. Las alas se mueven a gran velocidad, produciendo el típico zumbido grave que oímos al acercarse un abejorro. Las patas posteriores de las hembras (reinas y obreras) cuentan con una estructura especial llamada corbícula o cesta de polen, una concavidad rodeada de pelos rígidos donde acomodan y compactan el polen mezclado con néctar y saliva para transportarlo al nido.
Solo las hembras disponen de aguijón funcional, situado en el extremo del abdomen, que usan para defenderse si se las molesta en exceso o se amenaza el nido. A diferencia de la abeja de la miel, el aguijón de los abejorros no tiene forma de arpón, por lo que no suele quedar clavado ni provoca la muerte del insecto tras la picadura. Los machos carecen de aguijón, de modo que no pueden picar, aunque a simple vista a veces cueste distinguirlos de las hembras.
Internamente, al igual que otros artrópodos, los abejorros no tienen un sistema circulatorio cerrado, sino una hemolinfa que baña directamente los órganos. Un vaso dorsal que actúa como “corazón” impulsa la hemolinfa y mantiene la circulación. En el abdomen poseen glándulas que producen cera, utilizada para construir celdas de cría y pequeños recipientes donde guardan néctar y polen.
Otro detalle llamativo es la presencia de glándulas salivares en el tórax, cuya secreción mezclan con el polen para compactarlo y con la que también modelan la cera en forma de vasijas y estructuras del nido. El vello corporal, además de aislar térmicamente, funciona como una superficie cargada electrostáticamente que atrae el polen y lo retiene con enorme eficacia.
Comportamiento social y castas en la colonia
Los abejorros son insectos eusociales, es decir, viven en colonias con una organización muy marcada. En ese sistema existen castas con funciones bien diferenciadas: una reina reproductora, numerosas obreras estériles y, durante una parte del año, machos cuya única misión es fecundar a las nuevas reinas.
La reina es la hembra de mayor tamaño y la que vive más tiempo dentro del ciclo anual. Su función principal es la puesta de huevos: una vez que la colonia está en marcha, se dedica prácticamente en exclusiva a reproducirse mientras las obreras se ocupan del resto de tareas. Morfológicamente suele distinguirse por su volumen y, en muchas especies, por un patrón de color ligeramente distinto.
Las obreras son hembras estériles hijas de la reina. Son más pequeñas y se encargan de casi todo el trabajo: recolección de polen y néctar, construcción y reparación del nido, alimentación y cuidado de las larvas, defensa frente a intrusos y regulación de la temperatura en el interior de la colonia. Aunque sus ovarios están reducidos, pueden llegar a activarse al final del ciclo cuando disminuye la influencia de las feromonas de la reina.
Los machos o zánganos aparecen hacia el final de la temporada. No participan en la recolección ni en las labores del nido, no tienen corbícula para el polen y carecen de aguijón. Su única función es aparearse con las reinas vírgenes durante el vuelo nupcial. Tras el apareamiento, los machos mueren, como ocurre en muchos otros himenópteros sociales.
Las feromonas que emite la reina juegan un papel clave en la organización de la colonia: inhiben la maduración de los ovarios de las obreras y mantienen el equilibrio social. Cuando la reina envejece o deja de producir esas sustancias en la misma cantidad, algunas obreras empiezan a poner huevos no fecundados que dan lugar a machos, mientras la colonia entra en su fase final.
Ciclo de vida de los abejorros
El ciclo vital típico de un abejorro en climas templados es anual y comienza en primavera. Solo las reinas fecundadas sobreviven al invierno, hibernando en refugios bajo tierra o escondidas bajo capas de hojas y restos vegetales. Tras varios meses de letargo, el aumento de las temperaturas y la llegada de los primeros recursos florales las despierta.
Al emerger de la hibernación, la reina debe recuperar fuerzas alimentándose de néctar y polen y, al mismo tiempo, buscar un lugar adecuado para establecer su nueva colonia. Suele elegir madrigueras abandonadas de pequeños mamíferos, huecos en el suelo, cavidades entre raíces o incluso rincones protegidos en taludes y muros. Algunas especies optan por construir nidos más superficiales con hierbas secas y otros materiales vegetales.
Cuando encuentra un lugar que le convence, la reina empieza a fabricar pequeños recipientes de cera y barro mezclado con saliva en los que deposita néctar y polen almacenados. Sobre un montículo de polen aglutinado y cera realiza su primera puesta. Estos huevos, convenientemente calentados por la reina, darán lugar a las primeras larvas.
A los pocos días eclosionan larvas blanquecinas que se alimentan del polen y néctar que la propia reina ha almacenado para ellas. Tras pasar por varias mudas, las larvas construyen un capullo en el interior del nido, donde se transforman en pupas. Después de unas semanas, emergen los primeros adultos: todas hembras obreras.
Con la aparición de esta primera generación de obreras, la reina deja de salir del nido y se centra en la puesta de huevos. Las nuevas obreras asumen todas las tareas externas: recolección de alimento, ampliación de la estructura de cera, defensa frente a depredadores y mantenimiento de las condiciones internas de temperatura y humedad.
A medida que avanza la primavera y el verano, el número de obreras crece de forma muy rápida. Las colonias de muchas especies rondan las 50-100 obreras, aunque en especies más grandes o en regiones cálidas se han registrado nidos con varios cientos de individuos, e incluso más de un millar en casos excepcionales.
Hacia el final del verano, el patrón de puesta de la reina cambia: empieza a producir huevos no fecundados, que originan machos, y huevos fecundados que darán lugar a hembras fértiles, las futuras reinas. Estas larvas suelen recibir una alimentación más abundante, lo que permite que se desarrollen como reinas en lugar de obreras.
Los machos suelen abandonar el nido antes que las nuevas reinas y pasan su tiempo alimentándose y patrullando áreas donde esperan encontrar hembras. Cuando las reinas vírgenes salen del nido, se produce el vuelo nupcial: encuentros en los que machos y hembras se aparean, a menudo en el aire o en descansos sobre la vegetación.
Tras aparearse, las reinas fecundadas se concentran en acumular grandes reservas de grasa y nutrientes en su cuerpo graso interno, mientras buscan de nuevo un escondite protegido bajo tierra o entre restos vegetales donde pasarán el invierno. La reina vieja, las obreras y los machos de la colonia original mueren con la llegada del frío, cerrando así el ciclo anual.
Existe un grupo especial dentro de los abejorros, conocidos como abejorros cuco (subgénero Psithyrus), que no construyen nidos ni mantienen colonias propias. La hembra fecundada de estos abejorros se infiltra en el nido de otra especie de Bombus, mata a la reina residente y somete a las obreras. Gracias a sus potentes mandíbulas, su veneno y sus feromonas, esclaviza a la colonia ajena para que críe a su propia descendencia.
Alimentación y polinización
Los abejorros adultos se alimentan principalmente de néctar, que les proporciona energía rápida, y polen, que aporta proteínas y otros nutrientes clave. El polen es especialmente importante para el desarrollo de las larvas, que dependen de una dieta rica y constante para completar su metamorfosis.
Son polinizadores generalistas: visitan una amplia variedad de flores de plantas silvestres y cultivadas. En zonas mediterráneas y de matorral, por ejemplo, es habitual ver abejorros sobre romero, jaras, retamas, tomillos o uña de gato, además de muchas especies de frutales y herbáceas de cultivo. Pueden recorrer de uno a dos kilómetros desde el nido para explotar concentraciones de flores, y tienden a visitar repetidamente las mismas zonas mientras haya recursos.
Una característica muy interesante es que muchos abejorros son capaces de realizar polinización por zumbido. En ciertas plantas cuyas anteras liberan el polen por pequeños poros (como en la familia de las solanáceas o las ericáceas), los abejorros se aferran a la flor y hacen vibrar sus músculos de vuelo sin batir las alas, sacudiendo la flor y liberando el polen, que cae sobre su cuerpo. Este mecanismo es esencial para cultivos como el tomate, la patata o algunos tipos de arándanos.
Cuando las flores tienen corolas muy profundas o néctar difícil de alcanzar, algunos abejorros recurren a una táctica menos “honesta”: perforan la base de la flor para robar el néctar sin tocar las estructuras reproductoras. En esos casos no se produce polinización, pero en la mayoría de las flores que visitan sí transfieren polen de una a otra, favoreciendo la reproducción de las plantas.
El polen que se adhiere al cuerpo del abejorro lo hace tanto por la vellosidad del insecto como por la carga electrostática que acumula en vuelo. Después, con las patas delanteras y medias, los abejorros se “peinan” y van pasando el polen hacia las corbículas de las patas posteriores, donde se forma una especie de bolita compacta humedecida con saliva y néctar.
Al regresar al nido, el abejorro deposita el polen y el néctar en pequeños recipientes de cera. El néctar suele permanecer bastante líquido y no se procesa tanto como en las colmenas de abejas de la miel, por lo que no se acumula en grandes cantidades de miel concentrada y estable. Por esta razón, los abejorros no son aprovechados por los humanos como productores de miel, aunque su importancia como polinizadores sea enorme.

Nidos y organización del hogar
Los nidos de abejorros se sitúan habitualmente bajo tierra, en madrigueras abandonadas de pequeños mamíferos como ratones o topos, o en cavidades naturales del suelo. También pueden instalarse en huecos de árboles, entre raíces, en taludes o bajo montones de hierba y paja. Algunas especies levantan un pequeño nido sobre la superficie, hecho con restos vegetales entrelazados y cubierto en parte por una capa de cera.
En el interior del nido, la estructura de las celdas es mucho menos ordenada que en las colmenas de abejas melíferas. No forman panales de celdillas hexagonales perfectamente alineadas, sino pequeñas cazoletas y celdas más o menos esféricas distribuidas de forma algo caótica. En unas se alojan los huevos y las larvas, y en otras se almacena el polen o el néctar.
Algunas especies construyen una especie de “techo” de cera sobre el conjunto del nido, que sirve como protección frente a depredadores y ayuda a mantener una temperatura interna más estable. Otras carrean fragmentos de hojas secas, tallos y otros materiales para reforzar las paredes del refugio o para camuflar la entrada.
En términos de tamaño, las colonias de abejorros suelen ser mucho más pequeñas que una colmena de abeja de la miel. En la mayoría de especies, los nidos no superan las pocas decenas de obreras, aunque hay especies y condiciones en las que pueden alcanzar entre 400 y 1000 individuos, especialmente en climas suaves donde la temporada de floración es más larga.
Las especies con probóscide corta y las que tienen probóscide larga difieren también en la forma de almacenar el polen. Algunos abejorros de lengua larga crean pequeños “bolsillos” de polen cerca de las larvas, de modo que estas pueden ir alimentándose por sí mismas. En cambio, en especies de lengua corta, el polen se guarda más apartado de las celdas de cría y las obreras se encargan de perforar las celdas y alimentar directamente a las larvas.
Distribución, hábitats y adaptación al frío
Los abejorros tienen una distribución casi cosmopolita, aunque con ausencias llamativas. No son originarios de Australia ni de Nueva Zelanda, donde tuvieron que ser introducidos deliberadamente para asegurar la polinización de ciertos cultivos. En África se encuentran principalmente al norte del Sáhara, mientras que en el hemisferio norte ocupan amplia variedad de hábitats templados y fríos.
Su cubierta de vello y su fisiología particular les permiten vivir en zonas más frías y a mayores altitudes que muchas otras abejas. Existen especies de alta montaña y de regiones árticas, como Bombus polaris o Bombus alpinus, que pueden encontrarse en latitudes extremas y se consideran algunos de los insectos eusociales más septentrionales del planeta.
Una de sus grandes bazas es la capacidad de generar calor corporal mediante el temblor de los músculos de vuelo. Pueden hacer vibrar estos músculos sin mover las alas, elevando la temperatura del tórax -y, cuando lo requieren, del abdomen- varios grados por encima de la temperatura ambiente. Así preparan la musculatura para el vuelo en mañanas muy frías y también calientan la cámara de cría cuando las larvas lo necesitan.
De hecho, no es raro ver abejorros forrajeando a unos pocos grados por encima de cero, cuando las abejas de la miel ni se plantean salir. En muchos lugares son los primeros polinizadores activos al inicio de la primavera y los últimos en desaparecer en otoño, lo que los hace fundamentales para la reproducción de plantas que florecen en periodos fríos o a primeras horas del día.
Los hábitats que ocupan son muy variados: prados, bordes de caminos, matorrales, bosques claros, zonas agrícolas y jardines. En entornos rurales y urbanos, la presencia de parches florales continuados y de rincones algo descuidados donde puedan excavar o reutilizar madrigueras es clave para que se establezcan.
Importancia ecológica y usos en agricultura
Desde el punto de vista ecológico, los abejorros son polinizadores de primer orden. Muchas plantas silvestres dependen de ellos en gran medida para producir semillas y mantener poblaciones sanas. Al ser capaces de trabajar con temperaturas bajas y condiciones meteorológicas regulares, aseguran la polinización en circunstancias en las que otros insectos están inactivos.
En agricultura, hay cultivos para los que los abejorros resultan más eficaces que la abeja de la miel. Un caso clásico es el de la alfalfa: en algunas regiones, como Nueva Zelanda, las plantas crecían bien pero apenas producían semilla hasta que se introdujeron diversas especies de abejorros europeos para garantizar la polinización. Algo similar ocurre con determinados cultivos de solanáceas, leguminosas y frutales.
Uno de los usos más conocidos hoy en día es en la polinización de tomates en invernadero. En muchos países se compran colonias comerciales de abejorros que se mantienen dentro de grandes estructuras de cultivo protegido. Su capacidad para la polinización por zumbido los hace perfectos para asegurar el cuajado de frutos en estas condiciones, y han sustituido en buena medida a la polinización manual o a otros métodos más costosos.
Además de los servicios directos a cultivos concretos, los abejorros contribuyen a la diversidad de la flora silvestre que rodea las explotaciones agrícolas. Un paisaje con abundancia de flores nativas, setos y márgenes florales no solo beneficia a los abejorros, sino también a toda una comunidad de polinizadores y, en último término, a la productividad agrícola y a la estabilidad de los ecosistemas.
Especies destacadas: el abejorro común y otros gigantes
Entre todas las especies de abejorros, el más conocido en Europa es probablemente el abejorro común o Bombus terrestris. Se reconoce con facilidad por su cuerpo negro con dos bandas amarillas anchas y bien marcadas, una sobre el tórax y otra al inicio del abdomen, y por una zona final blanquecina en el extremo del abdomen. Es una especie muy frecuente en prados, jardines, cultivos y linderos.
El abejorro común es un visitante incansable de multitud de flores: romero, jaras, aulagas, tomillos, diferentes frutales, retamas y muchas plantas ornamentales. Su vuelo es ruidoso y potente, y se le ve entrar y salir de nidos excavados en el suelo o en cavidades protegidas. Su comportamiento social se ajusta bastante bien al patrón general descrito para los abejorros.
En el sur de Sudamérica destaca el abejorro gigante Bombus dahlbomii, uno de los más grandes del mundo, con un pelaje anaranjado muy vistoso. Esta especie se ha visto seriamente amenazada por la introducción de abejorros europeos utilizados para polinización agrícola, que compiten con ella por recursos y pueden transmitirle enfermedades.
En Europa existen muchas más especies aparte de Bombus terrestris, algunas con combinaciones de color muy características. Ciertas especies tienen bandas anaranjadas, otras manchas blancas más amplias, y no es raro que, en un mismo jardín o zona de matorral, coexistan varias especies diferentes, cada una con sus preferencias florales y de hábitat.
Amenazas, conservación y el mito del vuelo imposible
En las últimas décadas, numerosas poblaciones de abejorros han mostrado descensos preocupantes en Europa y Norteamérica. Las causas son múltiples: intensificación agrícola, uso de pesticidas, pérdida de hábitats florales, fragmentación del territorio, introducción de especies exóticas y propagación de patógenos asociados a colonias comerciales.
En países como el Reino Unido, varias especies de abejorros han sufrido un declive muy acusado y algunas se consideran extintas a nivel local. Esto ha llevado a la creación de entidades como el Bumblebee Conservation Trust, que impulsan medidas de conservación, restauración de hábitats y sensibilización social sobre la importancia de estos polinizadores.
En Estados Unidos también se han documentado disminuciones fuertes en ciertas especies que antes eran abundantes. Y, como se ha mencionado, en el sur de Sudamérica el espectacular Bombus dahlbomii se enfrenta a un riesgo elevado de extinción por la competencia y enfermedades asociadas a abejorros europeos introducidos.
Curiosamente, los abejorros han sido protagonistas de uno de los mitos más repetidos sobre aerodinámica: la idea de que, según las leyes de la física, “no deberían poder volar”. Este mito parece tener su origen en cálculos muy simplificados realizados en los años 30 del siglo XX, que aplicaban ecuaciones pensadas para perfiles de ala rígidos y movimientos de pequeña amplitud a unas alas que, en realidad, funcionan de forma muy diferente.
Los estudios posteriores han demostrado que, gracias a fenómenos como la entrada en pérdida dinámica y la formación de vórtices en las alas, los abejorros pueden generar fuerzas de sustentación muy superiores a las que predecían aquellos modelos primitivos. Es decir, volar no solo es posible para ellos, sino que lo hacen con una eficiencia notable para su tamaño y estilo de vuelo.
En la práctica, asegurar la supervivencia de los abejorros pasa por reducir el uso indiscriminado de pesticidas, mantener y restaurar hábitats florales variados, favorecer la presencia de zonas sin labrar ni limpiar en exceso -donde puedan anidar y hibernar- y gestionar con cuidado la cría comercial para evitar la propagación de enfermedades a poblaciones silvestres.
Cuando entendemos la compleja vida de los abejorros, su papel esencial en la polinización y el frágil equilibrio de sus poblaciones, es más fácil valorar por qué conviene cuidar esos montoncitos de hojas en el jardín, respetar rincones algo salvajes y apostar por paisajes agrícolas más diversos: cada abejorro que zumba de flor en flor está sosteniendo, sin saberlo, buena parte de la riqueza vegetal y alimentaria de nuestro entorno.