Nidos fósiles de abejas en mandíbulas de mamíferos prehistóricos: el asombroso hallazgo caribeño

Última actualización: 19 diciembre 2025
  • Identifican en una cueva de República Dominicana nidos fósiles de abejas en mandíbulas de mamíferos prehistóricos.
  • El estudio, liderado por el Museo Field de Chicago y el Museo de Historia Natural de Florida, describe la nueva entidad Osnidum almontei.
  • Tomografías revelan polen fósil sellado en los alvéolos dentales usado como alimento para las larvas.
  • La falta de suelo adecuado fuera de la cueva habría llevado a las abejas a aprovechar huesos fosilizados como refugio.

nidos fosiles de abejas en mandibulas

En una cueva del sur de la República Dominicana, un equipo internacional de paleontólogos ha identificado el primer ejemplo conocido de nidos fósiles de abejas construidos dentro de mandíbulas de mamíferos prehistóricos. El hallazgo, que combina comportamiento animal, cambios ambientales y procesos de fosilización, abre una ventana inesperada a los ecosistemas caribeños de hace unos 20.000 años.

Este trabajo, firmado por investigadores del Museo Field de Chicago y del Museo de Historia Natural de Florida y publicado en la revista Royal Society Open Science, describe cómo unas abejas prehistóricas aprovecharon los alvéolos dentales vacíos de huesos ya fosilizados como lugar de cría. A falta de tierra vegetal adecuada en el exterior, los insectos acabaron encontrando en restos óseos un refugio tan original como efectivo.

Una cueva caribeña llena de pistas sobre el pasado

cueva con restos fosiles y nidos de abejas

El escenario del descubrimiento es una cueva del sur dominicano que, según indican los restos analizados, fue refugio habitual de lechuzas gigantes durante generaciones. Estas aves rapaces transportaban a su interior presas como la hutía, un roedor típico del Caribe, o bien expulsaban bolas de pelo con huesos que quedaban acumuladas en el suelo.

Con el paso del tiempo, aquellas mandíbulas y fragmentos óseos quedaron enterrados y acabaron fosilizándose. Entre ellos, los investigadores hallaron varias mandíbulas de mamíferos con un detalle que rompía por completo la monotonía de la roca: los alvéolos dentales, donde originalmente se alojaban las raíces de los dientes, presentaban un recubrimiento interior sorprendentemente liso, distinto de la textura rugosa y porosa propia del hueso.

El paleontólogo Lázaro Viñola López, del Museo Field de Chicago y responsable principal del estudio, ya había observado en Montana (Estados Unidos) estructuras parecidas en fósiles de dinosaurios ocupados por capullos de avispas. Aquella experiencia sirvió como punto de partida, pero pronto resultó evidente que el material dominicano no encajaba con lo que se sabe de las avispas fósiles.

Tras un examen pormenorizado, el equipo descartó la opción de que se tratara de estructuras de avispas y se inclinó por otra hipótesis: celdillas de nido construidas por abejas solitarias en el interior de los huesos. La textura, la forma y la distribución de los recubrimientos coincidían mejor con este tipo de comportamiento.

Del hueso al escáner: cómo se identificaron los nidos

detalle de mandibulas fosiles con nidos de abejas

Para confirmar su sospecha sin dañar las piezas, los científicos recurrieron a tomografías computarizadas de alta resolución. Estas pruebas permitieron generar imágenes en 3D del sedimento compactado dentro de los alvéolos, manteniendo intactos tanto los huesos como los depósitos internos.

En esas reconstrucciones tridimensionales se apreciaban pequeñas cavidades cilíndricas y recubrimientos internos uniformes, características típicas de los nidos construidos por abejas que excavan en sustratos blandos. La sorpresa fue aún mayor cuando el análisis microscópico reveló granos de polen atrapados en el interior de esos antiguos nidos.

Ese polen, sellado hace miles de años por las abejas madres, habría servido como fuente de alimento para las larvas que se desarrollaban dentro de cada celda. Este patrón coincide con el de numerosas especies actuales de abejas solitarias, que provisionan cada compartimento con una mezcla de polen y néctar antes de sellarlo definitivamente.

A pesar de la buena conservación de los recubrimientos, las condiciones de calor y humedad de la cueva no favorecieron la fosilización de los propios insectos. No se han encontrado abejas fosilizadas, lo que impide asignar estos nidos a una especie concreta. Sin embargo, las estructuras presentan suficientes rasgos distintivos para diferenciarlas de otros tipos de nidos fósiles descritos hasta la fecha.

Por esa razón, los investigadores propusieron una nueva entidad taxonómica, denominada Osnidum almontei, en honor a Juan Almonte Milan, el científico dominicano que descubrió la cueva. Esta clasificación no implica describir una especie de abeja nueva, sino reconocer un tipo de nido fósil con rasgos propios dentro del registro geológico.

Por qué abejas y mandíbulas terminaron «conviviendo»

Una de las cuestiones que plantea el trabajo es qué llevó a unas abejas a optar por anidar en una cueva y, más aún, dentro de huesos fosilizados, cuando la mayoría de especies actuales prefiere entornos abiertos y suelos expuestos. Lejos de ser un simple capricho, el estudio sugiere que esta estrategia habría surgido de una combinación particular de factores ambientales.

El entorno exterior de la cueva aparece descrito como un paisaje rocoso, escarpado y con escasa tierra vegetal, lo que limitaría mucho la disponibilidad de sustratos adecuados para excavar túneles. Dentro de la cavidad, en cambio, se fue acumulando con el tiempo un limo arcilloso fino y abundante, procedente de sedimentos transportados y del propio desgaste de la roca.

Según las hipótesis de los autores, las abejas habrían comenzado a excavar sus túneles de nidificación en estos sedimentos blandos, como hacen hoy muchas abejas que viven en taludes o suelos arenosos. Durante ese proceso se toparon con mandíbulas de mamíferos ya desprovistas de dientes, cuyos alvéolos ofrecían huecos listos para usar, de tamaño muy similar al de las celdas que ellas mismas construían.

Estos espacios óseos, estables y con paredes relativamente protegidas, pudieron convertirse en una solución cómoda y segura frente a un entorno exterior poco favorable. El trabajo plantea así un caso llamativo de cómo un grupo de insectos puede explotar recursos originados por la actividad de otros animales, en este caso mamíferos cazados por lechuzas y enterrados en el sedimento de la cueva.

El hallazgo también sugiere que las estrategias de nidificación de las abejas en el pasado pudieron ser más variadas y flexibles de lo que se deduce solo a partir de las especies actuales. Aunque Viñola López no descarta que las abejas responsables de estos nidos pertenezcan a un linaje aún vivo, recuerda que muchos de los vertebrados representados en la cueva están hoy extintos, por lo que no es descartable que estas abejas también hayan desaparecido.

Qué aporta este hallazgo a la paleontología y a la ecología

La definición de Osnidum almontei como nueva categoría de nido fósil tiene implicaciones que van más allá de la simple anécdota. Para la paleontología, este tipo de estructuras permite reconstruir comportamientos y relaciones ecológicas que rara vez dejan huella directa en el registro fósil, como la forma de anidar o las interacciones entre distintos grupos de animales.

El estudio demuestra que, a partir de restos indirectos como nidos, galerías o marcas en el sedimento, es posible inferir aspectos clave de la biodiversidad pasada, incluso cuando los organismos responsables no se han conservado. De esta forma, se amplía la imagen de los ecosistemas prehistóricos, incorporando no solo a los grandes vertebrados, sino también a insectos y otros grupos más discretos.

Además, el hallazgo de polen encapsulado en los nidos abre la puerta a futuras investigaciones sobre la vegetación de la región hace 20.000 años. El contenido polínico podría aportar datos sobre qué plantas estaban disponibles para las abejas, cómo era el paisaje y cómo respondió la flora del Caribe a los cambios climáticos del Pleistoceno tardío.

Desde el punto de vista ecológico, la investigación ilustra un caso de uso oportunista de recursos en un contexto de limitación ambiental. La combinación de escasez de suelo en el exterior, abundancia de sedimentos en el interior y presencia de huesos vacíos habría favorecido una solución poco habitual pero eficaz para garantizar la reproducción de las abejas.

Para la comunidad científica europea y española, este tipo de trabajos sirve también como referente metodológico para el estudio de cuevas, yacimientos con rapaces y depósitos de micromamíferos, muy frecuentes en la península ibérica y en otros puntos de Europa. Técnicas como la tomografía computarizada y el análisis de polen en microestructuras pueden aplicarse a materiales ya almacenados en museos, abriendo nuevas líneas de interpretación sin necesidad de excavar nuevos yacimientos.

Estos nidos fósiles incrustados en mandíbulas de mamíferos describen una escena poco habitual: lechuzas que acumulan huesos, sedimentos que los entierran y abejas que, miles de años después, reutilizan esos restos como guardería para sus crías. Una cadena de hechos que, gracias a las técnicas actuales, permite reconstruir con bastante detalle una pequeña historia de adaptación y supervivencia en un rincón del Caribe prehistórico.

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