Por qué los pumas han empezado a cazar pingüinos en la Patagonia

Última actualización: 25 diciembre 2025
  • La restauración del puma en la Patagonia ha originado una nueva relación depredador-presa con los pingüinos de Magallanes.
  • Los pumas que cazan pingüinos reducen sus territorios, se mueven menos y muestran una inusual tolerancia social.
  • La colonia de pingüinos de Monte León sigue estable, mientras la presión sobre guanacos disminuye en temporada de cría.
  • El caso ilustra que restaurar grandes carnívoros genera ecosistemas nuevos, no un simple retorno al pasado.

pumas y pinguinos en la Patagonia

En la costa atlántica de la Patagonia argentina, un fenómeno tan llamativo como inesperado está cambiando la forma en que entendemos la recuperación de la fauna silvestre. En el Parque Nacional Monte León, en la provincia de Santa Cruz, los pumas han incorporado de forma habitual a los pingüinos de Magallanes a su dieta, algo que hasta hace pocos años ni siquiera se contemplaba como posibilidad real.

El hallazgo, documentado en un estudio publicado en la revista científica Proceedings of the Royal Society B, muestra cómo la combinación de intervención humana histórica, creación de áreas protegidas y restauración ecológica ha dado lugar a una interacción depredador-presa completamente nueva. Lejos de ser una simple curiosidad, este cambio está modificando el comportamiento social de los pumas, la distribución de sus presas y el funcionamiento general del ecosistema patagónico.

Cómo se llegó a esta nueva relación entre pumas y pingüinos

Durante buena parte del siglo XX, la ganadería ovina se extendió por la Patagonia y con ella llegó una persecución sistemática de los grandes carnívoros. Los pumas fueron considerados durante décadas un enemigo directo de las ovejas, lo que derivó en campañas de caza intensiva y en la caída drástica de sus poblaciones en amplias zonas de la región.

La desaparición de depredadores terrestres tuvo efectos colaterales. Sin pumas ni otros carnívoros en la costa, los pingüinos de Magallanes (Spheniscus magellanicus), que tradicionalmente nidificaban sobre todo en islas, empezaron a colonizar las costas continentales y a formar grandes colonias reproductoras. Esa expansión coincidió con un periodo en el que la presión humana directa sobre los pingüinos era relativamente baja, lo que facilitó su asentamiento.

El gran giro llegó a comienzos de este siglo, cuando antiguas estancias ovinas fueron reconvertidas en parque nacional. Con la creación de Monte León en 2004, se prohibió la caza de fauna nativa y se impulsaron proyectos de restauración ambiental. Con el tiempo, los pumas comenzaron a regresar a una franja costera que llevaba décadas sin grandes depredadores, pero ese paisaje ya no era el mismo al que habían abandonado sus antepasados.

Para cuando los felinos volvieron, la costa albergaba una colonia de aproximadamente 40.000 parejas reproductoras de pingüinos, distribuidas a lo largo de unos dos kilómetros de playa. En la práctica, esa presencia masiva de aves creó un auténtico “buffet” de alimento abundante y predecible a disposición de los pumas durante buena parte del año.

puma cazando pinguinos

Un depredador terrestre ante una presa marina inesperada

En condiciones habituales, los pumas se alimentan principalmente de mamíferos herbívoros, sobre todo guanacos, y en menor medida de conejos, roedores y otras presas pequeñas. No existían registros sólidos de que estos felinos se especializaran en cazar aves marinas no voladoras como los pingüinos, que suelen enfrentarse a amenazas en el mar —como orcas o focas— más que en tierra firme.

El nuevo estudio cambió ese panorama. Al analizar restos de presas, imágenes de cámaras trampa y datos de posicionamiento, los científicos comprobaron que los pumas de Monte León cazan pingüinos de forma sistemática, no solo de manera esporádica. Lo que al principio parecía un comportamiento anecdótico acotado a pocos individuos resultó ser una estrategia alimentaria adoptada por una parte significativa de la población local.

Según explicó el ecólogo Mitchell Serota, autor principal de la investigación, al llegar al parque el equipo pensaba que se encontraría con algún caso aislado. Sin embargo, las detecciones de pumas en torno a la colonia de pingüinos eran tan frecuentes que la hipótesis tuvo que revisarse por completo. La nueva presa marina había pasado a ser un recurso clave durante la temporada de cría de las aves.

Para el coautor Emiliano Donadio, de la organización Rewilding Argentina, lo que está sucediendo en Monte León no responde tanto a una “estrategia nueva” de los pumas como a una interacción inesperada promovida por décadas de decisiones humanas: primero la persecución de carnívoros y después la creación de un área protegida donde esos mismos depredadores han podido recuperarse.

colonia de pinguinos y presencia de pumas

El trabajo de campo: GPS, cámaras trampa y decenas de encuentros

Para entender cómo esta nueva fuente de alimento estaba influyendo en la vida de los pumas, el equipo de investigación realizó un seguimiento intensivo entre 2019 y 2023. En ese periodo se colocaron collares GPS a 14 pumas adultos y se desplegó una red de cámaras trampa en los alrededores de la colonia de pingüinos y en el interior del parque.

El análisis posterior permitió separar a los animales estudiados en dos grupos: nueve pumas que cazaban pingüinos con regularidad y cinco que no lo hacían. Esta división fue clave para interpretar cómo cambiaban los patrones de movimiento y el uso del espacio en función de la dieta de cada individuo, así como para distinguir qué transformaciones estaban ligadas directamente a la presencia de la colonia.

Los datos de los collares mostraron que, durante la temporada reproductiva de los pingüinos —aproximadamente de septiembre a marzo—, los pumas consumidores de pingüinos concentraban su actividad en una franja costera de unos dos kilómetros, coincidente con la zona donde se agrupan las parejas reproductoras. Cuando las aves abandonaban la colonia y se internaban en el mar, estos mismos felinos se veían obligados a ampliar de nuevo sus áreas de campeo tierra adentro.

Además de seguir sus desplazamientos, los investigadores registraron el número de encuentros entre pumas a lo largo del estudio. El contraste fue llamativo: se documentaron 254 interacciones entre parejas de pumas que comían pingüinos, frente a solo 4 encuentros entre individuos que no recurrían a esta presa. La mayoría de esas interacciones se produjeron en un radio relativamente cercano a la colonia.

Este aumento de contactos sugiere que la abundancia de alimento reduce la competencia directa y permite que los pumas toleran mejor la presencia de otros congéneres en zonas donde, en circunstancias normales, tratarían de evitarse.

pumas compartiendo territorio en Patagonia

Territorios más pequeños y una densidad de pumas sin precedentes

Uno de los resultados más llamativos del trabajo es el cambio en la forma en que los pumas utilizan el espacio. Los individuos que se alimentan de pingüinos reducen significativamente el tamaño de sus territorios y necesitan moverse menos para encontrar suficiente comida. En lugar de recorrer amplias extensiones en busca de guanacos u otras presas, concentran buena parte de su actividad en torno a la colonia costera.

Esta concentración espacial se traduce también en un aumento muy acusado de la densidad de pumas en el parque. Según los cálculos de los autores, en Monte León se registran alrededor de 13,2 a 13,3 pumas por cada 100 kilómetros cuadrados, una cifra que duplica la observada en muchas otras zonas de Sudamérica y supera ampliamente el máximo previo documentado en regiones como el Chaco boliviano.

Lo más inusual no es sólo que haya muchos pumas, sino que estos felinos, tradicionalmente solitarios y territoriales, parezcan tolerar esa alta densidad sin que se disparen los conflictos. La disponibilidad de miles de pingüinos durante la época de cría reduce la necesidad de pelear por cada presa, lo que suaviza las “reglas” habituales de convivencia entre depredadores de gran tamaño.

Los científicos comparan en parte esta situación con la de los osos pardos en ríos de salmón, donde grandes concentraciones de alimento permiten ver a varios individuos alimentándose a poca distancia sin mostrar la agresividad que cabría esperar. En Monte León ocurre algo similar, pero con pumas compartiendo playa gracias a la abundancia de pingüinos.

En términos sociales, la investigación describe un aumento notable de interacciones entre pumas cazadores de pingüinos, especialmente entre hembras adultas, un patrón poco habitual en una especie famosa por su carácter esquivo. Este tipo de cambios plantea preguntas nuevas sobre cómo se organizan las poblaciones de grandes carnívoros cuando el ecosistema les ofrece recursos tan concentrados.

ecosistema patagonico con pumas y pinguinos

Consecuencias para pingüinos, guanacos y el ecosistema patagónico

La pregunta que surge de forma casi automática es si esta nueva presión depredadora puede poner en riesgo a los pingüinos de Magallanes que crían en Monte León. Los datos disponibles hasta ahora apuntan a que, al menos en esta colonia, no existe un peligro inmediato. Desde la creación del parque en 2004, los censos muestran que la población de pingüinos se ha mantenido estable o incluso ha crecido ligeramente.

Según Donadio, la colonia actual es lo bastante grande como para soportar los niveles de depredación registrados. Los pingüinos siguen encontrando abundante alimento en el mar y, pese a las pérdidas por ataques de pumas, el número total de individuos no se ha desplomado. Aun así, los ecólogos advierten de que el impacto podría ser distinto en colonias más pequeñas o recientes que se formen en otras zonas continentales de la Patagonia.

En paralelo, la incorporación de pingüinos a la dieta de parte de los pumas también tiene efectos sobre otras especies. Durante los meses en que las aves están presentes en la colonia, una fracción de los felinos reduce la presión de caza sobre los guanacos (Lama guanicoe), presas habituales en la región. Este alivio coincide con la época de cría de los guanacos, por lo que es probable que aumente la supervivencia de las crías al menos durante sus primeros meses de vida.

Los monitoreos de guanacos realizados en Monte León indican que su población se mantiene estable, sin señales de colapso ni de explosión descontrolada. De momento, el cambio en la dieta de los pumas no parece haber generado consecuencias extremas, ni claramente negativas ni completamente beneficiosas, para este herbívoro clave en los paisajes patagónicos.

Otro aspecto relevante es el papel de los pumas como conectores entre mar y tierra. Los pingüinos se alimentan en el océano y concentran en su cuerpo nutrientes marinos; cuando son cazados en tierra y sus restos se descomponen, esos nutrientes pasan al suelo. De esta manera, la depredación por parte de los pumas transfiere materia y energía desde el ecosistema marino al terrestre, algo que hasta ahora apenas se había tenido en cuenta en la Patagonia continental.

Con todo, los investigadores insisten en que los efectos a largo plazo todavía no están claros. La relación entre pumas y guanacos sigue siendo la interacción depredador-presa dominante en la región, y cualquier cambio duradero en la forma en que los felinos se mueven y cazan podría generar cascadas ecológicas difíciles de anticipar. Uno de los interrogantes abiertos es si, con el tiempo, la presión sobre las colonias continentales podría forzar a parte de los pingüinos a volver a concentrarse en islas oceánicas más seguras frente a depredadores terrestres.

Restauración ecológica: más que volver al pasado

El caso de Monte León se ha convertido en un ejemplo citado por especialistas europeos y de otros continentes cuando se habla de reintroducción de grandes carnívoros. En Europa, por ejemplo, la expansión natural de lobos, linces y osos pardos en países como España, Italia, Francia o Alemania está generando debates similares sobre hasta qué punto es posible “recuperar” un estado previo del ecosistema.

Los autores del estudio subrayan que la experiencia patagónica demuestra que restaurar la fauna no equivale a rebobinar la historia. Durante las décadas en las que los pumas estuvieron ausentes, otros elementos del paisaje cambiaron: se transformó el uso del suelo, se modificaron las poblaciones de presas y aparecieron nuevas oportunidades —como la colonización de la costa por parte de los pingüinos— que antes simplemente no existían.

Cuando un gran depredador regresa a un entorno alterado, lo hace en un contexto distinto al que lo vio desaparecer. Eso puede dar lugar a interacciones novedosas, como la caza de pingüinos en la Patagonia, o a conflictos inesperados con la ganadería y las actividades humanas en otras partes del mundo. Para los gestores de espacios protegidos, la lección es que hay que diseñar estrategias basadas en cómo funcionan realmente los ecosistemas hoy, no sólo en cómo se crea que fueron en el pasado remoto.

Desde la óptica de la conservación, el fenómeno de Monte León también se interpreta como una señal de éxito parcial. La elevada densidad de pumas y la estabilidad de las poblaciones de presas nativas indican que el parque ha conseguido recuperar buena parte de su fauna autóctona. Que aparezcan interacciones inesperadas no es tanto un problema como un recordatorio de la complejidad de los sistemas naturales cuando se les permite reorganizarse.

Visto desde Europa, donde cada vez se discute más sobre la convivencia con lobos o linces en zonas rurales, el caso patagónico aporta una idea clave: la naturaleza reconfigura sus propias reglas cuando se le da margen para hacerlo. Los planes de conservación deben asumir esa dinámica cambiante en lugar de prometer un retorno exacto a un paisaje idealizado.

Todo este trabajo científico ha sido posible gracias a la colaboración entre la Fundación Rewilding Argentina, la Administración del Parque Nacional Monte León, universidades como la de California-Berkeley y el apoyo financiero de entidades internacionales. El resultado es un laboratorio a cielo abierto donde se observa, casi en tiempo real, cómo pumas, pingüinos y guanacos ajustan sus estrategias de supervivencia en un ambiente que no deja de transformarse.

Lo que está ocurriendo hoy en la Patagonia muestra los retos de la conservación moderna: la vuelta de los grandes depredadores no restaura un pasado perdido, sino que inaugura un escenario nuevo en el que predadores, presas y personas tienen que aprender a convivir con reglas distintas, desde las playas de Monte León hasta cualquier otro rincón del planeta donde se intente devolver espacio a la vida salvaje.

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