El increíble pulpo que aprende a tocar el piano y deja a Internet boquiabierto

Última actualización: 16 diciembre 2025
  • Un pulpo llamado Takoyaki ha aprendido a tocar una melodía al piano gracias a un entrenamiento específico.
  • El músico suizo Mattias Krantz diseñó un piano impreso en 3D adaptado al acuario del animal.
  • El proceso, basado en premios por cada nota correcta, duró menos de seis meses hasta lograr interpretar "Under the Sea".
  • El vídeo del pulpo pianista se volvió viral con millones de reproducciones y reabre el debate sobre la inteligencia de los pulpos.

Pulpo aprende a tocar el piano

La historia de un pulpo que ha aprendido a tocar el piano está dando la vuelta al mundo y ha vuelto a colocar a estos animales en el centro del debate sobre la inteligencia en el reino marino. Lo que comenzó como un experimento casi surrealista de un músico suizo se ha convertido en uno de los vídeos más comentados en redes en las últimas semanas.

Este singular protagonista se llama Takoyaki, un pulpo que vive en cautividad en un gran acuario doméstico y que, tras varios meses de entrenamiento, es capaz de interpretar una melodía reconocible usando sus ocho tentáculos. La hazaña, además de provocar sorpresa y cierta incredulidad, ha reabierto la conversación científica y social sobre hasta dónde pueden llegar las capacidades cognitivas de los pulpos.

Un pulpo músico que rompe todos los esquemas

Los expertos llevan años apuntando que los pulpos figuran entre los invertebrados más inteligentes del planeta, y esta historia no hace más que reforzar esa idea. Estudios recientes señalan que su sistema nervioso, distribuido en gran parte de sus tentáculos, les permite tomar decisiones complejas y mostrar comportamientos que recuerdan, en ciertos aspectos, a los de los mamíferos.

No es casualidad que documentales como “Mi maestro el pulpo” hayan popularizado la imagen de estos animales como seres sensibles, curiosos y capaces de establecer vínculos. A partir de esa base, la posibilidad de que uno de ellos aprenda a relacionar sonidos, movimientos y recompensas hasta llegar a producir una secuencia musical resulta menos ciencia ficción de lo que podría parecer.

En este contexto encaja la aventura de Takoyaki, que ha pasado de ser una mascota relativamente anónima a convertirse en un símbolo viral de la inteligencia animal. La idea de que un cefalópodo pueda enfrentarse a un instrumento asociado tradicionalmente al virtuosismo humano, como es el piano, está desafiando la forma en que muchas personas perciben a los animales marinos.

Más allá de la anécdota, científicos y divulgadores en Europa han aprovechado la repercusión de la noticia para recordar que los pulpos están protegidos por diversas normativas de bienestar animal en la Unión Europea, precisamente por su capacidad de sentir dolor, aprender y mostrar comportamientos complejos.

De la pescadería al acuario: así empezó la vida de Takoyaki

El protagonista de esta historia no procede de un laboratorio ni de un centro de investigación. Según ha explicado su dueño, el músico suizo Mattias Krantz adquirió a Takoyaki en una pescadería de Portugal, y decidió llevárselo a casa para mantenerlo en un acuario de grandes dimensiones.

El animal vive en un tanque de alrededor de 416 litros de capacidad, equipado con una base de rocas y distintos juguetes y escondites, elementos habituales para enriquecer el entorno de estos cefalópodos y reducir el estrés en cautividad. Pese a todos esos cuidados, al principio la relación entre dueño y mascota no fue precisamente idílica.

Krantz ha admitido que ganarse la confianza del pulpo fue un proceso lento. En los primeros días, Takoyaki apenas mostraba interés por la comida ni por la presencia humana junto al cristal. Esa reacción reservada es típica de muchos pulpos recién llegados a un entorno nuevo, que tienden a esconderse y a observar con cautela lo que ocurre a su alrededor.

Con el paso del tiempo y una rutina de alimentación constante, el pulpo empezó a responder mejor a la presencia de su cuidador. Fue en ese momento cuando el músico comenzó a plantearse seriamente la posibilidad de intentar un experimento más ambicioso que el simple entrenamiento para acudir a comer o explorar ciertos rincones del acuario.

El músico suizo que quiso enseñar a un pulpo a tocar el piano

Mattias Krantz, conocido en Internet por sus vídeos musicales poco convencionales, vio en Takoyaki una oportunidad única para llevar más lejos sus ideas experimentales. En lugar de limitarse a mostrar al pulpo moviéndose por el acuario, decidió diseñar un proyecto completo cuyo objetivo final era que el animal lograra tocar una melodía sencilla.

En declaraciones recogidas por medios internacionales, como The Washington Post, el músico ha descrito la experiencia con una mezcla de ironía y asombro. Ha llegado a calificarla como “lo peor y lo más chulo” que ha hecho en su vida, dejando claro que ni él mismo esperaba llegar tan lejos cuando comenzó.

Su objetivo no era demostrar una teoría científica cerrada, sino explorar hasta qué punto un pulpo podía aprender una tarea asociada a la música si se le ofrecía el entorno adecuado y se recurría a un sistema de refuerzos positivo. Lo que empezó como una especie de “sueño raro”, según sus propias palabras, terminó convirtiéndose en un proyecto de varios meses.

Para muchos espectadores europeos, especialmente en España y otros países con tradición musical, resulta especialmente llamativo ver cómo un instrumento tan arraigado en la cultura clásica como el piano pasa a ser una herramienta de estimulación cognitiva para un animal marino. La propuesta ha generado tanto risas como debates serios sobre la frontera entre entretenimiento y experimentación.

Un piano impreso en 3D y diseñado para ocho tentáculos

Uno de los puntos más curiosos de la historia es el propio instrumento. Krantz creó un piano especial mediante impresión 3D, adaptando el diseño para que pudiera colocarse dentro o junto al acuario y resistir la humedad. Las teclas estaban distribuidas de forma que el pulpo pudiera alcanzarlas cómodamente con sus tentáculos.

El sistema nervioso de los pulpos, repartido en buena parte de sus brazos, permite que cada tentáculo tenga cierto grado de autonomía en el movimiento. Esa característica fue clave para el experimento, ya que Takoyaki debía ser capaz de presionar diferentes teclas con precisión, sin limitarse a golpear el instrumento al azar.

Al principio, el animal se limitaba a explorar el nuevo objeto con cautela, tocando la superficie y retirándose. Con el tiempo, y una vez que se habituó a la presencia del piano en su entorno, comenzó a interactuar con las teclas con mayor frecuencia, lo que permitió dar comienzo al verdadero entrenamiento musical.

Este uso de la impresión 3D ha sido destacado por muchos usuarios como un ejemplo de cómo la tecnología puede utilizarse para crear dispositivos personalizados para el bienestar y estímulo de animales en cautividad, más allá de los juguetes estándar que se encuentran en el mercado.

El método de entrenamiento: premios por cada nota correcta

El núcleo del aprendizaje se basó en un principio bien conocido en etología: el refuerzo positivo. Cada vez que Takoyaki presionaba una tecla que formaba parte de la secuencia deseada, recibía una recompensa en forma de comida, generalmente un pequeño cangrejo u otro bocado especialmente atractivo para él.

Con paciencia, Krantz fue asociando determinadas teclas con momentos de recompensa, de manera que el pulpo empezara a diferenciar entre simples golpes aleatorios y las notas que le acercaban a su premio. El proceso no fue inmediato y requirió sesiones repetidas, siempre limitadas en el tiempo para no saturar al animal.

Según ha contado el propio músico, la parte más complicada fue conseguir que Takoyaki subiera al piano y permaneciera en posición el tiempo suficiente como para poder ir encadenando notas. Una vez superada esa fase, el progreso fue más visible y el pulpo comenzó a mostrar patrones de movimiento repetitivos sobre las teclas correctas.

En menos de seis meses de trabajo intermitente, el pulpo fue capaz de reproducir una versión básica de “Under the Sea”, la popular canción asociada al mundo submarino en el imaginario colectivo. El contraste entre la fantasía de la letra y la realidad de un cefalópodo pulsando teclas ha sido uno de los elementos que más ha enganchado al público.

La elección de la melodía: del fondo del mar al teclado

Resulta significativo que la pieza escogida para el experimento haya sido una melodía vinculada a un entorno marino. La canción, ampliamente conocida gracias a su uso en el cine y la cultura popular, ofrece una estructura reconocible que permite al espectador identificar rápidamente si el animal está siguiendo un patrón o simplemente golpeando el teclado sin orden.

En los vídeos compartidos en redes se aprecia cómo Takoyaki utiliza varios tentáculos para completar la secuencia, mientras el propio Krantz se encarga de guiar parte del proceso y mantener la atención del pulpo mediante gestos y recompensas. La escena combina un punto de humor con un trasfondo de auténtico interés etológico.

Para quienes se acercan al vídeo desde Europa, donde la formación musical es relativamente habitual, la comparación con el aprendizaje humano es inevitable. Muchos comentarios se han centrado en la idea de que un pulpo haya necesitado menos de medio año para conseguir lo que a una persona le puede llevar dos años de conservatorio básico, una exageración con tono humorístico que se repite en distintas versiones.

La pieza elegida también ha contribuido al componente viral del contenido, ya que cualquier variación reconocible de la melodía es suficiente para que los espectadores sientan que el experimento ha tenido éxito, incluso si la ejecución no es perfecta desde un punto de vista técnico.

Un vídeo viral con millones de reproducciones

El resultado de todo este proceso se ha materializado en un vídeo publicado en YouTube que ha acumulado más de seis millones de reproducciones en su versión completa y decenas de millones en formatos cortos adaptados a otras plataformas. El algoritmo de las redes no ha tardado en impulsar las imágenes del pulpo pianista a usuarios de todo el mundo.

Entre los comentarios más compartidos destacan frases como “el pulpo toca mejor que yo” o “para ser justos, una persona normal tarda años en aprender”, que mezclan admiración y autocrítica con una buena dosis de sentido del humor. Otros se han fijado en la figura del cangrejo utilizado como recompensa, bromeando con la distinta perspectiva que podría tener la “comida” del experimento.

Al mismo tiempo, el vídeo ha reabierto debates sobre los límites éticos del entretenimiento con animales. Aunque no hay indicios de maltrato y el pulpo vive en un acuario espacioso y enriquecido, algunos usuarios han planteado dudas sobre hasta qué punto es adecuado utilizar a un animal muy inteligente para este tipo de contenidos virales.

Desde el ámbito divulgativo, la historia se ha aprovechado para explicar de forma accesible conceptos como la conciencia en invertebrados, la capacidad de aprendizaje mediante refuerzo y la necesidad de adaptar el entorno de los pulpos en cautividad para evitar comportamientos derivados del aburrimiento o el estrés.

Qué nos dice Takoyaki sobre la mente de los pulpos

Los científicos llevan años defendiendo que los pulpos no son simples criaturas instintivas, sino animales con una notable plasticidad cognitiva. Son capaces de resolver rompecabezas, escapar de recintos complejos y recordar soluciones a problemas durante largos periodos.

El caso de Takoyaki no supone una demostración científica en sentido estricto, ya que se trata de un experimento doméstico sin un protocolo de investigación formal. Sin embargo, aporta un ejemplo llamativo de cómo un pulpo puede aprender a asociar acciones concretas con resultados específicos, incluso cuando esas acciones implican un instrumento diseñado por humanos.

En Europa, donde existe una creciente preocupación por el trato a los cefalópodos en la pesca y la investigación, historias como esta refuerzan la idea de que es necesario revisar y actualizar las normas de bienestar animal para incluir requisitos más estrictos en su manejo, tanto en acuarios como en otros entornos.

Takoyaki se ha convertido, sin buscarlo, en un embajador involuntario de los pulpos, recordando al público que detrás de esos ojos grandes y tentáculos cambiantes hay un sistema nervioso capaz de aprender, recordar y reaccionar de maneras sorprendentes.

La imagen de un pulpo tocando el piano funciona casi como una metáfora: nos obliga a replantearnos los límites que atribuimos a la inteligencia animal y a admitir que aún queda mucho por descubrir sobre lo que ocurre bajo la superficie del mar.

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