Fósiles marinos: tipos, yacimientos y secretos del antiguo mar

Última actualización: 22 marzo 2026
  • Los fósiles marinos permiten reconstruir antiguos océanos, desde el Ordovícico hasta épocas recientes, incluyendo mares tropicales que hoy forman montañas como el Everest.
  • Ammonites, belemnites, erizos de mar, crinoideos, trilobites, graptolitos, nummulites y coprolitos son algunos de los principales tipos de fósiles marinos descritos en yacimientos de España y otros países.
  • Regiones como La Rioja, Morella, Albarracín, Aralar, los Montes de Toledo o Huesca concentran abundantes yacimientos, clave para estudios de paleontología, tectónica y recursos como el petróleo.
  • Las colecciones personales de fósiles marinos, bien documentadas, tienen un gran valor científico, educativo y cultural, al conectar la historia geológica con la experiencia directa de quien las reúne.

Fósiles marinos

Los fósiles marinos guardan en silencio millones de años de historia de la Tierra. En un simple trozo de roca pueden quedar atrapados antiguos mares tropicales, extinciones masivas, continentes que se desplazaron miles de kilómetros y criaturas que ya no existen. A veces aparecen en lo alto de una montaña, en un barranco perdido o en una cantera abandonada, y nos recuerdan que todo lo que hoy es tierra firme fue, en algún momento, fondo oceánico lleno de vida.

Buena parte de lo que sabemos sobre los ecosistemas marinos del pasado procede de la observación paciente de estos restos: conchas, caparazones, tallos, dientes, heces fosilizadas, huellas o incluso esqueletos completos. A través de colecciones personales muy cuidadas, hallazgos de campo repartidos por lugares como La Rioja, Morella, Albarracín, Marruecos o la Patagonia, y grandes proyectos científicos en zonas como el Everest o el Tíbet, se ha ido tejiendo un relato fascinante sobre cómo han cambiado los océanos a lo largo de cientos de millones de años.

Qué es un fósil marino y por qué aparece en la cima de las montañas

Ejemplos de fósiles marinos

Cuando hablamos de fósiles de origen marino nos referimos a restos o huellas de organismos que vivieron en mares y océanos: moluscos, equinodermos, peces, artrópodos, pequeños foraminíferos, plantas acuáticas y un largo etcétera. Se conservan gracias a procesos de fosilización que, con el tiempo, reemplazan el material original por minerales, o bien dejan moldes y vaciados dentro de las rocas sedimentarias.

Puede sorprender que la cumbre más alta del planeta, el Everest, esté llena de restos de antiguos animales marinos. Sin embargo, tiene toda la lógica geológica del mundo. Un equipo liderado por David A. T. Harper, del Museo de Historia Natural de Dinamarca, estudió rocas del Ordovícico en el Tíbet, a más de 4.000 metros de altitud, en una formación conocida como Qomalangma. Allí encontraron gran cantidad de braquiópodos, cefalópodos, conodontos y equinodermos que vivieron hace unos 450 millones de años en un mar poco profundo, de clima cálido.

Esas capas marinas, que en su día formaban parte de los márgenes del supercontinente Gondwana en una especie de ambiente tropical, han sido empujadas hacia arriba por los choques de placas tectónicas hasta situarse hoy en la cima del mundo. Por eso, las rocas más altas del Everest contienen fósiles de criaturas que vivieron en el fondo del mar, aportando pistas clave sobre los antiguos océanos y la formación de yacimientos de petróleo y gas durante el Ordovícico.

En el 11º Simposio Internacional sobre el Sistema Ordovícico, celebrado en Alcalá de Henares y organizado por el Instituto Geológico y Minero de España y el Ministerio de Ciencia e Innovación, se presentaron más de un centenar de estudios que reconstruyen cómo era la Tierra entonces: glaciaciones, magnetismo, vulcanismo y, por supuesto, la vida marina. Una de las conclusiones fue la enorme abundancia de trilobites en aquellas aguas, acompañados por otras muchas criaturas hoy extinguidas.

Un viaje por los principales tipos de fósiles marinos

Colección de fósiles marinos

Las colecciones privadas y los yacimientos repartidos por España y otros países muestran una variedad abrumadora de fósiles marinos. Desde moluscos de caparazón enrollado hasta tallos de crinoideos que recuerdan a pequeñas monedas de piedra, cada tipo de fósil nos habla de un modo de vida distinto y de un momento concreto de la historia geológica.

En lugares como La Rioja (Ortigosa de Cameros, Las Ruedas de Enciso), Morella (Castellón), la Sierra de Albarracín (Teruel), la Sierra de Aralar (Navarra), los alrededores de Vitoria (Álava) o los Montes de Toledo, se han ido encontrando, a lo largo de décadas, ejemplares muy representativos de casi todos los grandes grupos marinos fósiles, muchos de ellos recogidos de forma sistemática desde la infancia de algunos coleccionistas.

Fuera de España, destacan piezas procedentes de Marruecos (sobre todo trilobites, copales y caracoles terrestres fosilizados), de Río Negro y Neuquén en Argentina (conchas, lamelibranquios y madera de araucaria), de Brasil (peces fósiles bien preservados) y hasta dientes de peces de Khouribga (Marruecos), que ilustran la diversidad de faunas marinas de distintos periodos.

A continuación se repasan, de forma ordenada, muchos de los tipos de fósiles marinos que aparecen en estas colecciones y estudios, siguiendo el rastro de la vida desde el Paleozoico hasta tiempos relativamente recientes.

Moluscos marinos fósiles: ammonites, belemnites, caracoles y bivalvos

Uno de los grupos más espectaculares en cualquier colección son los cefalópodos fósiles, en especial ammonites y belemnites. Los ammonites forman una subclase de moluscos cefalópodos (Ammonoidea) de concha externa enrollada en espiral, que poblaron los océanos desde el Devónico (unos 400 millones de años) hasta el final del Cretácico, hace aproximadamente 65,5 millones de años. Se extinguieron junto con los dinosaurios, pero dejaron infinidad de conchas fosilizadas.

En España son muy frecuentes los ammonites de La Rioja, Teruel y Castellón, con ejemplares recogidos en Ortigosa de Cameros, la Sierra de Albarracín y los alrededores de Morella. Sus formas en espiral, a veces en vaciado (moldes en la roca, como el que se observa en el Caminito del Rey, en Málaga, protegido por una placa de metacrilato), muestran cámaras internas donde el animal regulaba su flotabilidad.

Los belemnites son otros cefalópodos extinguidos, parecidos a calamares o sepias actuales, pero con una concha interna alargada y maciza que fosiliza con facilidad. Se encuentran, por ejemplo, en Ortigosa de Cameros (La Rioja) y en Cabra (Córdoba). Se agrupan en bancos y se alimentaban de presas pequeñas. Su forma puntiaguda dio lugar a nombres populares como “balas de moro” o “puntas de rayo”, ya que antiguamente se creía que se generaban cuando un relámpago impactaba en el suelo.

Junto a los cefalópodos, abundan en los yacimientos los caracoles marinos fósiles (gasterópodos). Algunos ejemplos proceden de Morella, Almuñécar (Granada), Albarracín (Teruel), La Rioja u otros puntos del litoral y del interior. Hay especies de concha alta y apuntada, espirales muy marcadas o formas más globosas. En la zona de Morella, por ejemplo, aparecen fósiles de natica tigrina, un caracol marino depredador de concha lisa y redondeada.

También se documentan caracoles de géneros específicos, como Planorbis, localizados en las calizas del río Júcar (Albacete). Estos caracoles, de concha planoespiral con vueltas separadas por una hendidura profunda, son raros y muy valorados en las colecciones. Suelen datar del Oligoceno, con una antigüedad de unos 28 millones de años, y nos hablan de ambientes de agua dulce o salobre conectados con zonas marinas.

En el ámbito marino son clave los bivalvos fósiles. Aparecen conchas de mariscos bivalvos en Morella y Ortigosa de Cameros, además de lamelibranquios concretos como Modiolus biparitus, documentados en Río Negro (Argentina). Muchos de estos fósiles muestran conchas robustas, a veces cristalizadas, que permiten reconstruir antiguos fondos arenosos o fangosos donde vivían semienterrados.

Dentro de los moluscos marinos antiguos destacan las rinconellas, un tipo de braquiópodo (aunque externamente recuerdan a bivalvos) de contorno triangular y costillas marcadas. Son típicas del Jurásico, y se han encontrado en Las Ruedas de Enciso y Ortigosa de Cameros (La Rioja), así como en la zona de Morella. Muchos aficionados recuerdan haberlas recogido de niños, lo que da idea de lo abundantes que son en algunos estratos.

Otro grupo de braquiópodos, las terebrás o terebrátulas

En la zona de Ortigosa de Cameros son frecuentes las tebratúlidas fósiles, con conchas bivalvas pero de anatomía interna distinta a la de los moluscos bivalvos. Estos organismos filtraban partículas de alimento suspendidas en el agua y son muy útiles para datar los estratos en los que aparecen.

Erizos de mar, crinoideos y otros equinodermos fósiles

Los equinodermos marinos fosilizados forman otro capítulo muy llamativo. Los equinoideos fósiles, es decir, erizos de mar petrificados, se reconocen por sus caparazones (denominados “témpanos” o tests) de forma generalmente redondeada, constituidos por placas poligonales organizadas en hileras radiales. En vida estaban cubiertos de espinas que rara vez se conservan, pero el esqueleto interno sí fosiliza con relativa facilidad.

En la Sierra de Aralar (Navarra), cerca de Olazagutía, y en las proximidades de Vitoria y Morella, son abundantes estos erizos de mar fósiles. Algunos muestran relieves bien definidos de las hileras de placas y los puntos donde se insertaban las espinas, permitiendo reconstruir cómo era la superficie del caparazón y el modo de vida del animal sobre el fondo marino.

Junto a los erizos, aparecen con cierta frecuencia crinoideos fósiles, conocidos popularmente como “lirios de mar” o “estrellas plumosas”. Son equinodermos con un largo tallo segmentado que los fijaba al fondo, y una corona con brazos que filtraban alimento. Su esqueleto de calcita, muy resistente, se fragmentaba en pequeñas piezas discoidales que se acumularon en cantidades enormes durante el Paleozoico, formando espesores importantes de calizas.

Estos tallos se han encontrado en la Sierra de Albarracín y en Aralar, con secciones pentagonales o circulares. Las piezas individuales recuerdan a pequeñas monedas de piedra y suelen aparecer dispersas en las rocas calizas. Son un testimonio de antiguos fondos marinos repletos de crinoideos, que formaban auténticos prados submarinos.

Trilobites, graptolitos y otros fósiles paleozoicos clave

Si hay un fósil que se asocia casi automáticamente con la Era Paleozoica, ese es el trilobite, y con otros reptiles marinos como el ictiosaurio. Estos artrópodos marinos de cuerpo segmentado y tres lóbulos longitudinales se conocen por miles de especies y fueron extremadamente abundantes desde el Cámbrico hasta el final del Paleozoico. Sus caparazones se preservan muy bien en pizarras y calizas.

En la colección que estamos tomando como referencia hay trilobites de distintas procedencias: ejemplares de Marruecos, fósiles de los Montes de Toledo (Navas de Estena) y especímenes antiguos del Ordovícico, como Ormathops, también de Marruecos. Muchos de ellos conservan detalles finos del exoesqueleto, lo que permite a los paleontólogos estudiar la morfología y evolución de este grupo tan simbólico.

Junto a los trilobites, los graptolitos son otro fósil guía fundamental del Paleozoico. Eran colonias de pequeños organismos (hemicordados) que vivían flotando en el mar y formaban estructuras ramificadas. Sus restos quedan impresos en pizarras y arcillas finas. Han sido hallados, por ejemplo, en Setiles (Sierra Menera, Guadalajara), donde se han identificado formas como Climacograptus. Lo llamativo es que muchas pizarras ricas en graptolitos son pobres en otros fósiles marinos, por lo que sirven muy bien para correlacionar estratos a escala regional y mundial.

Estos fósiles paleozoicos, junto con braquiópodos, conodontos, crinoideos y otros grupos, permiten reconstruir con bastante detalle los mares del Ordovícico, Silúrico y Devoniano. Gracias a ellos se han podido determinar, por ejemplo, los cambios en el nivel del mar, los episodios de glaciación y las crisis de biodiversidad que afectaron a los océanos primitivos.

Nummulites y otros microfósiles marinos

Más allá de las piezas grandes y vistosas, los foraminíferos fósiles tienen una importancia científica enorme. Entre ellos destacan los nummulites, unos organismos unicelulares con concha calcárea aplanada, en forma de moneda. Su nombre procede precisamente del latín “nummulus”, que significa “pequeña moneda”.

En algunas zonas de Huesca se han encontrado capas cargadas de nummulites, hasta el punto de que, vistos de cerca, los bloques de piedra parecen estar rellenos de pequeñas lentejas o monedas superpuestas. Estos foraminíferos vivían en mares cálidos, poco profundos, y sus acumulaciones han contribuido a la formación de importantes rocas sedimentarias, algunas de ellas utilizadas como piedra ornamental o de construcción.

A comienzos del siglo XX, el investigador Randolph Kirkpatrick defendió una teoría muy llamativa: sugería que muchas rocas ígneas y arcillas abisales se habrían formado por la acumulación de foraminíferos como los nummulites. Aunque esa idea no se acepta en la actualidad, puso de manifiesto el papel relevante de estos microfósiles marinos en la geología y en la exploración de recursos como el petróleo.

Coprolitos, peces, dientes y otros restos de actividad biológica

No todo en el registro fósil marino son conchas y caparazones. Una parte muy curiosa la constituyen los coprolitos, es decir, excrementos fosilizados. Proceden de peces, reptiles, aves y otros animales, y permiten estudiar directamente su dieta y sus hábitos de depredación. En la zona de Ambrona (Soria) se han recogido coprolitos esféricos y otros nódulos fecales, algunos de difícil asignación a una especie concreta.

Los coprolitos pueden contener restos de huesos, escamas o fragmentos de conchas, indicando que el animal se alimentaba de presas con partes duras. Son una fuente excepcional de información paleoecológica: revelan quién se comía a quién en aquellos antiguos ecosistemas marinos.

En colecciones procedentes de Brasil y Marruecos aparecen también peces fósiles completos, a menudo conservados en láminas finas de roca, y dientes aislados de peces de Khouribga, en Marruecos. Estos dientes, en ocasiones muy abundantes, pertenecen a peces cartilaginosos (como tiburones) o a otros grupos depredadores que iban dejando caer o renovando su dentición a lo largo de la vida.

Como curiosidad, también se han encontrado copales, que son resinas fósiles jóvenes (anteriores al ámbar completamente maduro), procedentes de Marruecos. Aunque no son fósiles marinos estrictamente, ayudan a entender la interacción entre ambientes terrestres y marinos cuando estas resinas acababan arrastradas por ríos hasta zonas costeras.

Plantas, madera fósil y fósiles no estrictamente marinos asociados

En muchos yacimientos marinos también aparecen fósiles de origen continental que llegaron al mar por ríos o por transporte de sedimentos. Entre ellos destacan restos de plantas, como helechos fósiles de Albarracín (Teruel) o improntas de vegetación en la zona de Morella, que señalan la proximidad de costas boscosas o áreas pantanosas.

Especialmente llamativa es la presencia de madera fosilizada de araucaria en la Patagonia argentina, cerca de Neuquén y Río Negro. Estas maderas, que se han convertido en piedra con el tiempo, conservan los anillos de crecimiento y la estructura interna del tronco. A veces se encuentran fragmentos aislados en zonas desérticas que antiguamente fueron bosques cercanos al litoral, cuyos troncos podían acabar en ambientes marinos o marginales.

En algunas colecciones se incluyen también rocas singulares como granitos con granate, procedentes de Toledo, o piezas de lava de Sierra Alhamilla (Almería). Aunque no son fósiles en sentido estricto, ayudan a contextualizar la historia geológica general de la región y a entender la relación entre volcanismo, sedimentación y fosilización.

Finalmente, se mencionan restos de hueso humano paleolítico del Valle de Ocón (La Rioja) y restos de elefantes antiguos (Palaeoloxodon antiquus) hallados en el yacimiento de Torralba, cerca de Medinaceli (Soria). Estos fósiles pertenecen a contextos más recientes, del Pleistoceno, cuando el mar ya no ocupaba esas zonas, pero ilustran la continuidad entre la paleontología marina y la terrestre en una misma colección personal.

Yacimientos, parques y contexto geológico en España

España cuenta con una enorme riqueza de yacimientos de fósiles marinos, muchos de ellos fácilmente accesibles y conocidos desde hace décadas. Zonas como La Rioja (en especial Ortigosa de Cameros y Las Ruedas de Enciso), Morella (Castellón), la Sierra de Albarracín (Teruel), la Sierra de Aralar (Navarra), los alrededores de Vitoria (Álava) o los Montes de Toledo ofrecen afloramientos de rocas sedimentarias cargadas de restos fósiles.

En La Rioja, por ejemplo, abundan las conchas fósiles, caracoles marinos, braquiópodos, rinconellas y ammonites. Muchas personas cuentan que empezaron a coleccionar estas piezas de niños, en paseos por la montaña, lo que pone de manifiesto hasta qué punto forman parte del paisaje cotidiano de ciertas comarcas.

El Parque Nacional de Cabañeros, situado entre Ciudad Real y Toledo, ilustra muy bien la relación entre paisaje actual y pasado geológico. Además de ser un refugio para fauna como el ciervo, el jabalí, el corzo, el buitre negro o las águilas imperial y real, en su entorno se han estudiado huellas de grandes invertebrados y estructuras sedimentarias antiguas, que ayudan a reconstruir ambientes marinos o costeros previos a la configuración actual del territorio.

Las visitas de geólogos y paleontólogos a lugares como las minas de Almadén o las sierras paleozoicas de Cabañeros han aportado numerosos datos sobre glaciares, magnetismo terrestre, vulcanismo y sedimentación. Todos estos procesos están íntimamente ligados a la aparición y conservación de fósiles marinos, ya que controlan la formación de cuencas, el nivel del mar y las condiciones químicas de los océanos.

El valor científico y cultural de las colecciones de fósiles marinos

Las colecciones personales bien documentadas, como la que agrupa fósiles marinos de La Rioja, Castellón, Aragón, Navarra, País Vasco, Andalucía, Marruecos, Argentina o Brasil, son mucho más que un conjunto de “piedras curiosas”. Cada etiqueta con el lugar de procedencia, el tipo de fósil y el periodo geológico añade una pieza al puzle de la historia de la vida.

En muchos casos, estos conjuntos privados han servido de base para estudios científicos, exposiciones, actividades divulgativas y proyectos educativos. Permiten mostrar a estudiantes y público general cómo eran los mares en distintas épocas, cómo se reconocen los fósiles y qué nos cuentan sobre cambios climáticos, extinciones y migraciones de especies.

Además, las colecciones revelan la dimensión humana de la paleontología. Detrás de cada ammonite o cada erizo de mar suele haber una historia: un paseo de infancia en Las Ruedas de Enciso, un viaje en familia a Marruecos, una excursión a Albarracín o a los alrededores de Morella. Ese vínculo emocional hace que la gente se interese por la ciencia que hay detrás de las rocas y se anime a aprender más sobre geología y evolución.

En conjunto, los fósiles marinos descritos —desde los diminutos nummulites hasta los grandes ammonites, pasando por trilobites, crinoideos, rinconellas, caracoles, bivalvos, coprolitos o peces fósiles— dibujan un panorama muy completo de la vida en los océanos a lo largo de cientos de millones de años. Gracias a ellos es posible entender cómo se han formado montañas como el Everest, por qué existen yacimientos de petróleo originados en antiguos mares del Ordovícico, y de qué manera los paisajes que hoy pisamos se construyeron sobre antiguos fondos marinos llenos de vida. Sin necesidad de hablar de conclusiones formales, basta con mirar una simple concha incrustada en la roca para recordar que, durante la mayor parte de la historia de la Tierra, el gran protagonista ha sido el mar.

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