Pulpos gigantes de 19 metros: los superdepredadores ocultos del Cretácico

Última actualización: 25 abril 2026
  • Pulpos gigantes del género Nanaimoteuthis alcanzaban hasta 19 metros de longitud en el Cretácico tardío.
  • El análisis de 27 mandíbulas fósiles revela durofagia intensa y desgaste asimétrico asociado a comportamientos avanzados.
  • Estos cefalópodos rivalizaron con mosasaurios, plesiosaurios y grandes tiburones como depredadores ápice.
  • Técnicas de tomografía e inteligencia artificial han permitido redescubrir su papel clave en los ecosistemas marinos antiguos.

Pulpos gigantes de 19 metros

Durante décadas se ha contado que los océanos del Cretácico tardío estaban dominados casi en exclusiva por reptiles marinos gigantes y tiburones colosales. Sin embargo, una serie de investigaciones recientes está dando la vuelta a esa imagen: en aquellos mares también nadaban pulpos de hasta 19 metros de largo, capaces de morder conchas y huesos y de competir cara a cara con los grandes vertebrados depredadores.

Estos hallazgos, liderados por equipos de la Universidad de Hokkaido y colaboradores internacionales y publicados en la revista Science, apuntan a que ciertos pulpos prehistóricos no eran actores secundarios, sino superdepredadores con cuerpos blandos, brazos larguísimos y mandíbulas tan potentes que han llevado a más de uno a compararlos con el mítico kraken de las sagas nórdicas.

Un kraken real en los mares del Cretácico

Recreación de pulpo gigante prehistórico

Los nuevos trabajos se centran en dos especies de cefalópodos extintos del género Nanaimoteuthis (N. haggarti y N. jeletzkyi), unos pulpos con aletas que habitaron el Pacífico Norte hace entre 100 y 72 millones de años, en pleno Cretácico superior. A diferencia de muchos de sus antepasados con concha, estos animales habían perdido esa coraza externa, lo que les dio un cuerpo blando, alargado y muy ágil.

La especie más grande identificada, Nanaimoteuthis haggarti, habría alcanzado longitudes totales de entre unos 7 y hasta cerca de 19 metros desde el extremo del manto hasta la punta de los brazos. Esto los sitúa en un tamaño comparable al de un autobús articulado moderno y los coloca entre los mayores invertebrados conocidos del registro fósil, rivalizando en dimensiones con mosasaurios de hasta 17 metros y superando con holgura al calamar gigante actual, que ronda los 12 metros.

Su pariente más pequeño, Nanaimoteuthis jeletzkyi, rondaría los 8 metros, pero compartía un rasgo clave: unas mandíbulas extraordinariamente robustas y desgastadas que apuntan a una dieta basada en presas de concha o esqueleto duro, lejos de la imagen de invertebrados indefensos que huían de los grandes reptiles marinos.

Los investigadores comparan estas criaturas con un “kraken real” del Cretácico: pulpos colosales de cuerpo alargado, provistos de aletas, brazos muy largos y un pico capaz de triturar materiales que pocos animales podían procesar, situándolos en la cúspide de la cadena alimentaria de aquellos océanos.

Mandíbulas fósiles que cuentan una historia de 19 metros

Mandíbulas fósiles de pulpos gigantes

Estudiar pulpos fósiles es una tarea complicada porque su cuerpo blando apenas deja rastro en el registro geológico. La excepción son sus mandíbulas, los llamados “picos”: estructuras duras, de aspecto similar al pico de un loro, que sí pueden fosilizarse y conservar información sobre el tamaño y la dieta del animal.

Los distintos equipos científicos han analizado un conjunto de 27 mandíbulas fósiles procedentes de sedimentos marinos de Hokkaido (Japón) y de la isla de Vancouver (Canadá), todos ellos entornos marinos relativamente tranquilos que favorecieron una conservación muy buena de los restos. Algunas de estas mandíbulas alcanzan más de cuatro metros de longitud, medidas que, al extrapolarse mediante modelos comparativos con cefalópodos modernos, conducen a las estimaciones de hasta 19 metros de longitud total en los ejemplares más grandes.

El desgaste que presentan estos picos es especialmente revelador. En los adultos, la erosión ha llegado a eliminar alrededor de un 10% de la longitud original de la mandíbula, algo que supera con mucho lo observado en cefalópodos vivientes que se alimentan de presas con concha. Bordes redondeados, superficies pulidas, arañazos y pequeñas fracturas indican un uso intensivo contra presas duras como amonites, grandes bivalvos, crustáceos, peces óseos e incluso reptiles marinos.

Además, muchos ejemplares muestran un desgaste más acusado en el lado derecho que en el izquierdo, una asimetría que los autores interpretan como una señal de lateralización en el uso de la mandíbula. Este patrón, análogo a ser diestro o zurdo en humanos, suele asociarse en animales actuales a cerebros más complejos y comportamientos sofisticados, algo que encaja con la reputación de los pulpos modernos como invertebrados especialmente inteligentes.

Superdepredadores que rivalizaron con mosasaurios y tiburones

Pulpo gigante cazando en mares antiguos

Hasta hace muy poco, la visión dominante sobre los mares del Cretácico superior era bastante clara: mosasaurios, plesiosaurios y grandes tiburones ocupaban el papel de depredadores alfa, mientras que los invertebrados quedaban como piezas de caza que desarrollaban conchas cada vez más gruesas para sobrevivir. Los nuevos datos sobre Nanaimoteuthis cuestionan de lleno ese relato.

Las estimaciones de tamaño corporal, el grosor de las mandíbulas y el tipo de desgaste observado señalan que estos pulpos gigantes no eran víctimas habituales, sino rivales directos de los grandes vertebrados marinos. Sus largos brazos flexibles les habrían permitido sujetar presas voluminosas, mientras que sus picos podían triturar tanto caparazones como estructuras óseas con una fuerza de mordida muy superior a la de la mayoría de invertebrados conocidos.

Aunque no se han encontrado fósiles con contenidos estomacales preservados que confirmen de forma directa qué comían, el conjunto de evidencias apunta a una dieta amplia y oportunista. Varios paleontólogos citados en los trabajos sugieren que los amonites, abundantes moluscos de concha en espiral, habrían sido un recurso habitual, pero no descartan que estos pulpos pudieran enfrentarse a peces óseos de gran tamaño, otros cefalópodos e incluso reptiles marinos en determinadas circunstancias.

En términos ecológicos, las reconstrucciones propuestas colocan a N. haggarti y N. jeletzkyi en la cima de la red trófica, compartiendo o disputando el mismo nivel que mosasaurios y tiburones gigantes como Ptychodus. Es decir, los océanos del Cretácico tardío habrían sido escenarios mucho más complejos y competitivos, con vertebrados e invertebrados alcanzando, por caminos evolutivos distintos, el mismo estatus de superdepredador marino.

Tecnologías de vanguardia para excavar fósiles invisibles

Tecnología moderna estudiando fósiles de pulpos gigantes

Uno de los aspectos más llamativos de estas investigaciones es la metodología empleada para localizar y estudiar las mandíbulas. En varios casos, las mandíbulas no aparecieron al estilo clásico, con pico y martillo en el yacimiento, sino ocultas dentro de concreciones rocosas aparentemente anodinas que habrían pasado desapercibidas con técnicas tradicionales.

Para resolver este problema, los equipos de Hokkaido y colaboradores recurrieron a la llamada “minería digital de fósiles”: una combinación de tomografía de alta resolución y modelos de inteligencia artificial entrenados para identificar estructuras biológicas en grandes volúmenes de imágenes. La roca se escanea en secciones minúsculas, generando un conjunto de datos tridimensional que la IA analiza en busca de patrones compatibles con restos orgánicos.

En algunos proyectos, este procedimiento se complementa con cortes físicos de las concreciones —molido capa a capa— mientras se registran imágenes seriadas a todo color. Aunque el proceso es físicamente destructivo para la roca original, la información queda preservada en modelos digitales 3D que pueden estudiarse con detalle y archivarse en colecciones virtuales accesibles a la comunidad científica.

Gracias a estas técnicas, los investigadores localizaron mandíbulas que, de otro modo, se habrían perdido en el anonimato de la roca. La claridad de los modelos digitales ha permitido medir con precisión las dimensiones de los picos, evaluar el patrón de desgaste y descartar daños posteriores por transporte o manipulación, reforzando la conclusión de que se trata de marcas de alimentación y no simples artefactos taphonómicos.

En conjunto, este enfoque tecnológicamente avanzado no solo ha sacado a la luz la existencia de pulpos gigantes de 19 metros, sino que sugiere que muchos otros invertebrados de cuerpo blando podrían estar esperando a ser identificados en el interior de rocas aparentemente corrientes, lo que abre la puerta a revisar a fondo la historia de los ecosistemas marinos prehistóricos.

La imagen que emerge de todos estos trabajos es la de unos mares cretácicos muy distintos a los que se describían en los manuales hace apenas unos años. Lejos de un escenario dominado en exclusiva por reptiles marinos y tiburones, se perfila un océano donde pulpos gigantes con aletas, de hasta 19 metros de longitud, compartían protagonismo como superdepredadores, triturando conchas y huesos con mandíbulas descomunales y desplegando comportamientos probablemente complejos. La combinación de fósiles excepcionalmente conservados y nuevas tecnologías de análisis ha permitido recuperar a estos colosos olvidados del registro fósil y situarlos, por derecho propio, entre los grandes amos de los océanos del pasado.

pulpo que atacó a un niño en acuario de Texas
Related article:
Polémica en Texas: un pulpo gigante del Pacífico se aferra al brazo de un niño en el acuario de San Antonio