- Las nutrias europeas detectan en menos de 24 horas la presencia de intrusos mediante el olor de sus heces de marcaje.
- Su comportamiento muestra una estrategia más social y flexible que estrictamente territorial, basada en la exploración olfativa.
- La presión humana y la estructura del río modifican sus horarios, volviéndolas más nocturnas en zonas con mayor presencia de personas.
- Estos hallazgos son claves para interpretar el marcaje, diseñar seguimientos eficaces y mejorar la gestión de conservación de la especie.
Las nutrias europeas llevan años recuperándose en ríos de toda la península Ibérica, y eso es una magnífica noticia para la biodiversidad. Pero, a la vez, obliga a entender con mucho más detalle cómo se comportan estos mamíferos semiacuáticos, cómo se relacionan entre sí y de qué manera responden a los cambios en su entorno, tanto naturales como provocados por el ser humano.
En los últimos años se han realizado varios trabajos pioneros que han analizado su comportamiento de forma experimental y mediante fototrampeo. Gracias a ellos sabemos que, lejos de ser animales estrictamente territoriales y agresivos, las nutrias muestran una vida social más compleja y flexible de lo que se pensaba, y que la actividad humana puede alterar de forma decisiva sus horarios, sus rutinas y hasta la manera en que usan el espacio en los ríos.
La nutria europea y su recuperación en la península Ibérica
La nutria europea (Lutra lutra) es un mamífero carnívoro asociado a ríos, arroyos, embalses y otras masas de agua dulce, donde se alimenta principalmente de peces, anfibios y pequeños invertebrados acuáticos y donde viven las nutrias. Tras décadas de declive debido a la contaminación, la caza y la destrucción de hábitat, sus poblaciones han ido remontando en gran parte de la península Ibérica, hasta el punto de que hoy puede encontrarse de nuevo en cuencas fluviales de casi todo el territorio.
Esta recuperación demográfica implica que cada vez hay más individuos ocupando tramos de río que antes estaban vacíos o muy poco usados. Como consecuencia, aumenta el solapamiento entre nutrias, es decir, se cruzan más a menudo en sus rutas, comparten zonas de marcaje e incluso coinciden en los mismos puntos de descanso o alimentación. Todo ello hace especialmente relevante comprender cómo organizan su espacio y cómo gestionan los encuentros con otros ejemplares.
Para la gestión y conservación de la especie, no basta con saber si la nutria está o no presente. Es crucial entender su ecología social y espacial: cómo marcan el territorio, con qué frecuencia patrullan sus zonas de uso, hasta qué punto toleran a sus congéneres y cómo reaccionan cuando detectan a un posible intruso. Esta información es básica para diseñar programas de seguimiento rigurosos y para interpretar correctamente los datos de campo.
Un experimento con heces de marcaje: cómo detectan a un intruso
Uno de los estudios experimentales más llamativos se centró en la capacidad de las nutrias para detectar a otros individuos a través del olor de las heces de marcaje. En este trabajo, liderado por el Museo Nacional de Ciencias Naturales (MNCN-CSIC), se analizó cómo reaccionaban las nutrias cuando se manipulaba artificialmente el “paisaje olfativo” de sus territorios.
Para ello, los investigadores trabajaron en 26 enclaves repartidos en 17 ríos de Asturias y León, zonas donde ya tenían controlada la actividad de nutrias residentes. Mediante el uso de cámaras de vídeo de fototrampeo, lograron registrar 217 secuencias que mostraban la respuesta de los animales ante tres situaciones distintas: una fase de control sin cambios, una fase en la que se retiraban las heces presentes y otra en la que se añadían excrementos de una nutria foránea.
El diseño experimental permitía comparar de forma muy clara la reacción de las nutrias a la simple ausencia de olor conocido frente a la aparición de un olor completamente nuevo, procedente de otro individuo. Así fue posible evaluar si lo que realmente les importaba era la desaparición de una señal familiar o, por el contrario, la llegada de un estímulo químico extraño con posible relevancia social.
Los resultados mostraron que, cuando se introducía olor de una nutria ajena, la respuesta de los animales era muy rápida e intensa. En la mayoría de los casos, las nutrias reaccionaban durante las primeras 24 horas, lo cual indica que patrullan sus zonas de marcaje prácticamente a diario. Esa rapidez sugiere que están “al día” de lo que ocurre en su territorio químico, detectando enseguida cualquier novedad olfativa.
En cambio, cuando los científicos eliminaron completamente las heces de marcaje ya presentes en un lugar, no se observaron cambios significativos en el comportamiento de las nutrias en comparación con la fase de control. Esta falta de reacción apunta a que la simple desaparición temporal de un olor conocido no aporta información social relevante para ellas, algo lógico en ríos donde las crecidas y las lluvias arrastran los olores con frecuencia.
Exploración olfativa frente a agresividad: una especie más social que territorial
Al analizar con detalle las grabaciones de vídeo, los investigadores comprobaron que más del 58% de los comportamientos registrados se centraban en olfatear y evaluar el nuevo estímulo químico. Es decir, las nutrias dedicaban la mayor parte del tiempo a inspeccionar la zona y a recopilar información a través del olfato, en lugar de lanzarse de inmediato a marcar agresivamente o a sobre-marquear el punto.
Este predominio de la exploración olfativa sugiere una estrategia flexible y de bajo coste energético. Antes de gastar recursos en actos de fuerte carga territorial, como añadir muchas heces o marcas sobre las ya existentes, la nutria parece optar por “leer” con calma la información química: averiguar quién ha pasado por allí, si se trata de un vecino habitual, de un individuo desconocido o incluso de una posible pareja reproductora.
La investigadora María del Mar Delgado, del Instituto Mixto de Investigación en Biodiversidad (IMIB-CSIC), ha señalado que esta conducta indica que la especie es más social que estrictamente territorial. En lugar de priorizar la defensa a ultranza de su espacio, las nutrias parecen dar más relevancia a la búsqueda de interacción social, algo que puede incluir desde posibles encuentros reproductores hasta una cierta tolerancia a otros individuos en la zona.
Esta visión contrasta con la imagen clásica de la nutria como animal solitario y muy territorial. A la luz de estos resultados, se entiende que las nutrias organizan su espacio de manera más matizada, donde el marcaje sirve también como red de información social y no solo como aviso de “prohibido el paso”. Esto resulta fundamental para interpretar el significado de los puntos de marcaje que se encuentran en riberas, rocas o troncos cercanos al agua.
La flexibilidad en la respuesta ante olores nuevos o conocidos permite a las nutrias ajustar su conducta a la densidad de individuos y a la disponibilidad de recursos. En contextos de fuerte recuperación poblacional, donde los territorios se solapan cada vez más, una estrategia menos agresiva puede reducir el riesgo de conflictos, heridas y costes energéticos innecesarios, favoreciendo la convivencia entre ejemplares.
La importancia del “paisaje olfativo” en la gestión de las poblaciones
Comprender cómo la nutria usa los olores para comunicarse y organizar su espacio tiene implicaciones muy prácticas para la conservación. El trabajo del MNCN-CSIC y sus colaboradores ayuda a entender mejor la ecología social de la nutria europea y proporciona herramientas para mejorar la manera en que se diseñan y se interpretan los programas de seguimiento de la especie.
En primer lugar, saber que las nutrias reaccionan de manera intensa a la aparición de olores nuevos, pero apenas se inmutan ante la desaparición de olores conocidos, permite ajustar la lectura de los datos de campo. Cuando los técnicos encuentran variaciones en la presencia de heces o marcas en determinados puntos, deben tener en cuenta que las crecidas, las lluvias o los cambios naturales del río pueden borrar temporalmente señales químicas sin que ello signifique que la nutria haya abandonado el área.
Del mismo modo, una concentración elevada de excrementos de diferentes individuos en un mismo tramo puede interpretarse, a la luz de estos resultados, no tanto como un foco de conflicto territorial, sino como un auténtico “nodo social” donde se cruzan varias nutrias. Esto ayuda a identificar zonas clave para la especie, que conviene proteger de infraestructuras agresivas, molestias humanas o alteraciones drásticas del hábitat.
Además, el hecho de que las nutrias patrullen sus zonas de marcaje prácticamente cada día indica que su monitoreo mediante cámaras de fototrampeo o revisiones de campo puede ser muy eficaz si se colocan en puntos estratégicos. Conocer sus patrones de uso del espacio olfativo permite optimizar el esfuerzo de muestreo, planificando mejor la ubicación de cámaras, transectos o estaciones de olor.
Por último, este tipo de estudios químicos y de comportamiento son esenciales en un contexto de recuperación demográfica y aumento del solapamiento entre individuos. Entender cómo la especie gestiona la proximidad de congéneres ayudará a prever posibles problemas de densidad, a diseñar corredores ecológicos adecuados y a evaluar si determinadas zonas empiezan a estar saturadas o siguen admitiendo más nutrias sin comprometer su bienestar.
Fototrampeo y comportamiento: qué revela el análisis de miles de grabaciones
Además del experimento centrado en las heces de marcaje, otro trabajo relevante estudió cómo influyen las características del entorno y la presencia humana en el comportamiento de las nutrias. En este caso, el equipo de investigación del MNCN-CSIC utilizó de nuevo cámaras de fototrampeo repartidas en una docena de ríos de Asturias, León y Madrid, con el objetivo de registrar de forma continua la actividad de la especie.
A lo largo de aproximadamente dos años, los investigadores acumularon un total de 6.935 grabaciones, de las cuales más de un millar correspondían a nutrias. Este amplio conjunto de datos permitió analizar con bastante precisión los patrones de actividad diaria, la relación con las características físicas del río y, sobre todo, el efecto de la presión humana sobre sus horarios y rutinas.
Para asegurar una comparación coherente entre ríos de distinta región, se seleccionaron tramos intermedios de los cursos fluviales, evitando tanto el nacimiento como la desembocadura, y manteniendo unas franjas de altitud similares. En Asturias y León se trabajó en zonas entre 200 y 1.000 metros de altura, mientras que en Madrid los tramos se escogieron entre 600 y 1.200 metros, lo que permitió homogeneizar parcialmente las condiciones ambientales.
Las grabaciones mostraron que los momentos de mayor actividad de las nutrias se concentran, por lo general, durante el amanecer y el anochecer. Es decir, presentan un comportamiento típicamente crepuscular, aunque con un componente nocturno importante. Estos patrones ya se habían descrito para la especie en Portugal y son también comunes en la nutria americana (Lontra canadensis), de modo que se trata de un rasgo bastante generalizado dentro del grupo.
Sin embargo, lo realmente llamativo del estudio fue comprobar cómo estos patrones se modifican en función de la intensidad de la actividad humana en los ríos. Factores como la presencia de infraestructuras, la agricultura cercana a las orillas o la pesca recreativa y profesional se revelaron como elementos clave a la hora de explicar los cambios en el comportamiento horario de las nutrias.
La presión humana como factor decisivo: nutrias más nocturnas
Los resultados del análisis de fototrampeo indican que la presencia humana influye de forma decisiva en los hábitos de la nutria. En los ríos con mayor presión de personas, especialmente durante la temporada de pesca, las nutrias tendieron a reducir de manera notable su actividad diurna, desplazando buena parte de sus movimientos y conductas hacia la noche.
El investigador Vincenzo Penteriani, del MNCN-CSIC y autor principal del estudio, explica que las grabaciones permitieron observar cómo, en contextos con mucha gente en las riberas, las nutrias se volvían claramente más nocturnas. Esta respuesta se interpreta como una estrategia para evitar la coincidencia con humanos, reduciendo el riesgo de molestias, encuentros directos o incluso persecuciones y accidentes.
En contraposición, en ríos más anchos y con abundante vegetación ribereña, donde la presión humana es menor, las nutrias se mostraban más confiadas y disminuían su dependencia de la actividad nocturna. En estas zonas, los animales mantenían más actividad en las horas de amanecer y atardecer sin necesidad de “esconderse” tanto durante el día.
La cobertura vegetal densa ofrece refugio visual y físico, lo que facilita que las nutrias puedan moverse y descansar sin sentirse tan expuestas. Según los autores del estudio, es muy probable que este efecto protector de la vegetación explique parte de las diferencias observadas en los patrones de actividad entre ríos con y sin buena cobertura en las orillas.
Esta adaptación horaria responde a un fenómeno cada vez más común en la fauna salvaje: muchos animales modifican sus rutinas para evitar el solapamiento directo con los humanos. El problema es que aún se desconoce hasta qué punto estos cambios pueden repercutir en aspectos clave como la dieta, el aprovechamiento del espacio, el éxito reproductivo o la supervivencia a largo plazo de las poblaciones de nutrias.
Ríos, vegetación y actividad: cómo el hábitat modula la conducta
El trabajo de fototrampeo también puso de manifiesto que no solo la presencia humana, sino también las propias características físicas del río y su entorno inmediato, influyen en el comportamiento de la nutria. Aspectos como la anchura del cauce o la cantidad de vegetación de ribera juegan un papel clave a la hora de determinar si estos animales se muestran más diurnos, crepusculares o nocturnos.
En los ríos más anchos, donde el agua ofrece más espacio y potencialmente mayor variedad de refugios y puntos de caza, se observó que las nutrias podían permitirse una actividad menos restringida a las horas nocturnas, siempre que la presión humana no fuera muy alta. Esto sugiere que los hábitats con buen desarrollo fluvial y cobertura vegetal proporcionan mejores condiciones para que la especie se exprese con mayor libertad.
Por el contrario, en tramos de río más estrechos o con vegetación más escasa, la sensación de exposición aumenta y, si a ello se suma una fuerte presencia de personas, las nutrias tienden a refugiarse en la oscuridad de la noche para moverse y cazar. En estos contextos, la combinación de baja cobertura y alta actividad humana puede limitar bastante las franjas horarias seguras para la especie.
Los hábitos nocturnos ya eran conocidos para la nutria europea, pero este estudio subraya que parte de ese comportamiento no se debe solo a la biología intrínseca del animal, sino también a una respuesta adaptativa al entorno actual, muy marcado por la expansión de viviendas, infraestructuras y actividades recreativas en áreas ribereñas.
Esta constatación abre muchas preguntas de investigación: hasta qué punto una mayor nocturnidad afecta al tipo de presas que capturan, si modifica las probabilidades de encuentro entre machos y hembras, cómo condiciona el uso de madrigueras y zonas de descanso o si puede tener impacto sobre la reproducción y el éxito de cría a medio y largo plazo.
Relevancia para la conservación y futuras líneas de estudio
Los hallazgos de estos estudios experimentales y de fototrampeo tienen implicaciones claras para la gestión de las poblaciones de nutria europea en la península Ibérica. En primer lugar, refuerzan la idea de que las decisiones de conservación deben tener en cuenta tanto la vertiente social (comportamiento, comunicación, uso del espacio) como la presión humana y la calidad del hábitat.
En ríos con fuerte presencia de pescadores, turismo o infraestructuras, puede ser necesario revisar horarios, regular actividades en determinadas épocas del año o establecer zonas de baja perturbación para reducir el estrés y favorecer patrones de actividad más naturales. Igualmente, mantener o recuperar buenas franjas de vegetación de ribera es esencial para ofrecer refugio y margen de maniobra a las nutrias.
Por otro lado, el conocimiento detallado del uso de heces de marcaje y del paisaje olfativo ofrece herramientas muy útiles para interpretar los patrones de marcaje que se observan en el campo. Los técnicos pueden ajustar sus metodologías para distinguir entre cambios reales en la presencia de individuos y variaciones derivadas de factores como lluvias intensas, crecidas o dinámicas naturales de los ríos.
En cuanto a la investigación, los propios autores subrayan que todavía falta por entender bien cómo todos estos ajustes de comportamiento se traducen en consecuencias ecológicas profundas. Hacen falta más estudios que conecten la modificación de horarios y uso del espacio con aspectos como la dieta, la competencia con otras especies, la reproducción y la supervivencia de crías, especialmente en escenarios de creciente presión humana.
En esta línea, se ha contado ya con la colaboración de múltiples instituciones, desde el MNCN y el IMIB-CSIC hasta universidades de Oviedo, Granada, Autónoma de Madrid, La Sapienza de Roma o la Tecnológica de Puebla en México, entre otras. Esta red de trabajo multidisciplinar y multinacional será clave para seguir desentrañando la compleja ecología de la nutria en un mundo cada vez más transformado por la actividad humana.
Todo lo que sabemos hoy gracias a estos estudios apunta a que las nutrias europeas son mamíferos de una vida social más rica y una capacidad de adaptación sorprendente, capaces de detectar en menos de 24 horas a un intruso por el olor de sus heces y de reorganizar sus horarios para esquivar a las personas. Entender y respetar esa flexibilidad, protegiendo sus ríos y reduciendo las molestias, será la mejor garantía para que su recuperación continúe con buen pie en las próximas décadas.

