Migraciones de peces del mundo: rutas, tipos y amenazas

Última actualización: 3 abril 2026
  • Las migraciones de peces conectan hábitats lejanos y sostienen ecosistemas, culturas y economías en todo el mundo.
  • Existen distintos tipos de peces migratorios (potamódromos, oceanódromos y diádromos) y migraciones con fines tróficos, reproductores o gaméticos.
  • Represas, sobrepesca, pérdida de hábitat y cambio climático están provocando el colapso de muchas poblaciones migratorias.
  • La cooperación internacional y la restauración de ríos y mares son claves para recuperar las grandes migraciones de peces.

migraciones de peces del mundo

Las migraciones de peces del mundo son uno de esos fenómenos naturales que pasan casi desapercibidos porque suceden bajo el agua, pero que mueven una cantidad de vida tan enorme como las grandes rutas de ñus o cebras en tierra firme. Millones de peces recorren ríos, mares y océanos guiados por señales internas y ambientales que todavía hoy seguimos intentando descifrar por completo.

Aunque solemos pensar en aves cuando hablamos de migración, lo cierto es que los peces migratorios desempeñan un papel esencial en los ecosistemas acuáticos, en la cultura y en la economía de muchos países. Sus viajes conectan hábitats lejanos, sostienen pesquerías de las que dependen millones de personas y, al mismo tiempo, están cada vez más amenazados por presas, contaminación, sobrepesca y cambio climático.

¿Qué es un pez migratorio y por qué se desplaza?

En ictiología, se considera que un pez migratorio es aquel que cambia de hábitat de forma regular, muchas veces recorriendo largas distancias y repitiendo esos desplazamientos en determinados momentos del año o etapas de su vida. Algunos hacen un gran viaje anual, mientras que otros emprenden trayectos más frecuentes pero igual de importantes para su supervivencia.

Estos movimientos no son caprichosos: los peces migran buscando mejores condiciones de temperatura, alimento o refugio, o bien para encontrar el lugar adecuado para reproducirse. En muchas especies, el viaje coincide con la estación más cálida, cuando la disponibilidad de comida aumenta y las aguas ofrecen condiciones óptimas para el desarrollo de los huevos y las crías.

La llamada “Convención sobre la conservación de las especies migratorias de animales silvestres” recuerda que, cada año, millones de animales migratorios cruzan fronteras nacionales por tierra, mar y aire. En el caso de los peces, algunas especies pueden recorrer del orden de 20.000 millas en viajes de ida y vuelta, enlazando mares abiertos, plataformas continentales, estuarios, manglares y ríos de montaña.

Un ejemplo muy claro lo encontramos en peces como el atún, el perico, el pez espada o el marlin rayado, que realizan largas travesías por el océano para aparearse cerca del borde de la plataforma continental. Allí depositan sus huevos, alejándolos de muchos depredadores. Las crías se acercan luego a zonas costeras, manglares y estuarios, donde encuentran abundante alimento y refugio antes de lanzarse a aguas más profundas o mar abierto.

Tipos de migraciones según el medio en el que viven los peces

Cuando hablamos de migraciones de peces, es clave entender que no todas las especies viven en el mismo tipo de agua. Hay peces que pasan toda su vida en agua dulce, otros en agua salada, y un tercer grupo que alterna entre ambos medios. De ahí surge una clasificación clásica utilizada por los especialistas.

Peces potamódromos: son aquellos que viven exclusivamente en agua dulce. No entran nunca en el mar. Sus migraciones se dan, por ejemplo, entre lagos y ríos o a lo largo de un mismo sistema fluvial. Pueden desplazarse río arriba o río abajo para buscar alimento, refugio o zonas de reproducción, pero siempre dentro de aguas continentales.

Peces oceanódromos: en el otro extremo están los peces que permanecen toda su vida en el mar. Este tipo de especies lleva a cabo migraciones enteramente marinas, a menudo ligadas a corrientes oceánicas, frentes de productividad o variaciones de temperatura y salinidad. Muchas especies comerciales importantes, como ciertos atunes, se incluyen en esta categoría.

Entre ambos grupos se sitúan los peces diádromos, capaces de vivir tanto en agua dulce como en agua salada a lo largo de su ciclo vital. Dentro de los diádromos se distinguen varios subtipos, según la dirección del viaje principal y el momento en que cambian de medio.

Peces anádromos: nacen en agua dulce, pasan la mayor parte de su vida en el mar y, cuando llega el momento de reproducirse, remontan los ríos para desovar en ellos. Un ejemplo emblemático es el salmón, que puede realizar esfuerzos extraordinarios para regresar al tramo de río donde nació. Este patrón migratorio está muy ligado al instinto de fidelidad al lugar de origen.

Peces catádromos: también alternan agua dulce y mar, pero justo al revés. Viven buena parte de su vida en ríos, lagos o estuarios, y se desplazan al océano para reproducirse. Durante ese viaje masivo hacia zonas marinas específicas, las poblaciones quedan especialmente expuestas a obstáculos y a la pesca intensiva.

Peces anfídromos: estos peces se mueven entre ríos y mar en varias ocasiones a lo largo de su vida, pero sus desplazamientos no están necesariamente vinculados a la reproducción. En muchos casos migran para buscar alimento o condiciones ambientales más favorables en distintas fases del desarrollo, regresando al río o al mar según sus necesidades.

Tipos de migraciones según su función: tróficas, gaméticas y reproductoras

Además del medio en el que se producen, las migraciones se pueden clasificar por su finalidad. Una forma muy extendida de hacerlo distingue entre migraciones tróficas, gaméticas y reproductoras, aunque en la práctica a menudo se solapan.

Las migraciones tróficas o de alimentación tienen como objetivo principal aprovechar áreas con gran disponibilidad de comida. Los peces se desplazan hacia zonas donde abunda el plancton, los pequeños peces o los invertebrados de los que se alimentan. Estos viajes son fundamentales para asegurar el crecimiento, alcanzar la madurez sexual y acumular reservas energéticas.

Las migraciones gaméticas se refieren sobre todo a los desplazamientos hacia lugares concretos de puesta. Numerosas especies pasan el invierno alimentándose en el Atlántico Norte, cerca del círculo polar Ártico, y con la llegada de la primavera cruzan el Estrecho de Gibraltar para entrar en el Mediterráneo. Estas aguas más templadas, su salinidad y sus corrientes favorecen la fertilización y el desarrollo de los huevos. Tras completar la puesta, los adultos regresan al Atlántico.

Finalmente, se habla de migraciones reproductoras en un sentido más amplio para describir todos aquellos desplazamientos ligados al ciclo reproductivo. Muchos peces nacen en una zona, crecen en otra distinta y regresan después a la primera —o a un área con características similares— para reproducirse. No existe un único patrón válido para todas las especies, pero la regla general es que estos viajes buscan maximizar las probabilidades de éxito de huevos y larvas.

Grandes rutas migratorias: del Atlántico al Mediterráneo y más allá

Una de las rutas más llamativas a escala mundial es la que tiene como punto clave el Estrecho de Gibraltar y el Mar de Alborán, auténtica puerta de entrada entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Este estrechamiento de aguas es un corredor obligado para muchas especies marinas.

Durante la primavera, migran por esta zona animales tan diversos como orcas, peces espada y mantas raya, atraídos por la abundancia de presas y por la posibilidad de encontrar parejas reproductoras. Otros, como el atún y la caballa, utilizan las aguas relativamente cálidas del Mediterráneo como lugar de puesta, mientras que especies como la anguila prefieren desovar en las frías aguas atlánticas.

Un gran número de especies pasa parte del año alimentándose en el Atlántico Norte, prácticamente a latitudes subárticas, devorando bancos de peces pequeños como los arenques. Cuando cambia la estación, se ponen en marcha hacia el sur, cruzan el estrecho y buscan en el Mediterráneo el entorno idóneo para sus huevos, aprovechando las condiciones oceanográficas particulares del Mar de Alborán.

El cambio climático está alterando este delicado equilibrio. En los últimos años se ha observado que la presencia de peces tropicales en el Mediterráneo se ha triplicado. No solo han llegado alrededor de 40 especies nuevas procedentes de los océanos Atlántico e Índico, sino que además las poblaciones de muchos peces típicamente mediterráneos se han visto modificadas en número y distribución.

Para las comunidades pesqueras, este constante movimiento de especies supone una oportunidad y un desafío. Por un lado, la entrada de peces que antes solo podían capturarse en otros mares ha ampliado el abanico de recursos disponibles. Por otro, la explotación intensiva de especies migratorias en momentos críticos de su ciclo puede poner en riesgo la sostenibilidad de las poblaciones y, a la larga, de la propia actividad pesquera.

Ejemplos emblemáticos de peces migratorios

Al hablar de migraciones de peces del mundo, hay algunos protagonistas que se han convertido casi en iconos, tanto por las distancias que recorren como por su importancia cultural, económica o ecológica.

Uno de ellos es el marlin rayado (Kajikia audax), un pez pelágico de cuerpo hidrodinámico capaz de alcanzar velocidades espectaculares, en torno a los 100 km/h. Se distribuye principalmente por el Pacífico central y a lo largo del ecuador, incluida la costa occidental de América Central, pero puede aparecer en diferentes regiones del océano en función de la estación y de la disponibilidad de alimento.

Su anatomía alargada y musculosa, junto con una aleta dorsal prominente y un potente sentido de la audición, lo convierten en un depredador tope extremadamente eficiente. Como especie situada en lo alto de la cadena trófica, ayuda a regular las poblaciones de sus presas y a mantener el equilibrio de los ecosistemas marinos en los que vive. Junto a otras especies migratorias, como el tiburón ballena, representan linajes importantes cuya conservación es prioritaria para mantener la biodiversidad marina.

Desde el punto de vista evolutivo, especies como el marlin rayado representan linajes muy antiguos, con orígenes que se remontan a decenas de millones de años. Por eso, especialistas en conservación subrayan que no se trata solo de peces espectaculares para la pesca deportiva, sino de auténticos testigos de la historia de la vida en el planeta, cuya desaparición supondría una pérdida irrecuperable de biodiversidad.

El marlin rayado prefiere aguas costeras cálidas, ricas en alimento, y realiza migraciones estacionales: en verano se acerca a zonas de aguas templadas o incluso frías para alimentarse intensamente y, más adelante, se desplaza hacia aguas subtropicales o tropicales para pasar el invierno y reproducirse. En países como Perú está catalogado como especie protegida, con la pesca y comercialización prohibidas, al igual que ocurre con el marlin azul y el pez vela; el pez espada es el único de este grupo cuya captura está permitida para consumo humano.

Otro caso fascinante es el del salmón keta (Oncorhynchus keta), que tras pasar varios años creciendo en el mar, inicia una migración épica remontando el río Yukón desde su estuario en Alaska y Canadá. Puede recorrer hasta unos 3.200 km para desovar en el mismo río donde nació. Este comportamiento, típico de los peces anádromos, implica un viaje único en el que los adultos regresan al agua dulce solo para reproducirse y, después, mueren.

La freza del salmón keta suele producirse entre noviembre y enero. Los huevos quedan enterrados y protegidos en el lecho del río durante el invierno y, al llegar la primavera, eclosionan. De ellos surgen los juveniles que permanecerán en el río hasta el año siguiente, momento en el que emprenderán su viaje hacia el mar, cerrando así un ciclo que se repite generación tras generación.

Migraciones colosales en ríos del mundo: Mekong, Amazonas, Danubio y otros

Si salimos del mar y nos centramos en peces migratorios de agua dulce, algunos de los viajes más impresionantes del planeta tienen lugar en grandes ríos de Asia, Sudamérica, África, Europa y Norteamérica. Las masas de peces que se desplazan por estas arterias de agua dulce rivalizan en biomasa con las famosas migraciones de mamíferos en la sabana africana.

Durante siglos, especies como el salmón, el esturión, diversos bagres gigantes y muchas otras se movían río arriba y río abajo en cantidades enormes, guiadas por las crecidas estacionales, las inundaciones de las llanuras aluviales y señales biológicas ancladas en millones de años de evolución. Entre ellas sobresale el esturión beluga, un pez de gran tamaño que puede vivir más de cien años y producir el codiciado caviar.

En la cuenca del río Mekong, en el sudeste asiático, encontramos varios “megapeces” que se han hecho tristemente célebres por su declive. El pez gato gigante del Mekong, por ejemplo, podía alcanzar más de 650 libras de peso y migrar cientos de kilómetros por el río, sustentando pesquerías y tradiciones locales. Hoy se encuentra en peligro crítico de extinción porque las presas bloquean sus rutas hacia las zonas de desove y la sobrepesca en puntos clave de migración elimina a los grandes adultos reproductores.

Otro ejemplo en la región es el barbo gigante (Catlocarpio siamensis), pez nacional de Camboya, cuyas poblaciones se han desplomado por la pérdida de hábitat y la sobrepesca. Incluso peces más pequeños, como el trey riel —tan importante que da nombre a la moneda del país—, dependen de estos ciclos migratorios para mantener las capturas de las que viven millones de personas.

Situaciones parecidas se observan en el río Amazonas y sus afluentes. Algunos de los bagres más grandes del planeta realizan travesías que abarcan prácticamente un continente entero. El dorado o manguruyú negro (Zungaro zungaro) puede medir hasta dos metros y completar migraciones de más de 10.000 km entre cabeceras andinas y zonas de cría costeras, considerada la migración de peces de agua dulce más larga documentada.

En Europa, sistemas como el Danubio han visto cómo las poblaciones de esturiones y otros peces migratorios se reducían drásticamente por la construcción de presas, la contaminación y la alteración del cauce. En Norteamérica, el río Columbia fue transformado por una cadena de grandes embalses, lo que impidió el acceso de muchos peces a vastas áreas de su distribución histórica. Las consecuencias para el salmón y otras especies anádromas han sido profundas.

Principales amenazas para las migraciones de peces

Para la mayoría de los peces migratorios, el movimiento no es una opción: es una necesidad vital. Si no pueden llegar a sus zonas de desove, de cría o de alimentación, su ciclo se rompe y las poblaciones empiezan a colapsar. Por desgracia, las acciones humanas están poniendo obstáculos en casi todos los tramos de estos viajes.

Las represas y otras infraestructuras hidráulicas constituyen uno de los problemas más graves; la importancia de los pasos para peces en ríos queda manifiesta. Cada vez que se construye una presa sin pasos adecuados para peces, se fragmenta el río y se interrumpe la conexión entre diferentes hábitats. En muchos ríos, la migración que antaño era masiva termina en un descenso progresivo, después se estanca y, en algunos casos, desaparece por completo.

A esto hay que sumar la sobrepesca, especialmente intensa en los llamados “cuellos de botella” migratorios, donde gran parte de la población se concentra en poco espacio y tiempo. Capturar demasiados ejemplares adultos, y en particular a las hembras más grandes, reduce drásticamente la capacidad de recuperación de las especies.

La contaminación y la destrucción de hábitats críticos, como las llanuras de inundación, los humedales o las zonas de desove, agravan la situación. En regiones como el sur de Asia, el mahseer, el bagre goonch y el hilsa se enfrentan no solo a represas y pesca intensiva, sino también a la extracción de arena, la pérdida de vegetación de ribera y la degradación del agua. Todo ello en cuencas emblemáticas como las del Ganges, Brahmaputra e Indo.

El cambio climático añade una capa extra de presión: altera el caudal de los ríos, modifica la temperatura del agua y desplaza las ventanas temporales en las que solían producirse las migraciones. En el Mediterráneo, por ejemplo, el calentamiento de las aguas está facilitando la llegada y establecimiento de especies tropicales, con efectos impredecibles sobre las comunidades locales y las pesquerías tradicionales.

Cooperación internacional y conservación de peces migratorios

Las cuencas fluviales y los mares donde viven los peces migratorios suelen abarcar varios países. Más de 250 ríos y lagos del planeta cruzan fronteras nacionales, y alrededor del 47 % de la superficie terrestre se encuentra en cuencas compartidas. Sin embargo, la gestión de los recursos pesqueros de agua dulce y marina sigue siendo, con demasiada frecuencia, local o nacional, como si los peces se detuvieran en las fronteras políticas.

En este contexto, tratados como el Convenio sobre la Conservación de las Especies Migratorias de Animales Silvestres (CMS) resultan cruciales. Es el único acuerdo global específicamente diseñado para fomentar la cooperación entre países en la protección de animales migratorios, incluidos los peces de agua dulce.

Una evaluación mundial reciente de los peces de agua dulce migratorios identificó unas 325 especies candidatas a acciones internacionales coordinadas en el marco del CMS. Muchas de las más grandes —esas que protagonizan las migraciones más espectaculares y de mayor distancia— son las que se encuentran en situación más crítica. Entre los peces migratorios ya incluidos en el convenio, se ha estimado que el 97 % está en riesgo de extinción, una cifra que da idea de la magnitud del problema.

La cooperación internacional puede empezar por algo tan sencillo como compartir datos sobre capturas, distribución y tendencias poblacionales, pero debe ir mucho más allá. Es necesario acordar medidas de gestión pesquera conjunta, proteger llanuras de inundación y zonas clave de desove, y, sobre todo, mantener o restaurar la conectividad longitudinal de los ríos, de manera que los peces puedan completar su ciclo vital.

Las cuencas donde esta colaboración es más urgente incluyen el Amazonas y el sistema Río de la Plata-Paraná en Sudamérica, el Danubio en Europa, el Mekong en Asia, el Nilo en África y el conjunto Ganges-Brahmaputra en el sur de Asia. En todas ellas, la combinación de infraestructuras hidráulicas, explotación intensiva y cambio climático está llevando a los peces migratorios al límite.

Medidas para recuperar las grandes migraciones de peces

Revertir el declive de los peces migratorios exige una combinación de medidas que aborden tanto el hábitat como la explotación pesquera. La prioridad es conservar y recuperar ríos sanos, con régimen de caudales lo más natural posible y buena calidad de agua.

En muchos casos, esto implica reconectar tramos de río fragmentados por presas, azudes y canalizaciones. La eliminación selectiva de infraestructuras obsoletas ha dado resultados positivos en varios lugares. Un ejemplo muy citado es la retirada de las presas de los ríos Elwha y White Salmon, en el estado de Washington (EE. UU.), que reabrió, tras casi un siglo, el acceso a extensos hábitats para el salmón Chinook, el salmón coho, la trucha arcoíris y la lamprea.

Allí donde no sea viable derribar las presas, es fundamental mejorar los pasos para peces, rediseñar escalas y canales de derivación e incluso adaptar la gestión de los embalses para reproducir, en la medida de lo posible, los pulsos naturales de caudal. Estas actuaciones deben ir acompañadas de una protección más estricta de humedales, llanuras aluviales y bosques de ribera.

La gestión pesquera también necesita un cambio de enfoque: establecer vedas en periodos críticos de migración y reproducción, limitar el esfuerzo pesquero en cuellos de botella, fijar tallas mínimas que protejan a los grandes reproductores y combatir la pesca ilegal. En el caso de especies muy amenazadas, puede ser necesario recurrir a moratorias temporales y programas de cría en cautividad como apoyo, siempre poniendo el foco en la recuperación del hábitat natural.

Finalmente, para garantizar la supervivencia de especies como el marlin rayado y otros grandes migradores marinos, es clave promover un consumo responsable de pescado, respetar las normativas que prohíben la captura de determinadas especies y apoyar iniciativas de conservación que integren a las comunidades locales. Mantener la conectividad ecológica entre hábitats marinos y costeros no solo protege a los peces, sino también a las economías que dependen de ellos.

Las migraciones de peces del mundo, aunque hoy se encuentran bajo una enorme presión, siguen siendo uno de los procesos ecológicos más asombrosos y valiosos del planeta; protegerlos implica garantizar la salud de ríos y mares, la estabilidad de muchas pesquerías y la continuidad de culturas que, desde hace generaciones, viven al ritmo de estos viajes invisibles bajo la superficie.

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