- El Melanocetus johnsonii, o pez diablo negro, es un pez abisal bioluminiscente distribuido por todos los océanos y catalogado como de preocupación menor.
- Presenta adaptaciones extremas a la vida profunda: cuerpo blando, boca enorme, dientes finos y un apéndice luminoso usado como señuelo para cazar en la oscuridad.
- Su reproducción es única: machos diminutos se fusionan de forma permanente con la hembra, actuando como “parásitos” reproductores unidos a su sistema circulatorio.
- Avistamientos poco comunes en la superficie, como el registrado en Tenerife, aportan información valiosa sobre la biología y la ecología de los peces abisales.
Cuando hablamos de un pez luminoso de las profundidades marinas, mucha gente piensa en una criatura casi fantástica, sacada de una película de terror o de ciencia ficción. Sin embargo, este tipo de animales existen de verdad y uno de los más llamativos es el Melanocetus johnsonii, conocido popularmente como pez diablo negro o rape abisal. Habita en zonas donde la luz del sol jamás llega y donde la presión del agua es tan alta que cualquier otro animal quedaría aplastado en cuestión de segundos.
Más allá de su aspecto inquietante, estos peces son un ejemplo increíble de adaptación extrema a la vida abisal. Su bioluminiscencia, su estrategia de caza y su peculiar forma de reproducirse muestran hasta qué punto la evolución puede moldear un organismo para sobrevivir en condiciones límite. Además, hallazgos recientes cerca de Canarias han puesto a esta especie en el punto de mira de la comunidad científica, al aparecer en la superficie un animal que normalmente vive a cientos o miles de metros de profundidad.
Clasificación y situación de conservación del pez diablo negro
El pez diablo negro, cuyo nombre científico es Melanocetus johnsonii, pertenece al amplio grupo de los vertebrados, dentro del reino Animalia y el dominio Eukaryota. Se engloba en el filo Chordata, subfilo Vertebrata (o Craniata) y forma parte de los llamados gnatostomados, es decir, animales con mandíbulas, que se incluyen en el infrafilo Gnathostomata.
Desde el punto de vista de la clasificación de los peces, se ubica en la superclase Osteichthyes (peces óseos), clase Actinopterygii (peces con aletas radiadas), subclase Neopterygii y en la infraclase Teleostei, que agrupa a la inmensa mayoría de peces modernos. Dentro de este gran grupo, se sitúa en el superorden Paracanthopterygii y en el orden Lophiiformes, famoso por los peces pescadores o rapes.
Dentro de los Lophiiformes, el pez diablo negro se integra en la familia Melanocetidae, un linaje especializado en la vida en las profundidades oceánicas. Su género es Melanocetus, descrito por el zoólogo Albert Günther en 1864, y la especie concreta es Melanocetus johnsonii, también definida por el mismo autor ese mismo año. Esta clasificación refleja la afinidad de este pez con otros rapes abisales, caracterizados por tener un apéndice luminoso sobre la cabeza.
En cuanto a su estado de conservación, el Melanocetus johnsonii se cataloga actualmente como de preocupación menor según la Lista Roja de la UICN (versión 3.1). Esto significa que, con la información disponible, no se considera una especie en peligro inmediato, aunque la dificultad para estudiar organismos abisales hace que siempre exista cierto margen de incertidumbre sobre sus poblaciones reales.
Hábitat: un experto en la oscuridad abisal
El pez diablo negro se ha registrado en todas las cuencas oceánicas del planeta, lo que indica una amplia distribución geográfica, aunque siempre ligado a aguas profundas. Suele vivir entre unos 200 y 4.000 metros de profundidad, en la llamada zona batial y en la parte superior de la zona abisal, donde la luz solar ya no penetra y la oscuridad es total.
En estas profundidades el entorno es extremo: la temperatura es muy baja, la presión del agua es enorme y la comida escasea bastante. El Melanocetus johnsonii está perfectamente adaptado a este medio; su cuerpo blando y su fisiología interna son capaces de soportar sin problemas presiones que aplastarían a un animal de superficie. De hecho, sus tejidos contienen gran cantidad de agua, lo que ayuda a equilibrar la presión interior con la exterior.
Algunas especies de peces de las profundidades, parientes lejanos suyos, llegan incluso más abajo, a la llamada zona hadal, que se encuentra por debajo de los 6.000 metros de profundidad. Allí se han observado criaturas como el Eurypharynx pelecanoides, el conocido pez pelícano, que puede alcanzar los 8.000 metros, o la babosa de aletas afiladas Careproctus longifilis, que se ha detectado entre los 8.000 y los 9.000 metros.
Estos peces tan profundos comparten varios rasgos con el pez diablo negro: están adaptados a vivir en ausencia de luz, con cuerpos blandos y estómagos extensibles para aprovechar cualquier oportunidad de alimento. Además, la mayoría presenta órganos sensoriales afinados para detectar movimientos, cambios químicos en el agua u otras señales en ese entorno tan hostil.
Anatomía y aspecto del pez luminoso de las profundidades
Lo primero que llama la atención del pez diablo negro es su coloración extremadamente oscura, que suele ser negra o marrón muy profundo. Esta pigmentación tan intensa lo vuelve prácticamente invisible en la oscuridad del océano, ayudándole tanto a pasar desapercibido ante posibles depredadores como a emboscar a sus presas sin ser detectado.
Su cuerpo es relativamente pequeño y blando, con una gran cabeza desproporcionada respecto al resto. La boca es enorme, armada con numerosos dientes largos, puntiagudos y curvados hacia dentro. Gracias a esta combinación, puede engullir presas que superan incluso el doble de su propia longitud, una capacidad clave en un ambiente donde cada comida cuenta y nunca se sabe cuándo volverá a aparecer la siguiente.
Los ojos, en general, son pequeños en comparación con los de otros peces que viven a menor profundidad. Sin embargo, muchas especies abisales muestran o bien ojos muy grandes adaptados a captar cualquier resto de luz, o bien una tendencia a la ceguera funcional por la ausencia total de iluminación. En el caso del pez diablo negro, la vista no es el sentido más importante; otros sistemas sensoriales, como el olfato, juegan un papel mayor a la hora de encontrar pareja o localizar presas.
En el conjunto de peces abisales se observan una serie de características generales: los cuerpos suelen ser blandos y gelatinosos, las bocas son desproporcionadamente grandes, los dientes son finos y afilados, la reproducción tiende a ser lenta, los estómagos pueden expandirse para alojar grandes presas y en muchos casos la pigmentación es escasa o nula, lo que da lugar a animales pálidos o translúcidos, aunque el Melanocetus destaca por su tonalidad negra.
La estructura esquelética está adaptada a la baja necesidad de sostén en un entorno de flotabilidad constante, y muchos órganos internos presentan modificaciones para funcionar adecuadamente bajo presiones colosales. Esta combinación de rasgos da lugar a un aspecto que, a ojos humanos, resulta monstruoso y fascinante a la vez.
La antena luminosa: bioluminiscencia al servicio de la caza
El rasgo más emblemático del pez diablo negro es su característico “carnada” luminosa. Sobre la cabeza presenta una prolongación de la espina de su aleta dorsal modificada, que se proyecta hacia delante como si fuera una caña de pescar. En el extremo de este apéndice se sitúa un órgano luminoso, en el que viven bacterias bioluminiscentes.
Estas bacterias son responsables del brillo que emite la antena del pez. La luz que generan sirve como señuelo en la oscuridad abisal: pequeños peces, crustáceos u otros organismos se sienten atraídos por ese punto luminoso, que les recuerda a un gusano u otra presa potencial. Cuando se acercan demasiado, el Melanocetus johnsonii abre su enorme boca y, gracias a sus dientes curvados, captura a la víctima y evita que pueda escapar.
Esta estrategia de caza es enormemente eficaz en un entorno con poca comida disponible, ya que le permite al pez diablo negro ahorrar energía. En lugar de perseguir a sus presas, simplemente permanece relativamente quieto y utiliza su antena como reclamo. El esfuerzo físico es mínimo en comparación con lo que supondría una persecución activa en aguas profundas.
La bioluminiscencia no solo se utiliza para atraer presas; en algunos peces de las profundidades también puede desempeñar funciones de comunicación o camuflaje. Sin embargo, en el caso concreto del Melanocetus johnsonii, el uso principal documentado de su órgano luminoso está ligado a la depredación y, en menor medida, a la posible identificación entre individuos en la oscuridad.
El control de la intensidad y el patrón de luz, combinado con la posición del apéndice justo delante de la boca, convierte a este pez en uno de los cazadores más eficientes del mundo abisal. A pesar de su pequeño tamaño, su papel como depredador en estas capas del océano es muy relevante.
Dimorfismo sexual extremo y tamaño de los individuos
Uno de los aspectos más sorprendentes del pez diablo negro es el enorme contraste de tamaño entre machos y hembras. Las hembras, que son las que normalmente aparecen en fotografías y vídeos, pueden alcanzar hasta unos 18 centímetros de longitud total. Aunque no son animales grandes en términos absolutos, su figura robusta y su enorme boca les dan una apariencia imponente.
Los machos, en cambio, son diminutos en comparación. Apenas llegan a representar una décima parte del tamaño de las hembras. El mayor macho conocido de Melanocetus johnsonii se ha medido en torno a 2,8 centímetros, lo que, visualmente, genera un contraste brutal cuando se les ve juntos. Esta diferencia de tamaño es un ejemplo extremo de dimorfismo sexual.
Cuando la especie fue descrita por primera vez, todos los ejemplares recolectados resultaban ser hembras. Esto desconcertó a la comunidad científica, ya que no se encontraban machos por ninguna parte. Durante un tiempo se llegó a pensar que quizá se trataba de otra especie o que el ciclo vital era muy diferente al esperado.
Posteriormente se observó que muchas hembras presentaban pequeños “parásitos” adheridos a su cuerpo. Al analizarlos con detalle, los investigadores descubrieron que, en realidad, esos supuestos parásitos eran los machos de la propia especie. Este hallazgo cambió por completo la comprensión de la biología reproductiva del Melanocetus y de otros Lophiiformes abisales.
Este dimorfismo extremo se interpreta como una adaptación a la vida en la oscuridad, donde encontrar pareja es extremadamente complicado. Mantener un macho diminuto, cuya única función vital adulta es la reproducción, resulta más eficiente energéticamente que sostener dos animales de gran tamaño en un entorno con recursos muy limitados.
Un sistema reproductivo único: machos “parásitos”
El ciclo reproductivo del pez diablo negro se basa en una estrategia realmente llamativa: la unión permanente del macho a la hembra. Los machos nacen como individuos libres, pero carecen de un aparato digestivo funcional, lo que significa que no pueden alimentarse adecuadamente y, por tanto, no pueden vivir de forma independiente durante largos periodos.
Para sobrevivir y cumplir con su función biológica, el macho debe encontrar a una hembra a la que unirse. Para lograrlo, dispone de un olfato muy desarrollado, capaz de detectar concentraciones muy bajas de compuestos químicos en el agua. Gracias a este sentido, puede seguir rastros de feromonas emitidas por las hembras, incluso en la insondable oscuridad de las profundidades.
Una vez que el macho localiza a una hembra, se adhiere a su cuerpo y comienza un proceso de fusión muy peculiar. Segrega una enzima que actúa sobre la piel de la hembra, permitiendo que sus tejidos se vayan integrando poco a poco. Con el tiempo, las circulaciones sanguíneas de ambos animales se conectan, de manera que el macho pasa a depender completamente de la hembra para nutrirse.
Tras esta unión, el cuerpo del macho se va atrofiando, perdiendo muchas de sus estructuras originales. Lo que finalmente queda es, básicamente, un conjunto de gónadas masculinas incrustadas en el cuerpo de la hembra. A partir de ese momento, cuando las hormonas femeninas indican que hay condiciones propicias para poner huevos, las gónadas masculinas liberan esperma y se completa la fecundación.
Esta estrategia, aunque extrema, garantiza que la reproducción sea posible incluso cuando los encuentros entre individuos son muy escasos. Varios machos pueden llegar a fusionarse con una misma hembra, de modo que esta dispone de diferentes reservas de esperma para distintos eventos reproductivos a lo largo de su vida. Es un caso único en el reino animal y uno de los ejemplos más impresionantes de coadaptación entre sexos.
Avistamiento excepcional en Tenerife: un pez abisal en la superficie
En enero de 2025 se produjo un hallazgo que llamó poderosamente la atención de expertos y aficionados al mundo marino: un ejemplar vivo de Melanocetus johnsonii apareció en aguas superficiales cerca de Tenerife, en las Islas Canarias. Este tipo de suceso es extremadamente raro, ya que el pez diablo negro suele habitar entre los 500 y los 4.000 metros de profundidad.
El avistamiento tuvo lugar el día 26 de enero, durante una expedición a unos dos kilómetros de la costa de Playa San Juan, en Tenerife. La bióloga marina Laia Valor, que participaba en la salida con la ONG Condrik Tenerife, fue quien se percató de la presencia de un pez extraño flotando cerca de la superficie. Tras examinarlo con más detalle, se identificó como un ejemplar de pez diablo negro.
El animal mostraba signos evidentes de daño y estrés, algo lógico si pensamos en el brutal cambio de presión y condiciones ambientales al que debió verse sometido al ascender. Aun así, se mantuvo con vida el tiempo suficiente como para que el equipo, con la colaboración del fotógrafo de fauna marina David Jara, pudiera documentar el encuentro con fotos y vídeos de gran valor para la ciencia y la divulgación.
Las imágenes obtenidas son especialmente interesantes porque muestran al pez diablo negro en un contexto muy diferente al habitual, con luz natural y en aguas superficiales. Esto permite apreciar rasgos anatómicos y detalles de su morfología que en grabaciones profundas, realizadas con luz artificial, a veces pasan desapercibidos. Posteriormente se confirmó que el ejemplar observado era una hembra.
Pese a los intentos de seguimiento, la supervivencia del animal fuera de su hábitat fue muy breve. Se registró que, dos días después de la filmación, el pez había fallecido. Sus restos se conservaron en un laboratorio para un análisis más detallado, y se informó de que la hembra medía alrededor de 3 centímetros de longitud, un tamaño reducido dentro del rango conocido para la especie, aunque esta cifra concreta requería confirmación adicional.
Hipótesis sobre por qué un pez abisal llega a la superficie
La aparición de un pez típicamente abisal tan cerca de la superficie planteó numerosas preguntas. Los investigadores han barajado varias hipótesis para explicar este ascenso anómalo, aunque por ahora no hay una única causa confirmada. Una de las posibilidades es que sufriera una disfunción en la vejiga natatoria u otro problema fisiológico que alterara su flotabilidad, empujándolo hacia arriba sin capacidad para volver a las profundidades.
Otra opción es que alguna corriente marina ascendente lo arrastrase desde capas más profundas. En ciertas zonas del océano, las variaciones en temperatura, salinidad o en la dinámica de las corrientes pueden empujar hacia arriba masas de agua junto con los organismos que contienen. Un pez debilitado o desorientado podría quedar atrapado en una de estas corrientes y terminar en aguas mucho más someras de lo que le corresponde.
Tampoco se descarta que el animal pudiera estar huyendo de un depredador mayor y, en su huida, acabara ascendiendo más de lo que su fisiología podía tolerar. En cualquier caso, la presencia de un Melanocetus johnsonii en superficie constituye un evento muy extraño, digno de ser documentado y analizado con detalle.
El caso fue reportado en la Red de Observadores del Medio Marino en Canarias (RedPROMAR), una plataforma que recopila registros de fenómenos marinos inusuales y contribuye al seguimiento y conservación de los ecosistemas oceánicos del archipiélago. Este tipo de redes ciudadanas y científicas son fundamentales para detectar cambios en la biodiversidad y en las condiciones del mar.
Desde el punto de vista científico, cada avistamiento de este tipo añade una pieza más al complicado puzle de la ecología de las profundidades. Observar cómo reacciona un pez abisal al ser forzado a salir de su entorno puede ofrecer pistas sobre su tolerancia a variaciones de presión, temperatura y oxígeno, así como sobre los límites y vulnerabilidades de su fisiología.
Observaciones y grabaciones en otras partes del mundo
El avistamiento de Tenerife no es el único caso documentado de un Melanocetus johnsonii observado con detalle. En 2014, el Instituto de Investigaciones del Acuario de la Bahía de Monterrey (MBARI, por sus siglas en inglés) consiguió filmar un ejemplar vivo en la costa de California, utilizando un vehículo sumergible operado por control remoto (ROV).
En aquella ocasión, el animal fue registrado nadando lentamente a unos 900 metros de profundidad en el Cañón de Monterrey, una zona muy estudiada por los oceanógrafos. Las imágenes mostraban claramente a una hembra de pez diablo negro moviéndose en la penumbra, con su característico apéndice luminoso y su boca llena de dientes afilados.
Este vídeo, accesible en plataformas como YouTube, supuso un hito en el estudio de los peces abisales, ya que son pocas las veces en las que se logra observar a estos animales en su entorno natural sin necesidad de capturarlos. La filmación permitió analizar detalles de su comportamiento locomotor y de su postura de caza, así como la forma en que mantiene el apéndice luminoso frente a la boca mientras se desplaza.
Además de este registro, diferentes museos y colecciones científicas albergan ejemplares conservados de Melanocetus johnsonii. Por ejemplo, se conserva material en el Museum of New Zealand Te Papa Tongarewa, entre otras instituciones, lo que permite realizar estudios anatómicos comparados y profundizar en la comprensión de su morfología, desarrollo y variabilidad dentro de la especie.
Estos materiales, junto con los recursos multimedia disponibles en repositorios como Wikimedia Commons o en boletines de divulgación especializados en biología y zoología, proporcionan una base sólida para difundir y dar a conocer al público general la existencia y peculiaridades de estos peces luminosos de las profundidades.
Peces abisales: rasgos generales y otros ejemplos extremos
El pez diablo negro forma parte de un grupo más amplio de peces abisales que viven en las capas más profundas del océano. Aunque cada especie tiene sus particularidades, comparten una serie de rasgos comunes derivados de las condiciones extremas en las que habitan. Muchos de ellos tienen cuerpos pequeños, a menudo con hembras que rondan los 15-20 centímetros de longitud y machos que pueden ser de apenas 3 centímetros.
Los cuerpos suelen ser blandos y faltos de estructuras óseas rígidas muy desarrolladas, lo cual facilita soportar presiones muy altas sin romperse. Las bocas son grandes en proporción al cuerpo y los dientes extremadamente afilados, formando auténticas trampas para sus víctimas. En muchos casos, los estómagos son altamente extensibles, de modo que pueden engullir presas mucho mayores de lo que su tamaño haría pensar a primera vista.
La mayoría de estos peces se reproducen lentamente, con ciclos vitales largos y tasas de reproducción bajas, lo que los hace especialmente vulnerables a cambios ambientales bruscos o a la sobreexplotación pesquera, aunque en muchos casos todavía se sabe poco sobre el impacto humano en las capas abisales.
En cuanto a la visión, muchas especies presentan ojos grandes adaptados a captar cualquier mínima chispa de luz, ya sea bioluminiscente o procedente de capas algo menos profundas. Otras, en cambio, tienen ojos muy reducidos o directamente son prácticamente ciegas, dependiendo de otros sentidos, como el olfato o los receptores de vibración, para orientarse y localizar presas y parejas.
La falta de pigmentación es otra característica frecuente. En algunos casos, los peces aparecen blanquecinos o translúcidos, dejando ver órganos internos. Sin embargo, en otros como el Melanocetus johnsonii, la estrategia es la contraria: un color negro intenso que permite absorber la escasísima luz y camuflarse por completo en el entorno.
Importancia científica y necesidad de seguir explorando el océano profundo
Casos como el del pez diablo negro avistado en Tenerife ponen de relieve hasta qué punto el océano profundo sigue siendo un territorio prácticamente desconocido para la ciencia. Cada nuevo registro, ya sea una filmación con un robot submarino o la aparición inesperada de un ejemplar en superficie, aporta datos valiosos sobre la biodiversidad y la ecología de estas regiones.
La colaboración entre entidades como Condrik Tenerife, el Ministerio para la Transición Ecológica y el Reto Demográfico, y redes de observación como RedPROMAR, permite recopilar información de manera sistemática sobre fenómenos inusuales y posibles cambios en el ecosistema. Este esfuerzo conjunto ayuda a detectar variaciones en la presencia de especies abisales en zonas costeras o en patrones de comportamiento que podrían relacionarse con cambios climáticos o alteraciones en las corrientes oceánicas.
Al mismo tiempo, el estudio de la biología y fisiología de peces como Melanocetus johnsonii abre puertas en ámbitos tan diversos como la medicina, la bioingeniería o la tecnología de materiales. La forma en que soportan altas presiones, la estructura de sus tejidos, la química de su bioluminiscencia o la singularidad de su reproducción pueden inspirar soluciones innovadoras en campos muy distintos.
Por otra parte, conocer mejor a estos animales ayuda a rebatir la idea de que las profundidades son un “desierto biológico”. Muy al contrario, están llenas de organismos extraordinarios con adaptaciones increíbles, muchos de los cuales todavía ni siquiera han sido descritos por la ciencia. Proteger este patrimonio biológico implica entenderlo, valorarlo y evitar actividades humanas que puedan dañarlo antes de que lleguemos a conocerlo adecuadamente.
El pez diablo negro, con su antena luminosa, su boca desmesurada y sus machos “parásitos”, se ha convertido en uno de los símbolos de esta vida extrema. Su presencia en todos los océanos del mundo, su estado de conservación relativamente tranquilo y la creciente cantidad de material gráfico y científico disponible hacen de él un excelente embajador para recordar que, bajo la superficie del mar, existe un universo entero de criaturas fascinantes que aún estamos empezando a descubrir.
Todo lo que sabemos hoy sobre el pez luminoso de las profundidades marinas Melanocetus johnsonii -su taxonomía, su vida en la oscuridad, su bioluminiscencia cazadora, su dimorfismo sexual extremo y su sorprendente estrategia reproductiva, junto con episodios tan llamativos como su aparición en la superficie cerca de Tenerife o las filmaciones en California- deja claro que los océanos esconden historias biológicas tan sorprendentes como cualquier ficción, y que cada nuevo hallazgo en el mundo abisal nos recuerda lo mucho que queda por conocer de este enorme y misterioso ecosistema.
