Superpoderes del tiburón antártico: el dormilón que reta al hielo

Última actualización: 12 marzo 2026
  • El primer tiburón dormilón registrado en la Antártida apareció a unos 500 m de profundidad y 1,27 ºC, desafiando la idea de que no había tiburones en esas aguas.
  • Su supervivencia se basa en un metabolismo extremadamente lento y en tejidos cargados de urea y TMAO, que estabilizan proteínas cerca del punto de congelación.
  • Genes duplicados relacionados con la reparación del ADN y el estrés oxidativo explican su longevidad, que puede superar los 400 años.
  • El hallazgo plantea si existe una población estable en la zona y si el cambio climático está favoreciendo la llegada de estos “tiburones polares” a aguas más australes.

Tiburón antártico y sus superpoderes

La aparición de un tiburón dormilón en aguas antárticas ha dejado con la boca abierta a la comunidad científica. Durante décadas se repitió casi como un dogma que en el Océano Antártico no había tiburones, que las aguas eran demasiado frías incluso para estos grandes depredadores. Sin embargo, una simple cámara de investigación, colocada en el lugar y momento adecuados, ha demostrado que la naturaleza va varios pasos por delante de nuestras suposiciones.

Este hallazgo no solo rompe esa vieja “regla general”, sino que ha puesto sobre la mesa los asombrosos superpoderes del llamado tiburón antártico, en realidad un tiburón dormilón (género Somniosus) capaz de moverse, alimentarse y vivir durante siglos en un entorno que roza el punto de congelación. Su metabolismo ultralento, su química interna llena de trucos y un genoma preparado para resistir el paso del tiempo lo convierten en uno de los animales más sorprendentes del planeta.

El descubrimiento del tiburón dormilón en la Antártida

Todo comenzó en enero de 2025, cerca de las islas Shetland del Sur, cuando un equipo del Centro de Investigación Oceánica Profunda Minderoo-UWA decidió bajar una cámara al fondo marino para estudiar la biodiversidad local. Nadie esperaba ver tiburones; de hecho, los propios investigadores admitían que daban por hecho que en la Antártida no aparecían estos animales.

La sorpresa llegó cuando, a más de 490-500 metros de profundidad y con el agua a unos 1,27 ºC, la pantalla mostró la silueta robusta de un tiburón dormilón. El ejemplar, descrito por los científicos como un auténtico “tanque” marino, medía entre tres y cuatro metros de largo y se desplazaba lentamente sobre un lecho que caía hacia zonas todavía más profundas.

El director del centro, el profesor Alan Jamieson, recordó cómo todo el equipo quedó atónito al ver las imágenes. Según relató, la reacción colectiva fue algo así como: “No creo que haya tiburones en la Antártida”. Su propia declaración resume bien el impacto del momento: hay rarezas en el mundo, pero este tipo de rareza le pareció “absolutamente astronómica”.

Lo más llamativo es que, tras revisar la literatura científica y los registros previos, Jamieson no pudo encontrar ningún otro tiburón documentado en el Océano Antártico. Es decir, este tiburón dormilón se convirtió en el primer registro confirmado de su tipo en esas aguas, lo que abrió un nuevo capítulo en el estudio de la fauna polar.

Además, los investigadores señalaron que la profundidad a la que apareció el animal coincidía con una capa de agua relativamente más templada dentro de varias capas superpuestas desde el fondo hasta la superficie. El tiburón parecía mantenerse justo en esa franja “cálida” (para lo que es la Antártida), aprovechando una especie de corredor de agua menos fría que podría facilitarle explorar regiones normalmente consideradas imposibles para su especie.

Tiburón dormilón en aguas frías

Un hábitat extremo: profundidad, frío y oscuridad

El entorno donde se captaron las imágenes es, literalmente, uno de los lugares más duros del planeta para la vida marina. A casi 500 metros de profundidad, la luz es prácticamente inexistente, la presión es enorme y la temperatura apenas supera el grado por encima del punto de congelación del agua salada.

En esa zona cercana a las islas Shetland del Sur, el fondo marino forma una especie de canal que desciende hacia aguas más profundas. Es en este tipo de relieve donde confluyen corrientes de distinta temperatura y salinidad, creando capas de agua superpuestas. El tiburón dormilón fue visto moviéndose justo en la franja algo más cálida, una suerte de pasillo líquido que podría funcionar como ruta de acceso hacia latitudes más australes.

Los especialistas apuntan que este animal probablemente se alimenta de restos orgánicos que caen desde aguas superiores: cadáveres de ballenas, calamares gigantes y otros grandes animales marinos que, al morir, se hunden hasta el lecho. Esta “lluvia de carroña” es habitual en aguas profundas y constituye una fuente clave de nutrientes para muchos organismos de esos entornos.

Otro aspecto que ayuda a explicar por qué hemos tardado tanto en detectarlo es puramente técnico. Hay muy pocas cámaras científicas operando a esa profundidad en la Antártida, y las pocas que hay solo funcionan durante el breve verano austral, aproximadamente de diciembre a febrero. El resto del año, simplemente nadie está mirando. Como subrayó el propio Jamieson, esa falta de observación continua hace que de vez en cuando nos topemos con “sorpresas” tan mayúsculas como la presencia de un gran tiburón donde se suponía que no debía estar.

Este contexto ha generado un debate interesante entre los expertos: algunos se preguntan si estos tiburones dormilones llevan allí mucho tiempo, pasando desapercibidos gracias a lo remoto del entorno, o si, por el contrario, el calentamiento del océano y los cambios en las corrientes los están empujando a explorar nuevas regiones más al sur de lo habitual.

Metabolismo ultralento: el superpoder de gastar casi nada

Si hay un rasgo que define al tiburón dormilón, y en general a los tiburones de aguas profundas y frías, es su metabolismo extraordinariamente lento. Este “modo económico” les permite sobrevivir en lugares donde la comida escasea y las temperaturas son tan bajas que cualquier otro pez se quedaría helado, literalmente y en sentido figurado.

Los estudios sobre estas especies indican que apenas crecen menos de un centímetro al año, un ritmo de desarrollo que hace que su vida transcurra a cámara lenta. En cuanto a su velocidad, se ha calculado que rara vez superan los cuatro kilómetros por hora; no son grandes nadadores de sprint, sino más bien gigantes pausados que se desplazan con parsimonia por el fondo marino.

Este gasto energético tan bajo tiene una enorme ventaja en un escenario como el de la Antártida: al necesitar muy poca energía para mantenerse activos, pueden sobrevivir con aportes de alimento muy esporádicos. Les basta con aprovechar restos de animales grandes o presas ocasionales sin necesidad de cazar de forma intensa y continua.

Además, ese metabolismo mínimo ayuda a que el animal mantenga su cuerpo funcional en aguas que rozan el punto de congelación. En lugar de invertir grandes cantidades de energía en calentarse o moverse rápidamente, el tiburón dormilón adopta una estrategia de “vida tranquila” que, paradójicamente, le da una enorme ventaja en ambientes extremadamente hostiles.

No es de extrañar que los científicos hablen de esta característica como un verdadero “superpoder” fisiológico. Mientras muchos otros peces no soportarían esas condiciones durante mucho tiempo, el tiburón dormilón hace de ese entorno su casa, adaptando cada aspecto de su biología para gastar lo justo y necesario.

Adaptaciones del tiburón dormilón antártico

Química interna: urea, TMAO y proteínas que no se congelan

Más allá del metabolismo, uno de los grandes secretos del tiburón dormilón se encuentra en la composición química de sus tejidos. Estos animales presentan concentraciones especialmente altas de dos compuestos clave: la urea y el N-óxido de trimetilamina, más conocido como TMAO.

La urea, que en otros contextos podría considerarse un simple producto de desecho, en el caso de los tiburones cumple una función esencial. Les ayuda a mantener el equilibrio osmótico con el agua marina, es decir, a ajustar la concentración de sales y otros solutos en su cuerpo para no deshidratarse ni hincharse en exceso. Esta estrategia es típica de muchos tiburones, pero en los dormilones se lleva un paso más allá.

El problema es que la urea tiene un efecto secundario poco agradable: tiende a desestabilizar las proteínas, esas moléculas que realizan casi todas las funciones vitales dentro de las células. Una alta concentración de urea podría hacer que las proteínas pierdan su forma y dejen de funcionar correctamente, algo particularmente peligroso en un medio frío, donde todo se vuelve aún más delicado.

Ahí es donde entra en juego el otro gran protagonista, el TMAO (N-óxido de trimetilamina). Este compuesto actúa como un estabilizador de proteínas: neutraliza los efectos negativos de la urea y ayuda a que las proteínas mantengan su estructura y actividad incluso a temperaturas cercanas al punto de congelación. Básicamente, es como si el tiburón llevara incorporado un sistema anticongelante molecular.

El especialista en tiburones Dave Ebert, de la Universidad Estatal de San José, ha destacado precisamente que, aunque todos los tiburones tienen TMAO en su organismo, los tiburones dormilones presentan cantidades muy superiores a la media. Esa combinación de mucha urea y mucho TMAO es uno de los pilares que sostienen su capacidad para vivir tan al norte (o al sur, en este caso) y tan profundo.

Longevidad extrema y reparación del ADN

A los ojos de la ciencia, el tiburón dormilón no solo es un experto en gestionar el frío y la falta de alimento; también es un maestro de la longevidad. Algunos parientes cercanos de este ejemplar antártico, como los tiburones de Groenlandia, han demostrado vivir más de 400 años, convirtiéndose en algunos de los vertebrados más longevos conocidos.

Investigaciones genéticas recientes han detectado en estos animales duplicaciones en ciertos genes esenciales relacionados con la reparación del ADN y la protección frente al estrés oxidativo. Dicho en lenguaje llano, su organismo parece especialmente preparado para corregir daños celulares y soportar mejor el desgaste que produce el paso del tiempo y la exposición a condiciones ambientales duras.

Este refuerzo genético podría explicar por qué muchos individuos de tiburón dormilón parecen haber nacido cuando todavía se estaban escribiendo capítulos de la historia humana que hoy vemos muy lejanos. Se baraja, por ejemplo, que algunos ejemplares actuales pudieran haber estado vivos ya en la época de exploradores como Bellingshausen o James Clark Ross, en pleno siglo XIX.

Esa vida a ritmo lento, con un metabolismo mínimo y poca actividad intensa, encaja a la perfección con una estrategia de longevidad extrema. Menos crecimiento, menos desgaste y más capacidad de reparación significan cuerpos que envejecen mucho más despacio que los de otros animales marinos. En el caso de estos tiburones, cada década parece pasar casi como si fuera un simple año.

Todo ello ha llevado a muchos científicos a considerar que la biología del tiburón dormilón es un modelo fascinante para entender el envejecimiento y los mecanismos que permiten a ciertos organismos estirar su vida hasta límites que parecen de ciencia ficción.

¿Población estable o visitante ocasional en la Antártida?

El hallazgo de este ejemplar ha disparado numerosas preguntas que todavía no tienen respuesta clara. La principal duda es si estamos ante un caso aislado o ante la punta del iceberg de una población estable de tiburones dormilones en el Océano Antártico.

Alan Jamieson no oculta su incertidumbre. Él mismo se pregunta cuántos tiburones pueden vivir en estas aguas, si se distribuyen por toda la región o si se concentran en puntos muy concretos donde las condiciones son algo más favorables. Lo que está claro es que con los datos actuales no se puede afirmar aún si se trata de una visita esporádica o de una comunidad asentada y poco conocida.

Los científicos sospechan que el ejemplar pudo ser captado precisamente porque se encontraba en una zona de agua ligeramente más cálida que el entorno inmediato, un corredor que le permitiría acceder a regiones más australes sin sufrir tanto el frío extremo. La hipótesis de los “corredores de agua caliente” abre la puerta a pensar que estos tiburones podrían desplazarse a lo largo de rutas poco evidentes en la superficie.

Al mismo tiempo, el descubrimiento ha desatado un debate sobre el posible papel del cambio climático y el calentamiento de los océanos. Algunos expertos se preguntan si estas variaciones en la temperatura y en la circulación de las masas de agua están facilitando que especies típicas de aguas profundas y frías, pero no polares, se aventuren ahora hacia la Antártida.

Jamieson, prudente, destaca que este evento muestra sobre todo cuánto nos queda por explorar y comprender del océano profundo. La combinación de falta de observación, tecnología limitada a pocas zonas y cambios ambientales globales hace que aún estemos muy lejos de tener un mapa completo de quién vive exactamente en cada rincón del mar.

Un tiburón raro incluso fuera de la Antártida

Conviene recordar que, incluso dejando a un lado el contexto polar, ver un tiburón dormilón ya es de por sí algo excepcional en casi cualquier océano. Son animales discretos, que viven a gran profundidad, se mueven despacio y rara vez se acercan a las zonas donde solemos trabajar o pescar de forma intensiva.

El propio Jamieson ha comentado que, en sus 25 años de carrera, solo ha visto cuatro tiburones dormilones, y ninguno de ellos en la Antártida antes de este suceso. Esta cifra ilustra bien lo inusual que resulta encontrarlos, incluso para quienes se dedican a buscarlos y estudian hábitats marinos extremos de forma profesional.

De ahí que la aparición de uno de estos “tanques” submarinos en un territorio supuestamente vedado a los tiburones haya causado tanta conmoción. No se trata solo de sumar un punto más en el mapa de distribución de la especie, sino de cuestionar ideas muy asentadas sobre cuáles son los límites reales de su tolerancia al frío.

Otros expertos, como el ya citado Dave Ebert, se refieren a estos animales como “auténticos tiburones polares”, no porque solo vivan en el hielo, sino por su capacidad para moverse con relativa comodidad en aguas donde la mayoría de los peces se quedarían bloqueados. Ese apelativo encaja especialmente bien tras el primer registro confirmado de un tiburón dormilón en el Océano Antártico.

Aunque hoy por hoy solo contamos con una observación directa de este tipo en la zona, la experiencia en otros entornos marinos sugiere que, cuando aparece un ejemplar, es razonable pensar que puede haber más individuos ocultos bajo el radar, simplemente no detectados todavía por nuestras cámaras y sensores.

En conjunto, la historia de este tiburón dormilón en la Antártida combina un descubrimiento inesperado, adaptaciones biológicas que rozan lo increíble y muchas incógnitas abiertas sobre su abundancia real, sus rutas migratorias y el impacto que el cambio climático puede tener en sus movimientos futuros. Lo único seguro es que el hallazgo ha dejado claro que los tiburones son mucho más versátiles y resistentes de lo que pensábamos, hasta el punto de que cuesta encontrar un rincón del océano en el que no puedan, de algún modo, arreglárselas para sobrevivir.

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