Tiburón ballena: el estudio que destapa las heridas ocultas

Última actualización: 31 agosto 2025
  • Un seguimiento de 13 años en Papúa Occidental revela que cerca del 77% de los tiburones ballena presentan lesiones visibles.
  • Alrededor del 80% de esas heridas se asocian a interacciones con bagans y embarcaciones turísticas.
  • Predominan los machos juveniles y los avistamientos se concentran junto a plataformas de pesca.
  • Los expertos proponen cambios sencillos en las artes de pesca y normas de turismo responsable para reducir el daño.

tiburon ballena en el océano

Con la mirada puesta en la conservación del tiburón ballena, un nuevo trabajo científico realizado en Papúa Occidental pone cifras a un problema que ya se intuía: la gran mayoría de estos gigantes presenta cicatrices vinculadas a la actividad humana. El análisis, basado en más de una década de observaciones en Bird’s Head Seascape (Indonesia), detalla cómo la pesca con bagans y el tráfico turístico dejan huella en la piel de esta especie.

A pesar de su tamaño imponente, el tiburón ballena es un pez filtrador, pacífico y esencial para la salud de los océanos, por lo que el foco no está en el riesgo para los bañistas, sino en cómo reducir los daños que sufren los propios animales. El estudio llega en plena ola de iniciativas de concienciación, incluida la fecha señalada del 30 de agosto dedicada a esta especie.

El estudio en Bird’s Head Seascape: qué se midió y qué se halló

tiburon ballena en aguas tropicales

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Entre 2010 y 2023, un equipo internacional registró datos de campo en una red de 26 áreas marinas protegidas de Bird’s Head. Mediante fotoidentificación —cada ejemplar tiene un patrón de manchas y rayas único— se catalogaron 268 tiburones ballena, anotando fecha y hora, coordenadas GPS, sexo y madurez, tamaño, comportamientos y lesiones visibles.

Los resultados fueron claros: se documentaron 206 individuos con marcas, y cerca del 77% presentaba cicatrices o heridas. De esas lesiones, alrededor del 80% se atribuyeron a interacciones con artes de pesca o embarcaciones, aunque muchos animales mostraban una combinación de daños de origen humano y natural.

Las abrasiones y rozaduras fueron las más frecuentes, mientras que los casos graves —laceraciones profundas, amputaciones y traumatismos— se observaron en torno al 17,7% de los ejemplares, principalmente asociados a causas antropogénicas. El patrón apunta a impactos repetidos y, en buena parte, evitables.

El lugar también importa: el 97% de los avistamientos se produjo junto a los bagans, plataformas tradicionales de pesca con redes elevadoras y potentes luces nocturnas. Allí, los tiburones acuden atraídos por bancos de peces y restos de carnada, quedando expuestos a redes, sogas y bordes de estructuras que provocan cortes y golpes.

La demografía observada revela una fuerte presencia de machos juveniles (en torno a 4–5 metros), mientras que las hembras adultas apenas aparecen cerca de la costa, posiblemente por preferir aguas más abiertas. Hay individuos muy fieles a la zona: un macho joven fue avistado 34 veces en tres años, prueba de una población local estable pero sometida a presión.

Qué medidas piden los investigadores y por qué urge aplicarlas

conservacion del tiburon ballena

El equipo plantea cambios sencillos y directos: eliminar bordes cortantes en bagans y aparejos, limitar el tráfico y la velocidad de embarcaciones en zonas críticas, y aplicar normas de turismo responsable (distancias mínimas, control de aforos, buceo y snorkel sin contacto). La colaboración con autoridades y comunidades locales es clave para reforzar la vigilancia y el cumplimiento.

Indonesia ya prohíbe por ley capturar o herir tiburones ballena, pero la protección sobre el papel no siempre llega al agua. Los investigadores insisten en mejorar la gestión en las áreas marinas protegidas y en adaptar las plataformas de pesca, porque con ajustes técnicos asequibles se podría reducir de forma notable el número de lesiones.

El contexto global no invita a la complacencia: el tiburón ballena está catalogado en la Lista Roja de la UICN y sus poblaciones han caído más del 50% en el mundo (hasta un 63% en el Indo-Pacífico) en las últimas décadas. Al tardar cerca de 30 años en madurar sexualmente, su recuperación es lenta y los impactos acumulados —pesca incidental, colisiones, degradación del hábitat o cambio climático— pesan aún más.

Conviene recordar quién es el protagonista: el tiburón ballena es el pez más grande que existe, suele medir entre 9 y 12 metros (con registros de hasta 18 m) y puede superar las 20 toneladas. Se mueve despacio, alrededor de 5 km/h, y su piel llega a grosores cercanos a 15 cm. Aunque tiene cientos de hileras de minúsculos dientes y una boca que ronda los dos metros, se alimenta filtrando plancton, kril y hasta desoves de coral, llegando a ingerir gran volumen de agua y alimento cada día.

Distribuido en aguas cálidas y templadas del cinturón tropical, es un animal pelágico que en ocasiones se acerca a la costa para alimentarse. No representa una amenaza para las personas; más bien al contrario: donde confluyen pesca y turismo sin reglas claras, es el tiburón ballena quien sale perdiendo.

La fotografía que deja este estudio es nítida: hay margen de mejora inmediato con medidas asequibles y con implicación real de autoridades, pescadores, operadores y visitantes. Reducir las lesiones en zonas de alta concentración de bagans, afinar las normas de avistamiento y fortalecer el control en áreas protegidas marcaría la diferencia para un gigante tan inofensivo como vulnerable.