- El tiburón ballena es el pez más grande del mundo, de vida muy larga y madurez tardía, con una biología y genética únicas entre los vertebrados.
- Se distribuye en aguas tropicales y subtropicales de todo el mundo, realiza grandes migraciones y muestra fidelidad a zonas de alimentación ricas en plancton.
- Su dieta filtradora, su comportamiento generalmente tranquilo y el ecoturismo mal gestionado lo hacen muy vulnerable a la pesca, colisiones y perturbaciones humanas.
- Está catalogado En Peligro por la UICN y protegido por CITES, CMS y acuerdos regionales, por lo que son clave las áreas marinas protegidas y el turismo responsable.
El tiburón ballena es uno de esos animales que te dejan con la boca abierta: es el pez más grande que existe y, aun así, es un gigante tranquilo que se alimenta filtrando diminutas presas del agua. A pesar de su tamaño colosal y su aspecto imponente, se trata de una especie pacífica que permite la observación cercana por parte de buceadores y snorkelistas en muchos rincones del planeta.
Pese a su fama reciente en el ecoturismo, el tiburón ballena (Rhincodon typus) arrastra una historia evolutiva de decenas de millones de años, pero hoy se encuentra en una situación preocupante: está catalogado como En Peligro por la UICN y su población global se estima en fuerte declive. Conocerlo bien es el primer paso para entender por qué es tan especial y por qué urge protegerlo.
Taxonomía y posición en el reino animal
Desde el punto de vista científico, el tiburón ballena pertenece al reino Animalia y al filo Chordata, el grupo de animales con notocorda y columna vertebral en alguna fase de su desarrollo. Dentro de este filo se encuadra en el subfilo Vertebrata, es decir, forma parte de los vertebrados, igual que nosotros.
En cuanto a su esqueleto, no está formado por huesos, sino por cartílago; por eso se incluye en la clase Chondrichthyes, que agrupa a los peces cartilaginosos. Dentro de esta clase, el tiburón ballena pertenece a la subclase Elasmobranchii (elasmobranquios), donde se encuentran tiburones y rayas.
A un nivel más específico, se sitúa en el orden Orectolobiformes, un grupo de tiburones que incluye especies de aspecto peculiar como el tiburón alfombra. Es el único miembro vivo de la familia Rhincodontidae y también el único del género Rhincodon, descrito científicamente por Smith en 1829.
Su nombre científico completo es Rhincodon typus. El término Rhincodon proviene del griego y alude al “hocico” y a los “dientes”, mientras que typus hace referencia a una “marca” o “impresión”, algo que encaja muy bien con su llamativo patrón de manchas.
Historia de su descubrimiento y nombre común
El primer ejemplar de tiburón ballena descrito de forma oficial medía unos 4,6 metros de longitud y fue capturado en 1828 cerca de Table Bay, en Sudáfrica, mediante arpón. Ese individuo se convirtió en el holotipo de la especie y su referencia se conserva en el Museo de Historia Natural de París.
Al año siguiente, el médico militar Andrew Smith, destinado en Ciudad del Cabo con el ejército británico, realizó la primera descripción científica formal del animal. Más tarde, en 1849, publicó un estudio más detallado, asentando las bases de lo que hoy conocemos sobre la morfología de la especie.
El nombre común de “tiburón ballena” se debe a su impresionante tamaño y a su forma de alimentarse, que recuerda a la de algunas ballenas filtradoras. Sin embargo, no tiene nada de ballena en sentido estricto: es un pez cartilaginoso, un tiburón en toda regla, aunque con un modo de vida muy particular.
A lo largo del tiempo ha recibido otros nombres en distintos lugares. En algunos países de habla hispana se le llama “pez dominó”, “pez damero” o “dámero” por el patrón de manchas y líneas de su piel, que recuerda a un tablero de ajedrez. En Vietnam se le venera como una especie de deidad marina, recibiendo el nombre de “Ca Ong”, que literalmente significa “Señor Pez”.
Genoma, evolución y curiosidades genéticas
El tiburón ballena cuenta con un genoma de aproximadamente 3,2 gigabases, un tamaño comparable al de otros vertebrados complejos. Su ADN presenta un contenido de guanina-citosina (GC) cercano al 42 % y alrededor de la mitad de su genoma está formado por elementos genéticos transponibles, es decir, secuencias móviles que se duplican y se mueven dentro del genoma, entre ellos un 27 % de LINEs.
Se calcula que posee cerca de 28.500 genes codificantes de proteínas. Buena parte de estos genes son muy antiguos, con orígenes que se remontan a más de 684 millones de años, lo que indica una fuerte conservación evolutiva. Un porcentaje más reducido surgió en periodos intermedios (entre 684 y 93 millones de años atrás) y, sorprendentemente, alrededor del 35 % habría aparecido en épocas relativamente recientes, desde hace unos 93 millones de años hasta la actualidad.
Esta combinación de genes muy conservados y otros más recientes sugiere un equilibrio entre estabilidad evolutiva e innovación genética. Estudios comparativos han mostrado que el tiburón ballena presenta una tasa de evolución molecular particularmente lenta respecto a otros vertebrados, lo que se refleja en cambios genéticos más pausados a lo largo del tiempo.
Además, se ha observado que su genoma y el tamaño de muchos intrones son relativamente grandes, algo vinculado a la expansión de distintos tipos de elementos repetitivos. La secuencia codificante, en cambio, es más compacta que la de otras especies de cordados, un rasgo que podría estar relacionado con una tasa metabólica basal más baja y, a la vez, con su marcada longevidad.
En esta especie destacan ciertos genes asociados a la conectividad neuronal, que tienden a ser de gran tamaño. También se ha detectado una correlación entre la longitud de genes implicados en el metabolismo y el mantenimiento de los telómeros con parámetros como el peso corporal, la tasa metabólica basal y la esperanza de vida. Todo ello apunta a una relación profunda entre su genoma y rasgos fisiológicos clave como el crecimiento lento, la vida larga y su metabolismo contenido.
Distribución global y hábitat
El tiburón ballena tiene una distribución circuntropical y subtropical, apareciendo en aguas cálidas de los océanos Atlántico, Índico y Pacífico. Normalmente se mueve en un cinturón comprendido aproximadamente entre los 30-31 grados de latitud norte y los 30-35 grados de latitud sur, con incursiones estacionales en aguas templadas.
Aunque se le considera principalmente epipelágico (vive en la zona superior de la columna de agua), es capaz de realizar inmersiones muy profundas: se han registrado descensos hasta casi 2.000 metros en la zona batipelágica. Alterna áreas oceánicas abiertas con zonas costeras, donde a menudo acude a alimentarse cuando hay altas concentraciones de plancton o huevos de peces.
Los avistamientos son especialmente frecuentes en ciertos puntos calientes como Ningaloo Reef en Australia Occidental, las costas de Belice, el norte del golfo de México y la Barrera de Coral Mesoamericana. También es habitual en la isla de Holbox y la península de Yucatán en México, en las bahías de Honduras, en las Maldivas, las islas Galápagos, el mar Rojo, partes de Filipinas, Tailandia y Mozambique, entre muchos otros lugares.
Existen registros en aguas más frías de lo habitual, por ejemplo en la costa de Nueva York o al sur de Sudáfrica, demostrando que pueden tolerar temperaturas algo más bajas, aunque no es lo común. Suele encontrarse desde la superficie hasta al menos 700 metros de profundidad, con cierta preferencia por zonas ricas en nutrientes, desembocaduras de ríos, atolones coralinos y lagunas costeras.
En general, los individuos jóvenes se observan con más frecuencia cerca de la costa, mientras que los adultos tienden a utilizar hábitats más oceánicos. Muchos de los sitios donde se alimentan muestran fidelidad interanual, es decir, los animales regresan periódicamente a las mismas áreas cuando se dan las condiciones adecuadas de alimento.
Anatomía externa y rasgos morfológicos
El tiburón ballena es el pez de mayor tamaño conocido. Los ejemplares confirmados más grandes han superado los 12 metros de longitud y las 20 toneladas de peso, aunque hay informes no verificados que hablan de individuos de más de 18 o incluso 20 metros. La mayoría de registros serios sitúan el récord en torno a 12,5-13 metros, con pesos que pueden rebasar las 21 toneladas.
Su cuerpo es alargado, musculoso y de forma hidrodinámica, con varios resaltes longitudinales en el dorso y en la cabeza. La piel es extremadamente gruesa, pudiendo alcanzar diez centímetros, y está recubierta de dentículos dérmicos que le aportan protección y reducen la fricción con el agua.
La cabeza es ancha y aplanada, con una boca enorme que puede abrirse hasta un metro y medio de ancho. A ambos lados se ubican ojos pequeños en comparación con el tamaño corporal, justo por delante de los espiráculos. Presenta cinco grandes pares de hendiduras branquiales, muy visibles y de gran tamaño, adaptadas a la alimentación por filtración.
En cuanto a la coloración, el dorso suele ser gris oscuro, a veces con matices azulados o pardos, cubierto de múltiples puntos y líneas claras que forman un patrón en retícula. Esa combinación de manchas y rayas blancas o amarillentas, con un vientre completamente blanco, crea el efecto de “tablero de ajedrez” que ha inspirado sus nombres populares. Cada individuo tiene un patrón único, lo que permite identificarlos mediante fotografía, como si fueran huellas digitales.
Posee dos aletas dorsales y unas poderosas aletas pectorales. La aleta caudal es enorme, pudiendo medir más de 2,5 metros de extremo a extremo. En juveniles, la aleta superior de la cola es más grande que la inferior, mientras que en adultos adquiere una forma más simétrica y curvada en media luna, proporcionando la fuerza de propulsión necesaria.
Locomoción y tamaño corporal
A pesar de su tamaño gigantesco, el tiburón ballena no es un nadador especialmente eficiente ni rápido. Suele desplazarse a una velocidad media de unos 5 km/h, lo cual es relativamente modesto para un pez tan grande. Una de las razones es que utiliza buena parte de su cuerpo para impulsarse, en lugar de limitar el movimiento a la región caudal como hacen muchos otros peces más hidrodinámicos.
Esta forma de nado, basada en amplias ondulaciones corporales, está ligada a su estilo de vida filtrador y de baja velocidad. No necesita realizar persecuciones rápidas para capturar presas, ya que se alimenta de organismos pequeños que concentran su energía en densos parches de plancton o huevos de peces.
Los registros históricos más espectaculares incluyen un ejemplar capturado cerca de Karachi, Pakistán, en 1947, de 12,65 metros y más de 21,5 toneladas. Otros relatos, como los descritos por Edward Perceval Wright en Seychelles o el informe de Hugh McCormick Smith sobre un enorme individuo atrapado en Tailandia, hablan de tiburones ballena de hasta 17-18 metros o más, aunque sin documentación totalmente fiable.
También hay crónicas marineras que mencionan contactos con barcos, como el caso del buque Maurguani en 1934, que habría embestido accidentalmente a un animal de gran tamaño en el Pacífico sur. Pese a lo llamativos que resultan estos testimonios, la comunidad científica suele considerarlos anécdotas sin confirmación más que datos sólidos.
Alimentación y mecanismo de filtración
El tiburón ballena es una de las pocas especies de tiburón que se alimenta exclusivamente mediante filtración de agua, junto con el tiburón peregrino (Cetorhinus maximus) y el tiburón boquiancho (Megachasma pelagios). Su dieta se basa sobre todo en fitoplancton, zooplancton, kril, huevos de peces y pequeños peces pelágicos, además de larvas de crustáceos y calamares.
Contrariamente a lo que podría pensarse al ver sus mandíbulas gigantes, sus dientes son muy pequeños y numerosos, y apenas juegan un papel en la alimentación. Lo que hace este tiburón es abrir la boca, succionar grandes volúmenes de agua y luego expulsarla a través de los peines branquiales, que actúan como filtros. Todo lo que mide más de 2-3 mm queda atrapado y es tragado.
Durante el proceso, los dentículos dérmicos y las estructuras filtrantes retienen partículas de alimento mientras el agua sale por las branquias. Se ha observado que, en ocasiones, emite una especie de “tos”, un movimiento brusco que serviría para limpiar de restos los filtros branquiales y mantener la eficacia de la filtración.
El tiburón ballena no necesita nadar continuamente para alimentarse; puede bombea el agua a través de las branquias permaneciendo casi en el mismo lugar. A menudo se le observa en posición casi vertical, moviéndose arriba y abajo mientras succiona agua cargada de plancton, algo muy distinto de la estrategia más pasiva del tiburón peregrino, que simplemente nada con la boca abierta para que el agua fluya.
En algunos sitios concretos, como la costa caribeña de Belice, sincroniza su presencia con la puesta de huevos del pargo cubera. En los periodos cercanos a la luna llena y los cuartos de luna de mayo, junio y julio, estos peces liberan grandes cantidades de huevos en la columna de agua, generando una auténtica “sopa nutritiva” que atrae a grupos de tiburones ballena para alimentarse intensamente.
Comportamiento, migraciones y ecoturismo
En general, el tiburón ballena es un animal solitario. La mayor parte del tiempo se desplaza de forma independiente, aunque en determinadas épocas y lugares llega a formar agregaciones temporales cuando hay grandes concentraciones de alimento. Estas reuniones pueden incluir decenas o incluso cientos de individuos.
Estudios por satélite y programas de marcado han demostrado que se trata de una especie muy móvil y migratoria, capaz de recorrer miles de kilómetros. En el golfo de California, por ejemplo, se ha observado que aproximadamente un 20 % de los juveniles que llegan se reparten entre bahía de los Ángeles y bahía de La Paz, realizando desplazamientos de entre 2.100 y 4.900 km. Los jóvenes parecen permanecer en el golfo, quizá en busca de protección y comida abundante, mientras que los adultos y, en particular, las hembras preñadas, se mueven hacia mar abierto.
Gracias a proyectos de seguimiento, como el “Tiburón Ballena de Galápagos”, se ha constatado que muchas hembras grávidas se dirigen hacia la zona de las islas Galápagos y la isla del Coco. En 2020 se documentó por primera vez el recorrido completo de una hembra de unos 12 metros, bautizada “Coco”, entre ambos archipiélagos, cubriendo unos 700 km de océano. Estos movimientos han servido para presionar a países como Ecuador y México a ampliar las zonas marinas protegidas ante la pesca ilegal.
En el noreste de la península de Yucatán se ha descrito una de las mayores concentraciones estacionales de tiburón ballena del mundo, con hasta 800 ejemplares reunidos entre mayo y septiembre en áreas muy ricas en plancton. Muchos de estos animales muestran fidelidad al sitio, regresando incluso años después al mismo punto.
El desarrollo del ecoturismo alrededor de la especie ha sido enorme. Lugares como Holbox, isla Mujeres, las islas de la Bahía en Honduras, Ningaloo Reef, Tofo Beach o la bahía de Sodwana se han convertido en destinos de referencia para nadar junto a estos gigantes filtradores. Sin embargo, esta popularidad tiene una cara oscura: sin una gestión adecuada, el tráfico de embarcaciones y la presión turística pueden alterar su comportamiento, aumentar su gasto energético y multiplicar el riesgo de colisiones.
En algunos puntos se han detectado cambios en la forma de alimentarse y en las rutas locales de los tiburones ballena ligados a la presencia constante de barcos y bañistas. Por ello, los centros responsables aplican códigos estrictos de interacción, evitando tocarlos, bloquearles el paso o perseguirlos, y manteniendo distancias mínimas para minimizar el estrés del animal.
Relación con la luz, el plancton y la pesca nocturna
En ciertas zonas del mundo, los pescadores descubrieron hace años que sus faenas nocturnas con luces potentes atraían con frecuencia a tiburones ballena. El mecanismo es sencillo pero fascinante: la luz artificial en la oscuridad concentra organismos planctónicos, sobre todo zooplancton como copépodos, que ascienden a la superficie para alimentarse de fitoplancton cuando cae la noche.
El fitoplancton se agrupa en las capas superficiales iluminadas durante el día, porque necesita luz para realizar la fotosíntesis. Cuando se hace de noche, los pequeños crustáceos planctónicos suben para comérselo bajo la “cobertura” de la oscuridad, lo que reduce sus posibilidades de ser vistos por depredadores. Si de repente aparece una luz artificial, toda esta dinámica cambia.
La iluminación adicional hace visible a los copépodos y otros pequeños organismos, lo que atrae primero a peces pequeños, que acuden a alimentarse. Tras ellos llegan peces más grandes y depredadores superiores, que aprovechan el festín. En este contexto, no es raro que aparezcan tiburones ballena, que encuentran de golpe grandes cantidades de alimento concentrado en un área muy reducida.
En esas noches de pesca, se pueden llegar a observar varios individuos juntos, a veces tres o cuatro tiburones ballena, filtrando agua alrededor de los barcos mientras los pescadores capturan sardinas u otras especies atraídas por la luz. Es un ejemplo claro de cómo una actividad humana puede modificar de forma local y puntual el comportamiento alimenticio de la fauna marina.
Reproducción, ciclo de vida y longevidad
Los detalles sobre la reproducción del tiburón ballena siguen siendo uno de los grandes misterios de esta especie. Durante muchos años se pensó que eran vivíparos, es decir, que parían crías tras un desarrollo completo interno con intercambio de nutrientes similar al de los mamíferos. Esta idea se basaba en la observación de una hembra encontrada en 1910 con 16 huevos en un oviducto.
Más tarde, en 1956, se descubrió un gran huevo en la costa de México, lo que llevó a suponer un modo de reproducción ovíparo. Sin embargo, todo cambió en 1996 cuando se encontró una hembra preñada en Taiwán con alrededor de 300 embriones en diferentes estados de desarrollo en su interior, el número más alto registrado en cualquier especie de tiburón. Este hallazgo confirmó que el tiburón ballena es ovovivíparo: los huevos se desarrollan dentro de la madre, las crías eclosionan en su interior y nacen vivas.
Las crías recién nacidas miden normalmente entre 40 y 70 centímetros, un tamaño considerable para un tiburón recién venido al mundo, pero aun así muy vulnerable. Se cree que sufren tasas de mortalidad muy elevadas, porque, una vez que nacen, no reciben cuidados parentales y quedan expuestas a numerosos depredadores como orcas, tiburones tigre o grandes tiburones blancos.
El crecimiento del tiburón ballena es lento. Se estima que las hembras alcanzan la madurez sexual entre 9 y 10 metros de longitud, lo que podría equivaler a unos 30-40 años de edad, mientras que los machos maduran algo antes, entre 7 y 9 metros, alrededor de los 25 años. Estas cifras, junto a su probable ciclo reproductivo bienal o incluso más largo, hacen que la recuperación de sus poblaciones sea especialmente lenta.
La longevidad exacta todavía no se conoce con absoluta precisión, pero los análisis de crecimiento y la validación de edades apuntan a que pueden vivir al menos 50 años y probablemente superar el siglo de vida. Esto significa que cada adulto que vemos en el mar es el resultado de décadas de supervivencia frente a depredadores, condiciones cambiantes y amenazas humanas.
Su larga vida y madurez tardía son rasgos que los vuelven muy sensibles a la sobrepesca y a las alteraciones de su hábitat. Si mueren demasiados ejemplares adultos o se interrumpe la llegada de juveniles, las poblaciones tardan muchísimo en recuperarse, lo que explica en parte su estado de conservación actual.
Estado de conservación y principales amenazas
La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) clasifica al tiburón ballena como Especie En Peligro, con una tendencia poblacional decreciente. Se estima que, en el conjunto del planeta, las poblaciones han disminuido al menos un 50 % en las últimas tres generaciones (unos 75 años).
Los estudios distinguen dos grandes subpoblaciones: una en el Atlántico y otra en la región Indo-Pacífica. Aproximadamente un 37 % de los tiburones ballena del mundo se encontrarían en el Atlántico y el resto, alrededor del 63 %, en el Indo-Pacífico. Para la subpoblación atlántica se ha propuesto una categoría de Vulnerable, con una reducción estimada de al menos un 30 % en el mismo periodo considerado.
Una de las amenazas más serias es la pesca dirigida a la especie. En varios países, la carne, las aletas, las agallas y el aceite de tiburón ballena se consideran auténticas delicatessen, alcanzando precios muy altos en el mercado internacional. En lugares donde la regulación es débil o inexistente, esta demanda ha impulsado capturas dirigidas de manera insostenible.
A esto hay que sumar la captura accidental en pesquerías industriales, especialmente en grandes redes de cerco utilizadas para el atún. Muchos tiburones ballena quedan atrapados al coincidir con bancos de peces comerciales, o se enredan en redes fantasma y restos de artes de pesca abandonados. El enmarañamiento puede causarles heridas graves, amputaciones o la muerte por agotamiento o imposibilidad de alimentarse.
Otra amenaza importante es el riesgo de colisiones con embarcaciones. Como suelen alimentarse muy cerca de la superficie y moverse lentamente, son vulnerables a los golpes de cascos y hélices, sobre todo en áreas con gran densidad de tráfico marítimo y turismo. Además, la contaminación marina por plásticos y otros residuos supone un peligro añadido, ya que pueden ingerir fragmentos mientras se alimentan o quedar atrapados en cuerdas, bolsas y redes.
Cambio climático y degradación del hábitat
El aumento de la temperatura media del agua en las últimas décadas es otra pieza crítica del puzzle. Las mediciones de los últimos 40-50 años muestran un calentamiento progresivo de los océanos, y las proyecciones indican que esta tendencia seguirá acentuándose, con consecuencias para toda la cadena trófica marina.
Los cambios en la temperatura y en las corrientes oceánicas pueden modificar la distribución del plancton, de las larvas de peces y de otras presas de las que depende el tiburón ballena. Si las zonas ricas en alimento se desplazan o se vuelven menos productivas, los tiburones ballena se verán obligados a cambiar rutas, recorrer mayores distancias o enfrentarse a periodos de escasez.
En paralelo, el desarrollo costero intensivo, la contaminación y la destrucción de hábitats como los arrecifes de coral y las praderas marinas deterioran el entorno en el que se alimentan muchas de sus presas. Las infraestructuras portuarias, la expansión urbana en la costa y el turismo no regulado agravan la situación, incrementando el ruido, la presencia humana y el tráfico de barcos.
El turismo ligado al tiburón ballena, si no está bien gestionado, puede convertirse en una presión adicional sobre la especie. La concentración de muchas embarcaciones en los mismos puntos de avistamiento altera sus patrones de movimiento, aumenta el riesgo de choques y puede causarles estrés crónico, con efectos potenciales sobre su salud y reproducción.
Organizaciones conservacionistas como WWF insisten en la necesidad de crear y aplicar de forma realista áreas marinas protegidas amplias y bien conectadas, reducir la contaminación por plásticos y mitigar el cambio climático como pilares para garantizar la supervivencia a largo plazo del tiburón ballena y de muchas otras especies asociadas.
Medidas de protección y marcos legales
Ante este panorama, se han ido articulando distintas herramientas legales e iniciativas internacionales. El tiburón ballena figura en el Anexo I de CITES, lo que implica que su comercio internacional está sujeto a las máximas restricciones, autorizado solo en circunstancias excepcionales que no pongan en peligro la especie.
También está incluido en la Convención sobre Especies Migratorias (CMS) y cuenta con un Memorando de Entendimiento específico sobre la conservación de tiburones migratorios (Sharks MoU) desde 2010, donde aparece en el Anexo I. A nivel regional, dentro del Protocolo SPAW (Convenio de Cartagena), se ha propuesto su paso del Anexo III al Anexo II para reforzar su nivel de protección en el Gran Caribe.
Varios países han prohibido de forma expresa la pesca, venta, importación y exportación de productos de tiburón ballena. En Filipinas, por ejemplo, existe una veda total desde 1998, y Taiwán siguió el mismo camino en 2007, después de años en los que se mataban alrededor de un centenar de ejemplares anualmente.
En paralelo, los proyectos de ciencia ciudadana y la fotoidentificación mediante patrones de manchas han permitido recopilar una enorme cantidad de datos sin necesidad de capturar animales. Plataformas y asociaciones en el Caribe, el Pacífico o el Índico utilizan catálogos fotográficos para estudiar movimientos, crecimiento y fidelidad a determinadas zonas, con resultados muy valiosos para la gestión.
En muchos destinos turísticos se están implantando códigos de conducta obligatorios para operadores de buceo y snorkel, limitando el número de personas por tiburón, regulando la distancia mínima, la velocidad de las embarcaciones o el tiempo de permanencia en la zona. Cuando se aplican de verdad, estos protocolos permiten compatibilizar la observación de la especie con su bienestar.
Todo lo que sabemos hoy del tiburón ballena nos muestra a un gigante filtrador extraordinario, biológicamente fascinante y al mismo tiempo frágil frente a la actividad humana: su genoma singular, su longevidad, sus migraciones oceánicas y su papel en los ecosistemas marinos lo convierten en una pieza clave de la biodiversidad tropical; garantizar que siga cruzando los mares durante muchos años depende en gran medida de que reduzcamos la pesca dirigida y accidental, gestionemos el turismo con cabeza y protejamos seriamente los océanos de la contaminación y del cambio climático.

