Tiburones de Bahamas dan positivo en cocaína, cafeína y analgésicos: qué está pasando en el paraíso

Última actualización: 28 marzo 2026
  • Un estudio en Eleuthera (Bahamas) detecta cocaína, cafeína y analgésicos en la sangre de tiburones.
  • Las sustancias proceden de aguas residuales, actividad turística y posibles cargamentos de droga arrojados al mar.
  • Se observan alteraciones en triglicéridos, urea y lactato, indicativas de estrés y cambios metabólicos.
  • La investigación alerta sobre los contaminantes emergentes y la urgencia de mejorar la gestión de aguas residuales, también en Europa.

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Lo que muchos asocian con un paraíso de aguas turquesas y arrecifes de coral se ha convertido en el escenario de una advertencia científica muy seria. En las Bahamas, varios tiburones han dado positivo en cocaína, cafeína y analgésicos, una mezcla que suena a guion de película pero que en realidad refleja hasta qué punto la contaminación humana está alcanzando a la vida marina y plantea desafíos para la ciencia y conservación.

La investigación, publicada en la revista Environmental Pollution y liderada por la bióloga Natascha Wosnick (Universidad Federal de Paraná), muestra que casi un tercio de los tiburones analizados en la isla de Eleuthera tenía en su sangre restos de fármacos y drogas de uso humano. Aunque por ahora no se han observado comportamientos agresivos o “de película”, sí se han registrado cambios fisiológicos asociados al estrés que preocupan a la comunidad científica.

Un “cóctel” de cocaína, cafeína y analgésicos en tiburones de Eleuthera

El trabajo científico se llevó a cabo en Eleuthera, una isla remota del archipiélago de las Bahamas, situada a unos 80 kilómetros al este de Nassau, la capital. Allí, un equipo internacional de investigadores del Instituto de Cabo Eleuthera y otros centros de Brasil y Chile tomó muestras de sangre de 85 tiburones pertenecientes a cinco especies identificadas, entre ellas el tiburón de arrecife del Caribe, el tiburón nodriza y el tiburón limón.

Los análisis revelaron que 28 de los 85 ejemplares presentaban en sangre al menos una sustancia considerada contaminante emergente. La más frecuente fue la cafeína, detectada en 27 tiburones, seguida de analgésicos como el acetaminofén (paracetamol) y el diclofenaco, presentes en varios individuos. En un número reducido, pero significativo, se halló también cocaína, marcando la primera vez que se documenta formalmente este tipo de contaminantes en tiburones de Bahamas.

Según detallan los autores, se trata de la primera investigación a escala mundial que detecta cafeína y acetaminofén en tiburones, así como los primeros registros de cocaína y diclofenaco en estos animales en la región. Para ello se aplicaron técnicas avanzadas de cromatografía líquida acoplada a espectrometría de masas en tándem, habituales en el seguimiento de contaminantes de preocupación emergente (CEC) en el medio acuático.

Una de las zonas donde se detectaron las mayores concentraciones fue el área conocida como The Aquaculture Cage, un punto muy transitado por embarcaciones turísticas y operadores de buceo con tiburones. Allí, los tiburones de arrecife del Caribe mostraron el “cóctel” químico más intenso, lo que refuerza el vínculo entre actividad humana y presencia de estas sustancias en el mar.

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De la orina humana y los vertidos turísticos al organismo de los tiburones

Los investigadores apuntan sin rodeos a que el origen de estos contaminantes es la actividad humana. En entornos costeros con turismo masivo, como Eleuthera y otras islas de las Bahamas, es habitual que aguas residuales insuficientemente tratadas, restos de medicamentos, productos de higiene personal e incluso drogas lleguen al mar a través de desagües, vertidos y sistemas de alcantarillado deficientes.

En zonas con alta presión turística, donde abundan los barcos de buceo y embarcaciones tipo “liveaboard” (turistas que viven a bordo para hacer inmersiones), parte de esos residuos se libera directamente en el medio marino. Sustancias como la cafeína no se degradan fácilmente en las depuradoras y pueden recorrer largas distancias impulsadas por las corrientes, acumulándose en la cadena trófica. Los peces pequeños ingieren primero los contaminantes, y después los tiburones, como grandes depredadores, los incorporan a su organismo al alimentarse de esas presas ya contaminadas.

Además de las aguas residuales, el estudio señala otro posible origen para la presencia de cocaína en los tiburones: la ruta del narcotráfico que atraviesa el Caribe rumbo a Estados Unidos. Es relativamente habitual que los traficantes arrojen fardos de droga al mar para evitar ser detenidos. Estos paquetes pueden abrirse, liberando la sustancia al agua, o despertar la curiosidad de los tiburones, que, como explica Wosnick, “muerden cosas para investigarlas y acaban expuestos” al contacto directo con estos compuestos.

Esta situación no se limita a Bahamas. Otros trabajos, como una investigación realizada en Brasil con tiburones de nariz afilada, han encontrado también concentraciones elevadas de cocaína en sus tejidos, vinculadas al consumo urbano y al vertido de orina y heces humanas mediante sistemas de saneamiento precarios y descargas ilegales.

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Cambios metabólicos y estrés: qué le hacen estas sustancias a los tiburones

Una cuestión clave del estudio es que, aunque los tiburones analizados no presentaban lesiones visibles ni signos de enfermedad aguda, sí se detectaron alteraciones fisiológicas claras en aquellos individuos con contaminantes en sangre. Los científicos midieron diferentes marcadores, como triglicéridos, urea y lactato, y observaron diferencias significativas entre animales contaminados y no contaminados.

Los tiburones con presencia de cocaína, cafeína o analgésicos mostraban niveles bajos de triglicéridos, lo que sugiere un mayor gasto energético en procesos de desintoxicación y una posible afectación de su crecimiento y reproducción. Al mismo tiempo se observaron alteraciones en la urea, una molécula fundamental para mantener el equilibrio osmótico en agua salada: cualquier cambio prolongado puede comprometer su capacidad para regular la salinidad interna.

Otro dato llamativo fue el aumento del lactato en sangre, asociado a estrés fisiológico y a situaciones de esfuerzo prolongado. En superdepredadores como los tiburones, que necesitan un metabolismo afinado “al milímetro” para migrar, cazar y reproducirse, este tipo de desajustes podría traducirse, a largo plazo, en problemas de navegación, menor éxito reproductivo o mayor vulnerabilidad a enfermedades. Estos efectos sobre la reproducción y el estado fisiológico guardan relación con los estudios reproductivos recientes que buscan evaluar el impacto en la salud reproductiva de los tiburones.

Por ahora, no se ha constatado un cambio claro en el comportamiento observable de los tiburones examinados en Bahamas. No se trata, por tanto, de escenas espectaculares dignas de cintas como “Cocaine Shark”, sino de una exposición crónica, silenciosa, que probablemente actúa a fuego lento sobre su fisiología. Estudios previos en otras especies, como la anguila europea o los peces cebra, ya han demostrado que la cocaína y otros fármacos pueden dañar músculos, branquias, sistema endocrino y cerebro, además de provocar estrés oxidativo y alteraciones en la plasticidad neuronal.

Todo ello se suma a un contexto ya delicado: se estima que alrededor del 37,5 % de las especies de tiburones y rayas están en peligro de extinción, principalmente por la sobrepesca, la pérdida de hábitat y las capturas accidentales. La contaminación química, con fármacos y drogas incluidos, se convierte así en un factor de presión adicional sobre poblaciones ya amenazadas.

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Del Caribe a Europa: la contaminación invisible que preocupa a la ciencia

Aunque el caso de las Bahamas ha acaparado titulares por la palabra “cocaína” asociada a tiburones, los expertos insisten en que el problema de fondo es la contaminación química invisible que afecta a mares de todo el planeta, incluidos el Atlántico nororiental y el Mediterráneo, mucho más cercanos a España y al resto de Europa.

Organismos internacionales señalan que alrededor del 80 % de los contaminantes presentes en el medio marino proceden de la tierra. Entre ellos figuran metales pesados, plaguicidas, productos químicos industriales, hidrocarburos, sustancias radiactivas y fármacos de uso cotidiano. Muchos de estos compuestos atraviesan los sistemas de depuración sin eliminarse por completo y acaban en ríos, estuarios y, finalmente, en el mar.

En Europa ya se han documentado los efectos de drogas y medicamentos en especies emblemáticas. La ya mencionada anguila europea, muy ligada a ecosistemas de estuarios y costas del continente, ha mostrado daños musculares y alteraciones hormonales tras la exposición a cocaína presente en el agua. En mejillones se han observado daños en el ADN y citotoxicidad por contacto con determinados fármacos, mientras que estudios con peces cebra y ratas de laboratorio han confirmado el impacto de estos compuestos en el sistema nervioso y en el control de impulsos.

La International Atomic Energy Agency recuerda que la contaminación marina adopta muchas formas: desde la química (fármacos, pesticidas, compuestos industriales) hasta la biológica (excrementos humanos y animales que alteran los ecosistemas acuáticos y pueden favorecer nuevas enfermedades infecciosas), pasando por la acústica, generada por buques, sonares y plataformas petrolíferas, que interfiere en la comunicación de cetáceos como ballenas y delfines.

En este contexto, el caso de los tiburones de Bahamas actúa como un símbolo de un fenómeno global. No estamos solo ante plásticos a la deriva o mareas negras visibles, sino ante una sopa química de baja concentración que se filtra en la cadena alimentaria y puede terminar, de forma indirecta, en el plato de los propios consumidores humanos.

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Un toque de atención para el turismo costero y la gestión de aguas residuales

Bahamas, con más de 700 islas situadas entre Florida y Cuba, vive en buena medida del turismo internacional, especialmente del buceo con tiburones y la conservación de sus arrecifes. Precisamente por eso, los autores del estudio subrayan que entender cómo afectan estos contaminantes a la salud de los tiburones es fundamental no solo desde el punto de vista ecológico, sino también económico y social.

En el propio artículo científico se recoge una llamada directa a mejorar la gestión de las aguas residuales vinculadas al turismo y al desarrollo urbano. Los expertos reclaman infraestructuras de saneamiento más eficaces, controles más estrictos sobre vertidos y una planificación costera que tenga en cuenta la capacidad de carga de los ecosistemas, especialmente en enclaves que se venden al mundo como “paraísos prístinos”. Estas medidas son clave para garantizar dónde viven y se reproducen los tiburones en zonas turísticas (donde viven los tiburones) y para minimizar la liberación de contaminantes al mar.

Estas recomendaciones son extrapolables a muchas regiones de Europa, donde el turismo de sol y playa, las zonas portuarias y las áreas metropolitanas costeras también ejercen una enorme presión sobre el mar. En países como España, Italia, Francia o Grecia, mejorar la depuración de aguas, reducir el vertido de fármacos y reforzar el control de sustancias emergentes se ha convertido en una prioridad creciente en la agenda ambiental.

La advertencia final que deja el trabajo es clara: si los tiburones, situados en la cúspide de la cadena alimentaria, ya muestran niveles detectables de cafeína, analgésicos y cocaína, cabe preguntarse qué está ocurriendo con el resto de organismos que forman la base del ecosistema marino. La imagen idílica del Caribe y de otros mares no impide que, bajo la superficie, se esté acumulando una contaminación menos visible pero igual o más preocupante que el plástico.

Lo que ha ocurrido en Bahamas, con tiburones que llevan en la sangre el rastro de nuestro consumo de medicamentos, drogas y hábitos cotidianos, funciona como un recordatorio incómodo: aquello que se vierte al desagüe o al mar no desaparece sin más, sino que termina regresando en forma de alteraciones en la fauna marina, riesgos para la biodiversidad y posibles impactos en la propia salud humana; un aviso que, tanto en el Caribe como en las costas europeas, invita a replantearse cómo gestionamos nuestros residuos y qué precio estamos dispuestos a pagar por seguir tratando el océano como un vertedero invisible.

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