- La clonación de mascotas replica el ADN, pero la personalidad y el comportamiento dependen en gran medida de la epigenética, el entorno y las experiencias de vida.
- El procedimiento tiene una baja tasa de éxito, implica riesgos de salud para clones, madres sustitutas y donantes, y puede transmitir las mismas enfermedades genéticas del animal original.
- Existen importantes dilemas éticos y legales, así como un alto coste económico, frente a alternativas como la adopción de animales en refugios.
- El clon puede parecerse físicamente a la mascota perdida, pero nunca recupera los recuerdos ni el vínculo vivido, por lo que no sustituye realmente al individuo original.
La clonación de mascotas ha dejado de ser un argumento de película para convertirse en una opción real para quienes no aceptan del todo la pérdida de su perro o su gato. Con precios que rondan los 50.000 dólares, ya hay personas en todo el mundo que han decidido pagar esta cifra para intentar “traer de vuelta” a su compañero animal.
Celebridades como Paris Hilton, Barbra Streisand o Tom Brady ya han dado este paso, y también políticos como el presidente argentino Javier Milei. Sin embargo, tras el impacto inicial y el titular llamativo, surge la duda importante: ¿un animal clonado conserva realmente la misma personalidad que el original o solo se parece por fuera? La respuesta de la ciencia es bastante clara… y menos romántica de lo que muchos desearían.
Qué significa clonar a tu mascota y cómo empezó todo
Cuando hablamos de clonar una mascota no estamos hablando de resucitarla, sino de crear un animal nuevo que comparte prácticamente el mismo ADN. El objetivo es conseguir una copia genética muy cercana al original, algo parecido a lo que ocurre con los gemelos idénticos en humanos.
El gran punto de partida fue en 1997 con la oveja Dolly, el primer mamífero clonado a partir de una célula adulta. A partir de ese hito la tecnología se fue puliendo, y poco a poco se consiguió clonar ratones, hurones, ovejas, caballos, perros, gatos y ganado. Con el tiempo, esa capacidad ha salido de los laboratorios para convertirse en un negocio dirigido a particulares con alto poder adquisitivo.
Las empresas especializadas ofrecen hoy servicios de clonación que prometen recrear el aspecto de tu animal a partir de una muestra de tejido. A menudo recomiendan guardar esa muestra cuando la mascota aún está viva, para aumentar las probabilidades de éxito del proceso en el futuro.
El auge del sector es notable: se calcula que el mercado de la clonación de mascotas mueve cientos de millones y podría superar con creces los mil millones en pocos años. Este crecimiento refleja un deseo muy humano: prolongar al máximo el vínculo con un animal al que se ha querido mucho, aunque ello implique entrar en un terreno lleno de dudas éticas y científicas.

Cómo funciona la clonación de animales paso a paso
El método que se utiliza en la mayoría de especies se llama transferencia nuclear de células somáticas (SCNT, por sus siglas en inglés). Aunque suene muy técnico, la idea básica es sacar el núcleo de una célula del animal original e introducirlo en un óvulo vacío.
En primer lugar, los técnicos extraen material genético de la mascota que se quiere clonar, normalmente de una muestra de piel o tejido. De esa célula se conserva el núcleo, que es donde está empaquetada la mayor parte del ADN. Paralelamente se obtiene un óvulo de una hembra donante, al que se le retira su propio núcleo para dejarlo “desnudo”.
Después, ese núcleo del animal original se fusiona con el óvulo enucleado, a menudo con ayuda de una pequeña descarga eléctrica o procedimientos químicos. Si todo sale bien, esa célula resultante comienza a dividirse y se transforma en un embrión, de manera similar a como ocurre tras una fecundación natural.
Ese embrión se implanta entonces en una madre sustituta, una hembra que llevará a término la gestación. Durante todo el proceso puede haber muchos fallos: embriones que no se desarrollan, gestaciones que no prosperan o crías que mueren al poco de nacer. La tasa global de éxito ronda aproximadamente el 16 % en varios estudios, lo que significa que la mayoría de intentos no llegan a buen puerto.
Además, en algunas especies los porcentajes son aún peores. En el caso de los perros, por ejemplo, se ha hablado de eficiencias cercanas al 2 % en determinados trabajos, con camadas en las que hasta la mitad de los cachorros mueren de forma prematura. Todo esto implica el uso de un gran número de óvulos, madres sustitutas y embriones que nunca llegarán a nacer.
Personalidad, comportamiento y el mito de la copia exacta
Una de las expectativas más extendidas es pensar que un clon será idéntico a nivel de carácter y conducta a la mascota original. Es decir, que si tu perro era cariñoso, juguetón y algo miedoso, su clon se comportará igual que él. La ciencia, sin embargo, desmonta con bastante contundencia esta idea.
Estudios con animales clonados muestran que ciertos rasgos generales pueden parecerse, como el nivel de energía, la tendencia a ser más o menos sociable o la forma de relacionarse con el entorno físico. Pero cuando bajamos al detalle de la personalidad, la cosa cambia: la manera de reaccionar ante situaciones nuevas, el miedo, la curiosidad o la forma de interactuar con personas y otros animales puede ser muy distinta.
Investigaciones con perros clonados han detectado una coincidencia parcial en el temperamento (por ejemplo, en su grado de actividad), pero también claras diferencias en cómo responden al estrés o a estímulos desconocidos. Algo parecido se ha observado en experimentos con minicerdos clonados, donde algunos comportamientos parecían heredarse, mientras que otros dependían claramente de las experiencias de vida de cada individuo.
La historia de Kelly Anderson y su gata Chai ilustra muy bien este fenómeno. Tras la muerte de Chai, Kelly decidió clonarla y obtuvo a Belle. Físicamente eran muy parecidas, pero el temperamento era otro: Belle resultó ser mucho más abierta, sociable y cariñosa, mientras que Chai era más bien reservada y distante. El ADN era el mismo, pero la forma de ser cambió de manera notable.
Los expertos comparan todo esto con lo que ocurre en los gemelos idénticos humanos. Comparten el mismo material genético, pero rara vez tienen personalidades calcadas. Cada uno vive experiencias distintas, se relaciona con personas diferentes y se enfrenta a contextos únicos, lo que moldea su carácter con el tiempo.
El papel de la genética, la epigenética y el entorno
Para entender por qué un clon no es una copia emocional exacta hay que hablar de epigenética, ese conjunto de mecanismos que regulan cómo se “encienden” y “apagan” los genes a lo largo del desarrollo. Aunque el ADN sea el mismo, la forma en que se expresa puede cambiar por factores internos y externos.
Durante la gestación y después del nacimiento, el organismo va recibiendo señales del entorno (nutrición, estrés, contacto social, temperatura…) que influyen en qué genes se activan y en qué momento. Esto hace que, en la práctica, dos individuos con el mismo ADN puedan desarrollar rasgos distintos, tanto físicos como de comportamiento.
Un ejemplo muy citado es el del primer gato clonado, “CC”. El animal del que procedía el material genético era un gato calicó, con un patrón de colores muy característico en el pelaje. Sin embargo, el clon nació con un pelaje marrón y blanco, bastante diferente a nivel visual. La explicación está en cómo se activaron y silenciaron ciertos genes de color durante el desarrollo embrionario, no en cambios en el ADN de base.
Si esto ya ocurre con la apariencia, con la personalidad las diferencias pueden ser aún mayores. El tipo de familia que acoge al clon, la forma de socializarlo, las rutinas del hogar, los paseos, el juego, las experiencias positivas o negativas… todo eso va construyendo poco a poco su carácter. No hay manera realista de reproducir exactamente la misma combinación de vivencias que tuvo la mascota original.
Además, el propio proceso de gestación y parto en otra madre sustituta añade capas de variabilidad. La nutrición intrauterina, las hormonas, el estrés de la madre o incluso la composición de la leche materna pueden dejar huellas epigenéticas distintas y, con ello, modificar el desarrollo cerebral y conductual del clon.

Riesgos para la salud y bienestar de los animales clonados
Otra cuestión que suele pasar desapercibida en la publicidad de las empresas de clonación son los riesgos para la salud que afrontan tanto los clones como los animales implicados en el proceso. Los estudios en varias especies han identificado tasas elevadas de mortalidad temprana y problemas físicos relevantes.
En lechones clonados, por ejemplo, algunos trabajos han descrito que hasta el 48 % de las crías muere durante el primer mes de vida. En ganado clonado se han observado alteraciones musculoesqueléticas, como cojera, cambios en tendones y articulaciones, y en ciertas investigaciones iniciales se apuntó a un posible aumento de la osteoartritis precoz, aunque los datos más recientes son menos concluyentes.
También existe el problema de que, si la mascota original tenía una enfermedad genética o predisposición hereditaria, el clon arrastrará exactamente el mismo riesgo. Desde cardiopatías a ciertos tipos de cáncer, pasando por problemas oculares o trastornos metabólicos, todo aquello que estaba “escrito” en el ADN del animal original se replica en el clon.
A esto se suma que la baja tasa de éxito obliga a producir muchos embriones, realizar múltiples procesos de implantación y recurrir a varias madres sustitutas, que pueden sufrir abortos, partos complicados o malformaciones en las crías. Aunque las empresas insisten en que se esfuerzan por cuidar el bienestar de estos animales, el simple volumen de intentos fallidos plantea interrogantes difíciles de ignorar.
Algunos avances, como la investigación en úteros artificiales que exploran compañías como Ovoclone, podrían en teoría reducir la necesidad de madres portadoras en el futuro, un debate relacionado con el futuro de la reproducción mamífera. No obstante, de momento se trata de desarrollos incipientes y el debate ético sobre el uso de la biotecnología con fines comerciales sigue muy abierto.
Dilemas éticos, legales y emocionales de clonar a tu mascota
La clonación de mascotas no solo genera preguntas científicas, también un debate ético profundo. Para empezar, los animales no pueden dar su consentimiento para que se utilice su material genético, algo que en muchos casos se recoge cuando el animal aún está vivo o incluso después de su muerte.
La obtención de óvulos para el proceso de SCNT requiere tratamientos hormonales y cirugía en hembras donantes, lo cual implica molestias, riesgos anestésicos y postoperatorios. Las madres sustitutas, por su parte, pueden enfrentarse a gestaciones fallidas, partos difíciles o el nacimiento de crías con malformaciones, sin que ninguna de ellas haya “aceptado” pasar por todo ese procedimiento.
En países como el Reino Unido, la clonación comercial de mascotas no está permitida por ahora, al considerarse una forma de experimentación animal. Aun así, los propietarios pueden conservar muestras de tejido y posteriormente enviarlas a laboratorios privados en el extranjero, siempre que estén dispuestos a asumir el coste económico.
Expertos en bioética y bienestar animal subrayan que esta práctica corre el riesgo de convertir a los animales en meros objetos al servicio de nuestros deseos. Fabiola Leyton, especialista en bioética, recuerda que debemos respetar la dignidad de los individuos, no solo de los humanos. Desde esta perspectiva, aferrarse a la clonación para evitar el duelo podría ser una forma de negar la muerte como parte natural de la vida.
Por otro lado, las propias empresas insisten en que se preocupan por el bienestar de los animales implicados y se esfuerzan en buscarles hogares definitivos a las crías, además de plantear mejoras tecnológicas para reducir el sufrimiento. Aun con todo, la cuestión de fondo persiste: ¿es moralmente aceptable generar una cadena de intervenciones médicas y biológicas para intentar revivir, de manera imperfecta, el vínculo con un animal que ya se ha ido?
Coste económico y oportunidad frente a la adopción
Más allá de la ética, el precio es otro filtro evidente. Clonar un perro o un gato ronda normalmente los 50.000 dólares o euros, una cantidad que solo está al alcance de un porcentaje reducido de la población. Aun así, se han documentado casos de personas que solicitan créditos o financiación para pagar estos servicios, empujadas por el dolor de la pérdida.
Muchos especialistas señalan que con ese dinero se podrían mejorar las condiciones de vida de cientos de animales en refugios y protectoras, vacunarlos, esterilizarlos, darles atención veterinaria y buscarles un hogar. Frente al intento de recrear a un solo animal, existe la alternativa de ofrecer una nueva oportunidad a otro que la necesita desesperadamente.
Organizaciones de bienestar animal y algunos científicos recuerdan que la clonación no llena realmente el vacío emocional que deja una mascota. El clon puede parecerse mucho por fuera, pero no comparte la historia vivida: no ha pasado por los mismos paseos, no ha dormido en tu cama desde cachorro, no ha estado contigo en momentos clave de tu vida. Como dijo Barbra Streisand sobre sus perras clonadas: “Puedes clonar el aspecto de un perro, pero no puedes clonar su alma”.
Frente a la promesa de “recuperar” al compañero perdido, la adopción plantea una opción más honesta con la realidad: aceptar que ese individuo ya no volverá, pero abrirse a construir un nuevo vínculo con otro animal, diferente, con su propio carácter y su propia historia por escribir.
Muchas personas que han optado por adoptar tras la muerte de una mascota cuentan que, al principio, tenían miedo de comparar o de “traicionar” el recuerdo del anterior. Con el tiempo, sin embargo, descubren que el nuevo animal no sustituye a nadie: ocupa un lugar propio y permite recordar al que se fue con cariño, sin obsesionarse con replicarlo.
La clonación de mascotas y la cuestión de la personalidad ponen sobre la mesa cómo nos relacionamos con la vida y la muerte de quienes consideramos parte de la familia. La ciencia es clara al señalar que solo podemos copiar el ADN, no los recuerdos compartidos ni el alma —si queremos llamarlo así— de un animal. Un clon puede ser físicamente muy similar y hasta mostrar ciertos rasgos de comportamiento parecidos, pero seguirá siendo un individuo único, con otra biografía y otra forma de estar en el mundo. Comprender estas limitaciones, reflexionar sobre el coste ético, sanitario y económico, y valorar alternativas como la adopción nos ayuda a tomar decisiones más conscientes cuando llega el difícil momento de despedirnos de nuestra mascota.


