- La leishmaniosis canina es una zoonosis grave transmitida por flebótomos, con el perro como principal reservorio y un impacto relevante en salud pública.
- El diagnóstico precoz mediante exploración, serología, PCR y analíticas permite clasificar la enfermedad en grados y adaptar el tratamiento a cada paciente.
- La combinación de fármacos específicos, cuidados diarios y revisiones periódicas convierte la leishmaniosis en una patología crónica manejable.
- Repelentes tópicos, vacunación, test anuales y control ambiental son la base del control veterinario eficaz de la leishmaniosis.

La leishmaniosis canina es una de esas enfermedades que, aunque muchos dueños han oído nombrar, todavía genera un montón de dudas y miedos. No es para menos: hablamos de una zoonosis grave, con impacto en la salud de los perros y también en la salud pública, que en España es endémica y afecta a cientos de miles de animales cada año.
La buena noticia es que hoy contamos con herramientas muy potentes para su control: repelentes tópicos, vacunas específicas como LetiFend®, diagnósticos cada vez más precisos, protocolos terapéuticos bien definidos y, sobre todo, una mayor concienciación entre veterinarios y propietarios. En este artículo vamos a desgranar, con calma y en lenguaje claro, todo lo que necesitas saber sobre el control veterinario de la leishmaniosis: cómo se transmite, qué síntomas provoca, cómo se diagnostica, qué tratamientos existen y qué medidas de prevención son realmente eficaces.
Qué es la leishmaniosis canina y por qué es tan importante controlarla
La leishmaniosis canina es una enfermedad infecciosa de origen parasitario causada por protozoos del género Leishmania. No se transmite como un catarro entre perros, sino que necesita un insecto vector muy concreto: el mosquito flebótomo, conocido popularmente como “mosquito de la leishmania”.
Este parásito requiere dos tipos de hospedadores para completar su ciclo: uno vertebrado (principalmente el perro, aunque también pueden afectarse gatos, hurones y otros mamíferos) y un hospedador invertebrado, el flebótomo. El perro actúa como reservorio principal, lo que significa que puede albergar el parásito durante largos periodos y servir de fuente de infección indirecta para otros animales y para las personas.
Desde el punto de vista de salud pública, la leishmaniosis es una zoonosis emergente de enorme relevancia mundial. Se encuentra entre las diez enfermedades infecciosas más importantes a nivel global y, al mismo tiempo, está considerada una de las tres patologías más complejas de abordar en cuanto a desarrollo de vacunas, fármacos e insecticidas. Por eso el papel del veterinario es clave dentro del enfoque “Una Sola Salud”.
En España, la prevalencia en perros es muy variable según la zona, con cifras que oscilan entre el 2 % y el 57 % de animales seropositivos, con focos especialmente importantes en Andalucía, Comunidad Valenciana, Madrid, Orense, Lleida o Girona. Además, el cambio climático está favoreciendo que el vector se encuentre activo casi todo el año y se expanda a territorios donde antes apenas se detectaba.

El papel del flebótomo y otros reservorios en la transmisión
Los flebótomos son pequeños insectos de apenas 2-3 milímetros de longitud, de aspecto frágil pero con una importancia enorme en la epidemiología de la leishmaniosis. Solo las hembras pican, porque necesitan la sangre para desarrollar sus huevos, y es precisamente en esa picadura cuando pueden transmitir el parásito.
Cuando una hembra flebótomo se alimenta de la sangre de un perro infectado, ingiere formas del parásito que se desarrollan en su interior. Más adelante, al picar a otro perro o a una persona, inocula las formas infectantes al nuevo huésped. Esa es la única vía relevante de contagio: no hay evidencia sólida de transmisión directa perro-perro ni perro-persona sin la intervención del mosquito.
Estos insectos tienen predilección por climas cálidos y con cierta humedad, como las zonas mediterráneas semiáridas. Su actividad es mayor al atardecer, durante la noche y en los meses de temperaturas más suaves o altas. Tradicionalmente, su temporada “fuerte” iba de abril a octubre, pero el aumento generalizado de las temperaturas ha hecho que cada vez los veamos activos durante más meses e incluso prácticamente todo el año en muchas áreas.
El principal reservorio doméstico es el perro, pero diversos estudios han demostrado que otros mamíferos silvestres también pueden jugar un papel epidemiológico. En el brote de leishmaniosis humana detectado en 2009 en la zona suroeste de la Comunidad de Madrid (Fuenlabrada, Leganés, Humanes, Getafe), la investigación del Instituto de Salud Carlos III y de la Consejería de Sanidad puso de manifiesto la implicación de liebres y conejos como reservorios importantes.
Para reducir el peso de estos reservorios silvestres se han implantado programas de control de poblaciones de lepóridos (liebres y conejos), acompañados de medidas de saneamiento ambiental, desinsectaciones y recogida de animales abandonados. Todo ello se integra dentro de planes regionales de vigilancia y control de vectores, en colaboración con ayuntamientos, servicios de salud pública, consejerías de medio ambiente y colegios veterinarios.
Leishmaniosis y salud humana: una zoonosis que no se puede ignorar
La leishmaniosis humana es una enfermedad zoonótica emergente que afecta de forma muy especial a países en vías de desarrollo, donde se asocia con malnutrición, movimientos de población, condiciones higiénicas deficientes y cambios ambientales como deforestación, urbanización poco planificada o nuevos sistemas de riego.
Cada año se notifican a nivel mundial entre 700.000 y 1.000.000 de nuevos casos humanos. En España, la Red Nacional de Vigilancia Epidemiológica ha registrado un ligero incremento de casos en los últimos siete años, lo que refleja la importancia de mantener una vigilancia activa constante y de trabajar de forma coordinada entre médicos, veterinarios y otros profesionales sanitarios.
En el entorno doméstico, es importante recalcar que no hay evidencia de contagio directo de leishmaniosis del perro a las personas. El mecanismo es siempre el mismo: un flebótomo pica a un perro infectado, adquiere el parásito y, al picar después a un humano, lo transmite. Las personas inmunodeprimidas, niños pequeños y ancianos son más vulnerables a desarrollar la enfermedad si son picados por mosquitos infectados.
Desde la perspectiva veterinaria, esto significa que controlar la infección en el perro no solo protege al animal, sino que es un pilar fundamental en la prevención de casos humanos. Por eso organizaciones como la OCV insisten en que “el control de la leishmaniosis en personas pasa necesariamente por el control de la infección en el perro”.
La educación sanitaria también tiene un peso enorme: campañas informativas, folletos, charlas y materiales divulgativos elaborados junto con colegios veterinarios ayudan a que los propietarios tomen conciencia de la enfermedad, aprendan a reconocer signos de alarma y adopten medidas preventivas tanto en casa como en el entorno.

Síntomas de la leishmaniosis en perros: qué debe hacerte sospechar
La leishmaniosis canina puede dar lugar a un cuadro clínico muy variable, tanto en tipo de signos como en intensidad. Esto se debe, entre otros factores, a que el periodo de incubación puede ser muy largo (a veces superior a un año) y a que la respuesta inmunitaria de cada perro es distinta.
En zonas endémicas, ante prácticamente cualquier síntoma compatible que no tenga una explicación clara, el veterinario debería incluir la leishmaniosis en el diagnóstico diferencial. Además, hay perros que son especialmente resistentes y cuya inmunidad logra mantener el parásito a raya: pueden ser asintomáticos o presentar signos muy leves que pasan desapercibidos.
A nivel cutáneo, la enfermedad puede provocar:
- Lesiones en la piel localizadas o generalizadas.
- Alopecia y descamación (piel seca, queratoseborreica, con caspa), normalmente sin prurito intenso.
- Úlceras crónicas que no cicatrizan, sobre todo en bordes de orejas, espacios interdigitales, almohadillas y puntos de presión.
- Hiperqueratosis nasal o plantar, con engrosamiento y grietas.
- Crecimiento exagerado de las uñas (onicogrifosis).
- Nódulos cutáneos, únicos o múltiples, en zonas con poco pelo.
- Lesiones ulceradas en mucosas como labios, vulva o pene.
Aparte de la piel, la leishmaniosis puede provocar síntomas generales inespecíficos que a veces se confunden con otras enfermedades crónicas:
- Pérdida de peso progresiva.
- Disminución del apetito o inapetencia.
- Atrofia muscular.
- Linfadenopatía (ganglios agrandados a la palpación).
- Anemia no regenerativa.
También aparecen signos más específicos relacionados con la afectación de distintos órganos y sistemas:
- Hemorragias (epistaxis, hematuria, melena).
- Daño renal, especialmente glomerulonefritis, que es una de las principales causas de muerte en perros con leishmaniosis.
- Poliartritis con cojeras sin una lesión traumática evidente.
- Alteraciones hepáticas (vómitos recurrentes, adelgazamiento, alteraciones en analítica).
- Problemas digestivos como diarreas, a veces con presencia de sangre.
- Lesiones oculares: conjuntivitis, queratitis, uveítis, blefaritis, entre otras.
Detectar estos signos de forma precoz y acudir al veterinario sin esperar “a ver si mejora solo” es crucial para mejorar el pronóstico y la calidad de vida del animal. Cuanto antes se diagnostique y se inicie el tratamiento, más opciones hay de estabilizar el cuadro y prevenir daños irreversibles, sobre todo a nivel renal.
Diagnóstico veterinario: pruebas clave para confirmar la enfermedad
Ante la sospecha de leishmaniosis, el primer paso es una exploración clínica completa por parte del veterinario. No basta con un vistazo rápido: hay que revisar piel, mucosas, ganglios, aparato locomotor, auscultación, peso, condición corporal y recoger una buena historia clínica (origen del perro, viajes a zonas endémicas, estilo de vida, uso de repelentes, etc.).
Si el animal presenta signos compatibles o vive en una zona endémica como gran parte de España, el profesional suele recomendar pruebas específicas. La analítica de sangre con un test serológico rápido es una de las herramientas de primera línea, ya que permite detectar anticuerpos frente a Leishmania de forma muy ágil en la propia consulta.
En caso de resultado positivo o de sospecha fuerte, se pueden realizar pruebas serológicas cuantitativas como ELISA o IFI, que permiten conocer el título de anticuerpos y valorar la respuesta inmunitaria. Complementariamente, la PCR es muy útil para detectar material genético del parásito en sangre, médula ósea, ganglios o lesiones cutáneas.
En algunos casos, el veterinario puede recurrir a citologías o biopsias de piel, ganglios u otros tejidos, buscando la presencia directa del parásito. Todo esto suele ir acompañado de hemograma, bioquímica completa y proteinograma para evaluar el estado general del perro, la función renal y hepática y la posible afectación sistémica.
Conviene recordar que hay perros seropositivos sin signos clínicos o con sintomatología mínima. Estos animales no son “sanos” del todo, sino pacientes crónicos potenciales que deben quedar bajo vigilancia, control veterinario periódico y medidas preventivas estrictas para reducir el riesgo de progresión y transmisión.

Grados de leishmaniosis en perros y opciones de tratamiento
No todos los perros con leishmaniosis están igual de enfermos ni necesitan el mismo abordaje. El grupo internacional de expertos LeishVet propone una clasificación en cuatro estadios en función de la gravedad clínica y del daño orgánico, especialmente renal:
| Grado | Descripción clínica | Orientación terapéutica |
| I – Leve | Signos clínicos mínimos, sin daño renal apreciable y títulos de anticuerpos bajos. | En muchos casos, alopurinol en monoterapia puede ser suficiente, siempre bajo control veterinario. |
| II – Moderado | Clínica evidente, con posible afectación renal inicial o moderada. | Suele requerir combinación de fármacos: alopurinol con miltefosina o con antimoniato de meglumina. |
| III – Grave | Enfermedad sistémica avanzada con daño renal moderado-grave y signos múltiples. | Necesita tratamiento intensivo, a menudo hospitalario, ajustando muy bien los fármacos por la función renal. |
| IV – Muy grave | Clínica muy severa con fallo renal avanzado y pronóstico reservado. | El pronóstico es muy desfavorable; se aplican tratamientos paliativos o muy agresivos según criterio y calidad de vida. |
El plan de tratamiento definitivo depende de la gravedad de los síntomas, de la carga parasitaria y del grado de afectación de órganos clave, en especial riñones e hígado. La existencia de insuficiencia renal limita seriamente el uso de determinados medicamentos, por lo que es imprescindible personalizar la terapia.
Entre los fármacos utilizados con más frecuencia en la leishmaniosis canina se encuentran:
- Alopurinol, administrado por vía oral durante meses (a menudo con descansos pautados). Ayuda a frenar la replicación del parásito y suele ser la base del tratamiento de mantenimiento.
- Antimoniato de meglumina (p. ej., Glucantime), que se aplica de forma inyectable en ciclos determinados y actúa directamente sobre el parásito.
- Miltefosina oral, muy utilizada en combinación con alopurinol para mejorar la eficacia terapéutica.
- Domperidona oral, con efecto inmunomodulador, empleada en algunos protocolos para estimular la respuesta defensiva del animal.
La leishmaniosis es una enfermedad crónica: un perro puede mejorar mucho, incluso llegar a ser seronegativo en algunas pruebas, pero seguirá siendo un paciente de riesgo que necesita revisiones periódicas, controles analíticos y ajustes de medicación. Lo habitual es que haya etapas de estabilidad y posibles recaídas si se deprime el sistema inmunitario.
Además del tratamiento farmacológico, la elección de una dieta adecuada es fundamental. Se recomiendan piensos de alta digestibilidad, adaptados si hay daño renal o hepático, y formulaciones que tengan en cuenta el riesgo de formación de cálculos urinarios secundarios al uso de alopurinol. El objetivo es apoyar el sistema inmunitario y proteger al máximo los órganos diana.
Cuidados diarios de un perro con leishmaniosis
Cuando un perro es diagnosticado de leishmaniosis, el trabajo no se limita a ponerle medicación. El día a día en casa es clave para mantener su calidad y esperanza de vida en niveles óptimos, y ahí el propietario tiene un papel protagonista, siempre guiado por su veterinario.
En cuanto a la alimentación, lo ideal es ofrecer un pienso específico formulado para perros con leishmaniosis o, en su defecto, para animales con enfermedad renal o hepática si esos órganos están afectados. Estas dietas son más fáciles de digerir, moderadas en proteínas de alta calidad y controladas en fósforo y otros minerales según las necesidades de cada caso.
Otro aspecto muy importante es la protección frente al frío y los cambios bruscos de temperatura. Aunque el perro esté aparentemente estable, un descenso de defensas provocado por estrés o por mal control ambiental puede desencadenar un brote. En invierno es recomendable abrigarlo bien en los paseos y asegurarse de que en casa tenga un lugar cálido, seco y sin corrientes donde descansar.
Las rutinas también cuentan: a estos perros les viene mejor una vida lo más estable y tranquila posible. Los cambios continuos de vivienda, horarios caóticos, exceso de estímulos o estrés constante no ayudan nada a su sistema inmunitario. Mantener horarios regulares de comida, paseo y descanso, e introducir las novedades poco a poco, suele marcar la diferencia.
La hidratación merece mención aparte. Los perros con leishmaniosis, sobre todo si tienen afectación renal, deben tener agua fresca disponible todo el tiempo. En viajes o salidas largas conviene ofrecerles agua cada poco rato (cada 30-45 minutos, por ejemplo) para apoyar la función de riñones e hígado y facilitar la eliminación de metabolitos.
Por último, es recomendable emplear productos específicos para el cuidado de la piel de estos perros, ya que las lesiones cutáneas son muy frecuentes y pueden ser molestas. Champús dermatológicos, productos hidratantes o tratamientos tópicos indicados por el veterinario ayudan a mejorar mucho el confort del animal. Y, por supuesto, un descanso de calidad en una cama propia, cómoda y en un lugar tranquilo es imprescindible.
Prevención veterinaria: repelentes, vacunas y control poblacional
En el control de la leishmaniosis, la prevención es, sin exagerar, la herramienta más poderosa que tenemos. Evitar que el perro sea picado por flebótomos, reducir la carga parasitaria en los animales infectados y vigilar las poblaciones de reservorios silvestres son las tres grandes patas de la estrategia preventiva.
El uso de insecticidas tópicos de acción repelente (piretroides y piretrinas, en forma de collares antiparasitarios o pipetas spot-on) ha demostrado de forma amplia que reduce la transmisión de la enfermedad y la prevalencia de leishmaniosis en zonas endémicas. Estos productos deben aplicarse siguiendo al pie de la letra las indicaciones del fabricante y del veterinario para mantener su eficacia.
Es importante destacar que los perros infectados también deben llevar siempre protección tópica. Aunque estén bajo tratamiento, pueden seguir siendo fuente de parásitos para los mosquitos. Si un flebótomo pica a un perro enfermo sin repelente, puede infectarse y luego transmitir la enfermedad a otros perros o incluso a personas susceptibles.
La vacunación ha supuesto un gran salto adelante. LETI ha desarrollado LetiFend®, la primera vacuna europea frente a la leishmaniosis canina basada en una proteína quimérica. Esta vacuna ha demostrado ser una herramienta segura y útil para los veterinarios, especialmente cuando se utiliza en combinación con otras medidas preventivas como los repelentes tópicos.
La vacunación no evita al 100 % la infección, pero sí reduce significativamente la probabilidad de que el perro desarrolle la enfermedad clínica o que la misma sea grave. Solo se debe administrar a animales que hayan sido testados previamente y hayan resultado negativos en las pruebas de leishmania, y siempre dentro de un programa de control diseñado por el veterinario.
Además de repelentes y vacunas, se recomienda realizar test serológicos de control al menos una vez al año en perros que viven o viajan a zonas de riesgo. Esto permite detectar infecciones en fases iniciales, cuando la carga parasitaria es menor y la respuesta al tratamiento suele ser mejor. Muchas pólizas de seguro veterinario ya incluyen o reembolsan parte de estos gastos de prevención (tests rápidos, vacunación, etc.).
En paralelo, las autoridades sanitarias y medioambientales desarrollan planes regionales de vigilancia y control de vectores, que incluyen captura e identificación de flebótomos, control de superpoblaciones de liebres y conejos, desinsectación de puntos críticos (escombreras, vertederos, parques muy degradados) y campañas de educación sanitaria a la población.
Con todos estos recursos combinados —repelentes, vacunas, controles periódicos, gestión de reservorios y saneamiento ambiental— la expectativa actual es que un perro con leishmaniosis, bien diagnosticado y tratado, pueda disfrutar de una esperanza de vida muy similar a la de cualquier otro perro sano. La clave está en no bajar la guardia y mantener siempre el plan preventivo al día, los 12 meses del año.
Conocer cómo se transmite la leishmaniosis, reconocer sus signos tempranos, apostar por una buena prevención con repelentes y vacunas, y seguir al pie de la letra las indicaciones del veterinario permite que esta enfermedad, aun siendo seria y crónica, sea hoy en día totalmente manejable en la mayoría de los perros y se reduzca de forma significativa su impacto tanto en los animales de compañía como en la salud de las personas.