- Un pequeño grupo de perros “superdotados” puede aprender nombres de juguetes escuchando conversaciones humanas que no van dirigidas a ellos.
- Estos perros alcanzan un rendimiento comparable al de niños de 18 a 23 meses al asociar palabras nuevas con objetos, incluso cuando no los ven.
- La capacidad se ha observado en perros con un gran vocabulario previo, sobre todo border collies, pero también en otras razas y mestizos.
- Los resultados apuntan a mecanismos sociocognitivos compartidos entre humanos y perros, aunque esta habilidad es muy poco frecuente y no extrapolable a todos los animales.

Algunos perros no solo entienden órdenes básicas como sentarse o tumbarse: un grupo muy reducido de canes es capaz de aprender el nombre de decenas o incluso cientos de juguetes y recordarlos durante largos periodos de tiempo. Lo llamativo es que muchos de esos nombres los incorporan simplemente escuchando cómo las personas hablan entre sí, sin que nadie se dirija a ellos de forma explícita.
Varios equipos de investigación europeos, con base en la Universidad Eötvös Loránd de Budapest y la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena, han documentado que ciertos perros con una habilidad excepcional para el lenguaje pueden ampliar su vocabulario “interceptando” conversaciones humanas. Su rendimiento, medido en diferentes experimentos, se sitúa a la altura de lo que se observa en niños de entre 18 y 23 meses cuando aprenden palabras nuevas.
Un grupo muy raro de perros con vocabulario extraordinario
Los científicos se han centrado en animales a los que denominan “perros superdotados para aprender palabras” (en inglés, Gifted Word Learner dogs, GWL). Son perros que, en su vida diaria, ya han demostrado conocer por su nombre decenas o incluso más de un centenar de objetos, normalmente juguetes con formas y texturas distintas.
Entre estos canes hay casos llamativos: Miso, un border collie de seis años que reconoce alrededor de 200 juguetes; Bryn, también border collie y de once años, capaz de identificar cerca de un centenar, o Augie, un labrador de cinco años y medio con un repertorio igualmente amplio. Otros ejemplos incluyen pastores alemanes, cruces de blue heeler con pastor australiano, perros mestizos e incluso razas pequeñas como shih tzu, pequinés o yorkshire terrier, lo que indica que no se trata de una habilidad exclusiva de una sola raza, aunque los border collies aparezcan con frecuencia.
En estos hogares es habitual que, durante los juegos, los dueños nombren una y otra vez los juguetes. A partir de esas interacciones, los perros más aventajados van asociando cada palabra a un objeto concreto, sin que haya un entrenamiento formal como el que se aplica, por ejemplo, a perros de trabajo o de asistencia.
Según los investigadores, durante varios años de seguimiento solo han conseguido localizar unos 40 o 50 perros en todo el mundo con este tipo de capacidad tan marcada, pese a haber recibido multitud de propuestas de propietarios convencidos de que su animal era especialmente listo. Esto refuerza la idea de que se trata de individuos profundamente excepcionales.
Cómo se probó que los perros aprenden palabras solo escuchando
Para comprobar hasta dónde llega este talento, los equipos de Budapest y Viena diseñaron una serie de experimentos controlados, descritos en detalle en la revista Science. En ellos participaron diez perros GWL, en su mayoría border collies, junto con representantes de otras razas como labrador, pastor alemán o pastor australiano miniatura.
En el primer conjunto de pruebas, a cada perro se le presentaron dos juguetes completamente nuevos, con nombres inventados que no se parecían a ninguna palabra que el animal conociera. Se compararon dos situaciones distintas: una interacción directa y otra de escucha pasiva.
En la condición de interacción directa, el dueño jugaba con el perro mientras repetía el nombre del juguete varias veces. En la condición de escucha, el perro estaba presente, pero los humanos solo hablaban entre ellos sobre esos juguetes, se los mostraban mutuamente o se los pasaban de mano en mano, evitando cualquier contacto visual o gesto hacia el animal. Aun así, el perro oía las palabras incrustadas en frases cotidianas.
Cada nuevo nombre se repitió durante ocho minutos en total, repartidos en pequeñas sesiones de dos minutos al día durante cuatro días. No hubo más pistas que esa exposición breve al lenguaje humano, con el objetivo de comprobar si los perros eran capaces de extraer la palabra relevante de la conversación.
Tras el periodo de aprendizaje, los juguetes nuevos se colocaron en otra habitación, mezclados con otros objetos que el perro ya conocía. Desde una estancia diferente, el dueño pedía a su mascota que trajera uno de los juguetes por su nombre —por ejemplo, “¿puedes traer a Teddy?”—, sin ofrecerle ninguna indicación visual.
Resultados comparables a los de bebés humanos
Los datos sorprendieron incluso a los propios investigadores. Siete de los diez perros fueron capaces de elegir el juguete correcto por su nombre tanto cuando habían recibido la enseñanza directa como cuando solo habían escuchado las conversaciones. El porcentaje de aciertos fue muy alto en ambas condiciones, alcanzando en algunos casos el 80 % con instrucción explícita y el 100 % cuando el aprendizaje se produjo solo a través de la escucha.
Este patrón recuerda mucho a lo que se observa en niños de alrededor de año y medio. A esa edad, los pequeños son capaces de aprender nuevas palabras no solo cuando un adulto se dirige a ellos, sino también cuando simplemente escuchan interacciones entre otras personas, siguiendo la dirección de la mirada, las señales comunicativas y el contexto.
Los autores del trabajo subrayan que la similitud es funcional pero no lingüística. Es decir, los perros no “hablan” ni comprenden el lenguaje humano como nosotros, pero sí parecen aprovechar mecanismos sociales y de atención compartida que también están presentes en la infancia humana.
Para evitar interpretaciones optimistas, el equipo aplicó análisis estadísticos rigurosos y controló factores como la posibilidad de que los animales escogieran al azar, la preferencia por objetos nuevos o el aprendizaje durante la propia prueba. De este modo se aseguraron de que los resultados reflejaban un aprendizaje real y no simples coincidencias.
Los experimentos también se repitieron con perros familiares sin experiencia previa en nombres de objetos, incluidos border collies. En este grupo, el protocolo no dio lugar a un aprendizaje sólido y sostenido, lo que refuerza la conclusión de que la capacidad observada es extremadamente rara y no puede generalizarse a todos los perros domésticos.
El reto de aprender palabras sin ver el objeto
En una segunda fase del estudio, los investigadores quisieron ir un paso más allá y plantearon un desafío adicional: separar en el tiempo la aparición del objeto y la palabra. Esta tarea es especialmente exigente, tanto para perros como para bebés humanos, porque obliga a mantener una representación mental del objeto mientras se escucha el nombre.
En este nuevo experimento, los dueños primero mostraban el juguete al perro y dejaban que lo olfateara y lo viera. A continuación, lo guardaban en un cubo o lo sacaban de su campo de visión. Solo entonces, con el objeto oculto, pronunciaban repetidamente el nombre mientras conversaban con otra persona.
Esta separación temporal rompe la coincidencia inmediata entre palabra y objeto que facilita el aprendizaje. Aun así, la mayoría de los perros GWL consiguió asociar correctamente cada nombre con el juguete correspondiente. Días después, cuando se les pedía que trajeran, por ejemplo, un “leopardo” o una “tarjeta de metro” de peluche de entre un montón de juguetes, muchos de ellos acertaban sin titubeos.
En algunas pruebas complementarias, los científicos comprobaron además que los perros seguían recordando esos nombres semanas después, lo que sugiere que la información no se limita a una memoria inmediata, sino que se consolida de forma más duradera.
Según los autores, el hecho de que los perros logren esta asociación incluso cuando el objeto no está a la vista indica que no dependen solo de la coincidencia instantánea entre palabra y estímulo, sino que pueden manejar cierta complejidad temporal y apoyarse en pistas sociales humanas para dar sentido a la nueva etiqueta verbal.
Qué tienen de especial estos perros “superdotados”
Los investigadores coinciden en que estos perros excepcionales probablemente combinan predisposiciones individuales poco frecuentes con experiencias de vida muy ricas, especialmente en lo que se refiere a interacción social con humanos y juegos con juguetes con nombre propio.
Durante el proceso de domesticación, los perros que mejor interpretaban las señales humanas —miradas, gestos, tono de voz— tuvieron más probabilidades de convivir y reproducirse junto a las personas. Con el tiempo, esto ha dado lugar a animales que, en general, son especialmente hábiles para leer nuestra comunicación. En unos pocos individuos, esa sensibilidad parece ir un paso más allá y traducirse en un talento fuera de lo común para aprender palabras asociadas a objetos.
Los propios autores insisten en que los resultados no deben entenderse como una invitación a esperar “perros genio” en cada hogar. La inmensa mayoría de los canes seguirá aprendiendo sobre todo órdenes de acción (“siéntate”, “ven”, “abajo”) y responderá bien al lenguaje corporal, pero no mostrará este tipo de vocabulario extenso de juguetes.
Aun así, estos casos excepcionales ofrecen una oportunidad única para investigar las bases cognitivas del aprendizaje social. Tal como explica la investigadora Shany Dror, estos perros constituyen “un modelo excepcional para explorar algunas de las capacidades que hicieron posible el desarrollo del lenguaje humano”, aunque los procesos concretos que operan en perros y en niños no sean idénticos.
Otra de las autoras, Claudia Fugazza, destaca que las habilidades observadas en los perros GWL son “funcionalmente paralelas” a las de los niños pequeños, pero matiza que comportamientos similares pueden estar impulsados por mecanismos cognitivos diferentes. Es decir, bicicleta y coche se mueven, pero el motor que los impulsa no es el mismo.
Europa en el centro de la investigación: Budapest, Viena y más allá
Buena parte de esta línea de trabajo tiene su núcleo en Europa Central. La Universidad Eötvös Loránd (ELTE), en Budapest, y la Universidad de Medicina Veterinaria de Viena llevan años colaborando en proyectos de cognición canina, con laboratorios específicos como el Clever Dog Lab, donde se estudian de forma sistemática las capacidades sociales y cognitivas de los perros.
Los animales que participan en estos estudios viven con sus familias en países como Hungría, Alemania, Noruega o el Reino Unido, y acuden periódicamente a los centros de investigación para realizar sesiones de prueba. No se trata de perros de laboratorio en el sentido clásico, sino de perros de familia que llevan una vida cotidiana normal y que, fuera de los experimentos, juegan, pasean y conviven como cualquier otro.
El equipo húngaro ha impulsado además el proyecto internacional “Genius Dog Challenge”, que busca localizar y estudiar nuevos casos de perros con esta habilidad. A través de redes sociales y medios de comunicación, invitan a los dueños de cualquier país —incluida España— a contactar si creen que su perro reconoce por su nombre un número inusualmente alto de juguetes.
En el contexto europeo, estos trabajos se integran en un esfuerzo más amplio por comprender cómo la convivencia con humanos ha moldeado el cerebro de los perros. España, donde crece el interés por la etología y la educación canina respetuosa, sigue de cerca estos avances, ya que ayudan a mejorar tanto la comprensión del comportamiento canino como la forma de relacionarnos con ellos en casa.
Los estudios también han servido para lanzar un mensaje prudente: aunque algunos perros de razas consideradas “inteligentes” muestran talentos extraordinarios, esto no significa que todos los individuos de esa raza los compartan. La variabilidad dentro de cada raza es enorme, y los científicos recalcan que no conviene proyectar expectativas irreales sobre las mascotas.
Qué nos dicen estos hallazgos sobre el origen del lenguaje humano
Uno de los aspectos más interesantes del trabajo es lo que sugiere sobre el origen y la evolución del lenguaje en nuestra especie. Si un animal no lingüístico, como el perro, es capaz de aprender palabras nuevas simplemente observando interacciones ajenas, es razonable pensar que algunas de las piezas cognitivas necesarias para el lenguaje ya estaban presentes antes de que surgiera.
Los autores plantean que el lenguaje humano pudo apoyarse en mecanismos de aprendizaje social flexibles que compartimos con otras especies, y que luego se refinaron y combinaron con capacidades específicamente humanas. El caso de los perros GWL sería una muestra de hasta qué punto esas bases comunes pueden desarrollarse en el marco de una relación tan estrecha como la que mantenemos con ellos.
También se han documentado habilidades comparables en otras especies, como algunos bonobos y un loro gris africano, capaces de aprender vocabulario a partir de la interacción con humanos. Sin embargo, en estos casos suele intervenir más entrenamiento explícito, mientras que en los perros superdotados buena parte del aprendizaje se produce de forma espontánea durante el juego o la vida diaria en el hogar.
Todo ello respalda la idea de que las habilidades sociocognitivas complejas no son patrimonio exclusivo del ser humano, aunque el lenguaje, tal y como lo utilizamos, sí lo sea. Los perros, gracias a miles de años de convivencia con nosotros, se han convertido en un modelo privilegiado para explorar estos límites.
Las investigaciones sobre los perros que aprenden palabras escuchando conversaciones muestran que, bajo las circunstancias adecuadas, algunos animales pueden desplegar capacidades de aprendizaje sorprendentemente sofisticadas. Aunque solo un puñado de perros en todo el mundo alcance estos niveles, su estudio está ayudando a desentrañar cómo se combinan predisposición, entorno y vida social para dar lugar a habilidades que, hasta hace poco, se pensaba que pertenecían exclusivamente a los humanos.
