- Implementación de santuarios y centros de cría especializados como Wikiri Sapoparque y PARC para salvar especies críticas.
- Combate contra amenazas globales como el hongo quitridio, la minería extractivista y el tráfico ilegal de anfibios.
- Desarrollo de programas de reintroducción en libertad y estudios genéticos transfronterizos en ecosistemas vulnerables.
La situación de los anfibios en nuestro planeta es, para decirlo sin rodeos, bastante delicada. En diversas regiones del mundo, especialmente en zonas ricas en biodiversidad, las especies de ranas se enfrentan a un cóctel de amenazas que ponen en jaque su supervivencia, obligando a científicos y organizaciones a echarse al hombro la tarea de rescatarlas antes de que sea demasiado tarde.
Desde las selvas húmedas hasta las altas montañas, se están desplegando estrategias desesperadas pero ingeniosas. No se trata solo de mantener animales en cautividad, sino de entender la biología de estos seres para devolverlos a sus hogares originales, peleando contra enfermedades letales y el impacto destructivo de la mano del hombre.
El refugio ecuatoriano: Wikiri Sapoparque y Centro Jambatu

En las inmediaciones de Quito, concretamente en el valle de Los Chillos, existe un lugar donde el sonido del croar es la banda sonora habitual: Wikiri Sapoparque. Este espacio, impulsado por el Centro de Investigación Jambatu, se ha erigido como un baluarte fundamental para los anfibios amenazados de Ecuador, un país que presume de tener una de las mayores concentraciones de especies del globo.
La realidad es que, aunque Ecuador es un paraíso de biodiversidad con unas 709 especies, más de 400 se encuentran en peligro o amenazadas. Factores como la crisis climática y el extractivismo minero hacen que la labor de estos expertos sea, lamentablemente, imprescindible para evitar que muchas de estas ranas pasen a los libros de historia.
El parque no solo es un centro de conservación, sino que tiene una vocación educativa muy marcada para que la gente común se involucre en la protección de estos animales. Actualmente, albergan cerca de 70 especies, y unas 35 de ellas están integradas en programas estrictos de investigación en laboratorio.
Para combatir el tráfico ilegal, que es un problema endemático, algunas especies se ofrecen en el mercado legal de mascotas. De esta forma, se crea una alternativa viable que reduce la presión sobre las poblaciones silvestres y evita la propagación de enfermedades derivadas de la extracción masiva.
Historias de éxito y reintroducción en Ecuador

Uno de los hitos más emocionantes del Centro Jambatu ha sido la recuperación de la rana hocicuda de Íntag. Este anfibio, reconocible por sus puntos amarillos, se creía extinto desde 1989, hasta que una expedición en 2016 lo redescubrió en la provincia de Imbabura. Lo complicado es que sus únicos refugios naturales están en zonas de concesiones mineras.
Para paliar este riesgo, se puso en marcha un plan de reintroducción liberando unos mil ejemplares criados en laboratorio. El objetivo es que logren reproducirse en libertad, algo que biólogos supervisan diariamente en el bosque para asegurar que los adultos y renacuajos se adapten correctamente.
Otro caso crítico es el de la rana arlequín de limón de la Amazonía. Esta especie sufrió un golpe doble: la construcción de una carretera que sepultó su hábitat y la devastadora acción del hongo quitridio. Tras una década de ausencia, se han realizado nuevos ensayos de liberación para intentar revertir su desaparición en el Amazonas.
El Proyecto PARC en Panamá

Cruzando fronteras hacia Panamá, el escenario es similar. Con unas 220 especies, casi un tercio están en riesgo. Aquí entra en juego el Proyecto de Rescate y Conservación de Anfibios (PARC), que opera desde 2019 en Gamboa para frenar la pérdida masiva de ejemplares.
En este centro se manejan especies como las Atelopus varius y Atelopus zeteki, sumando unos 2.000 individuos más sus renacuajos. El proceso es meticuloso: capturan parejas en el campo, las someten a un confinamiento de 30 días y aplican baños antifúngicos si detectan infecciones antes de pasarlas al área de cría.
Para evitar la endogamia, los científicos cuidan al milímetro los cruces genéticos y utilizan tratamientos hormonales para estimular la reproducción. Incluso han llegado a congelar células vivas, dejándose una especie de «seguro de vida» para el futuro de la especie.
Sin embargo, volver a la naturaleza no es tan sencillo. Las ranas criadas en cautiverio a menudo pierden las toxinas cutáneas que las protegen de los depredadores. Por ello, los expertos utilizan radiotransmisores y telemetría para monitorizar sus movimientos y condición corporal una vez liberadas.
La batalla contra el hongo y la ciencia transfronteriza

El gran villano de esta historia es el hongo Batrachochytrim dendrobatidis. Esta plaga provoca la quitridiomicosis, una enfermedad que asfixia al anfibio al cubrir su piel, impidiéndole respirar y moverse. En Panamá, se investigan vacunas y bacterias protectoras para darles una oportunidad de supervivencia.
Además, existen colaboraciones internacionales fascinantes. Por ejemplo, el Zoológico de Detroit y el Acuario de Baltimore han trabajado en la reproducción de ranas panameñas, lo que permite intercambios genéticos cruciales para fortalecer las poblaciones rescatadas.
El desafío de la rana gigante del Titicaca

En las alturas del lago Titicaca, entre Perú y Bolivia, se libra otra batalla por la rana gigante (Telmatobius culeus). Esta especie es única por su piel holgada, que le permite absorber oxígeno en aguas a 3.800 metros de altura, aunque popularmente la llaman «rana escroto» por su aspecto.
Lamentablemente, es víctima de la contaminación minera y de creencias absurdas. Se la caza para elaborar el llamado «jugo de rana» por pensar que es afrodisíaca, o se usan sus piernas como alimento y su piel para artesanías.
Para salvarla, cinco instituciones científicas de Bolivia, Perú, Ecuador y Estados Unidos, con el apoyo de la ONU, han creado un proyecto transfronterizo. Realizan análisis genéticos y estudios de hábitat para proteger a este coloso de las aguas en peligro crítico, especialmente después de que en 2016 se encontraran miles de ejemplares muertos por plásticos y pesticidas agrícolas.
La supervivencia de los anfibios depende de una red global que combine la cría en laboratorio, la lucha contra patógenos como el hongo quitridio y la erradicación de prácticas humanas destructivas. Gracias a la unión de centros como Jambatu, PARC y las alianzas en el Titicaca, existe una esperanza real de recuperar la biodiversidad de estas criaturas tan esenciales para el equilibrio ecológico del planeta.
