Así ayuda el genoma de un rinoceronte lanudo a entender su misteriosa extinción

Última actualización: 15 enero 2026
  • Un cachorro de lobo hallado en el permafrost siberiano conservaba en su estómago tejido de un rinoceronte lanudo.
  • Con ese fragmento se ha logrado un genoma completo y de alta calidad de uno de los últimos ejemplares de la especie.
  • Los análisis muestran poblaciones genéticamente sanas hasta muy cerca de la extinción, sin señales de consanguinidad marcada.
  • Los resultados apuntan a un colapso rápido ligado al calentamiento climático al final de la Edad de Hielo, más que a la caza humana.

genoma de un rinoceronte lanudo

Hace unos 14.400 años, en un paisaje helado del noreste de Siberia, una lobezna de apenas unas semanas se comió un trozo de carne sin saber que sería observada miles de años después. Aquella comida, preservada en el permafrost dentro de su estómago, ha terminado revelando detalles clave sobre el genoma de un rinoceronte lanudo y sobre cómo desapareció esta especie emblemática de la Edad de Hielo.

El hallazgo ha permitido a un equipo internacional de científicos, con fuerte participación de centros de investigación nórdicos, recuperar y secuenciar por primera vez el genoma completo de un rinoceronte lanudo a partir de tejido ingerido por un depredador. Los resultados apuntan a una extinción rápida ligada a un fuerte calentamiento climático, y no a un desgaste genético progresivo ni a una presión de caza humana sostenida.

Un cachorro congelado y una última comida inesperada

La historia arranca en 2011, cuando buscadores de marfil localizaron cerca del pueblo de Tumat, en el remoto noreste de Rusia, los restos casi intactos de un cachorro de lobo gris atrapado en el permafrost siberiano. El animal, una hembra de entre siete y nueve semanas, habría muerto de forma súbita tras el colapso de su madriguera por un deslizamiento de tierra durante el final de la última glaciación.

Su estado de conservación sorprendió a los investigadores: el cuerpo estaba momificado de manera natural y gran parte de los tejidos internos, incluido el contenido estomacal, seguían en condiciones excepcionales. Durante la necropsia, realizada en un laboratorio de Viena y analizada posteriormente en el Centro de Paleogenética de Estocolmo, apareció un pequeño fragmento de tejido de unos 3×4 centímetros en el estómago del animal.

Al principio, aquel pedazo de carne recubierto de pelaje amarillento se atribuyó a otro gran mamífero de la megafauna, como un supuesto león cavernario. Sin embargo, el análisis de ADN mitocondrial, comparado con bases de datos de mamíferos actuales y extintos, mostró una coincidencia casi perfecta con el Coelodonta antiquitatis, el rinoceronte lanudo que dominó las estepas frías de Eurasia durante cientos de miles de años.

La datación por radiocarbono situó tanto a la lobezna como al fragmento de tejido en torno a los 14.400 años de antigüedad, justo en el umbral temporal de la desaparición de la especie en Siberia. Es decir, la pequeña loba se había comido a uno de los ejemplares más jóvenes conocidos de rinoceronte lanudo, apenas unos cientos de años antes de su extinción definitiva según el registro fósil.

genoma de un rinoceronte lanudo en estudio

Secuenciar un genoma desde el estómago de un depredador

Convertir ese trozo de carne semidigerida en un genoma completo y fiable no era precisamente un trámite. El ADN antiguo suele llegar muy fragmentado, en cantidades minúsculas y mezclado con material genético de otros organismos, en este caso el del propio lobo y el de microbios asociados a la descomposición.

En el Centro de Paleogenética de Estocolmo, una colaboración entre la Universidad de Estocolmo y el Museo Sueco de Historia Natural en la que también participa la Universidad de Upsala, los investigadores diseñaron un protocolo experimental muy meticuloso para maximizar la recuperación de ADN útil. El equipo, en el que destacan nombres como Love Dalén, Camilo Chacón-Duque y Solveig Gudjonsdottir, empleó infraestructuras especializadas de laboratorios limpios y técnicas de secuenciación de alta cobertura.

El resultado fue un genoma de alta calidad del rinoceronte, con una cobertura suficiente para hacer comparaciones detalladas con otros ejemplares. Se trata, según los autores, del primer caso documentado en el que se reconstruye el genoma completo de un animal de la Edad de Hielo conservado en el estómago de otro y, además, del rinoceronte lanudo más cercano en el tiempo a su extinción del que se dispone de información genética tan completa.

Buena parte del tejido recuperado se consumió en los experimentos de laboratorio, aunque aún se conserva una fracción intacta en las instalaciones del centro sueco para futuros estudios. Este tipo de muestras son extremadamente valiosas porque, en paleogenómica, lo habitual es trabajar con tamaños de muestra muy pequeños y materiales con un registro fósil limitado.

Comparación con otros rinocerontes lanudos

Con el genoma del llamado individuo de Tumat en la mano, los científicos lo compararon con otros dos rinocerontes lanudos siberianos estudiados previamente, datados en aproximadamente 18.000 y 49.000 años. El objetivo era reconstruir la historia genética de la especie en las últimas decenas de miles de años y comprobar si, conforme se acercaba su desaparición, se observaba el típico deterioro que acompaña a un declive demográfico prolongado.

Entre los indicadores analizados se encontraban la heterocigosidad (una medida de la diversidad genética), la presencia de segmentos homocigotos largos (ROH, asociados a consanguinidad reciente) y la llamada carga genética deletérea, es decir, la acumulación de mutaciones potencialmente perjudiciales para la supervivencia a largo plazo.

Los tres individuos mostraron niveles muy similares de diversidad genética, sin indicios de una caída reciente en el tamaño efectivo de las poblaciones ni de episodios fuertes de endogamia. La proporción de genoma dentro de regiones homocigotas era elevada pero estable, y sólo un porcentaje muy pequeño correspondía a segmentos largos que delatarían cruces entre parientes cercanos en generaciones recientes.

También la carga de mutaciones de alto impacto se mantuvo prácticamente constante en las tres muestras. En lugar de una especie en franco deterioro genético, el panorama que emerge es el de poblaciones pequeñas pero estables durante miles de años, sin rastro de un colapso prolongado previo a la extinción.

Un colapso rápido en plena transición climática

Para entender qué ocurrió, los investigadores recurrieron a modelos demográficos como el PSMC, que permite reconstruir cambios en el tamaño poblacional a lo largo del tiempo a partir de un solo genoma. Las curvas obtenidas apuntan a una reducción gradual del número de rinocerontes a lo largo del Pleistoceno tardío, algo esperable por las variaciones ambientales propias de las glaciaciones, pero sin señales de derrumbe brusco hasta muy cerca del final.

Los datos encajan con un escenario en el que la especie mantuvo poblaciones viables y genéticamente sanas hasta pocos siglos antes de su desaparición. Todo indica que el desencadenante principal fue un episodio de calentamiento abrupto al final de la Edad de Hielo, asociado al periodo cálido conocido como Bølling-Allerød o Máximo Tardiglaciar, que comenzó hace unos 14.700 años y se prolongó alrededor de 1.800 años.

Durante ese intervalo, las temperaturas repuntaron con rapidez, las estepas frías y secas —el hábitat ideal del rinoceronte lanudo— se transformaron en paisajes más húmedos y boscosos, y la estepa-tundra euroasiática que sustentaba a la megafauna del Pleistoceno se contrajo de forma drástica. En cuestión de unos 300 o 400 años, un suspiro a escala evolutiva, el entorno al que estaba perfectamente adaptado este gran herbívoro desapareció.

De este modo, el nuevo estudio respalda la hipótesis de una extinción rápida ligada al cambio climático, más que a un proceso largo de erosión genética. El rinoceronte lanudo, al menos en Siberia, habría sucumbido no porque estuviera ya muy debilitado, sino porque su mundo cambió demasiado deprisa como para permitir una adaptación eficaz.

¿Qué papel jugaron los humanos?

La extinción de la megafauna de la Edad de Hielo lleva décadas generando debate entre la comunidad científica, en Europa, España y el resto del mundo: ¿fue el resultado principalmente del calentamiento postglacial o de la expansión de los humanos anatómicamente modernos y su presión de caza? En el caso concreto del rinoceronte lanudo en el noreste de Siberia, los datos genómicos inclinan la balanza hacia el clima.

Los humanos estaban presentes en la región desde hacía al menos 15.000 años antes de la extinción sin que se detecten, en ese intervalo, señales de pérdida de diversidad o de aumento de la consanguinidad en las poblaciones de rinoceronte. Las cifras son compatibles con la convivencia prolongada entre cazadores-recolectores y grandes herbívoros sin un impacto letal inmediato sobre estos últimos.

Esto no implica que la especie estuviera a salvo de la acción humana. Hay hipótesis que plantean que la caza pudo contribuir a rematar poblaciones ya estresadas por la pérdida de hábitat y las oscilaciones ambientales, sobre todo en regiones de Europa y Asia más densamente ocupadas. Sin embargo, la evidencia arqueológica disponible para el noreste siberiano no apunta a una caza intensiva y generalizada de rinocerontes lanudos en la fase final de su historia.

Una posible pista adicional surge de la propia muestra de tejido: su forma rectangular ha llevado a algunos autores a sugerir que podría haber sido cortada con herramientas de piedra, quizá como parte de una cacería humana. De ser así, el cachorro de lobo habría accedido a los restos de un animal abatido por personas, aunque esta interpretación sigue siendo discutida y no hay pruebas concluyentes de que fuera carne procesada por grupos humanos.

El permafrost como archivo genético de la Edad de Hielo

Más allá de las conclusiones sobre la extinción del rinoceronte lanudo, el caso del cachorro de Tumat demuestra el potencial científico del permafrost como archivo natural de ADN antiguo. Las bajas temperaturas constantes actúan como un gigantesco congelador que puede preservar tejidos blandos, contenido estomacal e incluso restos de heces fosilizadas durante miles de años.

Hasta hace poco, la paleogenética se centraba sobre todo en huesos y dientes, los materiales que mejor resisten el paso del tiempo. Sin embargo, el éxito en la secuenciación del genoma de un rinoceronte a partir de carne hallada en el estómago de un lobo, unido a otros hallazgos recientes —como trazas de ADN de rinoceronte lanudo en coprolitos de hienas cavernarias—, está abriendo la puerta a fuentes no convencionales de información genética.

Para Europa y España, donde también se han encontrado restos de megafauna del Pleistoceno en cuevas y yacimientos al aire libre, estas nuevas metodologías ofrecen la posibilidad de recuperar datos genómicos de especies mal representadas en el registro fósil clásico. La experiencia acumulada en centros nórdicos podría servir de referencia para proyectos en cordilleras frías europeas o en depósitos de sedimentos bien conservados.

En palabras de los propios investigadores, el campo avanza «al revés»: con muy pocos restos hay que exprimir al máximo la información disponible. El ejemplo del lobo de Tumat ilustra hasta qué punto una única muestra, si se conserva en buenas condiciones y se analiza con las herramientas adecuadas, puede transformar lo que se sabe sobre el final de una especie completa.

Una lección sobre extinciones en tiempos de cambio global

La imagen que deja el estudio es la de un rinoceronte lanudo genéticamente robusto, sin los signos típicos de una especie condenada por la endogamia, que desaparece en un intervalo muy corto de tiempo por factores externos. En lugar de una larga agonía demográfica, se perfila un colapso abrupto asociado a la desaparición acelerada de su ecosistema.

Este patrón tiene implicaciones directas para la crisis de biodiversidad actual, tanto en Europa como a escala planetaria. Incluso poblaciones que parecen genéticamente sanas pueden convertirse en extremadamente vulnerables si los cambios en su entorno se producen a un ritmo demasiado rápido, ya sea por calentamiento global, alteración del uso del suelo o una combinación de varios factores.

El caso del rinoceronte lanudo sugiere, además, que los indicadores genéticos por sí solos pueden no bastar para anticipar una extinción inminente. Una especie puede mantener una diversidad razonable hasta casi el final y, aun así, verse arrasada en pocas generaciones si se altera bruscamente su hábitat. Para las políticas de conservación en la Unión Europea, esto refuerza la necesidad de combinar seguimiento genético con evaluaciones detalladas de los cambios ambientales y de la pérdida de espacios clave.

Lo que empezó siendo la «última cena» de una lobezna del Pleistoceno se ha convertido, gracias a las técnicas de paleogenética desarrolladas en instituciones europeas, en una ventana privilegiada a los últimos capítulos de la historia del rinoceronte lanudo. Todo apunta a que no murió por desgaste interno, sino porque el mundo frío y abierto que lo había moldeado durante cientos de miles de años dio paso, en muy poco tiempo, a un paisaje distinto en el que ya no tenía sitio.

estado de conservación de los rinocerontes
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