Sapos y conservación: invasores, especies nuevas y anfibios al límite

Última actualización: 15 abril 2026
  • Los sapos muestran realidades extremas: especies invasoras como el sapo de caña en Australia y linajes recién descritos en África y los Andes.
  • Numerosos anfibios se encuentran al borde de la extinción, como el sapo de Wyoming o el sapo concho de Puerto Rico, que dependen de la cría en cautividad.
  • El cambio climático, las especies exóticas y las enfermedades están detrás del fuerte declive global de ranas y sapos.
  • Proyectos de restauración de hábitats, control de invasoras y educación ambiental son clave para frenar la crisis de anfibios.

sapos ecoticias

Los sapos han pasado de ser esos animales discretos que vemos de noche junto a los charcos a convertirse en protagonistas de grandes historias ambientales: especies invasoras que arrasan ecosistemas, descubrimientos científicos alucinantes en montañas remotas, anfibios al borde de la extinción rescatados a base de ciencia… e incluso sapos que saltan a la fama mundial gracias a un cantante urbano. Todo esto se está contando en medios ambientales como ECOticias, y ayuda a entender por qué estos animales son tan importantes para la salud del planeta.

En este artículo vamos a recorrer, con calma pero sin rodeos, ese universo sapero: desde el gigantesco sapo de caña “Toadzilla” en Australia hasta el sapo volcánico de Kenia recién descrito, pasando por un diminuto sapo andino descubierto en Ecuador, anfibios europeos que ajustan su canto al calentamiento global, sapos parteros que viajan escondidos en plantas ornamentales y especies críticamente amenazadas como el sapo de Wyoming o el sapo concho de Puerto Rico. Todo ello sin olvidar el contexto global: los anfibios son, a día de hoy, uno de los grupos de vertebrados más amenazados del planeta.

Sapos de caña en Australia: de aliado agrícola a plaga venenosa

En el norte de Queensland, en el Parque Nacional de Conway, unos guardas que realizaban labores de mantenimiento se toparon con un sapo de caña tan enorme que lo bautizaron como «Toadzilla», un auténtico monstruo anfibio. Pesaba alrededor de 2,7 kilos, más o menos lo mismo que un bebé recién nacido, y medía lo suficiente como para recordar al tamaño de un balón. El animal fue retirado del entorno natural y sacrificado de forma humanitaria, porque no era una curiosidad simpática, sino la cara visible de un problema ambiental muy serio.

Con el paso de las décadas, la especie se ha expandido por más de un millón de kilómetros cuadrados del norte australiano. Hay estimaciones que hablan de más de 200 millones de sapos de caña en el país. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) incluye a Rhinella marina entre las cien peores especies exóticas invasoras del planeta. Su impacto es demoledor: ha provocado fuertes declives e incluso extinciones locales de depredadores nativos como quolls del norte, ciertos varanos y cocodrilos de agua dulce que, al intentar comérselos, mueren envenenados.

El secreto de este éxito invasor está en sus poderosas glándulas parotoideas, situadas detrás de la cabeza, y en la propia piel, que producen una bufotoxina muy potente. El veneno está presente en todas las fases de vida, desde los huevos hasta los adultos. Una sola mordida puede causar convulsiones, paro cardiaco y la muerte en muchos vertebrados nativos e incluso en perros domésticos. A esto hay que sumar su enorme capacidad reproductiva: una hembra puede poner entre 8.000 y 30.000 huevos dos veces al año.

En los primeros momentos tras su expansión, en algunas zonas se registraron caídas de más del 80 % en poblaciones de grandes depredadores. Con el tiempo, los ecosistemas han empezado a reaccionar. Algunas especies han aprendido a evitar a los sapos o a manejarlos con más cuidado. Es muy llamativo el caso del ibis blanco australiano, que ha desarrollado una conducta conocida como «estrés y lavado»: agita al sapo para que libere veneno de las glándulas de los hombros y después lo enjuaga en una charca antes de tragárselo. Es una conducta aprendida, descrita en distintos lugares y documentada por proyectos de ciencia ciudadana.

Sin embargo, este pequeño rayo de esperanza no resuelve el problema. Hay demasiados sapos de caña y pocos depredadores capaces de comerlos de forma segura. Los esfuerzos de control se basan en campañas de captura manual, trampas, acciones educativas y programas experimentales para entrenar a depredadores nativos con «salchichas de sapo» de baja toxicidad que les provocan una experiencia desagradable y les ayudan a asociar el sabor del sapo con peligro.

El caso de Toadzilla y del sapo de caña australiano deja una lección muy clara para otros países: introducir especies exóticas para resolver un problema puntual, sin evaluar bien los riesgos, puede desencadenar cadenas de impactos ecológicos y costes de gestión que duran generaciones. Por eso se insiste tanto en no liberar mascotas exóticas, extremar los controles sanitarios y colaborar en programas de detección temprana de invasoras.

El sorprendente sapo volcánico de Kenia: un linaje muy antiguo

En las laderas del monte Kenia, una trampa colocada en 2015 capturó un sapo que dejó descolocados a los científicos. Desde la primera foto era evidente que se trataba de algo diferente a todas las especies conocidas en la zona. Tenía un aspecto poco habitual, se parecía vagamente a un sapo arborícola de Tanzania (Churamiti maridadi), pero al mismo tiempo presentaba rasgos únicos.

El hallazgo condujo a la descripción de una nueva especie, el sapo volcánico de Kenia, Kenyaphrynoides vulcani. Lo verdaderamente sorprendente no es solo su aspecto, sino su historia evolutiva. Muchos investigadores pensaban que la mayor parte de los anfibios de Kenia se originaron después de una bajada de la actividad volcánica, hace millones de años. Sin embargo, los análisis indican que este sapo podría haber surgido hace unos 20 millones de años, es decir, sería más antiguo que la propia formación volcánica del monte Kenia.

Hasta ahora solo se ha encontrado un macho, de modo que se desconoce casi por completo su historia natural: no se sabe cuán común es, cuál es exactamente su rango de distribución ni qué necesidades de conservación específicas puede tener. Los científicos sospechan que, en el pasado, el linaje al que pertenece estuvo más extendido y que, con los cambios climáticos de los últimos 10 millones de años, fue desplazándose junto a la selva tropical hacia zonas de mayor altitud, hasta quedar confinado en las cumbres del monte Kenia.

Este descubrimiento cuestiona la idea del llamado «intervalo keniano», un término que se usaba para describir el fuerte contraste en la diversidad de anfibios entre Kenia y países vecinos como Etiopía y Tanzania, tradicionalmente considerados grandes focos de biodiversidad anfibia. Las características únicas de Kenyaphrynoides vulcani sugieren que la realidad es bastante más compleja y que puede haber linajes muy antiguos escondidos en rincones poco explorados de África Oriental.

El nuevo sapo presenta un tamaño relativamente pequeño, un cuerpo más estilizado que el de un sapo típico, con aire de rana, y un patrón de manchas verdes y marrones muy llamativo. Las diferencias genéticas y morfológicas con respecto a sus parientes más cercanos han sido tan marcadas que los especialistas han decidido situarlo en un género nuevo, no solo en una nueva especie.

Se sospecha que podría ser un buen trepador, ya que tiene yemas de los dedos alargadas, y que sus pulgares con espinas nupciales puntiagudas indican una adaptación a sujetar a la hembra durante la reproducción. En otros sapos de bosques montañosos de África Oriental, poco frecuentes y bastante peculiares, se ha documentado una estrategia llamada ovoviviparismo: los huevos se desarrollan dentro de la hembra y las crías nacen como pequeños sapos, sin pasar por la fase de renacuajo libre. No se sabe si Kenyaphrynoides vulcani utiliza esta misma estrategia, pero los expertos no descartan nada.

El sapo volcánico de Kenia abre la puerta a pensar que siguen quedando linajes enteros de anfibios por descubrir, especialmente en África, donde muchos hábitats montanos y selváticos están poco muestreados. Para la ciencia de la conservación, esto es un recordatorio de que no podemos dar por hecho, solo por la geología, que una región carece de historia evolutiva profunda.

Nuevas especies andinas: el pequeño sapo ecuatoriano Osornophryne backshalli

En los Andes ecuatorianos, los sapos también protagonizan descubrimientos sorprendentes. En el área protegida de Cerro Candelaria, en la provincia de Tungurahua, se ha descrito una nueva especie de sapo andino llamada Osornophryne backshalli, en honor al aventurero y divulgador británico Steve Backshall, que ha apoyado proyectos de conservación en la zona a través de la organización World Land Trust.

El sapo andino, en general, cumple una función ecológica clave: regula poblaciones de insectos y, a su vez, es presa de numerosas aves y pequeños mamíferos. Detectar una nueva especie en este grupo es una gran noticia, porque significa que todavía existen poblaciones relativamente bien conservadas que sostienen esos roles ecológicos tan importantes para el equilibrio de los ecosistemas de montaña.

Osornophryne backshalli se distingue por tener un quinto dedo de la mano extraordinariamente corto en comparación con los demás, papilas triangulares en la punta del hocico y grandes verrugas repartidas por el cuerpo. Presenta un color gris neutro, salpicado con manchas amarillas, lo que le da un aspecto bastante característico. Pertenece a un género de pequeños sapos endémicos de los Andes del norte de Sudamérica, con unas once especies conocidas que habitan entre los 2.000 y los 4.000 metros de altitud en Colombia y Ecuador.

El descubrimiento ha sido posible gracias a la colaboración entre la Fundación EcoMinga, el Instituto Nacional de Biodiversidad (Inabio), la Fundación Oscar Efrén Reyes, la Universidad Regional Amazónica Ikiam y la Universidad San Francisco de Quito. El apoyo de Backshall a la compra y protección de tierras permitió consolidar una red de áreas de conservación en la cuenca alta del río Pastaza, entre ellas Cerro Candelaria, donde finalmente se detectó esta nueva especie.

Esta cordillera fue incluida en el Sistema Nacional de Áreas Protegidas de Ecuador en 2022, tras años de presión de organizaciones ambientales que reclamaban su protección urgente. El país, considerado uno de los veinte más biodiversos del mundo, combina en un territorio relativamente pequeño la cordillera de los Andes, la Amazonía y la influencia de corrientes oceánicas en la costa, lo que genera 91 tipos de ecosistemas distintos, desde bosques densos hasta formaciones herbáceas y arbustivas.

Aun así, el nuevo Osornophryne backshalli no está libre de amenazas. Los sapos andinos se enfrentan a la pérdida de hábitat por cambio de uso del suelo, la contaminación y la presión de actividades humanas incluso dentro o cerca de áreas protegidas. Su hallazgo subraya la urgencia de reforzar la protección de los ecosistemas altoandinos, donde cada especie recién descrita puede ser ya, de partida, una especie muy vulnerable.

Cambio climático y canto: cómo se adaptan las ranas y sapos ibéricos

Mientras se descubren nuevas especies en montañas remotas, en Europa los científicos se fijan en otra faceta de la vida de los anfibios: su comunicación acústica. Muchos machos de ranas y sapos dependen del canto para atraer a las hembras en la época de reproducción. Al carecer de mecanismos fisiológicos para regular su temperatura interna, su actividad de canto está muy condicionada por la temperatura ambiental.

Investigadores del Museo Nacional de Ciencias Naturales, la Universidad de Sevilla, la Universidad de Granada y la Universidad de Cincinnati se plantearon una pregunta clave: ¿mantienen las especies las mismas temperaturas de canto cuando viven en zonas frías y zonas cálidas de su área de distribución? Para averiguarlo, estudiaron tres especies de sapos parteros (Alytes obstetricans, A. cisternasii y A. dickhilleni) y dos especies de ranitas arborícolas (Hyla molleri y H. meridionalis) en la península ibérica.

La elección no fue casual. Los sapos parteros del género Alytes forman parte de una de las ramas más antiguas de los anuros paleárticos, mientras que las Hyla representan un linaje relativamente reciente. Además, sus estrategias reproductivas difieren mucho: los sapos parteros se reproducen en ambientes más terrestres (el macho lleva los huevos en las patas traseras), mientras que las Hyla dependen de charcas y cuerpos de agua, lo que puede influir en la selección térmica de sus lugares de cría.

Durante tres años se midieron las temperaturas de canto en poblaciones situadas en los extremos térmicos de cada especie, tanto en las áreas más frías como en las más cálidas de su distribución. Todas las especies mantuvieron la actividad acústica en un amplio rango superior a los 15 ºC, con diferencias notables entre regiones y entre años. Las temperaturas de canto se situaban entre 8 y 22 ºC por debajo de la temperatura crítica máxima de cada especie y estaban muy estrechamente asociadas a la temperatura ambiente en el periodo reproductor.

Estos resultados apuntan a una cierta plasticidad en los mecanismos de regulación térmica ligados al canto, lo que podría ayudar a estas especies a lidiar, al menos parcialmente, con el calentamiento global. No obstante, los distintos umbrales térmicos de inicio de la actividad reproductora, incluso entre poblaciones de la misma especie, sugieren que además de la temperatura intervienen otros factores para disparar el comienzo de la reproducción, como la fotoperiodicidad o las lluvias.

Los autores señalan que el calentamiento global probablemente no anulará de forma directa el comportamiento de canto en estas especies, pero sí puede alterar otros aspectos de la comunicación acústica que dependen de la temperatura, como el ritmo, la frecuencia o la propagación del sonido. Esto podría reducir la eficacia del mensaje entre machos y hembras, alterar la selección sexual e incluso influir en el éxito reproductor. Por tanto, proponen seguir investigando cómo el cambio climático afectará a la comunicación y a la reproducción de los anfibios a medio y largo plazo.

Sapos que viajan en macetas: el caso del sapo partero catalán en Madrid

Otra historia curiosa, y a la vez preocupante, llega desde España. Un equipo de investigación localizó en un vivero de Madrid una población reproductora de sapo partero Alytes almogavarii, una especie cuya distribución natural se sitúa en el nordeste de la península ibérica, principalmente Cataluña, a unos 400 kilómetros de la capital.

La detección se produjo durante prospecciones rutinarias en las inmediaciones del vivero, donde se encontraron dos juveniles y tres renacuajos del género Alytes. Llamó la atención que las poblaciones autóctonas más cercanas de sapo partero común (Alytes obstetricans) y sapo partero ibérico (Alytes cisternasii) estaban a más de 10 kilómetros de distancia, una cifra considerable para un anfibio con poca capacidad de dispersión. Además se localizó una ranita meridional (Hyla meridionalis) cuya población nativa más cercana se encuentra a unos 90 kilómetros, aunque en este caso no se evidenció reproducción.

La presencia de larvas y juveniles apuntaba a un núcleo reproductor establecido, por lo que los investigadores realizaron muestreos nocturnos. Escucharon numerosos machos de sapo partero cantando tanto dentro del vivero como en los alrededores. Tras localizar varios adultos, tomaron fotografías y muestras de tejido para análisis genéticos, ya que las especies de Alytes se parecen mucho entre sí a simple vista.

El estudio del ADN mitocondrial confirmó que se trataba de Alytes almogavarii, una especie nunca antes citada en la Comunidad de Madrid y que, por tanto, había llegado como especie alóctona. Todo apuntaba a que había sido introducida accidentalmente a través del comercio de plantas ornamentales. Para reforzar esta hipótesis, se comprobó que los principales proveedores del vivero estaban en la provincia de Barcelona, donde habita de forma natural Alytes almogavarii y donde son frecuentes las variantes genéticas coincidentes con las detectadas en la población madrileña.

El hecho de encontrar diferentes fases de desarrollo (larvas, juveniles y adultos cantando) indica que no se trata de un evento aislado, sino de introducciones repetidas en el tiempo que han permitido la formación de un pequeño núcleo estable. Este caso ilustra muy bien cómo el comercio de plantas puede actuar como vía de expansión para anfibios y otros organismos, tal y como ya se ha visto con la llegada de serpientes ibéricas a las Islas Baleares, asociada al transporte de olivos ornamentales y con consecuencias graves para las lagartijas autóctonas.

Además de los riesgos ecológicos directos (competencia, hibridación con especies nativas, posible comportamiento invasor), preocupa el posible transporte de patógenos como la quitridiomicosis o la ranavirosis, enfermedades infecciosas que ya están causando estragos en poblaciones de anfibios de todo el mundo. Por eso los investigadores reclaman controles mucho más estrictos en las cadenas comerciales, especialmente en viveros, y sistemas de detección temprana que permitan actuar antes de que las especies introducidas se expandan sin control.

Especies al límite: sapo de Wyoming y sapo concho de Puerto Rico

Más allá de Europa y África, algunos sapos viven literalmente con un pie en la tumba. Es el caso del sapo de Wyoming (Anaxyrus baxteri), también conocido como sapo de Baxter, originario de las riberas del río Laramie, en el estado de Wyoming (EE. UU.). Esta especie, relativamente abundante en la década de 1950, sufrió un desplome brutal en los años 60 y 70. En los 80 llegó a darse por extinguida en la naturaleza, hasta que en 1987 se hallaron algunos ejemplares en el lago Mortenson.

Hoy en día el sapo de Wyoming está catalogado en la Lista Roja de la UICN en la categoría inmediatamente anterior a «extinto en estado silvestre». Solo subsiste gracias a programas de reproducción en cautividad, y su presencia natural se limita a la reserva del lago Mortenson, donde no se ha reproducido de forma espontánea desde 1991. La población se mantiene mediante la liberación periódica de jóvenes criados en centros especializados.

Un censo realizado en 2002 contabilizó apenas cuatro adultos y 124 juveniles, y aunque desde entonces se han reducido mucho los datos públicos y se ha avanzado en técnicas de reproducción asistida, la situación sigue siendo crítica. Las principales amenazas son el hongo quitridio, que ha diezmado anfibios en todo el planeta, los depredadores naturales, la exposición a pesticidas y la bajísima diversidad genética derivada de contar con tan pocos individuos fundadores. Esto complica la adaptación a enfermedades y cambios ambientales.

En Puerto Rico, el protagonista es el sapo concho (Peltophryne lemur), endémico de la isla y con un rango de distribución muy restringido a ciertas zonas húmedas, sobre todo en entornos kársticos áridos y semiáridos del sur. Su pequeño tamaño y la fragmentación de su hábitat lo han convertido en una especie extremadamente vulnerable a la deforestación, la contaminación y la presencia de especies invasoras.

Desde 1984 existe un plan de conservación específico para el sapo concho, basado en la reproducción asistida y la liberación de ejemplares en lugares adecuados. La especie ha ganado una atención inesperada gracias al cantante Bad Bunny, que la ha mencionado en un documental y en su universo creativo, llevando a este anfibio del anonimato a una fama mundial que los conservacionistas han sabido aprovechar para hacer pedagogía ambiental.

Organizaciones como Ciudadanos del Karso, la Universidad de Puerto Rico, el Departamento de Recursos Naturales y Ambientales y varios zoológicos de Estados Unidos y Canadá colaboran en un programa de cría ex situ. Hoy por hoy, gran parte de la reproducción se realiza en zoológicos norteamericanos, y los renacuajos y juveniles se transportan en avión hasta Puerto Rico para su liberación en charcas preparadas específicamente para ellos.

En fincas como El Tallonal se han construido varias charcas artificiales que reproducen las condiciones de los bosques kársticos que prefiere el sapo concho. Este anfibio tiene un potencial reproductor altísimo: una sola hembra puede poner entre 1.000 y 3.000 huevos por evento, con un máximo registrado de 15.000. Gracias a ello, y al esfuerzo coordinado de muchas instituciones, hasta junio de 2025 se habían liberado 751.938 renacuajos, de los cuales cerca de 59.000 solo en la temporada veraniega de ese año.

Aun así, la supervivencia de la especie dista de estar garantizada. Los expertos insisten en la necesidad de crear un centro de reproducción en Puerto Rico para reducir costes, mejorar la logística y reforzar la implicación social y académica en el proyecto. Las autoridades ya han dado luz verde a esta iniciativa, que permitiría a estudiantes y vecinos conocer de cerca al sapo concho y participar en su conservación. La visibilidad que aporta Bad Bunny es una oportunidad única para convertir la popularidad del animal en acciones concretas: restaurar hábitats, controlar depredadores e invasoras y mantener programas educativos a largo plazo.

Los anfibios como termómetro del planeta: estado global y proyectos de recuperación

Todos estos casos concretos encajan en un contexto global preocupante. Los anfibios son, probablemente, el grupo de vertebrados más amenazado del mundo. Según la Lista Roja de la UICN, casi la mitad de las especies conocidas se encuentran en alguna categoría de amenaza. En España, el Libro Rojo de Anfibios y Reptiles estima que un 62 % de las especies está amenazado, y muchas han sufrido extinciones locales en las últimas décadas.

Las causas son múltiples y, en buena medida, acumulativas: la pérdida y degradación de hábitats (desecación de humedales, urbanización, agricultura intensiva), la contaminación química, el aumento de las temperaturas ligadas al cambio climático, el incremento de la radiación ultravioleta por el deterioro de la capa de ozono, la introducción de especies exóticas invasoras y la propagación de enfermedades emergentes como el hongo Batrachochytrium dendrobatidis, conocido popularmente como «hongo asesino» por su efecto devastador sobre poblaciones de ranas y sapos.

Aunque los anfibios suelen pasar desapercibidos, su papel ecológico es clave. Son grandes consumidores de insectos y otros invertebrados, constituyen una fuente importante de alimento para aves, mamíferos, reptiles y peces, y funcionan como indicadores finísimos de la salud de los ecosistemas. Al tener una piel muy permeable y ciclos de vida que combinan fases acuáticas y terrestres, reaccionan de forma muy rápida a cambios ambientales y a la presencia de tóxicos o patógenos. Donde desaparecen los anfibios, algo serio suele estar fallando en el entorno.

Por todo ello, se han puesto en marcha numerosos proyectos de recuperación y seguimiento. En España, por ejemplo, WWF y la Obra Social de CatalunyaCaixa desarrollan en las Hoces del río Riaza (Segovia) un programa específico para mejorar las poblaciones de anfibios y sensibilizar a la ciudadanía. En este entorno se han llegado a registrar hasta siete especies de sapos, sapillos, ranas y gallipatos, todas incluidas en el Listado de Especies Silvestres en Régimen de Protección Especial.

Muchos puntos de agua que antes bullían de vida anfibia están hoy casi vacíos y muestran un grave deterioro. Para revertir la tendencia, voluntarios coordinados por WWF trabajan en la restauración de charcas degradadas y la creación de nuevas zonas encharcadas. En una sola jornada de trabajo se puede excavar una nueva charca que, con el tiempo, se convierte en un hábitat muy valioso para sapos, ranas, insectos acuáticos y aves asociadas al agua.

Este proyecto se enmarca en una larga trayectoria de custodia del territorio iniciada en los años 70 en el Refugio de Rapaces de Montejo de la Vega, también en el entorno de las Hoces del río Riaza, impulsado en su día por Félix Rodríguez de la Fuente. Esa experiencia pionera ha demostrado que la colaboración entre entidades conservacionistas, administraciones y población local puede mantener durante décadas un equilibrio razonable entre usos humanos y conservación de la naturaleza.

Mirado en conjunto, el mosaico de historias sobre sapos —desde gigantes invasores a especies en peligro extremo, pasando por linajes antiguos y nuevos descubrimientos— dibuja un panorama tan alarmante como lleno de oportunidades. El declive global de los anfibios es un aviso serio sobre los límites del planeta, pero también una invitación a actuar: proteger hábitats, controlar especies invasoras, reforzar la bioseguridad en el comercio de fauna y plantas, apoyar la ciencia y la educación ambiental. Si algo muestran estos casos es que, cuando se ponen medios y se implica a la sociedad, incluso los pequeños sapos pueden tener una segunda oportunidad.

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