El supresor del apetito en la sangre de las pitones que revoluciona la investigación contra la obesidad

Última actualización: 22 marzo 2026
  • Un metabolito identificado en la sangre de pitones birmanas actúa como potente supresor del apetito en ratones.
  • La molécula, llamada para-tiramina-O-sulfato (pTOS), reduce la ingesta y el peso sin afectar la energía ni la masa muscular.
  • El pTOS actúa de forma específica sobre el hipotálamo y se perfila como alternativa a los fármacos GLP-1 como Ozempic o Wegovy.
  • El hallazgo abre una nueva línea de investigación biomédica en Europa para futuras terapias contra la obesidad y la sarcopenia.

supresor del apetito en la sangre de las pitones

Durante años, las serpientes han estado asociadas casi siempre a peligro y veneno, pero la ciencia lleva tiempo dándoles otro papel: el de aliadas inesperadas en el desarrollo de nuevos medicamentos. Ahora, un grupo de investigadores ha puesto el foco en la sangre de las pitones y su extraordinaria capacidad para pasar largos periodos sin comer tras una única comida enorme.

Un reciente trabajo publicado en Nature por equipos de las universidades de Stanford, Colorado Boulder y Baylor describe un compuesto que se dispara en la sangre de estas serpientes tras alimentarse y que actúa como supresor del apetito muy potente en ratones obesos. Aunque se trata de una investigación todavía preclínica, el estudio abre una vía que Europa y España observan con atención en plena búsqueda de alternativas a los actuales fármacos para la obesidad.

Las pitones y su metabolismo extremo

Las pitones destacan por un metabolismo radical: pueden ingerir de una sola vez una presa que se aproxima a su propio peso corporal y luego estar meses, incluso más de un año, sin volver a comer, sin perder músculo y manteniendo una buena salud metabólica. Esta estrategia, que contrasta por completo con la alimentación fraccionada típica de los humanos, ha despertado gran interés biomédico.

Tras una comida copiosa, el cuerpo de estas serpientes entra en un estado de actividad fisiológica extrema. Sus órganos internos, incluido el corazón, pueden aumentar de tamaño más de un 50 %, y su gasto energético se dispara muy por encima de los niveles basales, llegando a multiplicarse miles de veces para digerir la presa sin que ello derive en un deterioro posterior.

En ese contexto, investigadores estadounidenses se centraron en las pitones birmanas y las pitones bola, que en libertad pueden alcanzar hasta 90 kilos de peso y vivir más de dos décadas. Su combinación de grandes ingestas, largos ayunos y capacidad para preservar la masa muscular las convierte en un modelo único para estudiar el control del apetito y el metabolismo extremo.

Este tipo de estudios encaja con una tendencia cada vez más relevante en la investigación biomédica europea: aprovechar modelos animales no habituales para descubrir mecanismos biológicos que no se aprecian bien en ratones o humanos, pero que luego pueden traducirse en terapias aplicables en hospitales de la Unión Europea.

molecula supresora del apetito de pitones

El hallazgo del metabolito supresor del apetito pTOS

Para tratar de entender qué sucedía en el organismo de las pitones tras estas comilonas, los científicos alimentaron a pitones jóvenes con presas equivalentes a aproximadamente un 25 % de su peso corporal y analizaron su sangre en las horas posteriores. Identificaron más de 200 metabolitos cuyo nivel aumentaba de forma notable después de comer.

Entre todos esos compuestos destacó uno por encima del resto: la para-tiramina-O-sulfato (pTOS). Sus concentraciones en sangre llegaban a multiplicarse por mil tras la ingesta, situándolo como un candidato claro a ser una de las señales químicas clave que permiten a estas serpientes regular el apetito y sostener largos períodos de ayuno sin consecuencias negativas aparentes.

El equipo decidió entonces comprobar qué ocurría si se administraba pTOS a ratones de laboratorio. En el estudio, aplicaron dosis comparables a las detectadas en las pitones después de comer. Los resultados fueron llamativos: los animales tratados, especialmente los ejemplares obesos, mostraron una reducción notable de la ingesta de alimento.

Tras 28 días de tratamiento, los ratones obesos habían perdido en torno a un 9 % de su peso corporal, sin que se apreciaran cambios relevantes en su actividad física, su consumo de agua o su gasto energético global. Es decir, el descenso de peso se atribuía directamente a un menor consumo de comida y no a un aumento del metabolismo ni a un empeoramiento general del estado de salud.

Este tipo de efecto, centrado en el comportamiento alimentario más que en una alteración global del organismo, es lo que ha despertado interés en la comunidad científica y en entidades de investigación europeas que buscan terapias más específicas y con menos efectos secundarios que los medicamentos actuales.

Cómo actúa el pTOS en el cerebro y qué lo diferencia de los GLP-1

Uno de los puntos clave del trabajo fue determinar dónde actuaba el pTOS. Los experimentos indicaron que este metabolito no modificaba ni el tamaño de los órganos internos ni la proliferación de células beta del páncreas, ni el gasto energético en general. En lugar de ello, el compuesto actuaba sobre el hipotálamo, la región del cerebro responsable de regular el hambre, la sed y otras sensaciones básicas.

En términos funcionales, el pTOS parece modular la sensación de saciedad de forma directa, de manera que los animales se sienten llenos antes y, como consecuencia, comen menos. Esta acción tan focalizada contrasta con la de los fármacos basados en GLP-1, como la semaglutida (comercializada en Europa como Ozempic o Wegovy), que interactúan con diversos órganos, incluido el estómago y el páncreas.

Precisamente esa acción más amplia de los GLP-1 explica parte de sus beneficios, por ejemplo en el ámbito cardiovascular o en el control de la glucosa, pero también se asocia a efectos secundarios frecuentes como náuseas, molestias gastrointestinales y pérdida de masa muscular, problemas que han generado preocupación entre profesionales sanitarios, también en España.

En los ensayos con ratones, el pTOS consiguió reducir el apetito sin provocar los efectos adversos típicos de los tratamientos GLP-1: no hubo signos de disminución de la energía, de pérdida muscular ni de alteraciones intestinales significativas. De ahí que algunos investigadores hablen de la posibilidad, todavía lejana, de una nueva generación de supresores del apetito más “limpios” en cuanto a perfil de seguridad.

Los autores del trabajo subrayan que este enfoque no pretende sustituir de inmediato a los GLP-1 sino ampliar el arsenal terapéutico. En un entorno como el europeo, donde los sistemas sanitarios están incorporando progresivamente estos medicamentos, tener alternativas que actúen sobre el centro del apetito en el cerebro y no tanto sobre el aparato digestivo sería especialmente interesante para pacientes que no toleran bien los tratamientos actuales.

Una molécula que también existe en humanos, pero en cantidades muy bajas

Otro aspecto que ha llamado la atención de la comunidad científica es que el pTOS no es una molécula totalmente exclusiva de las serpientes. Los análisis demostraron que este compuesto puede generarse a partir de la descomposición de la tirosina, un aminoácido presente en muchas proteínas de la dieta, mediante la acción combinada de bacterias intestinales y procesos en el hígado.

Mientras que los ratones de laboratorio no suelen producir pTOS de manera significativa, en humanos se han detectado niveles bajos del metabolito, especialmente después de las comidas. Esta presencia discreta en nuestro organismo podría ser la razón por la que el compuesto había pasado inadvertido en estudios metabólicos tradicionales.

El hecho de que ya exista una ruta metabólica humana capaz de generar pTOS se valora como un punto a favor desde el punto de vista del desarrollo farmacéutico. En vez de trabajar con una molécula completamente ajena a nuestro organismo, los futuros tratamientos podrían apoyarse en un compuesto que el cuerpo ya conoce, lo que a priori podría facilitar tanto su tolerancia como su regulación.

De cara a la investigación que se impulsa desde Europa, esto abre diferentes posibilidades: desde diseñar fármacos que imiten o potencien la acción del pTOS hasta explorar intervenciones que modifiquen la microbiota intestinal o las vías metabólicas asociadas para aumentar de manera controlada su producción endógena.

Aun así, los propios autores del estudio insisten en que queda un largo recorrido para confirmar si las dosis y efectos observados en pitones y ratones pueden trasladarse con seguridad al ser humano, y qué implicaciones tendría manipular de forma sostenida este componente en contextos clínicos reales, incluidos los sistemas de salud europeos.

De los venenos de serpiente a los nuevos fármacos contra la obesidad

El pTOS no es el primer ejemplo de cómo los reptiles pueden contribuir al desarrollo de medicamentos de gran impacto. Desde hace décadas, el veneno de serpiente se ha utilizado como fuente de moléculas que han dado lugar a fármacos para tratar la hipertensión arterial o como anticoagulantes para prevenir coágulos, algunos de ellos empleados en hospitales de toda Europa.

En el terreno concreto del control del peso y la glucosa, el precedente más conocido es el del monstruo de Gila, un lagarto venenoso del que se identificó una hormona similar al GLP-1 humano. Ese hallazgo inspiró posteriormente la creación de medicamentos inyectables para la diabetes tipo 2 y la obesidad, entre ellos los que se comercializan como Ozempic o Wegovy y que ya se usan en países europeos, incluida España, con un fuerte impacto mediático y sanitario.

La diferencia ahora es que el foco se desplaza de los venenos a la sangre y el metabolismo de animales con estrategias de vida extremas, como las pitones. Sus extraordinarias adaptaciones permiten observar procesos biológicos que rara vez se dan con tanta intensidad en mamíferos, y que pueden ofrecer pistas para tratar patologías humanas muy extendidas, como la obesidad o la sarcopenia asociada al envejecimiento.

El estudio en Nature sugiere, además, que entre los más de 200 metabolitos que se disparan tras la alimentación de las pitones podría haber otros candidatos con potencial terapéutico, no solo en el control del apetito, sino también en la preservación de la masa muscular durante periodos prolongados de ayuno.

No es casual que, a partir de estos resultados, los investigadores hayan impulsado la creación de una empresa biotecnológica, Arkana Therapeutics, con el objetivo de desarrollar versiones sintéticas y seguras de estos compuestos. Aunque la iniciativa tiene origen en Estados Unidos, los avances que se produzcan previsiblemente acabarán siendo evaluados por organismos reguladores como la Agencia Europea del Medicamento (EMA), y podrían llegar a integrarse en las guías de tratamiento que usan especialistas en endocrinología y nutrición en España.

Lo que puede significar para futuras terapias en España y Europa

En el contexto europeo, la obesidad y el sobrepeso se consideran ya un problema de salud pública de primer orden. Las tasas siguen siendo elevadas y una parte importante de los pacientes no responde bien o no tolera los tratamientos disponibles, ya sea por efectos secundarios o por dificultades para mantener las pautas a largo plazo.

En España, las sociedades científicas han subrayado en repetidas ocasiones la necesidad de disponer de más opciones terapéuticas que no se limiten a dietas hipocalóricas o a fármacos con un perfil de tolerancia complejo. En ese escenario, un supresor del apetito que actúe de forma más localizada sobre el cerebro y que, al menos en modelos animales, no cause náuseas ni pérdida de masa muscular, despierta un interés evidente, aunque prudente.

Si los futuros ensayos clínicos demuestran que el pTOS o derivados suyos son seguros y eficaces en humanos, podrían plantearse como una alternativa o complemento a los actuales GLP-1 para determinados perfiles de paciente. Por ejemplo, personas con obesidad que han tenido que abandonar tratamientos inyectables por malestar digestivo persistente, o adultos mayores en quienes la preservación de la masa muscular es prioritaria para evitar fragilidad y caídas.

Al mismo tiempo, la investigación sobre el metabolismo de las pitones también apunta a posibles aplicaciones más allá de la pérdida de peso. La capacidad de estas serpientes para mantener la musculatura durante largos periodos sin comer podría ofrecer una base biológica para abordar la sarcopenia, un problema creciente en poblaciones envejecidas como la española, con impacto directo en la autonomía y la calidad de vida.

No obstante, los propios científicos recalcan que el paso de un hallazgo en ratones a un medicamento disponible en farmacias europeas es un proceso largo y exigente, que debe superar múltiples fases de ensayos clínicos y la aprobación de agencias reguladoras. Además, será necesario clarificar qué lugar ocuparían estos posibles tratamientos en relación con las terapias actuales y cómo se integrarían en estrategias más amplias que incluyan cambios de estilo de vida.

La idea de que un supresor del apetito procedente de la sangre de pitones pueda llegar algún día a recetarse en centros de salud de España sigue siendo, por ahora, un escenario hipotético, pero ilustra bien cómo la biología inspirada en la naturaleza está abriendo nuevas vías en la lucha contra la obesidad y las enfermedades metabólicas.

En conjunto, la investigación sobre el pTOS y el peculiar metabolismo de las pitones muestra que observar a fondo los extremos del reino animal puede ofrecer pistas valiosas para la medicina humana. De una serpiente capaz de devorar una presa gigantesca y pasar meses en ayunas surgen datos que podrían, con el tiempo, traducirse en fármacos más selectivos para controlar el apetito, preservar la masa muscular y gestionar la obesidad en sistemas sanitarios como el español y el europeo, donde la necesidad de opciones seguras y eficaces sigue muy presente.

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