- Gramma, tortuga gigante de Galápagos del zoo de San Diego, fue eutanasiada a los 141 años por graves problemas óseos.
- Llegó desde el Bronx Zoo entre 1928 y 1931 y se convirtió en la residente más longeva y en la “reina del zoológico”.
- Su vida atravesó dos guerras mundiales, 20 presidentes de EE. UU. y un siglo de cambios tecnológicos y sociales.
- Su historia refuerza la importancia de conservar las tortugas gigantes de Galápagos y otros programas de cría y reintroducción.
La muerte de Gramma, la tortuga gigante de Galápagos más veterana del Zoológico de San Diego, ha cerrado una historia que se extendió durante algo más de un siglo. La institución estadounidense ha confirmado que el animal fue sometido a eutanasia el pasado 20 de noviembre tras un proceso de deterioro óseo avanzado asociado a su edad.
Con una edad estimada de 141 años y el sobrenombre de “reina del zoológico”, Gramma se había convertido en un icono para los amantes de la fauna en todo el mundo. Durante décadas, fue una presencia discreta pero constante en el recinto californiano, donde generaciones de visitantes la reconocían como uno de los grandes símbolos del parque.
Quién era Gramma y por qué era tan especial
Gramma nació en las islas Galápagos, el remoto archipiélago ecuatoriano célebre por su biodiversidad y por haber inspirado las teorías de Charles Darwin, y llegó a Estados Unidos en la primera mitad del siglo XX. Aunque no existe un registro exacto de su fecha de nacimiento, los especialistas de la San Diego Zoo Wildlife Alliance calculan que vino al mundo hacia 1884.
Los archivos del zoológico sitúan su llegada a California entre 1928 y 1931, procedente del Bronx Zoo de Nueva York. Formó parte del primer grupo de tortugas gigantes de Galápagos que se trasladó al sur de California dentro de un programa pionero de conservación y manejo en cautividad cuando, en el archipiélago, los nidos sufrían el impacto de especies invasoras como perros y cerdos.
En términos históricos, la vida de Gramma abarca un periodo difícil de asimilar: vio pasar dos guerras mundiales, al menos 20 presidentes de Estados Unidos, dos grandes pandemias globales y una cascada de cambios tecnológicos, desde la llegada del cine y la música grabada hasta la era de internet y las redes sociales.
Mientras el mundo se transformaba a su alrededor, esta tortuga avanzaba a apenas 0,15 millas por hora, una velocidad irrisoria en comparación con la humana, pero con una capacidad extraordinaria para desafiar el paso del tiempo. Para el zoo, su presencia era una especie de hilo conductor que unía distintas épocas del propio parque.
Su vida en el Zoológico de San Diego: la “reina del zoológico”
Con el paso de los años, Gramma se ganó el apodo de “la reina del zoológico”. Sus cuidadores destacaban su carácter dulce, reservado y tranquilo, que contrastaba con su imponente tamaño y su caparazón robusto. Muchos niños quedaban hipnotizados al verla, y no pocos adultos regresaban con sus hijos y nietos para presentársela.
El zoológico recuerda que, durante casi un siglo, fue una presencia silenciosa y constante en las instalaciones: testigo de la expansión del propio parque, de la modernización de los recintos y de la evolución de los programas de conservación. De aparecer en unas pocas fotos en blanco y negro, Gramma pasó a convertirse en una auténtica “estrella” de las redes sociales de la institución.
En lo cotidiano, tenía gustos muy claros: sus alimentos favoritos eran la lechuga romana, el cactus y distintas frutas, que formaban parte de una dieta diseñada para mantener su salud a lo largo de los años. Ese cuidado casi artesanal por parte del personal veterinario y de los cuidadores contribuyó a que superara con holgura la barrera de los 100 años.
La huella que dejó en el público se aprecia en los testimonios que han surgido tras su muerte. Numerosos visitantes han relatado en redes sociales cómo conocieron a Gramma cuando eran pequeños y años más tarde regresaron con sus propias familias para volver a verla, creando una cadena de recuerdos compartidos entre generaciones.
Entre esos testimonios destaca el de Cristina Park, de 69 años, que recordaba una de sus primeras visitas al zoo cuando era niña. De pequeña llegó a montar sobre el caparazón de una tortuga —práctica hoy totalmente prohibida por motivos de bienestar animal—, una experiencia que le despertó el interés por la conservación y la llevó incluso a tener una tortuga del desierto como mascota.
El final de una vida excepcional: eutanasia por problemas óseos
En su última etapa, la salud de Gramma se vio afectada por afecciones óseas progresivas ligadas a la edad avanzada. Veterinarios y especialistas de la San Diego Zoo Wildlife Alliance monitorizaron de cerca su estado, conscientes de que el deterioro era irreversible y suponía un impacto creciente en su bienestar.
Tras semanas de seguimiento, el equipo médico tomó la que describen como “una decisión compasiva y excepcionalmente difícil”: optar por la eutanasia para evitarle sufrimiento. La intervención se llevó a cabo el 20 de noviembre, fecha en la que se certificó su muerte.
En un comunicado difundido a través de redes sociales, la institución subrayó que “cuidar de una tortuga tan extraordinaria fue un privilegio”. El mensaje insistía en el papel de Gramma como embajadora de su especie y en la cantidad de personas a las que impactó su mera existencia: cuidadores, veterinarios, visitantes ocasionales y aficionados a la fauna de medio mundo.
La noticia de su fallecimiento fue recogida por numerosos medios internacionales y generó decenas de comentarios y condolencias, tanto en Estados Unidos como en otros países, también en Europa. Para muchos, su muerte simboliza el cierre de una etapa en la historia del Zoológico de San Diego.
Actualmente, el centro mantiene en sus instalaciones una docena de tortugas de Galápagos, que continúan ejerciendo como representantes vivos de uno de los linajes animales más longevos del planeta.

Las tortugas gigantes de Galápagos y la lucha por su conservación
La historia de Gramma no puede separarse del contexto de su especie. Las tortugas gigantes de Galápagos constituyen un grupo de 15 subespecies reconocidas, de las cuales tres ya se consideran extinguidas. El resto figuran como vulnerables o en peligro crítico de desaparición en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN).
Estas tortugas son capaces de vivir más de un siglo en libertad y casi el doble bajo cuidado humano, siempre que cuenten con condiciones adecuadas de alimentación, espacio y atención veterinaria. Uno de los casos más conocidos es Harriet, una tortuga de Galápagos que vivió en un zoológico australiano y alcanzó una edad estimada de entre 175 y 176 años antes de su muerte en 2006.
En el archipiélago ecuatoriano, las amenazas históricas han sido diversas: caza indiscriminada, destrucción de hábitats y llegada de especies introducidas (cabras, cerdos, perros, ratas), que depredan huevos y crías o compiten por los recursos. Todo ello redujo drásticamente algunas poblaciones a lo largo del siglo XIX y buena parte del XX.
Ante esta situación, desde mediados de los años 60 se pusieron en marcha varios programas de cría en cautividad y reintroducción. De acuerdo con datos de organizaciones especializadas como Galápagos Conservancy, más de 10.000 tortugas jóvenes han sido devueltas a su entorno natural desde 1965, lo que ha permitido sacar a ciertas subpoblaciones del borde mismo de la extinción.
En paralelo, se han desarrollado iniciativas de control de especies invasoras, restauración de ecosistemas y regulación del turismo. Europa, a través de diferentes proyectos científicos y de cooperación internacional, también participa en estudios genéticos, programas de conservación y divulgación vinculados a la fauna de Galápagos, lo que contribuye a mantener el foco sobre la protección de estas gigantes longevas.
Un referente educativo y científico para varias generaciones
Más allá de su valor simbólico, Gramma fue un pilar de los programas educativos del Zoológico de San Diego. Miles de escolares, tanto de Estados Unidos como de otros países, conocieron de primera mano la realidad de las tortugas de Galápagos gracias a las visitas guiadas y a las actividades didácticas organizadas en torno a su recinto.
Los responsables del zoo subrayan que su sola presencia ayudaba a explicar conceptos como la biodiversidad, la evolución y la conservación. Ver de cerca a un animal que había vivido más de un siglo permitía a los visitantes comprender que la huella humana sobre la naturaleza se mide en escalas de tiempo muy distintas a la vida cotidiana de una persona.
Su papel como “embajadora de la conservación de reptiles a nivel mundial” también se extendió al ámbito digital. La tortuga pasó de aparecer en unas pocas fotografías en blanco y negro de los primeros años del zoológico a protagonizar vídeos, publicaciones en redes sociales y campañas de sensibilización.
Desde la perspectiva europea, sus imágenes y su historia han sido utilizadas con frecuencia en exposiciones, artículos de divulgación y contenidos educativos para ilustrar los desafíos a los que se enfrentan las especies insulares. Museos de ciencia, centros de interpretación y entidades conservacionistas en España y otros países de la UE han recurrido a ejemplos como el de Gramma para hablar de longevidad, cambio climático y responsabilidad humana.
Su caso se suma al de otros animales de vida extraordinariamente larga, como Jonathan, la tortuga gigante de Seychelles que actualmente ostenta el récord de mayor longevidad terrestre conocida, con más de 190 años. Historias como estas sirven de referencia para la investigación sobre envejecimiento y resiliencia biológica.
Un legado que trasciende fronteras
El impacto de la muerte de Gramma se ha dejado sentir mucho más allá de San Diego. Medios de comunicación, organizaciones ambientales y usuarios de redes sociales en distintos países han aprovechado la noticia para recordar el papel de las tortugas gigantes en la historia natural y en la cultura popular.
Su figura se ha convertido en un ejemplo recurrente cuando se habla de la relación entre los zoológicos modernos y la conservación. En Europa, donde los centros zoológicos están cada vez más orientados a la investigación y a los programas de cría de especies amenazadas, casos como el de Gramma se utilizan para debatir sobre el futuro de estas instituciones y su contribución real a la protección de la biodiversidad.
Paralelamente, otros zoológicos del mundo continúan sumando hitos en la reproducción de tortugas de Galápagos bajo cuidado humano. En el zoo de Filadelfia nacieron recientemente cuatro crías de padres primerizos de unos 100 años; y en Zoo Miami, el macho Goliath se convirtió en padre por primera vez a los 135 años. Estos ejemplos refuerzan la idea de que, con las condiciones adecuadas, la cría en cautividad puede apoyar a la recuperación de la especie.
Mientras tanto, en las propias islas Galápagos siguen adelante los proyectos de reintroducción y monitoreo de poblaciones, con participación de equipos científicos de distintos continentes, incluyendo especialistas europeos. El objetivo común es garantizar que estas tortugas sigan formando parte del paisaje del archipiélago y del imaginario colectivo global durante muchos siglos más.
La desaparición de Gramma cierra el capítulo vital de una tortuga que unió pasado y presente, pero también deja una estela de conciencia ambiental y de compromiso con las tortugas gigantes de Galápagos como uno de los grandes símbolos de la resistencia de la naturaleza; su memoria pervive en quienes la conocieron y en cada proyecto que busca asegurar el futuro de su especie.
