- Las tortugas marinas verdes de Hawái consumen grandes cantidades de Chondria tumulosa, reduciendo la biomasa de esta alga invasora que asfixia los arrecifes.
- Su pastoreo crea claros en los mantos de algas, permite que el coral reciba luz y recicla nutrientes esenciales para la salud del ecosistema.
- La misma actividad de las tortugas podría ayudar a dispersar la alga durante sus migraciones, lo que obliga a gestionar con cuidado su papel ecológico.
- La conservación de las tortugas marinas y el control de especies invasoras, incluidas las tortugas exóticas en agua dulce, son claves para mantener el equilibrio de los ecosistemas acuáticos.

Los arrecifes de coral de Hawái están viviendo uno de los momentos más delicados de su historia reciente. En los últimos años, una alga invasora extremadamente agresiva ha empezado a cubrir grandes superficies de fondo marino, desplazando a los corales y alterando por completo el paisaje submarino. En medio de esta situación tan preocupante, un protagonista inesperado está cambiando el guion: las tortugas marinas verdes.
Lejos de ser un detalle anecdótico, el comportamiento de estas tortugas se ha convertido en un auténtico factor ecológico clave frente a las algas invasoras. Varios estudios recientes en el noroeste de Hawái han documentado de forma minuciosa cómo estos reptiles marinos actúan como enormes herbívoros capaces de reducir la biomasa de algas, pero también cómo, al mismo tiempo, podrían contribuir a dispersarlas. Un equilibrio lleno de matices que hoy interesa, y mucho, a la comunidad científica y a quienes trabajan en conservación marina.
Qué es Chondria tumulosa y por qué se considera un alga invasora peligrosa
La protagonista de esta historia es Chondria tumulosa, una macroalga de origen todavía incierto que ha pasado, en cuestión de pocos años, de ser una rareza científica a convertirse en una seria amenaza ecológica para los arrecifes del Pacífico, especialmente en Hawái. Fue detectada por primera vez en 2016 en el atolón de Manawai (Pearl and Hermes), una zona remota del Monumento Marino Nacional Papahānaumokuākea.
Desde aquel primer hallazgo, el alga no ha dejado de expandirse. En menos de una década se ha extendido a otros atolones del noroeste hawaiano, como Kuaihelani (Midway) y Hōlanikū (Kure), ocupando ya más de 101 kilómetros cuadrados de arrecifes según los datos publicados en la revista científica Coral Reefs. Esta expansión ha sido tan rápida que ha encendido todas las alarmas entre investigadores y autoridades ambientales.
La principal característica que la convierte en una especie tan problemática es su capacidad para formar mantos continuos de más de seis centímetros de grosor. Estos tapices cubren el coral vivo, bloquean la luz y asfixian literalmente a los organismos que forman la estructura del arrecife. No se trata solo de una “capa” de vegetación: la alga desplaza activamente la cobertura coralina, alterando el ecosistema desde la base.
Las imágenes tomadas durante los estudios muestran zonas de arrecife prácticamente irreconocibles, reemplazadas por una superficie dorada y homogénea de algas, con apenas pequeñas islas de coral aún visibles. Es un cambio brusco, más estructural que gradual, que repercute en toda la biodiversidad asociada a estos hábitats.
Aún no se conoce con detalle el mecanismo exacto por el que Chondria tumulosa elimina los corales. Los expertos barajan varias posibilidades: desde el contacto directo y la competencia por el espacio, hasta la alteración de factores como la luz disponible, los niveles de oxígeno o el pH alrededor de los pólipos. Sea como sea, el resultado es la sustitución del arrecife coralino por una masa monoespecífica de algas, algo que rompe de arriba abajo el equilibrio ecológico del lugar.
Impacto ecológico del alga invasora en los arrecifes de Hawái

Los arrecifes de coral son sistemas extremadamente sensibles, donde cada especie suele desempeñar un papel muy concreto en la estabilidad del ecosistema. Cuando entra en juego una especie invasora tan dominante como Chondria tumulosa, el equilibrio se desmorona con relativa rapidez y el regreso a la situación original se complica muchísimo.
En el noroeste de Hawái, la expansión de esta macroalga ha coincidido con otros factores de estrés ya conocidos: calentamiento del agua, episodios de blanqueamiento del coral y presión humana directa o indirecta. El resultado es una combinación peligrosa que acelera el deterioro de los arrecifes y reduce su capacidad de recuperación.
El avance de Chondria tumulosa no solo afecta al coral en sí. Al ocupar espacio y luz, desplaza otras algas nativas que forman parte de la dieta habitual de muchos peces herbívoros y otros invertebrados. Esto provoca cambios en cascada en la cadena trófica: las especies que dependían de esas algas originales pierden su fuente de alimento y pueden disminuir o desaparecer de determinadas áreas.
Otro de los problemas detectados es que muchos peces y erizos que normalmente controlan el crecimiento de las algas en los arrecifes apenas se alimentan de Chondria tumulosa. Los científicos han observado pequeños “halos de pastoreo” donde estos herbívoros pellizcan el manto de alga, pero su efecto es muy limitado y no consigue reducir de forma notable la biomasa invasora.
Este vacío de depredación deja a la especie invasora prácticamente sin frenos naturales. Tal como han señalado investigadoras como Alison Sherwood, resulta “extremadamente alarmante” ver cómo un alga puede instalarse y expandirse tan deprisa, cambiando la composición de toda la comunidad y generando un efecto dominó en la cadena alimentaria. A medio plazo, el riesgo es que la invasión avance hacia las islas principales de Hawái, con consecuencias ecológicas y económicas muy serias.
Las tortugas marinas verdes como megaherbívoros nativos
En este contexto tan complicado, apareció un actor inesperado: las tortugas marinas verdes de Hawái (Chelonia mydas). Tradicionalmente se conocía su papel como herbívoros importantes en praderas marinas y arrecifes, pero los últimos trabajos de la Universidad de Hawái en Mānoa, publicados en la revista Coral Reefs, han ido un paso más allá al documentar su relación directa con Chondria tumulosa.
Mediante cámaras submarinas instaladas en atolones como Kuaihelani y otras zonas de Papahānaumokuākea, los científicos registraron a varias tortugas marinas verdes alimentándose activamente de la alga invasora. Las grabaciones de junio y julio de 2025 mostraron a tres individuos comiendo Chondria durante cerca de 50 minutos seguidos, con ráfagas de mordiscos muy intensas.
En una de las observaciones más llamativas, una hembra llegó a realizar 18 mordidas en apenas 95 segundos, arrancando fragmentos de alga de entre 5 y 15 centímetros de diámetro. En otros casos, la actividad de pastoreo se prolongó durante casi una hora. Ningún pez ni erizo local había mostrado hasta entonces ese nivel de eficiencia en la eliminación de biomasa invasora.
El estudio no se quedó en las imágenes. Para confirmar qué estaban consumiendo de verdad las tortugas, el equipo científico realizó una necropsia a un ejemplar encontrado muerto en la zona afectada. El resultado fue claro: aproximadamente el 25% del material vegetal reciente hallado en su aparato digestivo estaba formado por fragmentos de Chondria tumulosa.
Esta combinación de datos de campo y análisis internos dejó fuera de duda que las tortugas marinas verdes no solo prueban el alga de forma puntual, sino que pueden llegar a incorporarla como parte significativa de su dieta en áreas invadidas. Es decir, actúan como verdaderos “megaherbívoros” nativos con capacidad para reducir la cobertura de la especie invasora.
Cómo ayudan las tortugas a frenar la expansión del alga invasora
Las observaciones en vídeo muestran que, cuando las tortugas marinas verdes se alimentan de Chondria tumulosa, no solo reducen la cantidad de alga presente, sino que modifican físicamente la estructura de los mantos. Cada mordisco arranca trozos considerables, levanta sedimento y deja partes del arrecife nuevamente expuestas a la luz.
Este “pastoreo intensivo” genera claros en medio de la alfombra de algas donde el coral recibe de nuevo luz solar y puede retomar sus procesos de fotosíntesis. Al mantener zonas despejadas, las tortugas actúan como “jardineras” del arrecife, evitando que la macroalga asfixie por completo la matriz calcárea sobre la que se asientan los pólipos de coral.
Además, al ir desgajando capas superiores, las tortugas alteran el microhábitat del manto de algas, exponiendo partes internas que quizá no están tan bien adaptadas a las condiciones ambientales. Este efecto físico continuado puede hacer que, con el tiempo, la biomasa total de Chondria tumulosa en una zona disminuya o, al menos, no se dispare sin control.
Las organizaciones dedicadas a la conservación de arrecifes, como Coral Reef Alliance, llevan años señalando que las tortugas marinas no son solo consumidoras de algas. Su función va más allá, ya que sus excrementos devuelven al sistema nutrientes esenciales como nitrógeno y fósforo, fundamentales para el crecimiento de los corales y de otras algas nativas beneficiosas. En conjunto, ayudan a mantener la productividad y la resiliencia del arrecife frente a perturbaciones como el cambio climático.
En Hawái, la recuperación paulatina de las poblaciones de tortuga verde —todavía catalogada “En Peligro” según la Lista Roja de la UICN— ha permitido que, poco a poco, recuperen su papel ecológico original. Allí donde abundan estos quelonios, se ha observado que la presencia de ciertas algas invasoras puede reducirse de forma notable, algo que se ha visto también con otras especies introducidas como Hypnea musciformis en determinadas zonas costeras.
Un arma de doble filo: control biológico y riesgo de dispersión
Aunque la capacidad de las tortugas marinas verdes para consumir grandes cantidades de Chondria tumulosa abre una puerta esperanzadora, los propios investigadores han subrayado que se trata de una herramienta con luces y sombras. Lo que ayuda a controlar la biomasa en unos puntos, podría favorecer la expansión del alga en otros.
La clave está en el comportamiento migratorio de estas tortugas. En el archipiélago hawaiano, cerca del 96% de las tortugas verdes anidan en Lalo (French Frigate Shoals) y, a lo largo de su vida, se mueven entre distintos atolones y zonas de alimentación distribuidas por todo el archipiélago. Esta movilidad es estupenda para conectar ecosistemas, pero también plantea un riesgo en el contexto de una especie invasora.
Los estudios plantean la hipótesis de que los fragmentos de Chondria tumulosa ingeridos y después excretados por las tortugas podrían, en algunos casos, seguir siendo viables y colonizar nuevas áreas. Es decir, el mismo animal que reduce la alga en un punto podría, sin quererlo, facilitar su llegada a otros arrecifes todavía no invadidos.
La profesora Celia Smith y otros autores del trabajo señalan que este conocimiento obliga a una gestión más fina: hay que valorar de forma conjunta los beneficios de tener más tortugas verdes como controladoras de la biomasa invasora y, a la vez, el riesgo de que se conviertan en vectores de dispersión. No es un “todo bueno” o “todo malo”, sino un equilibrio complejo que debe guiar las decisiones de conservación.
Por ello, se está apostando por reforzar los sistemas de vigilancia mediante técnicas de ADN ambiental (eDNA). Este tipo de herramientas permiten detectar rastros genéticos de Chondria tumulosa en el agua, incluso cuando la alga todavía no forma mantos visibles. Así, se pueden identificar de forma temprana nuevas áreas de invasión potencialmente vinculadas a rutas migratorias de tortugas u otros factores.
Medidas de conservación y gestión en Hawái
Ante una invasión de esta magnitud, las autoridades y la comunidad científica han empezado a diseñar estrategias de gestión que integran tanto el control directo de la alga como la protección y seguimiento de las tortugas marinas. No se trata solo de arrancar algas, sino de reforzar a los aliados naturales del ecosistema.
Una de las principales recomendaciones es continuar con el aumento de las poblaciones de tortuga verde autóctona, todavía en peligro de extinción. Para ello se combinan medidas legales de protección estricta, campañas de concienciación y restricciones sobre actividades humanas que afecten a las playas de anidación y zonas de alimentación.
En paralelo, se han endurecido los protocolos para evitar la propagación accidental de Chondria tumulosa mediante la actividad humana. Investigadores como Randall Kosaki, de la NOAA, han insistido en la necesidad de limpiar a fondo equipos, embarcaciones y material de buceo que se desplaza entre distintos atolones, para impedir que pequeños fragmentos de alga viajen “de polizón”.
El uso de ADN ambiental está cobrando protagonismo como herramienta de monitoreo. Analizar el agua en enclaves críticos, especialmente en zonas de anidación como Lalo o en arrecifes aún libres de la invasora, permite reaccionar con rapidez si aparecen señales tempranas de la especie. De esta forma, las acciones de control se pueden ajustar en función de datos actualizados y no solo a partir de observaciones visuales.
Todo esto se enmarca en una visión más amplia de conservación marina, en la que las tortugas marinas no son solo víctimas a proteger, sino también piezas activas en la respuesta del propio ecosistema frente a la invasión. Entender bien su comportamiento, su dieta y sus movimientos es esencial para diseñar políticas que aprovechen su potencial de control biológico sin ignorar los riesgos asociados.
Las tortugas marinas: importancia global y amenazas
Más allá del caso concreto de Hawái y las algas invasoras, las tortugas marinas desempeñan un papel crucial en la salud de los océanos a escala global. De las siete especies de tortugas marinas descritas, seis aparecen amenazadas en la Lista Roja de la UICN y tres de ellas se encuentran en estado crítico.
Las especies marinas actuales, de mayor a menor tamaño, son: tortuga laúd (Dermochelys coriacea), tortuga boba (Caretta caretta), tortuga verde (Chelonia mydas), tortuga franca oriental (Natator depressus), tortuga carey (Eretmochelys imbricata), tortuga bastarda (Lepidochelys kempii) y tortuga olivácea (Lepidochelys olivacea). La laúd puede superar los 1,8 metros y acercarse a los 900 kilos de peso, mientras que la olivácea es la más pequeña, con menos de 70 centímetros.
Su función ecológica es enorme: contribuyen a mantener el buen estado de praderas marinas, fondos arenosos y arrecifes de coral, lo cual beneficia a especies de alto valor comercial como camarones, langostas o atunes. Al controlar ciertas algas y reciclar nutrientes, ayudan a que los ecosistemas se mantengan productivos y diversos.
Sin embargo, el camino que recorre una tortuga marina desde que sale del huevo hasta llegar a adulta es una auténtica carrera de obstáculos. Se estima que solo una de cada mil crías alcanza la madurez. Depredadores como aves, cangrejos o zorros se ceban con las tortuguitas en su trayecto desde el nido hasta el mar, y la presión no termina una vez que entran en el agua.
Entre las amenazas humanas más importantes destacan la ingestión de plásticos (que confunden con medusas u otros alimentos), la captura accidental en redes de pesca, la destrucción de playas de anidación, el comercio ilegal de caparazones, carne y huevos, las enfermedades y los efectos del cambio climático. El aumento del nivel del mar y la intensificación de tormentas dañan o hacen desaparecer las playas donde anidan.
Además, el sexo de muchas tortugas depende de la temperatura de incubación de los huevos. Si la arena es más cálida de lo habitual, nacen mayoritariamente hembras, de modo que el calentamiento global puede descompensar por completo la proporción de machos y hembras a largo plazo. Todo esto obliga a insistir en la protección de los hábitats costeros poco alterados y en la regulación de la presión turística.
Tortugas invasoras en agua dulce: el caso de la tortuga de Florida
Mientras que en Hawái las tortugas marinas verdes se consideran aliadas cruciales frente a las algas invasoras, en otros contextos las propias tortugas pueden convertirse en especies invasoras muy problemáticas. Un ejemplo claro es el de la popular “tortuga de Florida” en charcas, lagos y ríos de Europa.
Estas tortugas, conocidas comercialmente como “de orejas rojas” por las manchas rojizas que presentan a ambos lados de la cabeza, han sido vendidas durante décadas como animales de compañía. Su nombre científico actual es Trachemys scripta elegans (antes Pseudemys scripta elegans) y proceden de Estados Unidos y México. De pequeñas resultan muy atractivas para muchas familias, pero con el tiempo pueden alcanzar hasta 30 centímetros de caparazón.
Cuando crecen demasiado o se vuelven incómodas de mantener, no son pocas las personas que optan por liberarlas en estanques, canales o ríos cercanos. El problema es que esa “solución fácil” se traduce en la introducción de una especie exótica en ecosistemas donde no pertenece, con consecuencias muy serias para la fauna autóctona.
La tortuga de Florida es semiacuática, muy longeva y tiene preferencia por aguas tranquilas y templadas con abundante vegetación, como lagunas, pantanos o tramos de río de corriente lenta. En estos entornos, compite de manera directa con especies nativas como el galápago europeo (Emys orbicularis) y el galápago leproso (Mauremys leprosa), que pueden verse desplazados.
Además, estas tortugas introducidas se alimentan de larvas, anfibios y otros organismos locales, convirtiéndose en depredadores muy eficaces en charcas y humedales. Todo ello altera las cadenas tróficas y perjudica a poblaciones de anfibios ya de por sí amenazadas. Por eso, los expertos insisten en que nunca se deben liberar tortugas exóticas en el medio natural y recuerdan que muchas de estas especies, por su longevidad, pueden acabar siendo casi “herencias” familiares.
Este ejemplo contrasta con el caso de Hawái y sirve para ilustrar una idea importante: introducir una especie donde no corresponde puede causar un daño tan grave como eliminar una especie clave de un ecosistema. La gestión de las tortugas, tanto marinas como de agua dulce, debe tener en cuenta siempre el contexto local y el equilibrio ecológico de cada lugar.
Al final, la historia de las tortugas y las algas invasoras en Hawái, unida a la problemática de las tortugas exóticas en otros países, muestra hasta qué punto estos reptiles están en el centro de muchos de los retos de conservación actuales. Proteger a las tortugas marinas verdes para que sigan actuando como “jardineras” del arrecife, evitar la expansión de Chondria tumulosa hacia las islas mayores y frenar la liberación indiscriminada de tortugas exóticas en ríos y lagunas son piezas de un mismo puzle: aprender a convivir con los ecosistemas sin desbaratar los delicados equilibrios que los sostienen.


