Historia de la veterinaria: de los albéitares a la salud pública

Última actualización: 17 enero 2026
  • La veterinaria nace ligada a la guerra, la agricultura y los animales de carga en civilizaciones como Egipto, India, Grecia y Roma, y se desarrolla en la Edad Media gracias al mundo árabe y la figura del albéitar.
  • En España y Europa la profesión se estructura con tribunales como el Protoalbeiterato y con las primeras escuelas de veterinaria, que evolucionan hacia facultades universitarias centradas en clínica, zootecnia y seguridad alimentaria.
  • En América Latina, países como Argentina, México y Chile crean tempranamente escuelas y facultades veterinarias, a menudo de origen militar, que hoy forman parte de amplias redes académicas públicas y privadas.
  • El veterinario moderno es un profesional clave en salud animal, bienestar, producción ganadera, inspección de alimentos, salud pública y investigación, respaldado por centros universitarios de referencia mundial.

historia de la veterinaria

La historia de la veterinaria es mucho más larga, compleja e interesante de lo que suele imaginarse: arranca en las primeras civilizaciones agrícolas, pasa por los campamentos militares romanos y los monasterios medievales, se consolida en las escuelas ilustradas del siglo XVIII y hoy ocupa un lugar clave en la salud pública, el bienestar animal y la seguridad alimentaria.

A lo largo de los siglos, la profesión ha ido cambiando de objetivos: de centrarse casi en exclusiva en el caballo de guerra y los animales de carga, a ocuparse de todos los animales domésticos, la fauna silvestre, la producción ganadera, la inspección de alimentos y la investigación biomédica. Entender cómo se ha producido esta evolución ayuda a valorar el papel actual del médico veterinario y las razones por las que su trabajo es imprescindible para la sociedad.

Orígenes remotos de la medicina veterinaria en el mundo

origenes de la veterinaria

Los primeros testimonios escritos sobre cuidados de animales se encuentran en los papiros egipcios de Lahun, hacia 1900 a. C., y en la literatura védica de la antigua India, donde ya se describen remedios y prácticas para tratar enfermedades del ganado y de otros animales utilizados en la agricultura y el transporte.

En la India antigua, el emperador budista Aśoka ordenó establecer dos tipos de medicinas en todo su reino: una para las personas y otra para los animales, además de disponer que se sembraran hierbas curativas allí donde no existieran. Esta medida refleja hasta qué punto la salud animal era considerada un pilar para el bienestar general y la economía del imperio.

La cultura griega dio un impulso enorme a la ciencia médica en general, y eso se dejó notar también en la atención a los animales. Hipócrates mostró interés por patologías que afectaban a bóvidos y ovinos, mientras que Aristóteles realizó uno de los primeros estudios sistemáticos de patología animal, describiendo con bastante detalle enfermedades como la rabia, la erisipela porcina, los cólicos del caballo o problemas sanitarios en los elefantes.

En la Grecia clásica, las mayores preocupaciones giraban en torno a los caballos de guerra y de tiro, esenciales tanto para el ejército como para el transporte, y a las grandes epidemias que afectaban a bovinos y ovinos y podían arrasar los rebaños. Los llamados “hipiatras” practicaban técnicas como las sangrías y los “puntos de fuego” con cauterio, métodos habituales de la época que buscaban reequilibrar los humores del animal.

Unos siglos más tarde, la cultura romana recogió este legado y lo combinó con un fuerte interés por la agricultura y la zootecnia. Autores como Varrón, Catón, Paladio o el hispano-romano Lucio Junio Moderato Columela escribieron tratados donde se detallaban técnicas de manejo, selección y cuidado de los animales de granja.

La obra de Columela, “De Re Rustica”, se considera todavía hoy una referencia sorprendentemente moderna: explica cómo seleccionar perros según su función (guardianes o pastores), qué alimentación ofrecerles, cómo organizar su reproducción y manejo, e incluso describe con precisión diversas técnicas quirúrgicas. Muchos de estos conocimientos pueden verse como antecedentes de la etología y del bienestar animal contemporáneos.

En época romana se relatan con minuciosidad procedimientos quirúrgicos como la castración de caballos, cerdos y ganado vacuno, así como intervenciones sobre los ojos o el tratamiento de prolapsos rectales. Los especialistas que atendían a los animales eran conocidos como medicus pecuarius (médico de ganado) o medicus equarius (médico de caballos), mientras que los términos veterinarium o veterinae se referían a los lugares de alojamiento y cuidado de los animales.

Edad Media, mundo árabe y consolidación del albéitar

veterinaria en la edad media

Durante la Edad Media europea, las cruzadas, guerras internas y torneos supusieron una enorme exigencia para los caballos. Esta necesidad bélica favoreció el desarrollo de la cirugía y la medicina aplicada a los équidos, muchas veces en manos de clérigos que combinaban conocimientos médicos con prácticas cargadas de superstición.

En buena parte de Europa occidental, la medicina -incluida la veterinaria- entró en un periodo de oscurantismo. Apenas se produjeron textos relevantes entre los siglos V y XI, mientras que la ciencia y la cultura se desplazaban hacia el mundo islámico. Se habla incluso de una auténtica “fuga de cerebros” hacia los centros de saber árabes.

Los médicos y estudiosos árabes retomaron la tradición grecorromana, la ampliaron y la hicieron suya. En este contexto aparece la figura del “albéitar”, término que designaba al especialista encargado de la salud de los caballos, un animal clave en la cultura y la economía islámicas. Aunque su atención se centraba sobre todo en caballos y rumiantes, también se describen cuidados para aves de corral, abejas y aves de cetrería.

La caza y la cetrería desarrollaron una preocupación particular por las aves de presa y los perros de caza, con descripciones sobre su manejo, alimentación y tratamiento de lesiones. Paralelamente, la botánica y la terapéutica vivieron un gran progreso, influenciadas tanto por el legado grecolatino como por los conocimientos procedentes de Oriente.

En la península ibérica, la España árabe alcanzó un altísimo nivel científico. En la Córdoba califal se desarrolló un importante movimiento intelectual con figuras sobresalientes como Avicena, Averroes o Maimónides, y de manera muy especial Ibn al-Awwam, considerado uno de los agraristas más influyentes de todos los tiempos. En esta época, Córdoba se convirtió en uno de los principales centros mundiales de agronomía, medicina y albeitería, situando a la veterinaria hispanoárabe en la vanguardia del conocimiento.

Etimología de “veterinaria” y denominaciones profesionales

terminologia veterinaria

La palabra “veterinaria” tiene varias explicaciones etimológicas propuestas. La más citada remite al latín culto veterinarius, término con el que, según Catón, se designaba al experto en curar las veterinae o veterina, es decir, las bestias de carga, animales ya “viejos” o no aptos para la guerra y las carreras, pero todavía útiles para transportar cargas.

Otra posible raíz señala el verbo latino veho, vehere, de donde procede “vehículo” y que significa precisamente transportar. Desde esta perspectiva, “veterinaria” estaría relacionada con los animales destinados al transporte de personas y mercancías, función crucial en la antigüedad.

En el ámbito árabe, el término equivalente fue “albéitar”, referido al especialista en el cuidado de los caballos. Con el tiempo, en las lenguas europeas se recuperaron los vocablos de raíz latina “veterinaria” y “veterinario”, mientras que en el mundo hispanohablante se fueron abandonando las antiguas designaciones de albeitería y albéitar, hoy prácticamente obsoletas salvo en contextos históricos.

En la actualidad, la denominación oficial de los profesionales dedicados a la medicina animal varía de un país a otro, aunque todos comparten un tronco formativo común. En muchos casos, el título incluye también la zootecnia, reflejando la importancia de la producción animal y la mejora de razas en la formación universitaria.

En España, por ejemplo, el título universitario es el de Graduado en Veterinaria, mientras que la denominación profesional más extendida es la de “médico veterinario”. En otros países latinoamericanos encontramos variantes como “médico veterinario zootecnista”, “doctor en ciencias veterinarias” o simplemente “veterinario”, siempre con un nivel de estudios equivalente a una licenciatura o grado.

Esta diversidad de titulaciones responde a las necesidades y tradiciones académicas de cada nación, pero en esencia designa a un mismo tipo de profesional: la persona capacitada para diagnosticar, prevenir y tratar las enfermedades de los animales y velar por la seguridad de los productos de origen animal destinados al consumo humano.

La veterinaria en la península ibérica y el nacimiento de la profesión en España

veterinaria en espana

Los orígenes de la veterinaria en la península ibérica se remontan a época romana. En las legiones destacadas en la provincia de Hispania, los medicus equarius, auténticos “médicos de caballos”, atendían a los animales en los veterinarium, una especie de hospitales veterinarios ubicados dentro de los campamentos militares o castra.

Con el paso de los siglos, esta atención especializada fue adquiriendo carácter institucional. En 1489, Fernando de Palencia fue nombrado herrador y albéitar de la casa del príncipe don Juan, con rango equivalente al de los oficiales militares. Este nombramiento se considera el antecedente del primer veterinario militar oficial de España y, probablemente, del mundo.

Durante el reinado de Felipe II, los mariscales -nombre que entonces recibían muchos de estos profesionales- formaban parte de los Tercios reales. Se sabe que ya en 1661 disponían de textos muy detallados sobre el tratamiento de las heridas de arcabuz en los caballos, síntoma de un conocimiento práctico avanzado y sistematizado.

En la España bajomedieval y moderna, hasta el siglo XV la autorización para ejercer la veterinaria (o albeitería) recaía fundamentalmente en los gremios profesionales. Sin embargo, en el año 1500, los Reyes Católicos introdujeron un cambio decisivo: siguiendo el modelo ya implantado en 1477 para la medicina humana mediante el Tribunal del Protomedicato, promulgaron una pragmática que exigía superar exámenes ante el Tribunal de Protoalbeiterato para obtener licencia de ejercicio.

Este tribunal, cuyos miembros eran designados por la Corona entre mariscales, menescales y herradores de las caballerizas reales, actuaba como órgano de control técnico y profesional. Aunque nunca llegó a convertirse en una auténtica Facultad de Albeitería, si lo hubiese hecho habría adelantado en unos 250 años el nacimiento formal de las escuelas de veterinaria.

Desde sus orígenes, la veterinaria en España ha tenido una fuerte impronta castrense. Los primeros centros formadores de veterinarios con un planteamiento moderno fueron estrictamente militares, y desde ellos se evolucionó a las escuelas civiles y posteriormente a las facultades universitarias que conocemos en la actualidad.

Creación de las Escuelas de Veterinaria y evolución de la enseñanza en España

La gran transformación de la profesión en España se produjo a finales del siglo XVIII, con la creación de la Escuela de Veterinaria de Madrid en 1792, inspirada en el modelo francés, de carácter eminentemente clínico e inicialmente centrado casi en exclusiva en la hipiátrica (medicina del caballo).

Con el tiempo, las escuelas españolas pasaron a depender de la Dirección General de Estudios (en 1841) y fueron ampliando de manera progresiva su campo de acción. Sin abandonar la medicina clínica, empezaron a incorporar otros ámbitos de la técnica veterinaria, lo que explica muchas peculiaridades del ejercicio profesional en España frente a otros países europeos.

Hacia 1847 ya se habla de estudiar a todos los animales domésticos y no solo al caballo. Este cambio de enfoque se acompañó de la introducción de asignaturas como física e historia natural, lo que dio a la formación un carácter más científico y menos puramente empírico.

El Plan de Estudios de 1854 supuso un paso más, estableciendo materias específicas de agricultura y zootecnia. La Ley Moyano de 1857 amplió aún más el programa con disciplinas como el derecho veterinario comercial y la veterinaria legal, reforzando el énfasis en la dimensión económica y regulatoria del trabajo veterinario.

De hecho, tanto el antiguo albéitar como el veterinario moderno han desempeñado siempre un papel relevante en la mejora de las explotaciones ganaderas: más allá de curar animales, asesoraban sobre selección genética, sistemas de engorde, cría y manejo, actuando como auténticos consultores técnicos del mundo rural.

En 1912 se produjo otro hito, con la incorporación en el plan de materias como bacteriología, parasitología e inspección de carnes y otros alimentos. A partir de ese momento, la veterinaria española se proyectó con fuerza hacia la sanidad animal y la protección de la salud pública a través del control sanitario de los alimentos de origen animal.

La reforma impulsada por Gordón Ordás, una de las figuras más influyentes en la veterinaria española, terminó de consolidar esta orientación. Sin abandonar la medicina clínica (incluidos los pequeños animales), se potenciaron las enseñanzas zootécnicas específicas para cada especie doméstica y se incorporaron asignaturas de genética, nutrición animal y economía rural.

Paralelamente, se dio un salto decidido hacia la bromatología y la higiene y tecnología de los alimentos de origen animal, así como hacia el estudio de los procesos de industrialización de productos ganaderos y de las industrias lácteas y cárnicas. La veterinaria dejó de ser exclusivamente “medicina de animales” para convertirse en un pilar clave de la seguridad alimentaria.

Con los años, la Escuela de Veterinaria de Madrid acabó transformándose en Facultad de Veterinaria, proceso culminado en el siglo XIX por Real Orden de 6 de agosto de 1835, aunque su primer germen institucional se mantuvo siempre ligado a la escuela fundada en 1792.

Desarrollo internacional de la profesión y primeras facultades

Fuera de España, la primera gran institución veterinaria moderna fue la Escuela Nacional Veterinaria de Lyon, fundada en 1761 por Claude Bourgelat. Este centro marcó un antes y un después al sistematizar la enseñanza y sentar las bases científicas de la profesión.

Poco después surgieron otras escuelas siguiendo el modelo de Lyon: la de Padua en 1765, la de Viena en 1768 o la de Turín en 1769, consolidando una red europea de formación veterinaria de alto nivel. En Alemania, el trabajo de Johann Christian Erxleben en Gotinga tuvo gran peso en el desarrollo de la medicina veterinaria moderna en ese país.

En Inglaterra, la Sociedad Agrícola de Odiham, fundada en 1783, tuvo un papel determinante. Su objetivo era mejorar la agricultura y la industria, y algunos de sus miembros, como Thomas Burgess, defendieron de forma activa el bienestar animal y un trato más humano hacia los animales enfermos.

En una reunión de 1785, la sociedad acordó promover el estudio del herraje con base científica, sentando las bases de una regulación más rigurosa de la práctica. Este movimiento culminó con la creación del Royal College of Veterinary Surgeons (Real Colegio de Veterinarios del Reino Unido) en 1844, por carta real, lo que otorgó a la veterinaria una estructura corporativa sólida en el país.

A finales del siglo XIX, la ciencia veterinaria alcanzó lo que muchos consideran su “mayoría de edad”. Destacan figuras como Sir John McFadyean, considerado por numerosos autores como el fundador de la investigación veterinaria moderna, la cual transformó una profesión basada en la experiencia en una disciplina plenamente científica.

En Estados Unidos, las primeras escuelas veterinarias se crearon a lo largo del siglo XIX en ciudades como Boston, Nueva York y Filadelfia. Con el tiempo, el país acabaría albergando varias de las facultades de veterinaria mejor valoradas del mundo.

La veterinaria en América Latina: Argentina, México y Chile

En Argentina, la enseñanza de la veterinaria se inició oficialmente en la provincia de Buenos Aires. La Legislatura provincial sancionó en 1881 la Ley 1.424, que preveía la creación de una Casa de Monta y Escuela de Veterinaria junto a la Escuela Práctica de Agricultura de Santa Catalina, en el partido de Lomas de Zamora.

Esta escuela, que abrió sus puertas el 6 de agosto de 1883, se considera la primera institución de estudios veterinarios de América del Sur. Profesores belgas y franceses, como Camilo Gillet, Gustavo André, Carlos Lambert, Carlos Tombeur, Desiderio Bernier o Julio Frommel, figuraron entre sus fundadores, y el centro acabó adoptando la denominación de Instituto Agronómico Veterinario de Santa Catalina.

Con el tiempo, la estructura universitaria argentina evolucionó. En 1904 nació el Instituto Superior de Agronomía y Veterinaria en la llamada “Chacarita de los Colegiales”, concebido inicialmente como estación agronómica y granja modelo. Bajo la dirección de Pedro N. Arata, y con profesorado en buena parte europeo, este instituto se incorporó a la Universidad de Buenos Aires en 1909 y adquirió rango de facultad.

Tras años de tensiones entre los estudios de agronomía y veterinaria, en 1921 se constituyó la Facultad de Veterinaria como entidad autónoma en La Plata, separada de agronomía. Más adelante, en 1972, otra ley dio lugar a la creación de la Facultad de Ciencias Veterinarias de la UBA, después de intensas movilizaciones estudiantiles y profesionales.

Hoy, la formación veterinaria en Argentina se ofrece en numerosas universidades nacionales -como la Universidad Nacional de La Plata, la Universidad de Buenos Aires, La Pampa, Río Cuarto, Rosario, Tucumán, entre otras- y en diversas universidades privadas (Universidad del Salvador, Católica de Córdoba, Juan Agustín Maza, etc.), configurando una amplia red académica.

El país también vivió episodios que marcaron la importancia de la veterinaria en la salud pública y la economía. Hacia 1900, un grave brote de fiebre aftosa bovina en el sur de la provincia de Buenos Aires puso de manifiesto carencias legales y sanitarias, impulsando mejoras normativas y la creación de instituciones específicas de formación y control.

En México, la escuela veterinaria se creó el 17 de agosto de 1853 por el decreto 4001, firmado por el entonces presidente Antonio López de Santa Anna. Esta escuela, dependiente del Colegio Nacional de Agricultura, fue la primera de su tipo en México y en el continente americano.

El plan de estudios, fuertemente influido por el modelo francés y diseñado en gran parte por el militar y veterinario Pascal Eugène Bergeyre, se centraba casi por completo en la medicina equina, reflejando la relevancia militar y económica del caballo en esa época. Se impartían materias de zoología, dibujo anatómico, química, idiomas, anatomía y fisiología hipiátricas, patología y clínica equina, economía rural y herrajes.

El decreto de Santa Anna establecía que, pasados seis años desde la creación de la escuela, solo podrían ejercer la práctica veterinaria quienes obtuvieran el título correspondiente, aunque diversas dificultades retrasaron la graduación de los primeros alumnos. Las guerras internas, como la Guerra de Reforma, afectaron gravemente al desarrollo de la institución, llegando a utilizarse el edificio de San Jacinto como cuartel militar.

Pese a las dificultades, la escuela fue consolidándose. Profesores como Ignacio Alvarado, pionero de la fisiología experimental en México y médico personal de Benito Juárez, y el propio Bergeyre, que impartía las asignaturas veterinarias basadas en textos europeos, marcaron el carácter científico de la formación.

En Chile, la enseñanza veterinaria tuvo también un marcado origen militar. El 1 de mayo de 1898 comenzaron de forma estable y definitiva los cursos de Veterinaria Militar impartidos por el Ejército, de tres años de duración, y en 1905 se creó la Escuela Militar de Veterinaria.

La transición hacia una formación civil se produjo en 1915 con la creación, por decreto supremo, de la Escuela de Medicina Veterinaria Civil en dependencias de la Quinta Normal de Agricultura. Más tarde, la Universidad de Chile fundó en 1928 la primera Facultad de Ciencias Veterinarias y Pecuarias del país.

Desde entonces, la oferta formativa se ha ampliado de forma notable: en 2023, catorce universidades chilenas impartían la carrera de medicina veterinaria, tanto públicas como privadas, integradas en la Asociación de Facultades y Escuelas de Ciencias Veterinarias de Chile.

La profesión veterinaria actual: funciones y campos de actuación

En la actualidad, el médico veterinario -o médico cirujano veterinario, según la denominación empleada en algunos países- es un profesional universitario de nivel de grado, cuyo papel puede equipararse al del médico en el ámbito humano, pero aplicado a los animales no humanos y a la seguridad de los alimentos de origen animal.

Entre las funciones principales del veterinario destacan el diagnóstico y tratamiento de enfermedades, incluyendo el dolor en los animales, en animales de compañía (perros, gatos, caballos, animales exóticos), animales de producción (bovinos, ovinos, caprinos, porcinos, aves, etc.) y fauna silvestre. A ello se suma su labor en la mejora del rendimiento ganadero, la asesoría en sistemas de explotación y bienestar animal.

El veterinario desempeña también un papel crucial en la inspección y control de productos alimenticios de origen animal, desde la producción primaria hasta la industria cárnica, láctea o avícola. Esta faceta, ligada a la bromatología, la higiene y la tecnología de los alimentos, es esencial para proteger la salud pública y evitar brotes de zoonosis o intoxicaciones alimentarias.

Otro campo fundamental es la epidemiología y la salud pública veterinaria. Los veterinarios participan en sistemas de vigilancia, prevención y control de enfermedades animales que pueden tener repercusión en la población humana, como la gripe aviar, la fiebre aftosa o la enfermedad de Newcastle, además de otras patologías emergentes ligadas a modelos de producción intensiva.

La profesión se proyecta también en la investigación y la docencia, en áreas tan diversas como la genética, la biomedicina veterinaria, la nutrición animal, la farmacología o las terapias avanzadas. Un ejemplo significativo es el primer caso documentado de terapia regenerativa con células madre aplicada a un animal salvaje en 2011, cuando un zoológico de Brasilia trató con éxito a una loba de crin atropellada, que pudo ser devuelta a su medio natural, un ejemplo de animales bajo cuidado profesional.

En muchos países, el trabajo clínico del veterinario se apoya en la figura del técnico veterinario o auxiliar de veterinaria, un profesional de nivel superior o técnico que colabora en la administración de clínicas, en el manejo de planteles pecuarios y en la ejecución de tratamientos y cuidados, siempre bajo supervisión del médico veterinario.

Este equipo veterinario ampliado interviene también en la gestión y asesoramiento de zoológicos, reservas, ecoparques y áreas protegidas, colaborando en proyectos de conservación de fauna autóctona y exótica, y en programas de protección de especies amenazadas.

A todo ello se suma la dimensión ética y legal de la profesión: el veterinario debe actuar respetando los marcos normativos y socioculturales, promoviendo el bienestar animal y garantizando que las prácticas de producción, transporte, sacrificio y experimentación cumplen las leyes y estándares éticos vigentes.

En la formación universitaria actual se insiste, además, en dotar al estudiante de una base científica sólida, capacidad de trabajo en equipos multidisciplinares y habilidades para participar en proyectos de extensión universitaria, trasladando el conocimiento al tejido productivo y a la sociedad en general.

Excelencia académica y centros de referencia mundial

La consolidación de la veterinaria como ciencia se refleja en los rankings internacionales de universidades. Diversas clasificaciones, como las elaboradas por QS Top Universities, señalan cada año los centros de mayor prestigio para estudiar ciencias veterinarias en el mundo.

Entre las instituciones destacadas suelen figurar el Royal Veterinary College de la Universidad de Londres, la Universidad de California en Davis, la Universidad de Cornell, la Universidad Estatal de Colorado, la Universidad de Edimburgo, la Universidad de Guelph, la Facultad Vetsuisse (Berna y Zúrich), la Universidad de Pensilvania y la Universidad Texas A&M, entre otras.

Estas facultades se caracterizan por combinar una formación clínica de alto nivel con una intensa actividad de investigación aplicada y básica, abarcando desde la producción animal sostenible hasta la medicina de animales de compañía, la salud pública y las zoonosis emergentes.

A nivel regional, muchos países iberoamericanos han desarrollado también sus propias redes de facultades de referencia, consolidando la veterinaria como disciplina estratégica para la seguridad alimentaria, el desarrollo rural y la salud global, en línea con el enfoque One Health (Una sola salud) que integra salud humana, animal y ambiental.

Mirando este largo recorrido histórico, desde los papiros egipcios y los veterinarios militares romanos hasta las modernas facultades punteras y la investigación con células madre, se aprecia cómo la veterinaria ha pasado de ser un oficio ligado a caballos y bestias de carga a convertirse en una ciencia esencial para entender y proteger la relación entre animales, personas y medio ambiente, con una proyección cada vez más amplia en la salud pública, la economía y el bienestar de las sociedades contemporáneas.

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